E-Book, Spanisch, Band 109, 272 Seiten
Reihe: Narrativa
Bolea La noche azul
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-17847-87-6
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, Band 109, 272 Seiten
Reihe: Narrativa
ISBN: 978-84-17847-87-6
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Destacado por la crítica como un renovador y un autor de múltiples recursos, Juan Bolea, escritor desde que nació (1959), ha firmado diecisiete novelas. Varias -La melancolía de los hombres pájaro, El síndrome de Jerusalén, Orquídeas negras- premiadas. Alguna -Parecido a un asesinato- en proceso de adaptación al cine. Unas son psicológicas, críticas con el poder, indagadoras de la naturaleza humana. Otras se ajustan a géneros, tramas de aventuras, novelas negras... Todas, ahormadas por un estilo directo y rico, por un ritmo vivo y originales argumentos. Cuando no escribe, viaja, urde antologías, proyectos, imparte talleres literarios o dirige eventos culturales como Aragón Negro o Panamá Negro.
Autoren/Hrsg.
Weitere Infos & Material
3
—¿Flo?
—Pero… ¡Reblet! —Me levanté a su encuentro—. ¡Vaya sorpresa! ¡Eres la última persona que esperaba ver hoy! Me alegro mucho, Mateo. Siéntate, por favor.
—¿Cómo estás, Flo? —Se echó a reír—. ¡Qué gracia volver a llamarte por tu apodo!
Nos palmeamos. Él me dio unos cariñosos cachetitos y le devolví un puñetazo de amigo en el estómago. Estaba tan gordo como yo, pero más flojo de carnes.
—No coincidíamos desde… —intentó recordar.
—¿La última cena de promoción del Liceo?
—Puede… ¿Hará… cinco años?
—Tú acababas de estrenar .
—¿Te refieres a , Flo?
—Claro, Mateo, discúlpame…
—No tiene la menor importancia, como tampoco la tenía esa cinta.
—Soy un desastre para los títulos, pero fan tuyo, no lo dudes. He visto todas tus películas.
—Con alguna podías haberte quedado en casa. No te habrías perdido nada.
—Me encantó
—¿No la confundirás con ?
—¡Magnífica!
—Di mejor: ¡Un magnífico fracaso!
—No estoy de acuerdo —protesté sinceramente, porque me había parecido muy original—. ¡! ¡Buenísima!
—¿Te refieres a ? No estaba mal… En confianza, Flo… ¿Eres disléxico?
—Disperso, más bien… ¡Y aquella otra, , una obra maestra!
—Ahora sí has acertado con el título. Eres muy generoso con mi trabajo, bastante más que la mayoría de los críticos. Te lo agradezco mucho, Flo.
Nos quedamos mirando, sonrientes. Reblet estaba muy bronceado, como si se pasara la vida en la cubierta de un yate. Semejante asociación debía de habérseme ocurrido porque el director se había presentado en Las Cuatro Efes con un polo celeste y pantalón y náuticos blancos. Sus años, siendo los míos, le pesaban, pero bajo las cejas, muy pobladas en contraste con su cráneo, calvo y brillante como el de un ogro de , su mirada chispeaba con alegre inteligencia. Su imponente presencia, con su metro noventa de estatura y con su corpachón, irradiaba aplomo y prosperidad. Hijo de ricos azulejeros de Castellón y famoso por su carrera cinematográfica, Mateo Reblet tenía clase y dinero. Había nacido con buena estrella —como yo con mi negro destino.
—Tampoco se te ve nada mal, querido amigo Flo —me consoló en cuanto hube terminado de adularlo—. Estás muy elegante con ese traje. ¡Si llevas hasta gemelos! Solo me los pongo ya con el esmoquin para la recepción real o la gala de los Premios Goya. Tienes un aspecto magnífico, realmente. Un poco fuerte, acaso —sonrió.
—Eres demasiado caritativo conmigo. Hay ruedas de tráileres menos anchas que mi barriga.
—¿No ves la mía? ¡Es como un flotador!
—No consigo bajar de los cien kilos.
—¡Ni yo de ciento quince! —reconoció.
—Deberías cuidarte.
—Hago gimnasia en la cama, pero no me veo los pies.
—Haríamos bien en ponernos en manos de un dietista. ¿Conoces alguno?
—Una, y buenísima.
—¿Teléfono?
—El de mi novia, pero no se lo doy a nadie —rio.
—¿Quién es?
—Valeria Lázaro, la actriz. ¿La conoces?
—No.
—¿Ni siquiera te suena?
—Pues… no.
—¿Has ido últimamente al cine, Flo?
—A la Filmoteca.
—¿Para ver qué?
—Un ciclo de Bergman y otro de Kieslowski.
—Bergman bien, pero Kieslowski… Lo conocí en Cannes, me pareció un esnob. Y su cine… Sinceramente, ¿no te aburre?
—Prefiero tus películas, Mateo. Me encantan, en serio.
—Valeria ha trabajado en las dos últimas.
—Esas no las he visto aún, pero te prometo ir a por ellas al videoclub.
—Ya no quedan videoclubs, Flo. Yo mismo gestioné una cadena, y hubo que cerrarla. Te pasaré unas copias, así podrás admirar las interpretaciones de Valeria. Es una preciosidad y un pedazo de actriz. Guapa por fuera y por dentro… Te caería genial, ¿te gustaría conocerla?
—Me encantaría.
—Voy a presentártela en breve —adelantó, con aire enigmático—. Pero, dime, Flo, ¿cómo está nuestro amigo Fermín Fortón? ¿Es verdad que trabaja contigo? Oí que tuvo problemas con la bebida…
—Los ha superado.
