Bero | Mimi me salvó | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 200 Seiten

Reihe: Nerabea

Bero Mimi me salvó


1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-128078-1-3
Verlag: Kabo&Bero Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 200 Seiten

Reihe: Nerabea

ISBN: 978-84-128078-1-3
Verlag: Kabo&Bero Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Una novela sobre salud mental, diversidad y pinceladas de historia acompañadas por mucha música. Dailos, Asier y Marta nos transportan a Madrid, Bilbao o Arucas a través de sus vivencias más personales. La música vive no solo en cada melodía, sino en cada artista que se entrega, que da parte de sí y que, incluso de forma no intencionada, nos induce a descubrir aspectos de nuestra propia identidad. Entender que las personas referentes nos acompañan y nos contienen en nuestro crecimiento es fundamental. Por esta razón, salud mental, diversidad y pinceladas de historia se entrelazan en Mimi me salvó junto a mucha música.

Sergio Bero es psicólogo especializado en diversidad y género. Motivado por un aprendizaje continuado, enfoca sus consultas en el análisis funcional de la conducta para (re)ubicar fortalezas psicológicas, valores personales y vivencias emocionales. Ya sea en forma de relato o novela, su narrativa refleja tanto las necesidades como las contradicciones que todas las personas presentamos.
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1. La que importa


Coloco en el asiento contiguo mi bolso y advierto que el AVE no va lleno, me alivia pensar que no compartiré las casi tres horas que separan mi Málaga natal de la capital con nadie más que mis pensamientos. Mi pantalón de suave felpa, mis deportivas blancas y mi camiseta oversize han sido la mejor elección para que la comodidad sea efectiva. Me dejo caer y resoplo sintiendo aún el terral boquerón que acabo de dejar atrás en la estación María Zambrano. En apenas cinco minutos comienzo a hacer un repaso mental de estas tres últimas semanas.

Sin remedio alguno, el primer pensamiento se lo dedico al pasado miércoles 11 de junio de 2042. Imposible desterrar esa fecha de mi cabeza, día en el que una videollamada cambió mi vida, o al menos, el modo en el que la estaba viviendo. Aunque es cierto que muchas lo hacen –cuántos timbres son la antesala de noticias, cambios y sorpresas–, esta fue la última de ellas.

Cuando una piensa que nada va a moverse del punto donde se encuentra, acude la posibilidad de revancha, en mi caso disfrazada de análisis rutinarios. Nada más ordinario para marcar un punto y aparte que una analítica de sangre.

Ciertos parámetros desajustados vinieron a refrendar las semanas de cansancio que estaba arrastrando y la pérdida de peso que, sin motivo aparente, estaba manifestándose en mí. Esos resultados me llevaron a visitar a mi doctora, Mercedes, que auguraba malas noticias. No podía decirse que tuviera yo demasiada actividad –o más que la de costumbre– últimamente. Sabía que al cuerpo debía darle actividad y descanso de forma adecuada y proporcionada. Escuchar sus necesidades y sus deseos había sido siempre mi ritual, pero también vigilarlo siendo consciente de que la genética podía jugar en mi contra.

Otra llamada, sin cámara aquella vez, hace ya 40 años, cuando aún los sanitarios no atendían desde el plasma de la videoconsulta, también se ocupó de cambiar mi rumbo –anímico en aquella ocasión– inesperadamente. La diferencia de edad entre papá y mamá solo se hizo evidente cuando él enfermó. Los casi veinte años entre ellos nunca habían sido antes tan evidentes. Es más, la gente piropeaba el físico envidiable de papá y el efecto rejuvenecedor que mamá infería en él. Parecían totalmente coetáneos. Sin embargo, como si se tratara del efecto contrario a cualquier anuncio televisivo de cremas antiarrugas, los 60 cayeron de golpe después de que la prematura demencia senil llamara a nuestras puertas. Y sí, no solo a la puerta de papá, sino a la de mamá y a la mía también.

Teniéndome por aquel entonces en Madrid, a mamá se le hizo tremendamente inaccesible el cuidado de papá. Su cómoda vida, llena de confort, opulencia y buenas apariencias como cónyuge de un fiscal renombrado, parecía derrumbarse. La ayuda de una nueva cuidadora interna, además de la que Rosa siempre nos había brindado en casa, no parecía serle suficiente.

Cada llamada consistía en reprochar mis decisiones y mi entorno. Dedicaba más tiempo a desaprobarme que a contarme qué avances, o más bien retrocesos, presentaba papá. Normalicé esos sermones diarios debidos a su indefensión, por verla sola o por el hecho de haber sido ella mi defensora durante mi adolescencia, mientras que yo después hice mi vida lejos de Málaga.

Cierto es que mamá había sido mi protectora, pero nunca mi sobreprotectora. Consiguió que yo creciera creyendo en mí y que viviera mi realidad de forma natural. Sería imposible decir que fue un recorrido sin juicios, pero ella me ayudó a minimizarlos. Fue también ella quien aceptó que desde muy chica me expresara como niña, independientemente de los genitales con los que hubiera nacido. Mamá siempre antepuso mi ser a mi estar; mi yo a mi apariencia. Recuerdo El patito feo como el primer cuento que, siendo un clásico, hablaba de mí. Con mamá fue más sencillo quererme tal cual era, apreciarme y tratarme mejor. Ojalá mi caso fuera una generalidad, pero no lo fue durante los 80 y, salvando distancias, tampoco décadas después.

