Berman | Todo lo sólido se desvanece en el aire | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 414 Seiten

Reihe: Teoría

Berman Todo lo sólido se desvanece en el aire

La experiencia de la modernidad
1. Auflage 2014
ISBN: 978-607-03-0630-3
Verlag: Siglo XXI Editores México
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

La experiencia de la modernidad

E-Book, Spanisch, 414 Seiten

Reihe: Teoría

ISBN: 978-607-03-0630-3
Verlag: Siglo XXI Editores México
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



En contra de lo que convencionalmente se piensa, la revolución modernista no ha concluido. A partir de las conmociones revolucionarias del arte, la literatura, la política y la vida cotidiana, el espíritu del modernismo ha desarrollado unas tradiciones propias aún vigentes, tradiciones que paradójicamente sacrifican el pasado y el presente para abrir una perspectiva de futuro. Ahora, del autor de The politics of authenticity nos llega este sólido análisis del vibrante y profundo impacto del modernismo en la vida contemporánea. Marshall Berman nos ofrece una nueva visión de las raíces del modernismo y su evolución en las turbulentas ciudades de Europa y América. Su historia está repleta de personas y lugares importantes, desde Dostoievski y el París del siglo XIX, a Robert Moses y el Bronx de la juventud de Berman. Con ello nos desafía a comprender e incluso celebrar nuestra situación singularmente moderna, en la que nada es seguro salvo el propio cambio, y en la que 'todo lo sólido se desvanece en el aire'.

Filósofo marxista y escritor estadounidense. Influyente en la sociología de la cultura a través de obras como 'La política de la autenticidad', 'Aventuras en el marxismo' pero fue con 'Todo lo sólido se desvanece en el aire', considerado uno de los libros más influyentes del siglo XX.
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PREFACIO A LA EDICIÓN DE PENGUIN DE 1988*


EL CAMINO ANCHO Y ABIERTO


En defino el modernismo como cualquier intento por parte de hombres y mujeres modernos de ser tanto sujetos como objetos de la modernización, de captar el mundo moderno y sentirse cómodos en él. Ésta es una idea más amplia y más incluyente del modernismo que la que suele encontrarse en los libros especializados. Implica una manera abierta y amplia de comprender la cultura; muy diferente del enfoque curatorial que divide en fragmentos la actividad humana y encierra cada uno de ellos en cajas separadas, etiquetadas por momento, lugar, lenguaje, género y disciplina académica.

La vía amplia y abierta es sólo una de las muchas formas posibles, pero tiene ventajas. Nos permite ver toda clase de actividades artísticas, intelectuales, religiosas y políticas como parte de un proceso dialéctico, y desarrollar un interjuego creativo entre ellas, crear las condiciones para un diálogo entre el pasado, el presente y el futuro. Atraviesa el espacio físico y social y revela solidaridades entre grandes artistas y personas comunes, así como entre residentes de lo que torpemente llamamos el Viejo, el Nuevo y el Tercer Mundo. Una solidaridad de las personas por encima de los límites de la etnicidad y la nacionalidad, el sexo y la clase y la raza. Ampliar nuestra visión de nuestra propia experiencia nos muestra que en nuestra vida hay más de lo que pensábamos, les da a nuestros días nueva resonancia y profundidad.

Desde luego, ésta no es la única manera de interpretar la cultura moderna o la cultura en general. Pero resulta sensata si deseamos que la cultura constituya una fuente de nutrición para la vida en curso, más que un culto de los muertos.

Si pensamos en el modernismo como una lucha por sentirnos cómodos en un mundo que cambia constantemente, nos daremos cuenta de que no hay modo alguno del modernismo que pueda llegar a ser definitivo. Nuestras construcciones y logros más creativos se convertirán en prisiones y sepulcros blanqueados de los que nosotros, y nuestros hijos, habremos de escapar o que tendremos que transformar si es que la vida debe seguir. El Hombre Subterráneo de Dostoievski lo sugiere en su inagotable diálogo consigo mismo:

¿Tal vez ustedes, caballeros, piensan que estoy loco? Permítanme defenderme. Estoy de acuerdo en que el hombre es, preeminentemente, un animal creativo, predestinado a esforzarse conscientemente por alcanzar una meta y a dedicarse a la ingeniería, es decir, a construir, eterna e incesantemente, nuevos caminos, adonde quiera que puedan llevar… Al hombre le encanta crear caminos, sobre eso no hay discusión. Pero… ¿no será… que instintivamente tiene miedo de alcanzar su meta y de completar el edificio que está construyendo? Quién sabe, tal vez ese edificio sólo le guste desde cierta distancia y no le guste nada desde cerca,

Yo experimenté de manera muy dramática el choque de los modernismos, y de hecho participé en él, en agosto de 1987, cuando visité Brasil para discutir este libro. Mi primera escala fue Brasilia, la capital creada por un decreto del presidente Juscelino Kubitschek a finales de los años cincuenta y principios de los sesenta, exactamente en el centro geográfico del país. Fue planeada y diseñada por Lucio Costa y Oscar Niemeyer, discípulos izquierdistas de Le Corbusier. Desde el aire Brasilia se veía dinámica y excitante; de hecho, había sido construida para asemejarse al jet desde el cual yo (y prácticamente todos los demás visitantes) la veíamos por primera vez. Pero desde el nivel del suelo, en el cual la gente vive y trabaja realmente, es una de las ciudades más deprimentes del mundo. Éste no es el lugar adecuado para hacer una descripción detallada del diseño de Brasilia, pero la sensación general —confirmada por todos los brasileños que conocí— es la de inmensos espacios vacíos en los cuales el individuo se siente perdido, tan sólo como un hombre que estuviese en la luna. Hay una ausencia deliberada de espacios públicos en los cuales las personas puedan reunirse y conversar, o simplemente mirarse entre sí y pasar el rato. Se rechaza explícitamente la gran tradición del urbanismo latino, en el cual la vida citadina se organiza en torno a una plaza mayor.

