Brodsky | Del dolor y la razón | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 83, 388 Seiten

Reihe: El Ojo del Tiempo

Brodsky Del dolor y la razón


1. Auflage 2015
ISBN: 978-84-16280-85-8
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 83, 388 Seiten

Reihe: El Ojo del Tiempo

ISBN: 978-84-16280-85-8
Verlag: Siruela
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En esta diversa y rica colección de ensayos, Joseph Brodsky dedica una mirada reflexiva a sus tempranas experiencias de vida en Rusia y posterior exilio en Estados Unidos. Dando prueba de una extraordinaria erudición, Brodsky explora en esta obra temas tan variados como la dinámica de la poesía, el arte de la lectura, la naturaleza de la historia y las dificultades que asolan al escritor émigré. Incluye también el hilarante relato de un desastroso viaje a Brasil, consejos a sus alumnos, un homenaje a Marco Aurelio, y estudios sobre Robert Frost, Thomas Hardy, Horacio y otros autores y pensadores que merecieron su estudio y atención. Asimismo recoge íntegro el discurso que pronunció en la ceremonia de entrega del Premio Nobel de 1987, titulado «Inusual semblante», en el que parafraseando a Ajmátova afirma que: «El verso crece en verdad de la basura; y las raíces de la prosa no son más honorables».

Joseph Brodsky (San Petersburgo, 1940-Nueva York, 1996) fue procesado por «parasitismo social» en 1964 y condenado a cinco años de trabajos forzados. Gracias a la intercesión de varios intelectuales, cumplió solo una parte de la pena, pero en 1972 acabó expulsado de la Unión Soviética. Tras dos breves estadías en Viena y Londres, se instaló en Estados Unidos, donde impartió clases en varias universidades y obtuvo una nueva nacionalidad en 1977. En 1987 recibió el Premio Nobel de Literatura.
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Botín de guerra


I

En el principio fue la carne enlatada. Para ser más precisos: en el principio fue la guerra, la Segunda Guerra Mundial; el asedio de mi ciudad natal, Leningrado; la Gran Hambruna, que se llevó más vidas que todas las bombas, granadas y balas juntas. Y hacia el final del asedio, la carne enlatada procedente de América. Creo que la marca era , pero puedo estar equivocado; tenía solo cuatro años cuando la probé por primera vez.

Debía de ser el primer bocado de carne que nos llevábamos a la boca desde hacía mucho tiempo. Pero su sabor resultaba menos memorable que las propias latas. Altas, cuadradas, con una llave para abrirlas adherida a uno de los lados, constituían el testimonio de otros principios mecánicos, incluso de una distinta sensibilidad. Aquella llave, que permitía abrir la lata tirando de una lengüeta, suponía toda una revelación para un chico ruso: nosotros solo conocíamos los cuchillos. El nuestro era aún un país de clavos, martillos, tuercas y tornillos: en ello se sustentaba, y así iba a ser durante la mayor parte de nuestras vidas. Por este motivo nadie pudo explicarme entonces el método de precintado que usaban los fabricantes de aquellas latas. Ni siquiera hoy llego a comprenderlo del todo. Me quedaba mirando, con expresión de absoluta perplejidad, cómo mi madre despegaba la llave, enderezaba la pequeña lengüeta, la insertaba en el ojo de la llave y hacía girar esta última una y otra vez sobre su eje en el sentido de las agujas del reloj.

Mucho después de que su contenido se perdiera por las cloacas, estas latas altas, en cierto modo aerodinámicas en sus bordes (¡como pantallas de cine!), de color granate o marrón, con las etiquetas escritas con caracteres extranjeros, sobrevivían en las estanterías y alféizares de numerosas familias, en parte como objetos decorativos, en parte como útiles recipientes para lápices, destornilladores, rollos de película, clavos, etc. También se usaban a menudo como macetas.

Nunca más volvimos a ver aquel contenido gelatinoso ni unas formas como aquellas. Con el paso de los años el valor de las latas fue aumentando. En los intercambios de los escolares, al menos, constituían piezas de gran valor: a cambio de una de ellas podían conseguirse una bayoneta alemana, una hebilla de cinturón de marinero, una lente de aumento... Los cortantes bordes por donde se abría la lata fueron responsables de numerosas heridas en nuestros dedos. En tercer curso yo era el orgulloso propietario de dos de esas latas.

II

Si alguien sacó provecho de la guerra fuimos nosotros: sus niños. Aparte de haber sobrevivido a ella, conseguimos proveernos de un rico material con que dejar volar la imaginación o fantasear. A la habitual dosis infantil de Dumas y Julio Veme, se añadió, en nuestro caso, todo el equipo militar, siempre popular entre los muchachos; y muy especialmente en nuestro país, que resultó vencedor en la guerra.

Lo curioso es que para nosotros el material bélico más atractivo era el del otro bando, no el de nuestro victorioso Ejército Rojo. Teníamos siempre en los labios los nombres de los aviones alemanes –Junkers, Stukas, Messerschmidts, Focke-Wulfs–. Igual ocurría con los rifles automáticos Schmeisser, los tanques Tiger o los sucedáneos que comía la tropa. Los cañones eran fabricados por Krupp; las bombas, cortesía de I. G. Farben-Industrie. El oído de un chico es siempre sensible a un sonido desconocido o extraño. Y, por encima de cualquier sensación de peligro, era esta fascinación acústica la que, a mi juicio, atraía la atención de nuestras lenguas y cerebros. Pese a las buenas razones que teníamos para odiar a los alemanes, y pese a las constantes exhortaciones a tal fin por parte de la propaganda estatal, solíamos llamarlos , más que o . Aunque probablemente ello se debió a que tuvimos la suerte de conocerlos tan solo como prisioneros de guerra.

