E-Book, Spanisch, 300 Seiten
Reihe: Nerabea
Broncano Malospelos
Premio Todo Mejora 2025
ISBN: 978-84-129741-5-7
Verlag: Kabo&Bero Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 300 Seiten
Reihe: Nerabea
ISBN: 978-84-129741-5-7
Verlag: Kabo&Bero Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Profesor de ELE. Habiendo residido en Grecia, EE.UU. o actualmente en Holanda, se define a sí mismo como «extremeño por el mundo, tan rural como cosmopolita, bibliófilo, calcetín de viaje, aprendiz de poeta y de color amarillo». Escribe por y para la mujer y el colectivo lgtbiq+ desde el costumbrismo y con el propósito de aportar refugio.
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Capítulo 1
Baldosas amarillas
La calle siempre me parece un camino infinito por el que regresar a casa. A pesar de la luz de primavera que la ilumina, se extiende frente a mí como un manto gris de adoquines y alquitrán. Además, por ir la mayoría del tiempo cabizbajo, este pasillo parece no admitir el verde de los árboles. Sin embargo, sí que percibo las sombras que con esmero se proyectan y cambian de tamaño según los caprichos del viento. Mi nombre es Samuel, tengo quince años y acabo de tener uno de esos días de los que prefiero no hablar.
Dejo atrás el edificio del instituto. Es un bloque sin color, más parecido a una prisión que a un lugar lleno de adolescentes. Me alejo de él mientras imagino, como muchas veces hago, que las avenidas de Madrid se forran de baldosas amarillas. Las dibujo del mismo tono y tamaño que las que guiaban a Dorothy en aquella película de finales de los años treinta. Conozco esta versión gracias a mi madre, que se considera una gran fan de la peli. «Esto es un clásico», reafirma mi padre cada vez que ella decide volver a darle al play. ¡La de veces que he visto El mago de Oz junto a mi madre! Y en todas y cada una acaba emocionándose. Descubro en su mirada un sentimiento de nostalgia al que todavía no he conseguido ponerle nombre. Sonríe y se limpia las mejillas con la manga del pijama. Eso me gusta. Me gusta verle sonreír, emocionarse de felicidad.
A mi hermana no le entusiasma demasiado esta película pero, a pesar de que saca pegas a sus efectos especiales todo el tiempo, su afición al cine la obliga a quedarse en silencio y sentarse en el sofá al otro lado de mi madre. Creo haber aprovechado una de las muchas anécdotas de la peli. Mi padre, además, dice que podemos encontrar varias lecturas en ella. Por eso muy a menudo recurro a las baldosas de Oz para así avanzar por las aceras de esta ciudad. Salto de una en una y el camino a casa se me hace mucho más llevadero.
A Claudia, mi mejor amiga, no me atrevo a decirle lo que imagino porque no quiero que me mire como si me faltase un tornillo. Aunque, en verdad, ella nunca me miraría así. Más de una vez me ha visto dando saltos de un lado para otro y no ha preguntado. Ella, si intuye que me pondrá en un compromiso, no pregunta. Sé que lo hace así para no dejarme en evidencia. Aunque si se lo dijera, aunque si llegase a preguntar, no pasaría nada porque es de ese tipo de amiga que no critica y siempre busca entenderme. Es en días como este, en el que ni Claudia ni mi buen humor me hacen compañía, cuando no me veo muy capaz de evadirme de la realidad. Esta toma fuerza, pesa mucho alrededor y batalla contra cualquier ápice de imagen que asome para alejarme de estas calles que se me dibujan a ambos lados de manera tan deprimente. Hay días en los que, por mucho esfuerzo que haga, Madrid no se convierte en esa fábula por la que transitar. En vez de un lugar cubierto de baldosas con brujas y magos, las aceras se llenan de pasos de gigante que, con prisas y poca simpatía, se dirigen a destinos mucho menos fantásticos e interesantes que el mundo de Oz.
Me temo que hoy es uno de esos días. A horas como esta, además, tras el timbre con el que se anuncia el fin de las clases, salimos en estampida de ese bloque gris y formamos a sus puertas un enjambre de abejas con mochilas cargadas a las espaldas. Poco a poco, descomponemos la colmena y nos despedimos del resto de compañeros hasta el día siguiente. Yo no me despido de nadie. Ni tan siquiera hoy he esperado a Claudia. No me apetece pasar un minuto más cerca de ese lugar. Prefiero correr, llegar a casa y resguardarme en mi habitación sin saber nada de los demás.
