E-Book, Spanisch, Band 481, 336 Seiten
Reihe: El Acantilado
Broeck Saltos mortales
1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-19958-38-9
Verlag: Acantilado
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 481, 336 Seiten
Reihe: El Acantilado
ISBN: 978-84-19958-38-9
Verlag: Acantilado
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Charlotte Van den Broeck (Turnhout, Bélgica, 1991) es poeta. Escribe en la prensa belga y da clases de Analísis Literario y Ensayístico en el Conservatorio Real de Amberes. Su primer poemario, «Chameleon» (2015), recibió el premio de poesía Herman de Coninck, y «Nachtroer» (2017), el segundo, el premio trianual Paul Snoek al mejor libro de poesía en neerlandés. «Saltos mortales» es su debut en prosa y fue un éxito de crítica y público en Bélgica.
Weitere Infos & Material
I
PISCINA MUNICIPAL STADSPARK, 2005-2011
TURNHOUT (BÉLGICA)
Arquitecto anónimo
Por suerte aterrizó de espaldas y pudo mantener la boca justo por encima de la superficie del agua. Dos semanas antes de su decimosexto cumpleaños, Nathalie C., de la localidad vecina de Retie, queda atrapada en el sistema de depuración de la piscina infantil del complejo municipal de Turnhout. Se le ha enredado la coleta en un filtro. El incidente tiene lugar una mañana de domingo demasiado concurrida como para hacer largos en la piscina de competición. Nathalie ha ido a Turnhout con su tío y su primo pequeño y, mientras espera a que quede libre una calle en la piscina de veinticinco metros, se entretiene chapoteando con ellos en la piscina infantil, donde ni siquiera cubre lo bastante para nadar. En un momento determinado, mientras está sentada con la espalda apoyada en la pared, siente que algo tira con fuerza de ella hacia abajo y, antes de que pueda reaccionar, se da un severo golpe en la nuca contra el borde de piedra. En primera instancia, Nathalie trata de incorporarse, pero la misteriosa fuerza que tira de ella y el dolor punzante producto de la misma se lo impiden. En un acto reflejo, se lleva las manos a la nuca—instintivamente, tendemos a cubrir con las manos las partes del cuerpo en las que sentimos dolor—, pero allí donde debería estar la base de su larga cola de caballo sólo encuentra la parte de atrás del cráneo pegada al borde de la piscina.
Aunque no se puede decir que llegara a correr peligro de muerte en ningún momento, lo cierto es que entre el instante en que se le enreda la coleta en el filtro y su liberación definitiva transcurren largos minutos de incertidumbre durante los cuales Nathalie se encuentra en una situación sumamente angustiosa.
Bert P., el encargado de la piscina, es el primero que acude en su ayuda. La solución más obvia consiste en cortar la coleta, pero Nathalie se resiste con todas las fibras de su cuerpo, por lo que el pelo se enreda y se tensa cada vez más, amenazando con arrancar en cualquier momento un trozo de cuero cabelludo. El pataleo, además, dificulta mucho la tarea de Bert, que no acierta a colocar las tijeras en la posición precisa para dar el corte liberador. La adolescente grita como una endemoniada, no se sabe si de dolor o como forma de protesta.
En su condición de encargado, Bert está acostumbrado a actuar en situaciones de emergencia. Sin ninguna contemplación—y, desde luego, sin pararse a buscarle una interpretación a los gritos de la víctima—, opta por cortar la coleta de un tajo. El tío de Nathalie y otros circunstantes alarmados se ocupan inmediatamente de la joven recién liberada. Alguien le cubre la nuca con una toalla. Mientras tanto, con las tijeras en una mano y la coleta en la otra, Bert identifica la causa del accidente: justo en el sitio donde Nathalie tenía apoyada la cabeza hay un punto de absorción del sistema de regulación del cloro. La tapa, una placa de cuatro milímetros de grosor, no estaba bien atornillada y la fuerza de succión del sistema ha arrastrado la coleta de Nathalie hacia dentro por el resquicio.
Inmediatamente después de hacer esa constatación, sin demorarse ni un instante, Bert entra de nuevo en acción y vacía la piscina infantil. A continuación vuelve a atornillar la tapa, asegurándose de que esta vez quede bien apretada. Problema resuelto.
Aunque Nathalie sale indemne del incidente, el mal cuerpo que se le queda no se lo quita nadie. «No me duele, pero me he llevado un buen susto», dice en una entrevista para el canal de televisión regional.
En su fiesta de cumpleaños veo que se ha tapado la nuca con un floripondio artificial. Hace daño a la vista, pero nadie se atreve a decírselo a la cara. Nos limitamos a comentarlo a sus espaldas.
Desde su inauguración en octubre de 2005, la piscina municipal Stadspark nunca estuvo más de tres meses seguidos abierta. Cada dos por tres, la dirección se veía obligada a cerrar temporalmente el complejo a causa de todo tipo de peculiares incidencias: misteriosas averías técnicas, hundimientos del terreno y hasta episodios bíblicos en los que el agua se transformaba de pronto en leche.