Sé que soy una privilegiada. A esa mano maternal agarrándome fuerte se uniría haber nacido en una familia con una posición económicamente agradecida. El dinero no da la felicidad, pero ayuda... y mucho. Tal y como defendía la periodista Virginia Vallejo en su relación con el narcotraficante Escobar y el poder: no es lo mismo llorar en primera clase que en turista.

Ante la postura nada empática de papá, imposibilitado para entender mi transición, mamá ocupó el papel convincente para conseguir mis tratamientos en una España –la de los 90– no preparada y obstaculizante. La inquebrantable tozudez de mamá luchando por mi libertad fue mi aliada, para ponerme en manos de mi cirujano en Londres con mis 17 recién cumplidos. Echando la vista atrás, con la perspectiva actual tras un recorrido mucho más amplio, reformulo el planteamiento anterior porque mis genitales no fueron tan independientes. El passing1 siempre ha funcionado como un ajuste al patrón de género que prevalece en la sociedad para así, evitar la hostilidad de ser distinta y visible. En ningún momento hubiera podido yo misma entender, en aquellos tiempos, que mantener mi pene fuera una posibilidad lícita. Aunque no fuera un órgano al que le tuviera desprecio, formaba parte de aquello que debía modificar para sobrevivir ante la transfobia imperante de finales del siglo XX.

Era el año de las famosas olimpiadas barcelonesas y el Curro sevillano: un año donde España quiso mostrarse al exterior, renovándose por dentro y por fuera, como yo misma2. Por eso mismo, por saber que algo tan superficial como el dinero facilita y abre muchas puertas, pero que el apoyo del entorno era imprescindible, fui consciente tempranamente de que quería ayudar a otras personas y facilitar su camino como mamá allanó el mío. Me formé como psicóloga.

Papá había sido un mero dispensador económico, falto de comprensión. Cuando mi oportunidad de sentir orgullo por su parte podría estar en ciernes, cayó enfermo. Había colocado todas mis expectativas en ese momento hipotético y futuro en el que él me valoraría personalmente, aplaudiría mi carrera profesional, y me vería como una mujer hecha y derecha. Ante todo, como una mujer.

Sin embargo, fue todo fulminante. Comenzaron haciéndose más evidentes muchos rasgos que papá había desarrollado hacía tiempo y a los que no les habíamos dado la importancia necesaria. Esos olvidos tontos de eventos, sus confusiones sobre fechas, el malhumor en momentos sociales o necesitar de mamá para elegir la ropa adecuada en cada ocasión, eran comportamientos muy repetidos que jamás nos habían preocupado. Pero sus descuidos mutaron en no recordar la dirección de casa, desorientarse fácilmente, inquietarse durante la noche y necesitar dormir durante el día. De ahí al deterioro más doloroso donde perdió la noción de lo que lo rodeaba, dejó de comunicarse y se volvió vulnerable hasta caer en una letal neumonía, no pasaron más de cuatro años desagradables, tristes y llenos de proyectos, ideas y expectativas rotas que nunca pudieron realizarse. Aquella vez en la que mi dead name reapareció en su boca, como una estaca clavada en mi pecho, fue el momento en el que todas mis esperanzas sobre aquel codiciado orgullo se desvanecieron.

Desde entonces, tras alcanzar papá la séptima fase de Alzheimer de forma tan acelerada, me convertí en detective pendiente de cualquier señal de deterioro cognitivo que pudiera darse en mí. Nació mi obstinación por el deporte, la comida sana y los hábitos que ayudaran a que mi cerebro ni se oxidara ni se sobreestimulara. La sensatez ejerció su peso y esa atención al desgaste hizo que dejara mi consulta mucho antes de mi edad de jubilación. Como profesional de la Psicología, el riesgo de erosión emocional podía pasarme factura con lo que, muy a mi pesar, incluso tomé la decisión de parar hace una década, en pro de esa salud buscada: la que importa.

Durante toda mi carrera, la dedicación y la implicación fueron parte de mi día a día y no podía imaginarme mi trabajo de un modo más desapegado. Se sabe, se dice, que los temas laborales no hay que llevarlos a casa. Pero del dicho al hecho hay un trecho y casi nunca sucede. ¿Cómo dejar una relación en el despacho y retomarla la semana siguiente a la misma hora como si nada? ¿Existe algún modo de hacerlo y que esa relación sea totalmente fructífera? Es algo quimérico pretenderlo incluso. Salir de consulta y hacer mi vida implicaba relacionarme yo también. Compartía con otras personas y no siempre compatibilizaba, lo que me generaba decepción, frustración e incertidumbre, por lo que, de aquel modo, conectaba con lo que X me hubiera dicho durante su sesión. Disfrutaba de series, películas y libros donde de una situación, de un diálogo o de un guion, también aprendía y encontraba afinidad con lo que Z me hubiera explicado otro día de terapia... Es más, no puedo decir que no disfrutara con ello. Porque sí, pensaba en mis pacientes más allá de la consulta. De hecho, nunca los llamé así. Eran las personas usuarias de mi servicio: personas valientes que me entregaban su confianza, que compartían conmigo sus experiencias, sus risas y sus lágrimas. Seguían en mi día a día y se presentaban en mis pensamientos junto a mis rutinas porque eran muchísimo más que “sujetos pacientes”. Significaron parte de mi aprendizaje vital, de mi crecimiento y de mi vocación. Eran mis consultantes.

Lo que sabemos a ciencia cierta que...



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