E-Book, Spanisch, 624 Seiten
Bilbao Antes del volcán
1. Auflage 2025
ISBN: 979-13-8764128-3
Verlag: Editorial Impedimenta SL
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Los cuentos recuperados
E-Book, Spanisch, 624 Seiten
ISBN: 979-13-8764128-3
Verlag: Editorial Impedimenta SL
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
JON BILBAO (Ribadesella, 1972) es escritor y traductor. Es ingeniero de minas y licenciado en Filología Inglesa. Considerado uno de los más distintivos narradoras en lengua española de la actualidad, en Impedimenta ha publicado el volumen de relatos Estrómboli (2016), el tríptico El silencio y los crujidos (2018), y las novelas Basilisco (2022, Premio de las Librerías de Navarra), Araña (2023) y Matamonstruos (2024), así como de la nouvelle Los extraños (2021). Asimismo, es autor de las novelas El hermano de las moscas (2008), Padres, hijos y primates (2011; Premio Otras Voces, Otros Ámbitos) y Shakespeare y la ballena blanca (2013). Sus libros de cuentos Como una historia de terror (2008; Premio Ojo Crítico de Narrativa), Bajo el influjo del cometa (2010; Premio Tigre Juan y Premio Euskadi de Literatura) y Física familiar (2014) se acaban de recopilar en el volumen Antes del volcán (Impedimenta, 2025). Actualmente reside en Bilbao.
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Amenaza exterior
Un hombre regresa a casa tras finalizar la jornada de trabajo. Corbata aflojada, mirada todavía tensa… Como cada día, han quedado cosas por hacer, pequeño desastre que enriquece una ansiedad ya enquistada.
Mete el coche en el garaje anexo. Antes de cruzar la puerta y pasar al abrigo del interior, se detiene en el jardín, la llave ya en la mano, y contempla la calle.
Todas las casas se parecen. Todas disponen de jardines y senderos de grava rastrillada. Las ventanas encendidas parecen portales suspendidos en el aire, conducentes a otros mundos.
Una pareja de novios se despide dentro de un coche. Un gran gato siamés los observa acomodado en un alféizar y oscila despacio la cola. Por el oeste, restos violáceos en el cielo.
El hombre ve a una ardilla descender cabeza abajo de un árbol próximo. Un tintineo involuntario de las llaves alerta al roedor, que se paraliza en el césped y le devuelve una mirada de ojos negros. Durante un instante se suspende el transcurso indomeñable del tiempo, y el hombre se siente liviano y en parte olvida lo que ha quedado sin hacer. Luego la ardilla agita las orejas y se aleja saltando graciosamente sobre vallas y calle hacia algún almacén de frutos secos, llevándose el agradecimiento del hombre.
En la alfombra del salón, el hijo se entretiene con un camión de juguete.
Hola…
El niño, enfrascado en el juego, apenas levanta la mirada ante la llegada de su padre. Es un camión de obra, amarillo; la pintura brilla de puro nuevo, sin un arañazo.
¿Y esto?, pregunta el hombre.
Ha llegado en el correo.
Hay piezas de un juego de construcción esparcidas sobre la alfombra y en el volquete del vehículo. A escala real, sería de dimensiones monstruosas; las ruedas, de la altura de un hombre. El niño empuja el camión entre los escombros y hace ruidos de motor. El hombre le acaricia el pelo cobrizo, como el que él tenía a su edad.
Junto a la ventana del salón hay habilitada una pequeña zona de trabajo. En la pantalla de un ordenador, un programa de dibujo y el apunte de un fino entramado vegetal.
El hombre se dirige a la cocina. Su mujer termina de preparar la cena. Mientras saca platos y vasos de un armario habla por teléfono sosteniendo el auricular entre el hombro y la mejilla. Ella le lanza un guiño. Mientras aguarda, él se asoma a la cazuela y prueba la cena.
Ella diseña estampados para colchas y sábanas. La mayor parte del tiempo trabaja en casa.
Se despide de su interlocutor y cuelga.
¿Qué tal el día?
Bien, dice él. ¿Y tú?
Lo mismo.
La llamada era de la hermana de la mujer. Ha conocido a un chico, dice ella, están saliendo.
Hmm…
Nos invita a cenar el viernes para que le conozcamos. En su casa.
Ya.
¿No te apetece?
Claro.
No teníamos otros planes, ¿verdad?
Él piensa un instante y dice: No.
Tengo curiosidad por conocerlo, parece muy ilusionada, dice la mujer.
La hemos visto así antes.
Ella sonríe sin alegría.
Mientras conversan, la mujer pone la mesa. De lunes a jueves cenan en la cocina. Él descorcha una botella de vino.
Deja eso, dice ella. Ve a lavarte las manos.
Bueno…
Pero no se va.
¿Y ese camión que tiene el niño?, pregunta.
Ha llegado con el correo.
Él menea la cabeza en gesto de no comprender.
Un paquete, añade ella.
¿Para él? ¿De quién?
No indicaba remitente.
El hombre arruga el ceño. No es el cumpleaños del niño ni lo será en fechas próximas ni lo ha sido hace poco.
Tampoco era para él. La dirección era la nuestra pero el nombre del destinatario era desconocido.
Desconocido, repite él mientras se libera de la corbata y, pensativo, la enrolla alrededor del puño.
Sería el propietario anterior, supongo. El de la casa que había antes aquí. Tengo hambre. ¿Tú no?, pregunta la mujer. Y sale de la cocina.