La población local no tardó en empezar a calificar de escándalo los continuos problemas de la nueva y carísima piscina municipal. El complejo había costado diez millones de euros, y nunca estaba abierto. De todos los usuarios, los abonados fueron quienes se quedaron con más preguntas sin responder, la más importante de las cuales era si les iban a devolver el dinero del carné.
En su día, todo el asunto de la piscina y la cuestionable gestión municipal del dosier pasó desapercibido en gran medida para mí. En 2009, apenas cuatro años después de la inauguración, cuando los hechos condujeron a la dolorosa y evidente conclusión de que había que cerrar la piscina de forma permanente, yo ya estaba estudiando en Gante y tenía otras cosas en la cabeza, como la literatura universal y mi proceso de emancipación. Por aquella época iba a nadar una vez por semana, pero en mi nueva ciudad, en la espectacular piscina de la calle Veerkaai. Mientras yo me liberaba progresivamente de las ataduras que me mantenían unida a mi patria chica y me sacudía el barro de sus pantanosas tierras, la piscina municipal de Turnhout se estaba hundiendo en ellas. Literalmente.
La sala de máquinas, donde, entre otras cosas, se encontraba la caldera de la piscina, estaba en el sótano, el cual, de forma apenas perceptible pero impepinable, se estaba hundiendo en el cenagoso subsuelo de la región. El sistema eléctrico estaba provisto de modernísimos sensores de seguridad, pero los habían colocado de forma poco estratégica. Desde su posición, a tres cuartas partes de la altura de las paredes del sótano, podían detectar filtraciones de agua procedentes de arriba, de las piscinas, pero nadie había previsto que el agua pudiera ascender desde el subsuelo. La sala de máquinas podría haberse inundado casi por completo antes de que el sistema de seguridad enviara la primera señal de alarma. Para entonces, todas las máquinas habrían sucumbido sin remedio a la subida del agua y, arriba, las piscinas estarían llenas de cuerpos de bañistas electrocutados flotando como corchos a la deriva.
Huelga decir que entre los usuarios de la piscina y demás contribuyentes surgieron todo tipo de teorías y especulaciones sobre los motivos del cierre, pero el departamento de comunicación del ayuntamiento supo ocultar el hecho de que el sótano se estaba hundiendo. El debate público, mientras tanto, giraba en torno a un impreciso batiburrillo de causas que iban variando con el tiempo.
En octubre de 2009 colgaron en la entrada un cartel que decía:
CERRADO POR MANTENIMIENTO
DE FORMA PROVISIONALMENTE DEFINITIVA
Era como si, con esa formulación tan farragosa, los responsables de la piscina quisieran ir advirtiendo a los usuarios de lo que parecía inevitable, para que luego nadie pudiera reprocharles nada.
Durante aquel paréntesis se encargaron todo tipo de estudios técnicos para mejorar el sistema eléctrico. Consultaron a numerosos expertos y llegó a visitar el complejo un catedrático especializado en la materia. Se elaboraron presupuestos y se convocaron infinidad de reuniones vespertinas, todo con la esperanza de fijar una nueva fecha de apertura. Al final lo consiguieron. En enero de 2011, tras año y medio de cierre, el complejo abrió de nuevo sus puertas.
La alegría fue pasajera. En abril de ese mismo año volvieron a colgar el cartel del último cierre, esta vez con una sutil corrección en el texto:
CERRADO POR MANTENIMIENTO
DE FORMA PROVISIONALMENTE DEFINITIVA
¿Cuántas veces estuve en aquella piscina? No tantas como para justificar el significado personal que le atribuyo ahora al complejo. En mi defensa, sin embargo, diré que muchas veces no sabes cuáles son las cosas que debes recordar hasta que todo forma parte del pasado, cuando ya es demasiado tarde para borrar de la memoria aquello que habrías preferido olvidar. O al revés, como en este caso. Sin embargo, todavía recuerdo con gran nitidez mi primera visita a la piscina. Debió de ser unos seis meses después de la inauguración, en julio de 2006. Acabo de cumplir catorce años y es la primera vez que voy a algún sitio sin la supervisión de mis padres. La braguita de mi bikini—bajo la cual empiezan a curvarse tímidamente mis caderas—es de color rojo. La parte de arriba, de color naranja, consiste en una sola pieza triangular de poliéster cuyo vértice más agudo apunta hacia el ombligo. Llevo el pelo recogido en una larga trenza que me llega hasta el culo. En la parte interior de la muñeca luzco una calcomanía de diseño tribal que me ha salido en una bolsa de patatas. Me gustaría tener un bikini nuevo, con una braguita de corte alto en las caderas y dos piezas independientes para mis inexistentes tetas, como mi amiga Eef, que está jugando en el agua con Max, su vecino. Eef tiene ya una talla B y lleva un bikini con copa. Max es un niño gordito de diez años con la cara cubierta de simpáticas pecas y una lengua muy larga. Cuando se aburre, trata de tocarnos en sitios que en el fondo no le interesan,...




