Birnbaum | El coraje del matiz | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 145, 136 Seiten

Reihe: Nuevo Ensayo

Birnbaum El coraje del matiz

Cómo negarse a ver el mundo en blanco y negro
1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-1339-520-3
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

Cómo negarse a ver el mundo en blanco y negro

E-Book, Spanisch, Band 145, 136 Seiten

Reihe: Nuevo Ensayo

ISBN: 978-84-1339-520-3
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
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Albert Camus dijo: «Nos asfixiamos entre gente que cree tener toda la razón», y muchos de nosotros sentimos lo mismo hoy, cuando el aire se está volviendo verdaderamente irrespirable. Las redes sociales son un teatro de sombras donde el debate se sustituye a menudo por el insulto: todo el mundo, temeroso de encontrar alguien que le contradiga, prefiere cazar a cien enemigos. Incluso más allá de X y Facebook, la arena intelectual y política se está convirtiendo en un campo de batalla donde todo vale. En todas partes, los predicadores feroces prefieren atizar el odio antes que iluminar las mentes. Jean Birnbaum pretende reconfortar a todos los hombres y mujeres que se niegan a aceptar el «embrutecimiento» de nuestro debate público y que quieren preservar el espacio para una discusión tan franca como argumentada. Para ello, relee los escritos de una serie de intelectuales y escritores que nunca se contentaron con oponer ideología a ideología, eslogan a eslogan. Reconectar con Albert Camus, George Orwell, Hannah Arendt, Raymond Aron, Georges Bernanos, Germaine Tillion y Roland Barthes no es sólo cuestión de refugiarse en figuras queridas que nos ayuden a mantenernos firmes. Significa, sobre todo, redescubrir la esperanza y la capacidad de proclamar esto: en el barullo de lo obvio, no hay nada más radical que el matiz.

Jean Birnbaum (Suresnes, 1974) es periodista y ensayista. Desde 2011 es redactor jefe de Le Monde des livres, suplemento semanal del diario Le Monde. Es autor de varios ensayos premiados, entre ellos Un silence religieux. La gauche face au djihadisme (2016, premio Aujourd'hui) y La Religion des faibles. Ce que le djihadisme dit de nous (2018, premio Montaigne). El coraje del matiz (premio François Mauriac 2021) es su primer libro traducido al español.
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I. Albert Camus, todo en equilibrio

El 26 de abril de 1955, Albert Camus llegó a Atenas. Dos días después, tras un paseo por la Acrópolis, participó en una gran «conferencia controversia» organizada por la Unión cultural greco-francesa y consagrada al futuro de la civilización europea. Ante un numeroso público que le apremiaba a que definiera esta civilización, el escritor, que entonces tenía 42 años, empezó por afirmar que era incapaz de hacerlo. «En primer lugar, quisiera hablar de lo que me impide decir algo definitivo sobre este tema»3, previno al auditorio.

¡Habría tanto de qué hablar, aspectos tan diferentes y a veces contradictorios! Si Camus aceptó a continuación dar una respuesta a sus anfitriones, fue para situar este escrúpulo en el corazón de la dinámica europea: «La civilización europea», observaba, «es ante todo una civilización pluralista», donde la multiplicidad viva de opiniones debe hacer imposible la dominación de una verdad única. «La dialéctica viva en Europa es la que no conduce a un tipo de ideología a la vez totalitaria y ortodoxa. Este pluralismo, que siempre ha sido el fundamento de la noción de libertad europea, me parece la aportación más importante de nuestra civilización. Es justamente este pluralismo el que hoy está en peligro, y es este pluralismo el que debemos intentar preservar»4, lanzaba el escritor.

Cuando se le preguntaba por Europa, Albert Camus no dudaba en decir «nosotros». No es cosa baladí, porque eso significa que a sus ojos Europa es algo sólido, una herencia que ahora está amenazada y que hay que proteger. Pero, precisamente, para él, Europa no es ni una realidad territorial ni un hecho tribal, es una decisión moral. Lo que mantiene a Europa en pie, lo que le confiere su frágil fuerza, sería una cierta opción, un arte del equilibrio. «Hoy se dice de un hombre: ‘Es un hombre equilibrado’, con un matiz de desdén, constata Camus. De hecho, el equilibrio consiste en un esfuerzo y en una audacia en cada instante. La sociedad que tenga esta audacia será la verdadera sociedad del futuro»5.

La posibilidad del diálogo

Releer hoy esta conferencia nos procura una curiosa sensación. La prosa de Camus suena a veces una pizca obsoleta, pero su palabra se impone como salvadora. En sus conferencias, aunque también en sus novelas, ensayos y artículos periodísticos, el autor de Los Justos busca permanentemente la manera de preservar el espacio de una discusión leal en medio de la violencia. Desde muy pronto, esta actitud implicó una reflexión sobre los cuerpos, sobre su presencia, su vulnerabilidad, y una descripción de lo que sucede cuando nos encontramos cara a cara con el otro. Mucho antes que Emmanuel Levinas, Camus elaboró así una filosofía del encuentro que es una ética del rostro. También en él, la acogida del rostro es la condición de todo vínculo, de toda responsabilidad y de toda justicia. Es esta ética la que le permite pensar la posibilidad del diálogo, y también enfrentarse a quienes lo rechazan: «¿En qué consiste el mecanismo de la polémica? Consiste en considerar al adversario como un enemigo, en simplificarlo, por consiguiente, y en negarse a verlo. Cuando insulto a alguien, ya no conozco el color de su mirada, ni si sonríe ni cómo lo hace. Tres cuartas partes de nosotros nos hemos vuelto ciegos por la gracia de la polémica, y ya no vivimos entre hombres, sino en un mundo de siluetas»6, alertaba Camus ya en 1948, y nos hace pensar en el teatro de sombras de las redes sociales actuales, donde la jauría anónima de los «troles» difunde calumnias masivas, sin ninguna consideración para con los nombres que mancilla ni las personas a las que hiere. Dos años antes, cuando Francia acababa de salir de la Ocupación, el escritor publicaba un resonante artículo en el periódico de la Resistencia Combat. En él describía un clima político deletéreo. Denunciaba una sociedad carente de futuro, donde la crisis de las conciencias se confundía con una crisis de confianza, el triunfo de los eslóganes ideológicos impregnaba de inanidad a la más mínima convicción sincera. He citado las palabras de Camus de aquellos tiempos al principio de este libro. Resumían un estado de ánimo que nunca dejaría de ser el suyo: «Vivimos en el mundo de la abstracción, el mundo de los despachos y de las máquinas, de las ideas absolutas y de los mesianismos sin matices. Nos asfixiamos entre gente que cree tener absolutamente razón»7.

