E-Book, Spanisch, Band 195, 280 Seiten
Reihe: Narrativa
Bolea Parecido a un asesinato
1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-19615-91-6
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, Band 195, 280 Seiten
Reihe: Narrativa
ISBN: 978-84-19615-91-6
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Juan Bolea (1959) es escritor desde que tiene uso de razón. Destacado por la crítica como un renovador y autor de múltiples recursos, ha firmado más de veinte novelas. Varias -La melancolía de los hombres pájaro, El síndrome de Jerusalén, Orquídeas negras- premiadas. Otras -Pálido monstruo, Parecido a un asesinato o La mariposa de obsidiana- adaptadas al cine o al teatro. Cuando no escribe, viaja, urde antologías, proyectos, imparte talleres literarios o dirige eventos culturales como los Festivales Aragón Negro y Panamá Negro. Está en posesión de los Premios Ciudad de Alcalá de Henares, Letras del Mediterráneo o Abogados de Novela, y ha sido dos veces finalista del Premio Dashiell Hammett. En 2018 recibió el Premio de las Letras Aragonesas como reconocimiento a una carrera que continúa renovándose año tras año y libro tras libro. La serie del detective Florián Falomir, publicada íntegramente por este sello editorial, es buena prueba de ello.
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Aquella mañana de noviembre, Gijón, la ciudad natal de Eva, amaneció bajo nubarrones que presagiaban lluvia.
A Eva le gustaba madrugar. Como cada día, se había dirigido temprano a su galería de arte, situada junto a la playa de San Lorenzo, en el casco histórico de la ciudad.
Eran las nueve. La secretaria, Rosa, acababa de abrir. Eva se puso a trabajar en el silencio de la planta alta. A eso de las diez, sonó la campanilla de la puerta de la calle. Era Margarita Leal, su técnica de exposiciones.
Margarita llevaba años trabajando en la Galería Enciso. Eva, su nueva propietaria, mucho menos. Muy poco, en realidad. Se había incorporado a la dirección tras la muerte de su padre, el pintor Pedro Enciso. De su fallecimiento, a causa de un derrame cerebral, habían transcurrido tres meses, tiempo insuficiente para que Eva hubiese aprendido los secretos de un negocio tan sofisticado como la venta de arte.
Margarita la saludó cordialmente desde el vestíbulo.
—¡Buenos días!
Eva no le devolvió el saludo. Se sentía molesta con ella. ¿Por qué motivo su empleada tenía que llegar tarde?
Falta de experiencia y tímida en el trato con el público, Eva tenía la sospecha de que Margarita disfrutaba mostrándose más expansiva a medida que ella, desconocedora de los entresijos del mundillo artístico, evitaba relacionarse con los creadores y se encerraba en su despacho para ocuparse de las facturas. Muchas de las cuales procedían de la etapa de su padre, quien, más artista que gestor, había legado a su única hija y heredera no pocos problemas financieros.
—¡Enseguida subo a verla! —exclamó Margarita, anunciando—: ¡Con novedades!
«A ver qué excusa se le ocurre», pensó Eva.
Desde el primer día, ella había ocupado su despacho a las nueve en punto de la mañana. Puntual como el telediario, decía su marido, Nazario Goyena, como el panadero que dos horas antes, a las siete, les dejaba una hogaza y una baguette para los bocadillos de su hijo Álex en el portón de Villa Mariana, su casa en las afueras de Gijón.
Pero Margarita, con el argumento de que sus jornadas solían alargarse por las tardes con presentaciones y actos, casi nunca aparecía en la galería antes de las diez de la mañana. Eva pensaba que se tomaba excesivas libertades, ¡todas las que le daba la gana! Con los clientes, desde luego, pero también con ella… Licencias que, siendo Eva la propietaria, podrían hacer pensar a ojos ajenos que el negocio pertenecía o se asociaba a la señorita Leal.
Tan fuerte en otros aspectos, Eva se mostraba débil en el ejercicio del mando, en especial cuando debía ejercerlo sobre otra mujer.
En la galería gobernaba a tres. Rosa, la secretaria, muy sumisa, y Angelina, la limpiadora, no le daban el menor problema.
Margarita…
Eva tenía la impresión de que no respetaba su autoridad. ¿Se estaría obsesionando? No hasta ese extremo, aunque había llegado a soñar con ella. En esas pesadillas —pues lo eran—, su colaboradora solía representar papeles de mujer seductora, mientras Eva aparecía vestida con ropas oscuras, encarnando inquisidores papeles, de bruja o madrastra. Este último, por lo que de connotación familiar tenía —era madrastra de Álex—, le hacía despertarse bañada en sudor frío.
Además de resuelta, Margarita era ambiciosa. Eva experimentaba hacia ella una mezcla de admiración, recelo y envidia. Contradictorios sentimientos que se esforzaba en ocultar tras una fachada de indiferencia. Pero, con respecto a este asunto, no había permanecido inactiva. Una de sus primeras medidas había consistido en rebajarla de directora de arte a coordinadora de actividades. Margarita había manifestado su desacuerdo guardando un expresivo silencio que congeló su relación. Sin Eva saberlo, tanteó a otros galeristas. Estaban agobiados por la crisis y no obtuvo ofertas, por lo que no le quedó más remedio que resignarse a continuar en la Galería Enciso.
