Bernal Llorente | Anáfora | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 232 Seiten

Reihe: Teología

Bernal Llorente Anáfora

Aproximación a la Plegaria Eucarística
1. Auflage 2015
ISBN: 978-84-9073-173-4
Verlag: Editorial Verbo Divino
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

Aproximación a la Plegaria Eucarística

E-Book, Spanisch, 232 Seiten

Reihe: Teología

ISBN: 978-84-9073-173-4
Verlag: Editorial Verbo Divino
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



Con esta obra, que pretende conocer la plegaria eucarística desde dentro, José Manuel Bernal esboza un comentario teológico y pastoral sobre la plegaria de acción de gracias. Su propósito es ofrecer a los orantes un conocimiento profundo de la anáfora y abrirles horizontes nuevos de creatividad. Para ello, acude a la tradición litúrgica hebrea intentando descubrir el tipo de plegaria que pronunció Jesús en la última cena al bendecir el pan y el vino. Y examina luego cómo acogió la comunidad cristiana la bendición de Jesús y cómo esa plegaria fue cuajando en formas concretas, hasta convertirse en la anáfora de la Iglesia. El deseo del autor no es tanto ilustrar la mente cuanto contribuir a la autenticidad de las celebraciones.

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I. Disposición de los dones sobre la mesa


Los relatos de la última cena nos transmiten las palabras y los gestos de Jesús en esa cena de despedida. Una cena que, según refieren los sinópticos, fue pascual. Pero no solo conocemos, a través de los relatos, lo que dijo e hizo Jesús en esa cena; conocemos también el comportamiento de la comunidad cristiana al celebrar la fracción del pan. Ese es el resultado de las investigaciones del eminente teólogo Joachim Jeremias1. Esta apreciación del exégeta alemán va a servirme de base para diseñar la estructura de este libro.

Por eso voy a seguir el desarrollo que aparece en los relatos (Mt 26,26-29; Mc 14,22-25; Lc 22,15-20; 1 Cor 11,23-26).

1º. «Tomó el pan», «tomó el cáliz». Son los gestos iniciales; uno referido al pan, y el otro, referido a la copa de vino.

2º. «Pronunció la bendición». Es el segundo gesto; algunos relatos, en cambio, dicen que Jesús «dio gracias». Es lo mismo. «Dar gracias», «bendecir», «alabar», «glorificar»: todos estos términos hacen referencia al mismo tipo de plegaria. Pero esto lo comentaré más ampliamente en otro momento.

3º. «Lo partió [el pan]». Es un gesto paradigmático, cargado de simbolismo. Hasta el punto de servir para designar el conjunto de la eucaristía, llamada en los primeros tiempos «fracción del pan» (Hch 2,42; 20,7).

4º. «Se lo dio diciendo». De ese modo, tan simple, se describe la distribución del pan y del vino.

Habría que anotar también que, según los relatos de Lucas y Pablo, que reflejan el estrato más arcaico de la celebración eucarística, seguramente antes de unificar los ritos del pan y de la copa, existiría en el marco mismo de la liturgia eucarística la celebración de una cena de fraternidad.

Es esta una estructura piramidal en cuyo vértice hay que colocar la plegaria de acción de gracias: se toman los dones del pan y del vino, se pronuncia sobre ellos la plegaria de bendición o de acción de gracias y, después de haber partido el pan, se ofrecen estos dones a los asistentes para que sean compartidos por toda la comunidad. Hace ya algunos años, el liturgista alemán Theodor Schnitzler desarrolló esta idea en un precioso librito2. En él, al analizar el canon de la misa, diseñó la estructura de esta plegaria interpretándola en clave piramidal y colocando la consagración en la cúspide. Ahí culmina no solo el canon o plegaria de acción de gracias, pues es toda la liturgia de la eucaristía la que encuentra su punto álgido, su momento culminante, al pronunciar el sacerdote la plegaria de bendición, la acción de gracias, la anáfora.

Esta es la clave que explica el montaje de este libro. Mi intención principal, la prioritaria, es analizar y esclarecer la riqueza de esa plegaria que los orientales han llamado siempre «anáfora», los latinos «canon missae» y a la que en la actualidad preferimos referirnos con la expresión «plegaria eucarística». Para acercarnos a esa plegaria, intentaré, primero, ofrecer algunas consideraciones previas, indicando el sentido que tienen la preparación de la mesa del altar y la presentación de los dones del pan y del vino. Luego, al final, tendré que comentar gestos complementarios tan importantes como la fracción del pan y el abrazo de paz; con ellos, la comunidad se dispone a compartir fraternalmente el banquete del pan y del vino. De ese modo se concluye gozosamente la celebración de la cena del Señor.

La anáfora constituye, pues, el momento culminante de la celebración. En eso no hay duda. Esta apreciación da por supuesta la importancia destacada de esta plegaria, su innegable valor: por su profundidad, por su belleza literaria, por su venerable antigüedad, por su contenido doctrinal. Nos encontramos ante uno de los elementos más preciados de nuestro patrimonio litúrgico. Todas las tradiciones litúrgicas de la Iglesia, tanto de Oriente como de Occidente, cuentan en su tradición con valiosos modelos de plegarias eucarísticas, de anáforas, que han llegado hasta nosotros y constituyen uno de los tesoros más ricos de la Iglesia universal.

