E-Book, Spanisch, 592 Seiten
Reihe: Ensayo
Bookchin Ecología de la libertad
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-125285-2-7
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Surgimiento y disolución de la jerarquía
E-Book, Spanisch, 592 Seiten
Reihe: Ensayo
ISBN: 978-84-125285-2-7
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Historiador, profesor universitario, investigador, ideólogo y activista ecologista estadounidense, fundador de una teoría llamada «ecología social» (una forma de ecoanarquismo) y uno de los pioneros del movimiento ecologista. Sus ideas han influenciado movimientos sociales desde 1960, incluyendo la New Left, el movimiento antinuclear, el movimiento antiglobalización, Occupy Wall Street, y más recientemente, el confederalismo democrático de Rojava. Fue una figura central en el Movimiento Verde Americano y el Burlington Greens. Era consultor editorial de Anarchist Studies y de Society and Nature
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Introducción
Este libro fue escrito para satisfacer la necesidad de una ecología social coherentemente radical: una ecología de la libertad. La idea había estado madurando en mi mente desde 1952, cuando por primera vez tomé conciencia, de manera aguda, de la creciente crisis medioambiental, que iba a adoptar tan monumentales proporciones una generación más tarde. Aquel año publiqué un artículo extenso, «The Problems of Chemicals in Food»[1] (que luego se republicaría en Alemania en forma de libro, bajo el título Lebensgefährliche Lebensmittel). Deudor de mi temprana formación intelectual marxiana, el artículo examinaba no solo la contaminación medioambiental, sino también las profundas raíces de sus orígenes sociales. En mi mente los problemas medioambientales se habían elaborado como cuestiones sociales, y los problemas de la ecología natural se habían convertido en problemas de «ecología social» —una expresión que prácticamente nadie usaba por aquel entonces—.
El tema ya nunca me abandonaría. De hecho, sus dimensiones se habrían de ensanchar y profundizar enormemente. A principios de la década de 1960, mis puntos de vista se podían resumir en una formulación bastante escueta: la misma noción de la dominación de la naturaleza por parte del ser humano parte de la muy real dominación del hombre por el hombre. Para mí, esta inversión de los conceptos tenía un alcance muy amplio. Los muchos artículos y libros que publiqué en los años posteriores a 1952, empezando por Our Synthetic Environment (1963)[2] y siguiendo por Toward an Ecological Society (1980),[3] eran en buena parte exploraciones de este tema fundamental. A medida que una premisa llevaba a otra, se hizo evidente que en mi obra iba tomando forma un proyecto muy congruente: la necesidad de explicar el origen de la jerarquía social y de la dominación, y de dilucidar cuáles habrán de ser los medios, la sensibilidad y la práctica capaces de alumbrar una sociedad ecológica verdaderamente armónica. Mi libro Post-Scarcity Anarchism (1971)[4] fue pionero en este sentido. Era un compendio de ensayos escritos desde 1964, y se dirigía más a la jerarquía que a la clase, a la dominación más que a la explotación, a las instituciones liberadoras más que a la mera abolición del Estado, a la libertad más que a la justicia y al placer más que a la felicidad. Para mí estos énfasis cambiantes no eran simple retórica contracultural, sino que marcaban un alejamiento dramático de mi anterior compromiso con las ortodoxias socialistas en todas sus formas. En su lugar, lo que ahora visualizaba era una nueva forma de ecología social libertaria —o lo que Victor Ferkiss, al hablar de mis puntos de vista sociales, con tanto acierto llamó «eco-anarquismo»—.
Todavía en la década de 1960, palabras como «jerarquía» y «dominación» eran poco escuchadas. Los radicales tradicionales, en especial los marxistas, aún hablaban casi exclusivamente en términos de clases, análisis de clase y conciencia de clase; sus nociones de la opresión se reducían principalmente a la explotación material, la miseria absoluta y la explotación abusiva del trabajador. De forma análoga, los anarquistas ortodoxos ponían el énfasis sobre todo en el Estado, en cuanto fuente ubicua de la coerción social.[5] De la misma forma en que el surgimiento de la propiedad privada se convirtió en el «pecado original» de la sociedad para la ortodoxia marxiana, así la aparición del Estado pasó a ser el «pecado original» de la sociedad para la ortodoxia anarquista. Incluso la temprana contracultura de los años sesenta evitaba el uso del término «jerarquía», prefiriendo «cuestionar la autoridad» sin explorar la génesis de la misma, su relación con la naturaleza y su significado para la creación de una nueva sociedad.
