E-Book, Spanisch, 480 Seiten
Booth Gente casi perfecta
1. Auflage 2018
ISBN: 978-84-947051-3-7
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
El mito de la utopía escandinava
E-Book, Spanisch, 480 Seiten
ISBN: 978-84-947051-3-7
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Michael Booth. Reino Unido Es autor de cinco obras de no ficción, y sus escritos aparecen regularmente en The Guardian, The Independent, The Times, The Telegraph y la revista Condé Nast Traveler, entre muchas otras publicaciones a nivel internacional. Es el corresponsal británico en Copenhague para la revista Monocle y la radio Monocle 24, y viaja regularmente para dar charlas y conferencias sobre las tierras nórdicas y su peculiar gente. Booth comenzó a escribir Gente casi perfecta cuando se mudó de Inglaterra a Dinamarca hace 17 años. Una de las cosas que más le sorprendieron fue lo diferentes que parecían ser los países nórdicos entre sí. Quería explorar estas diferencias y explicar lo que veía como 'una gran familia disfuncional fascinantemente dinámica'. En particular, quería investigar las constantes altas puntuaciones de Dinamarca en diversos índices de felicidad, ya que estas cifras entraban en conflicto con sus propias observaciones y quería desafiar la percepción de las naciones nórdicas como una sola unidad verde y alegre. Booth realizó cuatro años de investigación, viajando a los cinco países y entrevistando a sus figuras políticas y culturales más prominentes. Trató de examinar los éxitos y debilidades de estos países para 'reequilibrar el punto de vista utópico' de los países escandinavos y presentar una perspectiva diferente a la excesivamente positiva que promueven los medios de todo el mundo.
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INTRODUCCIÓN
Una mañana oscura de abril de hace ya algunos años, temprano, estaba sentado en mi salón en el centro de Copenhague, envuelto en una manta y anhelando la llegada de la primavera, cuando abrí el periódico de aquel día y descubrí que mis compatriotas adoptivos habían sido nombrados los más felices de su especie en algo llamado el Índice de Satisfacción con la Vida, compilado por el departamento de Psicología de la Universidad de Leicester.
Comprobé la fecha en el periódico: no era el Día de los Inocentes. En efecto, tras echar un vistazo rápido por Internet confirmé que esta noticia aparecía en los titulares de todo el mundo. Todos, desde el Daily Mail hasta Al Jazeera, cubrían la historia como si hubiera estado escrita en las tablas de la ley. Dinamarca era el lugar más feliz del planeta. ¿El más feliz? ¿Este país pequeño, plano, aburrido, húmedo y oscuro, que ahora llamaba hogar, con su puñado de personas sensatas y estoicas y los impuestos más elevados del mundo? Gran Bretaña ocupaba el puesto número 41 de la lista. Un tipo de alguna universidad así lo había afirmado, de modo que debía de ser cierto.
«Bueno, pues entonces lo saben esconder muy bien —pensé mientras miraba por la ventana hacia el puerto barrido por la lluvia—. A mí no me parecen tan joviales». En la calle, los ciclistas forrados con equipamientos árticos de alta visibilidad cruzaban el puente basculante Langebro junto a los peatones que avanzaban a empellones con sus paraguas, todos luchando contra las salpicaduras de los camiones y autobuses en tránsito.
Me puse a pensar en las aventuras del día anterior en mi patria recientemente adoptiva, unas aventuras sin duda capaces de minar el alma de cualquiera. Por la mañana había tenido lugar el encuentro bisemanal con la cajera taciturna en el supermercado local que, como de costumbre, había marcado el coste excesivamente prohibitivo de mis productos de baja calidad como si yo no estuviera allí de cuerpo presente. Fuera, otros peatones habían chasqueado la lengua de forma audible al verme cruzar la calle con el semáforo en rojo; no había tráfico, pero en Dinamarca adelantarse al hombrecillo verde supone una provocadora violación de la etiqueta social. Volví a casa en bicicleta a través de la llovizna y, al llegar, me esperaba una factura que me «liberaba» de una alarmante proporción de los ingresos de aquel mes; antes de eso había provocado la ira de un conductor que había amenazado con matarme por haber infringido la señal de no girar a la izquierda (bajó la ventanilla y, literalmente, al más puro estilo y con el acento de villano de película de James Bond, me gritó: «¡Te mataré!»). El entretenimiento nocturno televisivo en horario de máxima audiencia había consistido en un programa sobre cómo evitar un roce excesivo de las ubres de vaca seguido de un episodio de Taggart de hacía más de diez años y, a continuación, ¿Quién quiere ser millonario?, cuyo sugestivo nombre sobre un potencial cambio de vida resulta un tanto debilitado por el hecho de que un millón de coronas equivalen tan solo a unas 100.000 libras esterlinas, que en Dinamarca es justo lo suficiente para pagarte una cena y que te quede algo de calderilla para ir al cine.
Debo añadir que esto fue antes de que llegaran a nuestras pantallas todas esas series de televisión danesas aclamadas por la crítica, y de que la nueva cocina nórdica revolucionara nuestros fogones, antes de que Sarah Lund[1] nos encandilara con su jersey de punto y de que Birgitte Nyborg[2] nos sedujera con sus faldas de tubo y su actitud seria y sensata hacia los políticos de derechas, y mucho antes de que la reciente y aparentemente incansable ola de obsesión por lo danés se apoderara del mundo. En aquel entonces, había llegado a considerar a los daneses como personas fundamentalmente decentes, trabajadoras, respetuosas de las leyes y muy poco propensas a las expresiones públicas de… en fin, de casi nada, y mucho menos de felicidad. Los daneses eran luteranos por naturaleza, cuando no por acatamiento ritual: rehuían de la ostentación, desconfiaban de la manifestación exuberante de emociones y se mantenían encerrados en sí mismos. En comparación con los, pongamos, tailandeses, puertorriqueños o, incluso, los británicos, conformaban un grupo solemne y glacial. Me atrevería incluso a decir que de las alrededor de cincuenta nacionalidades que hasta ese momento había conocido a lo largo de mis viajes, los daneses probablemente se encontraban en el cuarto inferior de la tabla, entre las personas menos manifiestamente alegres de la tierra, junto con los suecos, los finlandeses y los noruegos.