Este va a ser, pues, el objeto de consideración y comentario de este libro, la anáfora de la Iglesia. Profundizar en el sentido, el espíritu y la dimensión de esta plegaria va a permitirnos, en última instancia, ahondar más en una comprensión más aguda y cabal del conjunto de la eucaristía. Los textos de anáfora son, sin duda, la más perfecta clave de interpretación del sentido teológico y pastoral de la liturgia eucarística.

1. Aderezar la mesa


Es el primer paso. Aunque estoy convencido de que, para algunos puristas, ni la expresión «aderezar» ni la palabra «mesa» serán de su agrado. Sin embargo, hay que empezar por ahí; hay que descubrir la dinámica elemental, la más simple, la que justifica el desarrollo del banquete eucarístico. Hay que empezar preparando la mesa en la que van a ser depositados los dones del pan y del vino sobre los que el sacerdote pronunciará la acción de gracias. De ese modo, esos dones bendecidos se convertirán en dones consagrados, «eucaristizados», como dicen los textos antiguos; se convertirán en dones mesiánicos; en el cuerpo y en la sangre del Señor.

Las mesas actuales, nuestros altares, suelen ser de piedra. Es lo habitual. En cambio, durante los cuatro primeros siglos, tanto en las basílicas como en las casas, los altares solían ser de madera, auténticas mesas3. Eran portátiles, transportables; se quitaban y ponían en función de las celebraciones. Posteriormente las comunidades cristianas primitivas, sobre todo en Roma, comenzaron a celebrar la eucaristía en los cementerios, sobre las tumbas de los mártires. De ello son testigos elocuentes las catacumbas romanas, que todos conocemos. De ahí proviene la costumbre de celebrar la eucaristía sobre las reliquias de los santos. Junto al cuerpo sacramental de Cristo, inmolado en la cruz, celebramos también la inmolación pascual de los mártires; de este modo, sobre un solo altar, celebramos una sola Pascua, la Pascua de Jesús y la Pascua de los mártires4.

Hay que aderezar la mesa. Hay que prepararla para que pueda celebrarse el banquete eucarístico. Hay que revestirla con el mantel blanco de las fiestas; hay que adornarla con las flores y con los candelabros. Hay que embellecer la mesa con luces y flores. Luego, sobre la mesa dispuesta, hay que depositar el pan y la copa de vino. Son los dones mesiánicos que, por la plegaria de bendición, se convertirán en el cuerpo entregado y en la sangre derramada del Señor. Porque la mesa del banquete es, además, el ara del sacrificio. Mesa y altar: las dos cosas. En esa mesa, la comunidad hará memoria de la entrega sacrificial de Jesús en la cruz, como gesto supremo de obediencia y alabanza al Padre, y de amor incondicional a los hombres.

El aderezo de la mesa y la presentación de los dones pueden revestirse de una solemnidad mayor haciendo uso del incienso. Yo sé que en los tiempos que corremos el uso del incienso en las iglesias no goza de mucha reputación. Huele a sacristía. Pero me parece que es un prejuicio injusto. Los orientales están introduciendo entre nuestras gentes el uso de pebeteros humeantes para quemar perfumes y hierbas aromáticas. Es lo mismo; quizás el gusto por lo exótico puede abrirnos una puerta falsa para recuperar en nuestras celebraciones el uso del incienso. Nunca he llegado a detestar la imagen del sacerdote incensando los dones y rodeando el altar agitando el incensario humeante como si fuera un botafumeiro en miniatura. No voy a repetirlo, pero hay que recuperar la carga simbólica de los gestos y de los comportamientos rituales.

Todo lo que acabo de sugerir en esta página me obliga a expresar un reproche a los que, ya al comienzo de la misa, tienen preparados y dispuestos sobre el altar las vinajeras, la patena con la hostia del sacerdote, el copón con las hostias pequeñas para los fieles y el cáliz. Esta costumbre, además de no ajustarse a la normativa litúrgica, rompe del todo la dinámica simbólica de los gestos que comporta la preparación de la mesa y la presentación de los dones. Porque es ahí, en ese momento, donde comienza la liturgia del banquete. En la primera parte de la misa se celebra la liturgia de la palabra. Toda la acción se desenvuelve en torno al ambón, desde donde se proclama la palabra, y en torno a la sede del sacerdote, desde donde modera las oraciones, predica la homilía y preside la comunidad. Es la mensa verbi. La preparación de la mesa y la presentación de los dones marcan el inicio del banquete eucarístico, la liturgia de la mensa sacramenti.

2. Depositar el pan y el vino


Yo me resisto a reconocer este momento como un ofertorio. La reforma conciliar modificó el perfil de este gesto. Los textos del llamado ofertorio planteaban serios problemas teológicos, ya que, de una forma sorprendente, anticipaban a ese momento la ofrenda sacrificial de Cristo en la misa. En realidad, desde una teología limpia y libre de sospecha, el sacrificio de Cristo se representa, actualiza y hace presente en el momento de la consagración. El llamado ofertorio hay que entenderlo, pues, como un gesto funcional, como una preparación de los dones sobre el altar.

Pablo VI ya señalaba en la constitución apostólica Missale romanum la necesidad de revisar y reformar el rito del ofertorio: porque estos textos son tardíos, porque fueron incorporados al ritual en base a una teología sumamente sospechosa y, finalmente, porque estaban...



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