Hacía un trimestre que Eva y ella trabajaban juntas. Se veían a diario, hablaban o se comunicaban por teléfono, pero no por eso había surgido entre ellas un sentimiento de amistad. ¡Eran tan distintas! Difícilmente se habría podido reunir a dos mujeres con puntos de vista tan diferentes. Eva, autoritaria, introvertida. Margarita, alegre, mundana.
—¿Puedo pasar?
Margarita acababa de subir las escaleras hasta la puerta del despacho de gerencia, el mismo que en vida había ocupado el padre de Eva.
Esta expresó gélidamente su permiso:
—Entre.
Haciendo sonar sus tacones, Margarita avanzó con de-
senvoltura por el suelo de baldosas recién fregadas, de las que emanaba un ácido olor a lejía. Sin que Eva la hubiese invitado, tomó asiento frente a ella con la espalda muy recta. Se había recogido el cabello. Sus rasgos, con los pómulos señalados, irradiaban determinación y una altiva belleza. Llevaba una chaqueta de cuero, una blusa de seda y una falda que mereció la censura de Eva. Pero era atractiva, muy atractiva. Cuando Margarita empezó a hablar, Eva la siguió criticando mentalmente. «Es la típica hembra que nunca pasa desapercibida. Su cuerpo actúa como una bandera para captar la atención».
De hecho, Margarita tenía mucho éxito con el sexo opuesto. Sus admiradores no se reprimían a la hora de visitarla en la galería. Desde su despacho, Eva podía oír —«¡en horario laboral!»— cómo alzaban las voces y reían, y seguramente harían planes que nada tendrían que ver con la venta de piezas artísticas.
—¿Se da cuenta de la hora que es? —le imputó Eva con alacridad—. Un poco tarde para presentarse en la oficina, ¿no?
Margarita no miró su reloj de pulsera ni dejó de sonreír.
—¿Me he retrasado? ¡Cuánto lo siento! Había quedado con Antonio Cucha, de Diputación. ¿No se lo dije?
—No.
—Juraría que… No me lo tenga en cuenta, por favor. ¡Traigo buenas noticias!
—¿Cuáles?
—La entrevista con Cucha ha ido genial. La Diputación nos patrocinará la exposición de Rodolfo Lansera.
Eva aplicó unos golpecitos en la mesa con el cabo del lápiz.
—¿De qué cantidad estamos hablando?
—Exactamente, no…
—¿Ni siquiera sabe a cuánto asciende el patrocinio?
Margarita consultó nerviosamente sus notas.
—Enmarcarán las piezas y editarán el catálogo. Eso nos supondrá un ahorro de…
—Cinco mil euros —tasó Eva al segundo. La contabilidad le resultaba más familiar que la estética del arte—. La felicito —añadió, ruborizándose porque no era sincera.
—Muchas gracias —repuso Margarita, poco o nada persuadida de su sinceridad—. ¿Confirmamos las fechas para la exposición de Lansera, entonces? Podríamos inaugurar en febrero, si no tiene otros compromisos.
Eva revisó su agenda, vacía de toda cita social, salvo de las celebraciones literarias a las que la arrastraba su marido. Asintió. Margarita anotó la fecha en su dietario y comentó:
—Hay un problema.
—¿Cuál?
—Lansera está en una silla de ruedas.
—No lo sabía. ¿Qué le pasa?
—La edad, eso es lo que le ha pasado —sonrió Margarita desde la juventud de sus treinta y cinco años.
«Diez menos que yo», recordó Eva, con una punzada similar a los celos. Pero ¿cómo podía estar celosa de la supuesta examante de su padre, no contándose ya él entre los vivos? Sepultó esa reacción en el pozo de su rencor y dispuso con autoridad:
—Con o sin silla de ruedas, Lansera deberá acudir a mi galería. Una inauguración nunca luce sin la presencia del artista. Es preferible no hacerla.
Margarita la miró con un vago temor, el que le inspiraban los modos autoritarios y la intransigencia de su jefa.
—Hablaré con los familiares. ¿Sabe? A su padre le habría complacido organizar esta retrospectiva. Rodolfo y él fueron muy amigos.
—Lo sé.
—Pedro siempre decía que si «el gran Lansera», como él lo llamaba, hubiese disfrutado de una adecuada promoción, la valoración de su obra habría sido mucho mayor.
—También lo sé —dio por sentado Eva.
No le gustaba que Margarita mencionara a su padre con tanta frecuencia ni que lo llamase «Pedro» con semejante familiaridad. Eva se había resistido a dar crédito a los rumores que los relacionaban en un plano más íntimo. Las habladurías de los corrillos culturales de Gijón no probaban nada, por supuesto, pero ¿y esa foto de su padre que seguía colgando en el despacho de Margarita? ¿Significaba algo más que un indicio, que una simple manifestación de amistad?
Por otro lado, la propia Eva había sido testigo de la complicidad entre ambos. No era raro que, al cerrar la galería, Margarita y su padre saliesen a tomar unas sidras por Cimadevilla, ni que, cuando había que desplazarse a otras ciudades, la entonces directora artística acompañara a Pedro Enciso en viajes calificados «de trabajo».
Margarita todavía permaneció unos minutos más en el despacho de Eva, exponiendo proyectos pendientes.
El segundo semestre del año entrante estaba por completarse. Más que preguntarle, Eva interrogó a Margarita por la previsión de sus «actividades». Su subalterna le propuso montar una exposición de Iñaki Urrutia, un artista vasco cuyo trabajo le había impresionado. Mostró a Eva fotografías de sus esculturas y le pidió autorización para negociar una muestra. Eva lo condicionó a que no firmara nada sin su expreso...




