Brand | Matilda. La niñera mágica | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 307, 344 Seiten

Reihe: Las Tres Edades

Brand Matilda. La niñera mágica


1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-18436-77-2
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 307, 344 Seiten

Reihe: Las Tres Edades

ISBN: 978-84-18436-77-2
Verlag: Siruela
Format: EPUB
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«Los cuentos que tenemos aquí deberían colocarse en la estantería al lado de Mary Poppins y La señora Doubtfire».  The Washington Post Por primera vez en castellano, este volumen reúne los tres relatos que cuentan las travesuras de los hermanos Brown. Incansables e ingeniosos, encuentran siempre nuevas formas de romper las normas, hasta que entra en escena Matilda, una niñera que es distinta a todas las demás y posee una magia muy especial... Sucederán entonces cosas tan disparatadas que superarán la imaginación de los pequeños al tiempo que les revelarán un mundo que cambiará sus vidas para siempre. Publicadas originalmente en Inglaterra entre 1960 y 1970, las historias de esta peculiar protagonista son ya consideradas clásicos de la literatura infantil; han sido llevadas a la gran pantalla en más de una ocasión, y han asombrado y cautivado a lectores de todas las edades.

CHRISTIANNA BRAND (Malasia británica, 1907-Londres, 1988), además de escritora, fue modelo, bailarina, dependienta en una tienda e institutriz. Escribió novelas de misterio y tres cuentos para niños protagonizados por Matilda, que inspiraron la película La niñera mágica, con Emma Thompson y Colin Firth.
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Capítulo 1

Hace mucho mucho tiempo hubo una familia con un buen montón de niños. Unos niños, por cierto, muy traviesos. En aquella época, las madres y los padres solían formar familias más numerosas que las de hoy en día, y a menudo sus hijos e hijas resultaban ser de lo más traviesos. Esos padres y madres necesitaban toda clase de nodrizas, niñeras e institutrices, que solían ser francesas o alemanas, para cuidar de sus traviesos niños. En ocasiones también había una pobre sirvienta, delgaducha y pequeñaja, que se encargaba de asistir en lo posible a las nodrizas, institutrices y niñeras...

La familia de la que os hablo parecía tener muchos más niños, además de mucho más traviesos, que ninguna otra. Tantos niños tenía que ni siquiera alcanzo a deciros sus nombres. Prefiero que los vayáis contando a medida que avanza esta historia, a ver si sois capaces de averiguar cuántos había en total, pues incluso sus progenitores tendían a ordenarlos por grupos cuando pensaban en ellos. Por un lado, estaban los Mayores, luego los Medianos, los Pequeños y, por último, los Más Pequeños. Y, por supuesto, el Bebé. Este no dejaba de ser un ejemplar de lo más extraordinario. Tenía las rollizas piernecitas siempre arqueadas y un pañal que tendía a resbalársele hasta las rodillas gordotas y rosadas. Sin embargo, el Bebé siempre seguía el ritmo de los demás niños hasta apurar la última gota de sus fuerzas. Asimismo, era capaz de hablar un curioso idioma de invención propia.

Aparte de los elementos ya citados, también estaba el Bebé Diminuto, pero este era tan pequeño que aún no había tenido oportunidad de ser travieso, hecho que lo convertía en bastante aburrido y poco digno de mención.

Los niños tenían dos perros. En concreto, dos perros salchicha. Uno era de tono tostado, lo cual le había granjeado el nombre de Azúcar Moreno o Azúcar de Cebada, o incluso, a veces, Azúcar de Caña. En cualquier caso, quedémonos con Azúcar para abreviar. La otra perra salchicha, pues se trataba de una hembra, era diminuta, negra y de piel tan reluciente como la de una foca. Llevaba el nombre de Pimienta.

El nivel que alcanzaban las travesuras de estos niños rozaba casi lo increíble. No había semana en la que o bien la niñera rolliza o una de las dos estiradas nodrizas o la institutriz francesa o hasta la sirvienta delgaducha no presentasen oficialmente su renuncia y tuviesen que ser reemplazadas por otra niñera rolliza, o bien otra nodriza estirada, otra institutriz foránea u otra sirvienta delgaducha y pequeñaja. Sin embargo, llegó el día en que todas ellas presentaron oficialmente su renuncia a la vez. Todas se pusieron en movimiento como una sola asistenta y marcharon rumbo al salón principal para anunciar al unísono:

—Señor y señora Brown —pues así se llamaban el padre y la madre de los niños—, sus hijos son tan traviesos que no podemos aguantarlos ni un minuto más. Nos vamos.

La señora Brown era una mujer muy dulce, incapaz de creer que sus hijos fuesen de verdad tan traviesos. Abrió mucho los ojos y dijo:

—¡Válgame el cielo! ¿Qué es lo que han hecho ahora?

Y todas empezaron a enumerar:

—La señorita Tora le ha cortado una trenza a la señorita Susie...

—... y el señorito David ha hecho una barba con ella. Se la ha pegado a la señorita Charlotte en la cara.

—El señoguitó Simon le ha puestó al peggó salchichá mi sombgregó paguisién y lo ha sacadó de paseó.

—La señorita Helen ha echado sirope dentro de todas las botas de agua...

—La señorita Stephanie ha rallado jabón como si fuera queso, y ahora la cena de la pobre cocinera Fogón no deja de echar espuma...

—Y los demás niños se dedican a hacer todo tipo de cosas igual de horribles...

—A quien ustedes necesitan —añadieron todas, de nuevo al unísono— es a la Niñera Matilda.