Durante aquellos años me concentré también en la cuestión de cómo una sociedad verdaderamente libre, basada en principios ecológicos, podría mediar en la relación de la humanidad con la naturaleza. Así fue como empecé a explorar el desarrollo de una nueva tecnología, que fuera comprensible y a escala humana. Una tecnología que debía incluir pequeñas instalaciones solares y eólicas, jardines orgánicos y el empleo de «recursos naturales» locales trabajados por comunidades descentralizadas. Esta visión pronto dio lugar a otra: la necesidad de democracia directa, de descentralización urbana, de un alto grado de autosuficiencia, de un autoempoderamiento basado en formas comunales de vida social —en resumen, la necesidad de una Comuna no autoritaria, integrada a su vez por comunas más pequeñas—.
A medida que, a lo largo de los años, fui publicando estas ideas —especialmente en la década comprendida entre principios de 1960 y principios de 1970—, lo que empezó a incomodarme fue la forma en que la gente tendía a subvertir su unidad, coherencia y orientación radical. Nociones tales como «descentralización» y «escala humana», por ejemplo, fueron adoptadas hábilmente sin referencia alguna a las técnicas solares y eólicas, así como tampoco a las prácticas bio-agrícolas que constituyen su apuntalamiento material. Se permitió que cada segmento se fuera yendo a pique, mientras que la filosofía que los unificaba y los integraba como un todo languidecía. La descentralización entró en la planificación urbana como una mera estratagema para modelos comunitarios, mientras que la tecnología alternativa pasó a ser una disciplina estrecha, cada vez más circunscrita a la academia y a una nueva generación de tecnócratas. A su vez, cada noción se fue divorciando del análisis crítico de la sociedad, es decir, de una teoría radical de la ecología social.
Ahora me resulta evidente que era la unidad de mis ideas —su holismo ecológico, y no meramente sus componentes individuales— lo que les daba un empuje radical. Una sociedad bien puede estar descentralizada, utilizar energía solar o eólica, tener una agricultura orgánica o reducir la contaminación, pero ninguna de estas medidas dará lugar por sí misma, ni incluso en una combinación limitada con otras, a una sociedad ecológica. Como tampoco unos pasos aislados y poco sistemáticos, con independencia de las buenas intenciones que los guíen, podrán resolver, ni siquiera parcialmente, unos problemas que han tomado un cariz universal, global y catastrófico. Como mucho, las «soluciones» parciales sirven meramente como cosméticos con que maquillar la naturaleza profunda de la crisis ecológica. De esta forma, desvían la atención pública y la reflexión teórica de la comprensión adecuada de la profundidad y el alcance de los cambios necesarios.
Sin embargo, combinadas en una totalidad coherente y respaldadas por una práctica radical consecuente, estas ideas desafían el statu quo de una manera trascendental —la única que puede estar a la altura de la naturaleza de la crisis—. Es precisamente esta síntesis de ideas lo que he tratado de alcanzar en La ecología de la libertad. Tal síntesis tenía que hundir sus raíces en la historia —en el desarrollo de las relaciones sociales, de las instituciones sociales, de las tecnologías y de las sensibilidades cambiantes—, así como en las estructuras políticas; solo de esta forma podía albergar la esperanza de establecer un sentido de génesis, contraste y continuidad capaz de dotar a mis ideas de un significado real. El pensamiento utópico reconstructivo que siguió a partir de mi síntesis podría luego basarse en la realidad de la experiencia humana. Lo que debería ser podía convertirse en lo que debe ser, si es que la humanidad y la complejidad biológica en la que descansa habían de sobrevivir. El cambio y la reconstrucción podían surgir partiendo de los problemas existentes, y no de voluntarismos y borrosas vaguedades.
La inclusión de la palabra «jerarquía» en el subtítulo de esta obra pretende ser provocadora. Hay una fuerte necesidad teórica de contraponer la jerarquía a las palabras «clase» y «Estado», cuyo uso está más extendido; el empleo descuidado de estos términos puede producir una simplificación peligrosa de la realidad social. Utilizar indistintamente las palabras «jerarquía», «clase» y «Estado», tal y como hacen muchos teóricos sociales, es insidioso y oscurantista. Esta práctica, cuando se lleva a cabo en nombre de una sociedad «sin clases» o «libertaria», podría fácilmente ocultar la existencia de relaciones jerárquicas y de una sensibilidad jerárquica, factores ambos que —incluso en ausencia de explotación económica o de coerción política— servirían para perpetuar la falta de libertad.
Cuando hablo de «jerarquía» me refiero a los sistemas culturales, tradicionales y psicológicos de obediencia y mando, y no meramente a los sistemas económicos y políticos a los que se refieren más...




