Billon / Nieuviarts | Traducir la Biblia | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 60 Seiten

Reihe: Cuadernos bíblicos

Billon / Nieuviarts Traducir la Biblia

Cuaderno biblico 157
1. Auflage 2013
ISBN: 978-84-9945-725-3
Verlag: Editorial Verbo Divino
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

Cuaderno biblico 157

E-Book, Spanisch, 60 Seiten

Reihe: Cuadernos bíblicos

ISBN: 978-84-9945-725-3
Verlag: Editorial Verbo Divino
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«Traducción/traición», se oye decir con frecuencia. Pero, ¿cómo puede entrar un lector no bilingüe en las obras de Shakespeare, de Dante o de Dostoievski? ¿Cómo podría un creyente, judío o cristiano, escuchar la verdad de la Palabra de Dios en las Sagradas Escrituras si no sabe hebreo y griego? Una primera reflexión sobre el diálogo de las lenguas lleva a señalar los puntos fuertes de las traducciones antiguas (Setenta, Vulgata, Lutero) y a hacer un breve repaso de las principales ediciones en español. El «taller del traductor» se abre entonces a las grandes cuestiones del paso entre la lengua fuente y la lengua término, a las relaciones entre el texto y el «paratexto», a la comunidad de lectura que se establece.

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Traducir: ¿un fracaso programado?


«El que traduce un versículo literalmente es un mentiroso; el que añade [algo] al texto es un sacrílego y un blasfemo», dice de forma temible el Talmud (tratado Qidushin 49a). Estas palabras, atribuidas a Rabí Yehudá bar Ilai, discípulo de Rabí Aqiba (siglo II de nuestra era), podrían paralizar. Subrayan sobre todo la responsabilidad del traductor con respecto al texto sagrado.

La audacia y el riesgo


Cualquier empresa de traducción afronta un cierto número de desafíos. En efecto, no hay ninguna traducción estándar. La traducción encuentra siempre un destinatario o un lector diferente, arraigado culturalmente de forma siempre particular, y que tiene siempre una forma de sensibilidad o de atención diferente. Y lo que es verdad para el lector lo es también para el traductor. Todo lector es único, aunque casi siempre pertenezca a una comunidad —en sentido amplio— de lectura. En una palabra, traducir siempre tiene algo de idea preconcebida, porque siempre implica escoger la aproximación a la vez más hermosa y más audaz para hacer justicia al texto que se traduce… y quizá al lector. Traducir es siempre un riesgo y una audacia (cf. recuadro «Sobre la fidelidad»).

Sobre la fidelidad


«Hay que salir de [la] alternativa teórica: traducible versus intraducible, y sustituirla por otra, esta vez práctica, surgida del propio ejercicio de la traducción, la alternativa fidelidad versus traición, aunque haya que confesar que la práctica de la traducción sigue siendo una operación arriesgada siempre en busca de su teoría», Paul RICŒUR, Sur la traduction, 2004, p. 26.

«La fidelidad manifiesta de las traducciones no es el criterio que garantiza la aceptabilidad de la traducción […]. La fidelidad es más bien la convicción de que la traducción es siempre posible si el texto fuente ha sido interpretado con una complicidad apasionada, es el compromiso por identificar lo que es para nosotros el sentido profundo del texto, y la aptitud para negociar en cada momento la solución que nos parece más justa. Si consultáis cualquier diccionario italiano veréis que, entre los sinónimos de fidelidad no se encuentra la palabra exactitud, sino más bien lealtad, honradez, respeto, piedad», Umberto ECO, Dire presque la même chose, 2006, p. 466.

«Traducir es a la vez perder y crear, morir y renacer, salvar lo esencial durante un naufragio para poder poner el pie en una tierra virgen. Es ahí donde residen la aventura y el riesgo que corre cualquier traducción: en una sucesión de decisiones inapelables, que constituyen su fuerza y su debilidad», Christophe RICO, «La lingüistique peut-elle définir l’acte de traduction?», en J.-M. POFFET (dir.), L’autorité de l’Écriture, 2002, p. 223.

«Traducir no es más que escribir. La dificultad, la altura del acto de traducción, reside menos en la distancia de una lengua a otra que en la distancia con respecto al interior de mi propia lengua. Porque esta ya no me pertenece. Y, sin duda, esa es la razón por la que escribo», Frédéric BOYER, La Bible, notre exil, 2002, p. 49.

Hacia el 130 a. C., el traductor griego del libro de Ben Sirá lo señalaba ya en una especie de «Prólogo del traductor» de treinta y cinco líneas. Habiendo dedicado «muchas vigilias y ciencia […] hasta llevar a término y publicar el libro» (línea 31), apela muy lúcidamente a la benevolencia de su lector, con palabras que cualquier traductor suscribiría: «Quedáis, pues, invitados a leerlo con benevolencia y atención, y a ser indulgentes allí donde parezca que, a pesar de nuestros esfuerzos de interpretación, no hemos logrado traducir adecuadamente alguna expresión. Y es que las cosas dichas en hebreo no tienen la misma fuerza cuando se traducen a otra lengua; cosa que ocurre no solo con este libro, sino también con la misma ley, los profetas y los otros libros, los cuales ofrecen no pequeña diferencia cuando se leen en su lengua original» (líneas 15-25).