Y con esto giraron sobre sus talones y abandonaron el salón al paso, camino a sus respectivas habitaciones para echar mano de las maletas. Acto seguido, se metieron en dos carricoches y se marcharon.

Lamento decir que a los niños no les importó lo más mínimo. Mientras todo esto ocurría en el salón principal, ellos se habían dedicado a intercambiar el contenido de las maletas. Ahora no podían dejar de pensar en la mañana siguiente, cuando la rolliza niñera intentase embutirse en los vestidos de la sirvienta delgaducha y pequeñaja, o en el aspecto que tendrían las estiradas nodrizas cuando se pusieran los sombgregós paguisién de Mademoiselle.

—Válgame el cielo —suspiraron a la vez el señor y la señora Brown—. Tendremos que contratar un contingente nuevo de niñeras, institutrices y nodrizas.

Así pues, llamaron a un coche y se dirigieron a la Agencia. La Agencia, por desgracia, mostró reparos, puesto que ya había enviado una cantidad impresionante de institutrices, niñeras y nodrizas con la familia del señor y la señora Brown.

—A quien ustedes necesitan —les dijeron en la Agencia— es a la Niñera Matilda.

—Me temo que no conocemos a ninguna Niñera Matilda —dijeron el señor y la señora Brown.

Por tanto, la Agencia aceptó a regañadientes enviar una nueva remesa de trabajadoras junto a la familia Brown.

El lunes, un carricoche se detuvo frente al portón de la casa. De él salieron en tromba una nueva niñera rolliza, una nueva institutriz y dos nuevas y estiradas nodrizas; así como una nueva sirvienta, cuyo cometido, como no podía ser de otra manera, era asistirlas a todas ellas. El señor y la señora Brown salieron a toda prisa del salón principal y se acercaron al portón, armados con cálidas sonrisas de bienvenida. Cuál no sería su sorpresa al atisbar que apenas la pierna delgaducha de la sirvienta asomaba volvía a desaparecer dentro del carricoche, donde las otras la metieron a tirones. Del nuevo contingente, solo alcanzaron a contemplar cinco rostros demudados por el terror que alzaban la mirada mientras el carruaje se alejaba a toda velocidad camino abajo. El señor y la señora Brown se acercaron entonces al camino de entrada a la casa y alzaron a su vez la vista.

En cada una de las ventanas de la casa, con excepción de las del salón principal, podía verse a los niños repartidos en varios grupos. Con los pelos de punta y las caras retorcidas en muecas horribles, todos agitaban los brazos y se contorsionaban arriba, abajo y en todas direcciones, a todas luces víctimas de la mayor de las demencias.

—¡Mis niños! —jadeó la señora Brown—. ¡Mis pobres, queridos, amantísimos niños! Los perros deben de haber contraído la rabia y los han mordido... ¡y ahora ellos también están rabiosos!

—¡La rabia! —gimió el señor Brown.

—¡Hidrofobia! —gimió la señora Brown.

—¡Delirios! —gimió el señor Brown.

—¡Espuma en la boca! —gimió la señora Brown.

—Aunque en realidad parece que no —dijo el señor Brown. Se calmó un poco y miró a los niños, en cuyos rostros era patente una ausencia total de espuma. Luego contempló a los perros, que habían perseguido un poco al carruaje con un alegre correteo, y añadió—: Y estos dos tampoco.

Dicho lo cual, se quedó muy pensativo.

La señora Brown, por su parte, corría ya escaleras arriba. La realidad era que, por más dulce que fuera, la señora Brown también era muy ingenua en lo tocante a sus pequeños, pobrecitos y queridísimos niños. Por supuesto, ningún perro había mordido a sus pequeños, pobrecitos y queridísimos niños, y por supuesto tampoco tenían la rabia.

Así pues, el señor y la señora Brown volvieron a llamar a un carruaje y a dirigirse a la Agencia.

La Agencia, dicho sea de paso, se mostró de lo más molesta con la situación.

—Hagan el favor de contratar a la Niñera Matilda —les dijeron.

—Pero es que no conocemos a ninguna Niñera Matilda —dijeron el señor y la señora Brown.

—Está bien. Pero es la ultimísima vez —dijeron en la Agencia.

—De acuerdo, muchas gracias —dijeron el señor y la señora Brown, y volvieron a casa, esperanzados. Al menos la señora Brown iba bien servida de esperanza. En cuanto al señor Brown..., no lo tengo tan claro.

Resulta que el señor y la señora Brown tuvieron que ausentarse al día siguiente. O eso le dijeron al mayordomo, un hombre alto, triste y muy digno llamado Largo, dado a tener certezas sin argumentos que las justificasen.

—Largo, si llegan las nuevas cuidadoras, deles por favor una cálida bienvenida y llévelas al piso de arriba, al aula, para que conozcan a los niños.

—Sí, señor. Sí, señora —dijo Largo, aunque pensó para sí mismo: «¿A eso le llaman ustedes una bienvenida cálida?».

En aquel preciso instante estaba experimentando una certeza sin argumento que la justificase, y era la siguiente: el señor y la señora Brown habían cometido el error de confesarles a los niños su preocupación por el hecho de que los hubieran mordido perros rabiosos y de que hubiesen contraído la rabia como consecuencia.

Sin embargo, al señor y la señora Brown aquello ni siquiera se les había ocurrido. Allá que se fueron, tan tranquilamente, y al volver se dijeron el uno a la otra con la mayor de las calmas:

—Hemos regresado antes de lo esperado. Quizá tengamos tiempo de conocer al nuevo personal, a fin de cuentas.

Y sí que...



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