E-Book, Spanisch, Band 121, 320 Seiten
Reihe: Narrativa
Bolea El síndrome de Jerusalén
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-18584-40-4
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 0 - No protection
E-Book, Spanisch, Band 121, 320 Seiten
Reihe: Narrativa
ISBN: 978-84-18584-40-4
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
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Destacado por la crítica como un renovador y un autor de múltiples recursos, Juan Bolea, escritor desde que nació (1959), ha firmado diecisiete novelas. Varias -La melancolía de los hombres pájaro, El síndrome de Jerusalén, Orquídeas negras- premiadas. Alguna -Parecido a un asesinato- en proceso de adaptación al cine. Unas son psicológicas, críticas con el poder, indagadoras de la naturaleza humana. Otras se ajustan a géneros, tramas de aventuras, novelas negras... Todas, ahormadas por un estilo directo y rico, por un ritmo vivo y originales argumentos. Cuando no escribe, viaja, urde antologías, proyectos, imparte talleres literarios o dirige eventos culturales como Aragón Negro o Panamá Negro.
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Con la debida calma, a fin de hacerme esperar y, en consecuencia, valorar, crucé el río por el Puente de Hierro y me dirigí paseando tranquilamente hacia el palacio arzobispal.
El secretario me estaba aguardando en su despacho de la archidiócesis, sentado muy derecho detrás de un escritorio de brillante y barnizada madera, tan atrincherado de papeles que el crucifijo de alabastro se apoyaba entre dos pilas de legajos por cuyo resquicio asomaban su afilada nariz y sus pobladas cejas.
Fray Valentino —«¡Cómo le cuadra el mote!», pensé— lucía un clériman de impecable factura, con blanquísimo alzacuellos y perfecto asentamiento en solapas y hombros. No en vano, recordé, le cosía a medida un sastre romano especializado en vestir a los príncipes eclesiásticos con las mejores lanas y gorinas, pespuntando a mano los ojales y el delicado raso de los forros.
Tanta urgencia como tenía en verme se tornó indiferencia en cuanto me tuvo delante. No se levantó para recibirme y ni siquiera me dio las gracias por haber acudido a su cita. Sin dejar de escribir, se limitó a ordenarme con una voz tan afilada como el abrecartas que descansaba cerca de su mano diestra, como un arma presta a ser empuñada:
—Aguarde a que concluya, Falomir.
No me indicó que me sentara, pero yo lo hice frente a su pulcra imagen de galán de confesionario y a su mirada oblicua, inclinada sobre la nerviosa escritura, frente a su tersa piel y a su frondoso pelo castaño. A su espalda colgaba un san Jerónimo de la escuela de Bayeu que mi hermanastra Pilarcha había restaurado cuando aún recibía encargos de la diócesis. Había sido un buen trabajo y me sentí orgulloso de ella. Pero la facturación de Pilarcha había disminuido desde que el arzobispado tomó la decisión de abrir su propio taller de restauración. El promotor de dicha iniciativa no había sido otro que aquel todopoderoso fray Valentino, de quien se aseguraba que mantenía secuestrada la voluntad del arzobispo. Desde entonces, la mayor parte de las restauraciones de óleos y tallas, retablos y libros sagrados se llevaban a cabo en el sótano del palacio diocesano.
—Estoy acabando la homilía de don Jesús —se excusó, sin dejar de rascar el pliego con una Parker Duofol de resina jaspeada cuyo precio, y sé lo que digo, pues algo entiendo de estilográficas, no bajaría de cuatrocientos setenta y cinco euros—. Es para hoy. ¡Todo para hoy! —protestó, como si el peso de la diócesis descansara sobre sus hombros.
Un rato siguió aún concentrado en tachar y corregir el sermón. Su marmórea mano sobrevolaba el papel. En el anular lucía un sello con la paloma del Espíritu Santo, pero fray Valentino no era ningún santito. Su carrera eclesiástica se debía tanto a su inteligencia como a su buen porte y malas artes para la intriga. A sus cuarenta años, el secretario del arzobispado era un hombre atractivo pero sombrío, del que emanaba una oscura seducción, la de alguien con demasiados secretos y muy escasos o ningún confidente a quien revelárselos. No se confesaba ni confiaba en nadie, mucho menos en mí, aunque a veces me contratara para algún trabajillo. Su óvalo facial, de angulados pómulos, subrayaba su aire tenebroso y aristocrático, con excepción de la mínima boca, apenas una rosada línea, un trazo cruel de labio lívido que, si brillaba con una sonrisa, no era tanto para agradar como para emboscar sus verdaderos pensamientos.
—Creo que ya está —juzgó, releyendo con indulgencia sus propios párrafos—. Confiemos en la aprobación de don Jesús, aunque últimamente ande de mal humor. ¡Por todo protesta!
Ese comentario no dejó de extrañarme porque yo tenía al arzobispo de Zaragoza, Jesús Azofra, por hombre campechano, un poco al modo de los antiguos párrocos rurales, aquellos, según mi madre, «de pellizco, bendición y pollo a la chilindrón». En absoluto intransigente o quisquilloso.
—¿Y qué irrita tanto al señor arzobispo, si puede saberse?
—Sus frecuentes desmemorias, que si ha olvidado la cartera, el misal, que si se le ha pasado afeitarse o tomar sus kiwis para desayunar, más los conflictos que otros obispados, en particular el de Lérida, le hacen padecer. ¡No hay peor cuña que la de la propia madera!