En estas últimas frases deja escapar una doble convicción: la traducción no reemplaza al original, sin embargo es necesaria.

El final del Prólogo vuelve al objetivo de una publicación hecha para que «puedan usarla también los que, en el extranjero, desean instruirse y reformar sus costumbres para vivir conforme a la ley» (líneas 33-35).

Al final de su tarea (de la que la traducción guardará huella), el traductor se difumina para dejar que resuene solamente la Palabra, libre para el creyente y disponible para cualquier lector.

El editor del libro de Ben Sirá, que hablaba hebreo y griego, no puede negar —a menos que se trate de una humildad fingida— un vago sentimiento de fracaso. Como contraste, con varios siglos de diferencia, no deja de tener interés escuchar las palabras más optimistas de otro bilingüe, chino y francés en este caso, el poeta y filósofo François Cheng.

Lenguas en diálogo


François Cheng es chino. Tras la Segunda Guerra Mundial, viajó a Inglaterra y después a Francia donde decidió quedarse como exiliado en el momento en que la brida del régimen comunista se cernía sobre China. Se quedó en Francia por pasión: la de conocer la lengua, y así poder leer a los poetas, y convertirse él también en poeta, escritor y profesor universitario. Hoy es miembro de la Academia francesa y ha formalizado su experiencia de éxodo interior en un magnífico librito titulado Le dialogue. Une passion pour la langue française [«El diálogo. Una pasión por la lengua francesa»] (2002).

Analiza lo que significa pasar a otra lengua. Es —dice— «nombrar de nuevo las cosas, incluida mi propia vivencia» (p. 79), cambiar de representaciones sobre uno mismo, sobre la propia historia, sobre el mundo. «Nombrar es poseer», decía Sartre. Nombrar de otro modo es desposeerse, dice Cheng, es mudar, sufrir una metamorfosis… Es pensar de otra manera y, finalmente, ser otro.

En F. Cheng conviven dos lenguas, «dos lenguas de naturaleza tan diferente que entre sí abren un foso tan grande como se pueda imaginar». Asimismo se establece una especie de jerarquía: «Finalmente opté por una de las dos lenguas, adoptándola como herramienta de creación, sin que por ello la otra, la llamada simplemente materna, se hubiera disipado pura y simplemente. Puesta en sordina por así decir, esta última se transmutó en una interlocutora fiel, aunque discreta, tanto más eficaz cuanto sus murmullos, que alimentan mi inconsciente, me proporcionaban constantemente imágenes que metamorfosear, nostalgias que llenar» (p. 8).

A cada lengua está ligada una cultura particular, a saber, «el producto colectivo de un gran grupo de personas que viven juntas y que justamente valoran su parte compartible». Esta parte es una oportunidad y ninguna cultura puede formar un «bloque tan irreductible que la hiciera refractaria a la transmisión con relación a otra cultura» (p. 13). Así pues, Cheng comenzó por traducir al chino poetas franceses, y después escribió su propia poesía, en francés. Como chino, aprehende la naturaleza poética de la lengua francesa mediante el juego de formas y sonidos, como si las palabras francesas fueran ideogramas. Así, gracias a la poesía, el diálogo entre sus dos lenguas y culturas «no se presenta bajo la forma convencional de “preguntas-respuestas”; es “común presencia” —conforme a la expresión […] de René Char—, que siempre se eleva, fruto de un intercambio sin fin» (p. 72).

El intercambio, dice por otra parte, se elabora en tres etapas, recogidas de un maestro del budismo: «Ver la montaña / No ver ya la montaña / Volver a ver la montaña» (p. 65).

Estas tres etapas podrían ayudarnos a acercarnos al movimiento fundamental que atraviesa al traductor.

«La primera etapa indica el estado ordinario en el que la montaña se ofrece a nuestra vista bajo el aspecto exterior al que estamos acostumbrados, sin preguntarnos de dónde procede el misterio de su presencia, qué riqueza podemos obtener de una relación secreta con ella». Esta primera etapa correspondería a la lectura del texto que hay que traducir en su lengua original, opacidad y belleza.

«La segunda etapa es el estado de oscuridad, incluso de ceguera, en que nos encontramos; estamos obligados a hacer uso del Tercer ojo, que enseña a ver la presencia del otro desde el interior, a asistir a aquello por lo que el otro llega a ser y, de golpe, a ver aquello por lo que uno mismo llega a ser». En la prueba de la traducción, la confrontación con la lengua y la cultura del texto extraño pasa por el descentramiento de uno mismo.

«Llegado a la tercera etapa, el sujeto ya no se encuentra situado de frente con respecto al objeto, sino que se deja penetrar por el otro, de modo que sujeto y objeto están en devenir recíproco, un ir y venir de presencia a presencia. El “Volver a ver” es una iluminación que recuerda que el propósito de la verdad no es el dominio, sino la comunión». La traducción final del texto en otra lengua y otra cultura, ¿puede llegar hasta esta comunión? Quizá —y entonces se habrá alcanzado el éxito— hay algo de eso que pasa del texto al lector.

Las palabras de F. Cheng son sabias. Y la sabiduría es una buena puerta de entrada para la Biblia.

Vivir según la Ley/el Evangelio


En realidad, en la Antigüedad, «la Biblia» no existía. El nombre, de origen...



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