Se trata de una frase clave, que muestra también hasta qué punto Camus rechaza la espiral vindicativa. No veía ninguna audacia en ir a los extremos y abogaba por una franqueza respetuosa, que evitara descalificar al adversario (véase el interludio de la p. 45). Es cierto que, a veces, era un polemista implacable, y que en ocasiones rompía de la noche a la mañana con alguien que había pronunciado una palabra hiriente. Pero es que siempre buscó a gente con la que discutir honestamente. Lo atestiguan las innumerables cartas que envió a tal o cual destinatario. Cualquiera que se sumerja en ellas quedará impresionado por su desesperado deseo de encontrar, en el otro, no solo amistad y consuelo, sino también una verdadera franqueza. Al novelista Roger Martin du Gard, que le escribió en 1947 para exhortarle a publicar una recopilación de sus artículos en Combat, le respondió que no tenía ningún deseo de hacerlo, espantado por el sentimiento de cansancio, pero también por un cierto deseo de servidumbre, que sentía surgir en todo su país. «Nada de esto es muy alegre, aunque no he perdido la esperanza, escribía en una carta al autor de Thibault. Pero es la esperanza de toda vida porque es la vida, una obstinación más que una certeza. Afortunadamente, hay algunos hombres en el mundo con los que todavía podemos hablar. Usted sabe bien que es uno de ellos»8.

Preocupación por el límite

Es, pues, directamente en la vida, en la obstinación de la vida, donde Camus extrae su rebelión contra las certezas, su repugnancia hacia los arrebatos revanchistas. Por supuesto, también hay aquí una herencia intelectual y libresca. Camus tomó prestada su conducta, su ética intransigente de la moderación, de Atenas —ya estamos aquí otra vez—, de la cultura griega que él apreciaba y de la que conservó una desconfianza con respecto a la desmesura, una preocupación por el límite: límite impuesto tanto a la fatuidad de los espíritus que creen saberlo todo como a la violencia de los militantes que creen tenerlo permitido todo. Pero tal ética no tiene nada de abstracto, es la experiencia lo que le da forma y fuerza. Empezando por la pobreza, que Camus conoció de niño: «No aprendí la libertad de Marx. Es verdad: la aprendí en la miseria. Pero la mayoría de ustedes no saben lo que significa esa palabra»9, lanzará contra los intelectuales burgueses y otros especialistas del progreso que pretenden hablar en nombre del proletariado, pero cuyos inflamados elogios del pueblo apenas ocultan su gélido desdén. «De la adulación más repugnante al desprecio ingenuo, es difícil saber lo que, en estas homilías, es lo más insultante», zanja en su bello prólogo a La Maison du peuple, la célebre novela de Louis Guilloux10.

El autor de La peste nació en Argelia en el seno de una familia modesta, quedó huérfano de padre desde muy joven, fue criado por una abuela penosa y una madre iletrada, se contagió de tuberculosis cuando solo tenía 17 años. Obligado a interrumpir sus estudios, el alumno de bachillerato descubrió entonces la espera en el hospital, los cuerpos tambaleantes, la muerte ya muy cercana. De ahí sus reflexiones sobre el absurdo del mundo, el silencio de Dios, la impotencia de la razón. De ahí, sobre todo, su decisión de plantear el «deber de dudar» como imperativo categórico.

La experiencia, esa sería la clave. Pero esta palabra, a los ojos de Camus, seguía pareciendo demasiado presuntuosa: «Vanidad de la palabra ‘experiencia’». La experiencia no es experimental. No se la provoca. Se la padece. Más bien paciencia que experiencia. Esperamos»11, escribió en sus cuadernos a la edad de 22 años. Por más padecida que fuera la experiencia de Camus, su paciencia no se quedará menos activa. Contra las rigideces de un «racionalismo sin matices», alimentaba compromisos anclados en la vida sensible.

Así pues, no se comprende nada de las posiciones de Camus sobre la guerra de Argelia si no se tiene presente el vínculo tan carnal que unía a este hijo de pieds-noirs con los seres y los paisajes de su país. En el momento de la guerra de independencia, formuló el sueño imposible de una fórmula «federal» que hubiera permitido a la vez tanto el fin del sistema colonial como la invención de una nueva «convivencia» entre argelinos y franceses. Pero esto no le impidió defender desde muy pronto a los nacionalistas argelinos y su lucha contra la potencia francesa, sus leyes de excepción y sus «códigos inhumanos». ¿No fue acaso el primer gesto político de Camus, cuando aún era un colegial, prestar su pluma a un periódico «indígena» que defendía los derechos de los musulmanes?12.

Un lenguaje estereotipado y un corazón falso

Por defender a los militantes argelinos, el joven Camus fue expulsado por sus camaradas...



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