Lo primero —esos olvidos— podía responder a un rumor no confirmado, el que venía atribuyendo a monseñor Azofra un principio de Alzheimer. En cuanto a lo segundo, lo entendí a la primera, no en vano fray Valentino acababa de referirse a la llamada «causa». Una histórica reclamación de los obispados aragoneses a los catalanes por culpa de un centenar de obras artísticas, románicas y góticas que, con la excusa de ser restauradas, habían sido trasladadas desde sus legítimas propietarias, las parroquias aragonesas limítrofes con Cataluña, al Museo Diocesano de Lérida, en cuyas salas se exhibían como propias. El Vaticano había fallado a favor de la devolución de las piezas a Aragón, pero monseñor Sistac, el obispo de Lérida, ignorando las sentencias de los tribunales vaticanos, que daban la razón a los curas aragoneses, dejaba pasar el tiempo sin restituirlas a sus dueños. De vez en cuando, monseñor Azofra, o los obispos de Huesca y Barbastro, se lo recordaban, urgiéndole la devolución de los tesoros artísticos, los cálices, los retablos, las vírgenes, a sus parroquias de origen, pero era inútil. Y a esa greña andaban, con idas y vueltas a los tribunales vaticanos y rumor de sotanas de fondo.
Yo empezaba a preguntarme para qué diablos se me habría convocado, cuando fray Valentino se atusó el cabello, encapuchó la pluma y desveló con aire enigmático:
—Y lo que ha sucedido en Arenas de Huerva no ha contribuido precisamente a mejorar el ánimo del señor arzobispo.
—¿Y qué ha sucedido en Arenas de Huerva, padre Valentín?
—Que alguien ha robado la virgen. Los ladrones aprovecharon unas obras para entrar en la ermita.
—¿Ladrones, padre Valentín? ¿Se refiere a una banda?
—Era una forma de hablar… No sabemos si fue uno o fueron más. El caso es que se llevaron la talla.
—¿Tan solo robaron una virgen, nada más?
—Únicamente.
—¿Es muy valiosa?
El secretario se encogió de hombros.
—No.
La respuesta me confundió. ¿Para qué habrían llamado a un detective, entonces?
—¿Disponemos de documentación de la pieza sustraída?
—En esa carpeta —indicó, señalándome un archivador más cerca de mí que de sus largos brazos.
—¿Cuándo ha sido el robo, esta pasada noche?
—No. Hace ya… algún tiempo.
Lo contemplé con la severidad de esa mirada mía de abogado defensor cuya traducción, más o menos, reza así: «Si quieres que mienta por ti, ayúdame con la verdad».
—¿Cuánto tiempo ha pasado desde el robo, padre Valentín?
—Un mes. —Enrojeció.
La conclusión era obvia: la Guardia Civil no había logrado dar con la talla y por eso acudían a un investigador privado. Ser plato de segunda mesa no iba a ofenderme, pues según mi biblia parda los últimos serán los primeros… en cobrar. Con gesto de aceptar el encargo saqué mi pluma, una Pelikan que uso para diario, y una libretita.
—¿Podría decirme cuál fue la fecha exacta del robo, padre Valentín?
—La víspera del 1 de mayo.
Abrí la boca, la cerré y la volví a abrir.
—¿No cree que ha pasado demasiado tiempo?
—Depende de para qué —se defendió con alacridad.
—Mes y medio —subrayé.
—Sé sumar, Falomir. Cincuenta y cinco días.
—Pero no en Pekín.
—En Pekín no había vírgenes —replicó fray Valentino, enviscando la voz—. Aunque sí numerosos ateos como usted.
A punto estuve de responderle que entre el Altísimo y yo se había restablecido una cierta y acaso cordial relación, condicionada a que Él hiciese funcionar debidamente mi corazón, que yo, en justo intercambio, me aplicaría a depurar de impurezas mi alma, pero aquel nuevo encargo iba a suponer ingresos, que buena falta me hacían, por lo que me limité a abrir la carpeta y a leer en silencio la información sobre la pieza sustraída en Arenas de Huerva.
Además de una copia de la denuncia del robo ante la Guardia Civil, se incluían un par de fotos que representaban a una virgen normal y corriente, de madera, de unos cincuenta centímetros de altura, barnizada en un tono marrón oscuro y tocada con una túnica y un velo de gasa con estrellitas. El cincel del anónimo artista había logrado conferir dignidad a los rasgos de aquella pieza de aire vagamente arcaico, pero nadie habría dicho que se trataba de una obra maestra.
Ni siquiera, concluí, de «una obra».
—No parece trabajo de un profesional. El botín no lo justificaría.
—Coincidimos, Falomir —masculló fray Valentino, un tanto ausente, como si su cerebro se hubiera puesto a dar vueltas a otra cosa—. Un hurto tan anecdótico jamás llevaría la rúbrica de Erik , por citar un mal ejemplo, si no el peor.
En tal caso, ¿para qué me contrataban?, volví a preguntarme. ¿Y a santo de qué venía la mención a Erik ? El famoso ladrón había traído de cráneo a la archidiócesis en los años ochenta. El Belga desvalijó un buen número de ermitas, colegiatas e iglesias. Era muy profesional, disponía de información exacta y trabajaba rápido, sin dejar pistas. Una red de contactos lo ayudaba a colocar la mercancía en el extranjero, entre una clientela de millonarios excéntricos y coleccionistas particulares. A juzgar por la cantidad y calidad de lo que robó, debió de ganar una fortuna.
Mi padre y él se conocían. Nunca supe de qué, pues papá,...