En su momento pensé que quizá era la gran cantidad de antidepresivos que tomaban lo que nublaba su percepción. Hacía poco había leído un informe según el cual, en Europa, solo los islandeses consumían más píldoras de la felicidad que los daneses, y el ritmo al que las ingerían iba en aumento. ¿Acaso la felicidad danesa no era más que un estado de inconsciencia patrocinado por Prozac?
De hecho, a medida que iba ahondando en el fenómeno de la felicidad danesa, descubrí que el informe de la Universidad de Leicester no era tan novedoso como seguramente les hubiera gustado pensar. Los daneses ya habían estado en lo más alto en la primera de las encuestas de la UE sobre el bienestar —el Eurobarómetro— allá por 1973, y en la actualidad siguen ocupando la primera posición. En el último sondeo realizado, más de dos tercios de los miles de daneses que fueron encuestados afirmaron estar «muy satisfechos» con sus vidas.
En 2009 tuvo lugar la visita cuasipapal de Oprah Winfrey a Copenhague, quien citó el hecho de que «la gente deja a sus hijos en los carritos en el exterior de las cafeterías, y no te preocupa que los roben […] nadie se dedica a correr, correr, correr para conseguir más, más, más» como el secreto del éxito danés. Y, si Oprah ungía a Dinamarca, entonces debía de ser verdad.
Cuando Oprah descendió de los cielos, yo ya me había marchado de Dinamarca tras haber logrado que mi mujer no pudiera soportar más mis incesantes quejas sobre su patria: el suplicio del tiempo, los atroces impuestos, el previsible monocultivo, el agobiante empeño en el consenso basado en el mínimo común denominador, el miedo a cualquier cosa o persona diferente a la norma, la desconfianza en la ambición y la desaprobación del éxito, los lamentables modales públicos y la implacable dieta a base de carne grasa de cerdo, salmiakki,[3] cerveza barata y mazapán. Pero, aun así, no perdí de vista, si bien algo desconcertado, el fenómeno de la felicidad danesa.
No fui capaz de dar crédito, por ejemplo, cuando el país coronó la Encuesta Mundial Gallup que pidió a mil personas mayores de quince años en un total de 155 países evaluar, en una escala del 1 al 10, sus vidas en aquel momento y también cómo confiaban en que se desarrollasen en el futuro. Gallup incluyó otras preguntas relativas al apoyo social: «Si tuvieras problemas, ¿podrías contar con familiares o amigos para que te ayudaran siempre que lo necesites?»; la libertad: «En tu país, ¿estás satisfecho o insatisfecho con tu libertad para elegir qué hacer con tu vida?»; la corrupción: «¿Está la corrupción extendida entre las empresas localizadas en tu país?». Las respuestas revelaron que el 82 por ciento de los daneses «prosperaba» (la puntuación más alta), mientras que solo «sufría» el 1 por ciento. La media de las «experiencias diarias» alcanzaba un 7,9 de 10, una marca insuperable a nivel mundial. A título de comparación, en Togo, el país que ocupaba el lugar más bajo de la clasificación, solo el 1 por ciento consideraba que prosperaba.
«A lo mejor deberían preguntar a los inmigrantes somalíes de Ishøj cuán felices están», solía pensar cada vez que oía hablar de alguno de estos sondeos e informes, aunque albergaba serias dudas de que ninguno de los investigadores se hubiera aventurado más allá del próspero extrarradio de Copenhague.
Entonces llegó el colofón, el momento cumbre en la historia de la felicidad danesa: en 2012, el primer Informe Mundial de la Felicidad de las Naciones Unidas, recopilado por los economistas John Helliwell, Richard Layard y Jeffrey Sachs, analizó los resultados de todas las investigaciones vigentes en torno a la felicidad: las Encuestas Mundiales Gallup, las Encuestas Mundiales y Europeas de Valores, la Encuesta Social Europea, etc. Y no os lo vais a creer… ¡El primer puesto se lo llevó Bélgica! Es broma. Una vez más, Dinamarca fue juzgado el país más feliz del mundo, seguido muy de cerca por Finlandia (2), Noruega (3) y Suecia (7).
Parafraseando a lady Bracknell,[4] ganar una encuesta sobre la felicidad se podría considerar buena suerte, haber ganado prácticamente todas y cada una de ellas desde 1973 es motivo convincente para llevar a cabo una tesis antropológica definitiva.
A decir verdad, a Dinamarca no le faltan rivales en su lucha por el título del país más estupendo para vivir. Tal y como sugería el informe de la ONU, cada uno de los países nórdicos puede reclamar su supremacía con respecto a la calidad de vida. Poco después de la publicación del informe de las Naciones Unidas, la revista Newsweek anunció que era Finlandia, y no Dinamarca, el país que gozaba de la mejor calidad de vida, mientras que Noruega estaba en lo más alto del Índice de Desarrollo Humano del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD),...