Igualmente, nos encantaba ir a contemplar el material militar alemán en los museos bélicos que aparecieron por doquier a finales de los años cuarenta. Constituían nuestra distracción favorita, muy por encima del circo o del cine; y especialmente si nos llevaban nuestros desmovilizados padres (por supuesto, en el caso de aquellos de nosotros que aún teníamos padres). Curiosamente, ellos solían mostrarse bastante reacios a llevarnos, aunque una vez allí respondían con todo detalle a nuestras preguntas sobre la potencia de fuego de tal o cual ametralladora, o sobre los tipos de explosivos utilizados para tal o cual bomba. La reticencia no se debía al deseo de ahorrar a tan tiernas almas los horrores bélicos, ni a sí mismos el recuerdo de sus amigos muertos y el sentimiento de culpabilidad por seguir vivos; lo que ocurría es que se daban cuenta de nuestra frívola curiosidad, y la desaprobaban.

III

Cada uno de ellos –de nuestros padres vivos, se entiende– conservaba, por supuesto, algún recuerdo de la guerra. Podían ser unos binoculares (¡Zeiss!) o la gorra de un oficial de submarino alemán con sus correspondientes insignias, un acordeón con incrustaciones de nácar o una pitillera de plata de ley, un gramófono o una cámara fotográfica. Cuando yo tenía diez años, mi padre apareció un día, para mi deleite, con un aparato de radio de onda corta, de marca Philips. Podía sintonizar emisoras de todo el mundo, desde Copenhague a Surabaya. Al menos eso es lo que indicaban los nombres que podían leerse en su esfera amarilla.

Esta radio, comparada con otras de la época, resultaba bastante manejable: era un aparato marrón de baquelita, de 25 x 35 centímetros, con la mencionada esfera amarilla y un ojo verde, felino e hipnotizante, que indicaba la calidad de la sintonización. Si no me engaña la memoria, disponía tan solo de seis lámparas, y medio metro de alambre le bastaba como antena. Pero ahí estaba el problema. Para la policía, una antena que asomara por una ventana resultaba inmediatamente sospechosa. Intentar acoplar la antena individual con la colectiva del edificio requería la intervención de un profesional, y podía ser que este prestara demasiada atención al aparato de radio: no había por qué tener radios extranjeras, así de sencillo. La solución solía consistir en una instalación en forma de red dentro de la habitación. Aunque así no había forma de sintonizar Radio Bratislava ni, mucho menos, Delhi. Pero yo tampoco sabía checo ni hindi. Y, de todos modos, los programas en ruso de la BBC, Voice of America o Radio Free Europe resultaban inaudibles por culpa de las interferencias. No obstante, podían sintonizarse emisiones en inglés, alemán, polaco, húngaro, francés y sueco. Yo no sabía ninguna de estas lenguas; pero podía disfrutar del programa de Voice of America, ¡con la voz de barítono más maravillosa del mundo, la del locutor Willis Conover!

A este aparato Philips de color marrón, brillante como un zapato antiguo, le debo mis pinitos en inglés y el descubrimiento del panteón jazzístico. Cuando teníamos doce años, fueron desapareciendo de nuestros labios los nombres alemanes, sustituidos por los de Louis Armstrong, Duke Ellington, Ella Fitzgerald, Clifford Brown, Sidney Bechet, Django Reinhardt y Charlie Parker. Recuerdo que también nuestros andares empezaron a modificarse: las articulaciones de nuestros muy inhibidos cuerpos rusos se movían al compás de aquel nuevo ritmo. Por lo visto yo no debía de ser el único de mi generación en darle un buen uso a medio metro de alambre.

A través de los seis agujeros simétricos de su parte trasera, en el brillo tenue y en el parpadeo de las lámparas, en aquel laberinto de conexiones, resistencias y cátodos, tan incomprensible como, las lenguas que transmitía, yo creía estar viendo Europa. Parecía una ciudad de noche; con sus luces de neón desparramadas. Cuando por fin, a mis treinta y dos años, llegué a conocer Viena, tuve enseguida la sensación de haber estado allí antes. Las primeras. noches en Viena, cuando caía dormido, era como si una mano invisible allá lejos, en Rusia, me hubiera desconectado.

Se trataba de un aparato muy resistente. Un día mi padre lo tiró al suelo, en un ataque de ira tras sucesivos intentos fallidos de sintonizar una determinada frecuencia, y, aunque el bastidor se desprendió, el aparato siguió funcionando. Como no me atrevía a llevar la radio a un técnico profesional, arreglé lo mejor que pude aquella enorme brecha mediante pegamento y gomas. A partir de entonces la apariencia de la radio fue distinta, con aquellas dos voluminosas mitades más o menos conectadas. Su final llegó cuando las lámparas fallaron, aunque una o dos veces me las arreglé para localizar otras equivalentes haciendo correr la voz entre amigos y conocidos. Pero incluso cuando se convirtió en una caja muda, siguió en nuestra familia, mientras la familia existió. A finales de los años sesenta; todo el mundo compraba la radio letona Spidola, con su antena telescópica y todo tipo de transistores en su interior. No cabe duda de que la calidad de la recepción era mejor y que resultaba más manejable. Sin embargo, la vi una vez en un taller de reparación con su parte trasera separada. Para describir cómo era por dentro no se me ocurre nada mejor que compararla con un mapa: carreteras, vías férreas, ríos, afluentes. No se parecía a nada en concreto; ni siquiera se parecía a la ciudad de Riga.

IV

Pero el mayor botín de guerra eran,...



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