Deja eso, cariño, ya está la cena, oye él que le dice al niño.
Compraron la casa cuando todavía se encontraba en construcción. Y antes de eso… ¿había otra en su lugar? El hombre lo ignora.
¿Y lo habéis abierto?, pregunta alzando la voz.
Claro… No llevaba remitente. No se podía devolver.
Cenan los tres. El niño habla de su día en el colegio. A ella le han encargado una nueva colección para el año próximo; no queda mucho tiempo para la fecha de entrega. Aprovecha cada momento libre para sentarse ante el ordenador.
Yo recojo, propone el hombre cuando terminan. Los otros regresan al salón, ella a continuar su trabajo y el niño a jugar con el camión.
Retira los platos de la mesa. Cuando echa las sobras a la basura ve asomar un trozo de papel de embalar. Tira de él con cuidado. Está arrugado y manchado de aceite.
Lo saca de la basura y sobre la encimera de la cocina lo alisa y retira los restos de comida pegados.
En efecto, la dirección es la suya. Sin embargo, el nombre del destinatario no le dice nada. Se trata de un nombre común; sin necesidad de comprobar el listín telefónico sabe que encontrará docenas.
El matasellos es de allí mismo, de la ciudad.
Vuelve a hacer una bola con el papel y lo deja donde lo encontró.
Detalle a detalle un ave del paraíso va tomando forma en el ordenador. Luego, repetida, se instalará en la trama vegetal ya finalizada.
En el salón reina el silencio, apenas perturbado por los murmullos del niño, que juega en la alfombra.
El televisor está sintonizado, sin sonido, en una cadena de noticias económicas. El padre apenas se fija en los titulares sobreimpresionados. De tanto en cuando, por pura costumbre, toma nota de un dato en el margen del periódico que sostiene en el regazo; notas de las que pronto se olvidará. La mayor parte del tiempo permanece con la cabeza recostada en el respaldo y la vista perdida en la ventana. Ve las ramas bajas de la acacia del jardín, con el reflejo de su mujer por encima, encorvada ante el ordenador, colocándose un mechón de cabello tras la oreja.
Ella no le pide opinión sobre su trabajo y, si lo hiciese, él no sabría dársela.
Los murmullos del niño se vuelven más apagados si cabe.
La madre le dice que es hora de acostarse. Él pide una prórroga; apenas unos minutos más. Ella sigue trabajando.
Transcurrido el plazo es el padre quien lo manda a la cama.
El niño está tendido en el suelo, la mejilla contra la alfombra, los párpados apenas abiertos, y aun así continúa jugando con el camión, las monstruosas ruedas a escasos centímetros de la cara.
Vamos, insiste el padre.
¿Puedo dejar esto aquí?, se refiere a las piezas del juego de construcción.
La madre asiente.
Pero lo recoges mañana. En cuanto te levantes.
El niño da un beso de buenas noches al hombre y se aleja arrastrando los pies, seguido por su madre.
Cuando se queda solo, el hombre toma el camión.
Lo examina con detenimiento, acercándolo a la cara. Es de metal, con partes de plástico; la marca es conocida. A buen seguro no resultará difícil encontrarlo en las tiendas.
Lo tiene aún en las manos cuando la mujer regresa.
Estaba agotado, dice. Se ha quedado dormido en pie, mientras se cepillaba los dientes... ¿Todavía estás con eso?
El hombre vuelve a dejar el camión en la alfombra.
Ha sido muy oportuno, dice ella. Ha jugado con él toda la tarde y me ha dejado trabajar.
¿Traía alguna tarjeta?
No.
Él calla, pensativo.
Solo es un juguete, dice ella. Alguien se ha equivocado con la dirección, nada más.
Siguen como antes, ella trabajando, él mirando la televisión sin verla, hasta que la mujer estira la espalda, una vértebra cruje y apaga el ordenador dando el día por concluido.
¿Vienes?
Enseguida.
No tardes, dice ella inclinándose para besarle en la frente.
Sube las escaleras hacia el dormitorio. Luego la casa queda de nuevo en silencio.
Cercana ya la medianoche el hombre apaga la televisión. Con pausa y meticulosidad no alteradas por la costumbre recorre la planta baja comprobando que todas las ventanas, así como la puerta trasera, están cerradas.
A continuación toma una bolsa de basura, regresa al salón y mete en ella el camión de juguete. La cierra con un nudo firme. Sale a la calle.
Apenas quedan ventanas iluminadas. Desde lo alto de una chimenea una lechuza otea el vecindario, su cara nívea reflejando con absoluta autoridad el brillo de la luna.
El hombre paga un alto precio por vivir en un lugar con lechuzas.
Del otro extremo de la calle llega el bramido intermitente del camión de recogida de basuras. Avanza con lentitud, deteniéndose cada pocos metros. El hombre no deja la bolsa en los cubos que hay en la acera. Aguarda tranquilamente, con la bolsa en la mano, como quien espera el autobús.
Cuando el camión se para ante él, uno de los operarios murmura un saludo y el hombre le tiende la bolsa. El operario la toma ceremoniosamente entre sus manos enguantadas y asiente con mirada comprensiva. Sabe lo que debe hacer. Con soltura fruto de la práctica, traza un elegante arco con el brazo y arroja la bolsa a las entrañas del camión. Luego mira al hombre para asegurarse de que este lo ha visto, de que sabe que lo que hay en la bolsa ya no es causa de preocupación.
Un silbido. El...