El diseño de Brasilia podría haber sido enormemente sensato para la capital de una dictadura militar, regida por generales que querían que la gente se mantuviese apartada, separada y oprimida. Sin embargo, como capital de una democracia es un verdadero escándalo. Si Brasil ha de seguir siendo democrática, sostuve en discusiones públicas y ante los medios de comunicación, necesita un espacio público democrático al cual la gente pueda acudir de todo el país y reunirse libremente, para hablar entre sí y para dirigirse a su gobierno —porque, en una democracia, es, después de todo, gobierno—, y debatir sus necesidades y deseos, y comunicar su voluntad.

No pasó mucho tiempo antes de que Niemeyer empezara a contestar. Después de decir varias cosas poco halagüeñas sobre mí, hizo una declaración más interesante: Brasilia simbolizaba las aspiraciones y esperanzas del pueblo brasileño, y cualquier ataque sobre su diseño era un ataque a la gente misma. Uno de sus seguidores añadió que yo revelaba mi vacío interior al pretender ser modernista mientras atacaba una obra que es una de las supremas encarnaciones del modernismo.

Todo eso me puso a pensar. Niemeyer tenía razón sobre una cosa. Cuando se concibió y planeó Brasilia, en los cincuenta y principios de los sesenta, encarnaba en verdad las esperanzas del pueblo brasileño, en especial su deseo de modernidad. La gran brecha que hay entre esas esperanzas y su realización parece ilustrar lo que aduce el Hombre Subterráneo: para los hombres modernos puede ser una aventura creativa construir un palacio, pero una pesadilla tener que vivir en él.

Este problema se vuelve especialmente agudo para un modernismo que cancela el cambio o es hostil a él, o mejor dicho un modernismo que busca un gran cambio, y después nada más. Niemeyer y Costa, siguiendo a Le Corbusier, pensaban que el arquitecto moderno debía usar tecnología para construir la corporización material de cierto ideal: formas clásicas eternas. Si era posible hacer eso para toda una ciudad, esa ciudad sería perfecta y completa; sus límites podrían ampliarse, pero jamás se desarrollaría desde adentro. Como el Palacio de Cristal, tal como se lo imagina en , la Brasilia de Costa y de Niemeyer dejó a sus ciudadanos —y a los de todo el país— «sin nada por hacer».

En 1964, poco después de la inauguración de la nueva capital, la democracia brasileña fue derrocada por una dictadura militar. En los años de esta dictadura (a la que Niemeyer se opuso) la gente tenía crímenes mucho más horribles de qué preocuparse que de los posibles defectos del diseño de su capital. Pero una vez que los brasileños recuperaron su libertad, a finales de los setenta y principios de los ochenta, era inevitable que muchos se sintiesen molestos con una capital que parecía diseñada para mantenerlos tranquilos. Niemeyer tendría que haber sabido que una obra modernista que despojaba a la gente de algunas de las prerrogativas modernas básicas —hablar, reunirse, discutir, comunicar sus necesidades— se ganaría numerosos enemigos. Cuando hablaba yo en Río, en São Paulo, en Recife, me encontré sirviendo de conducto para una indignación generalizada contra una ciudad que, como me dijeron tantos brasileños, no tenía lugar para ellos.

Y, sin embargo, ¿hasta qué punto era culpa de Niemeyer? Si algún otro arquitecto hubiese ganado el concurso para diseñar la ciudad, ¿no era probable que hubiera resultado una escena más o menos tan ajena como lo es ahora? ¿Acaso todo lo más agobiante de Brasilia no emanaba de un consenso mundial en torno a los planificadores y diseñadores esclarecidos? Sólo en los sesenta y los setenta, después de que la generación que construyó proto-Brasilias por todos lados —incluidos las ciudades y los suburbios de mi propio país— tuvo la oportunidad de vivir en ellas, descubrieron cuánto faltaba en ese mundo que habían hecho los modernistas. Entonces, igual que el Hombre Subterráneo del Palacio de Cristal, ellos (y sus hijos) empezaron a hacer gestos groseros y trompetillas, y a crear un modernismo alternativo que afirmase la presencia y la dignidad de todas las personas a las que habían omitido.

Mi sensación de lo que le faltaba a Brasilia me llevó de regreso a uno de los temas centrales de mi libro, tema que me parecía tan destacado que no lo afirmé tan claramente como lo merecía: la importancia de la comunicación y del diálogo. Tal vez parezca que estas actividades no tienen nada de especialmente moderno, pues se remontan a los...



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