—¿De tu mano? ¡Si nunca fuiste un santo! Me acuerdo de tu récord en los campeonatos de cerveza. ¿Cuánto llegaste a trasegar, diez litros en una tarde? Y tus conquistas con las chicas… ¡Eras de la piel del diablo!
—Los grandes pecadores somos los mejores terapeutas.
—¿Lo dices porque has reformado a Fortón? ¿Además de detective, no te habrás hecho predicador? —volvió a sonreír Reblet con sus blanquísimos dientes, tanto que pensé que no serían suyos, sino implantes o fundas.
—Tú habrías hecho lo mismo por nuestro amigo Fermín. Me limité a ayudarlo en un momento difícil para él. Desde entonces, se ha convertido en mi mano derecha. Es muy resuelto y le gusta el trabajo de investigador.
Reblet se pellizcó un carrillo dejándose una marca roja en la mejilla y prosiguió sin abandonar su aire nostálgico:
—Hablando de antiguos compañeros, Flo, ¿te acuerdas de Pancho Roseti?
—¿Cómo olvidarse de él? Era el más golfo de nuestra pandilla y míralo hoy, ¡cantando misa!
—Viene bastante por mi casa, estamos recuperando nuestra antigua amistad.
—Salúdalo de mi parte.
—No hará falta, vais a coincidir muy pronto —volvió a sugerir Reblet, con misterioso tono.
—Hace siglos que no veo a Pancho, salvo en la tele… ¿Cómo está?
—Feliz desde que ha cambiado de hábitos.
—Nunca mejor dicho. —Su juego de palabras me hizo sonreír.
—Los nuevos le sientan muy bien, está muy elegante con el Se está convirtiendo en una estrella de la televisión.
—¿En serio?
—Y tan en serio, Flo. Pancho tiene audiencias millonarias.
—Solo he visto su programa una vez. ¿No se llama ¿?…
—. Es una especie de contraprogramación católica al auge mediático de los evangelistas. A Pancho le dieron el espacio televisivo por recomendación del papado, nada menos.
—¿Roseti conoce al Papa? —me pasmé.
—A poco de ordenarse sacerdote, Pancho estuvo destinado en el Vaticano, moviéndose en las altas esferas de la curia romana. La Iglesia española necesitaba un comunicador como él, alguien capaz de llegar al gran público. Y en eso, Pancho es un fenómeno. Sigue teniendo una labia… ¿Te acuerdas de cómo se camelaba a las tías? ¿Quién iba a decirnos que acabaría de cura?
—Nadie, desde luego… ¿Cómo es que os veis tan a menudo?
—Tiene la parroquia en un pueblo de Castellón, cerca de mi casa.
Continuamos charlando del Liceo, de antiguos profesores y alumnos, pero el tema no daba mucho más de sí y la conversación fue languideciendo, hasta que Reblet volvió a pellizcarse el carrillo y se me quedó mirando con una especie de pesarosa intensidad.
—Me trae un asunto grave, Flo. Muy grave.
—Lo imagino, de lo contrario no habrías venido a verme desde… ¿Dónde resides habitualmente, por curiosidad?
—En Las Playetas, entre Benicàssim y Oropesa. Tenemos una allí. Por motivos de trabajo compré un apartamento en Madrid, y otro en… Pero no he venido para hablarte de mis propiedades inmobiliarias.
—Lo supongo. ¿Tiene que ver con tu novia?
—Sí… Espera un momento, ¿cómo lo has adivinado?
—Tú mismo me lo has dado a entender. ¿No acabas de adelantarme que en breve voy a tener el placer de conocer a Valeria? ¿Por qué ibas a presentármela, y con tanta urgencia, si no fuera porque se encuentra en algún apuro?
El pecho de Reblet se hinchó con una respiración sibilante, como si sufriera problemas respiratorios, y sus cejas se fruncieron en una barra de pelo.
—Pues sí, Flo, es por ella que he venido a consultarte. ¡Tengo miedo de que alguien quiera matarla! —se alteró—. ¡Estoy aterrado!
Con la frente perlada de sudor, los redondos hombros caídos y los dientes tan apretados que se le marcaban las mandíbulas, realmente parecía estarlo.
—¿Alguien quiere matar a Valeria? ¿Me lo dices en serio, Mateo? ¿Quién?
—No lo sé.
—¿Valeria tiene enemigos?
—No, que yo sepa. Salvo…
—¿Algún acosador?
—No exactamente. En todo caso —matizó Reblet—, se trataría de alguien que, más que persiguiéndola, la viene siguiendo desde hace años.
—¿Quién es ese tipo? ¿Tiene antecedentes?
—No, está limpio. En apariencia es inofensivo. Nunca se ha mostrado violento, ni con ella ni con nadie. Se trata del presidente de su club de fans… La policía lo ha investigado, pero no descubrieron nada.
—¿Por denuncia de quién lo investigaron?
—Mía.
—¿De qué lo acusaste?
—De acoso. Pero no se pudo probar. Debería haberte contratado entonces, en vez de haber acudido a la policía…
—¿Cómo se llama ese individuo?
—Blas Méndez.
Anoté el nombre.
—¿Trabaja en algo?
—Como funcionario de Correos, en Madrid. Desde hace años, ese tal Méndez colecciona todo lo de Valeria: fotos, artículos, entrevistas… La sigue en las giras, siempre acompañado por su mujer.
—¿Cómo se llama ella?
—Calixta.
Anoté el nombre.
—¿Alguno...