Pienso en la efusividad con la que algunos compañeros se despiden del resto y no lo entiendo. Lo hacen como si se les olvidase que en menos de veinticuatro horas volveremos a encontrarnos. Porque esto del instituto es un trabajo serio, de lunes a viernes y de no poder desconectar cuando llegas a casa. A veces escucho cómo mi madre y mi padre se quejan de los suyos, pero el que tiene siempre deberes y cosas que estudiar soy yo. Por eso no comprendo a los que les gusta ir cada mañana a clase. Entre ellas, Claudia: parece ser una de esas que disfrutan ahí dentro.
Con la silueta del instituto alejándose a mis espaldas y sin apenas levantar la vista del suelo, acelero el paso en dirección a la parada donde a veces cojo el autobús. De llegar a tiempo, me ahorraría el paseo y me bajaría a escasos metros del edificio donde vivo. Si no me entretengo por el camino, no necesito más de un par de minutos para atravesar la calle. Lo hago sin mirar al frente, con las manos agarradas a las asas de la mochila, a la altura de los hombros, y con el olor de una primavera que ya se aventura a decir adiós arremolinado en el mentón.
Me detengo junto al poste donde está el cartel con los horarios y, tras comprobar la hora en mi reloj de muñeca, me apoyo contra él. Enseguida llegan dos señoras que, sin parar de hablar, se detienen a mi lado. Cada una va cargada con un par de bolsas de tela y mantienen una conversación que, por cómo se interrumpen la una a la otra, parece más dos monólogos enfrentados que un diálogo entre conocidas. Sus palabras compiten entre ellas, a ver quién dice más en menos tiempo. Me entra la risa y, como no quiero que lo noten, me fijo en las bolsas de tela que cuelgan de sus manos. Asoman algunas verduras. Las hojas de puerro y lechuga se mueven al compás de la conversación y se menean de un lado a otro, impulsadas por la efusividad cada vez más descontrolada de sus propietarias. Me es imposible no reírme de nuevo al imaginar el mareo de las compras. Sería maravilloso si de repente las hojas de las verduras trepasen por los dedos de las señoras en busca de una salida y corriesen, sin echar la vista atrás, en dirección al huerto del que las arrancaron.
—¡Ahí viene! —grita una de las mujeres al levantar su bolsa de forma muy leve en dirección al autobús.
—¡Sí, es el nuestro!
Cuando compruebo que, efectivamente, el autobús que viene es también el mío, vuelvo a agarrarme con ambas manos a las asas de la mochila. Con un pequeño impulso consigo erguirme por completo y separarme del poste. El vehículo aminora la marcha hasta que la puerta trasera se detiene frente a mí y a las dos señoras. Me echo a un lado para cederles el paso y me agradecen el gesto con una sonrisa. Su parloteo no cesa ni cuando toman impulso para escalar al vehículo. Al pasar a mi lado, noto el fuerte aroma que desprenden. Es una mezcla de perfumes y hortalizas que me hace arrugar la nariz. Avanzo tras ellas y, cuando estoy a punto de poner un pie en el autobús, surge a mi espalda una figura que me cuesta unos segundos reconocer.
Me aparta de un empujón. Enseguida la sombra a la que tanto temo, la que se abalanza sobre mis hombros cada vez que me veo en peligro, hace acto de presencia. La veo avanzar hacia mí. Es como una nube que proyecta su oscuridad en todas direcciones. Tiene brazos con los que se arrastra, como alas puntiagudas y pintadas de un negro que me ahoga. Por su culpa doy un par de pasos torpes hasta que pierdo el equilibrio. Mis pies tropiezan entre ellos. Aunque las viva, no acabo de acostumbrarme a las embestidas. No me da tiempo a amortiguar el golpe con las manos, que se me han clavado con fuerza a las asas de la mochila. Caigo primero de culo y después aterrizo con la espalda. Un dolor seco y veloz hace que me retuerza en el suelo. Tampoco me da tiempo a quejarme, ni el monstruo de alas negras ni los tres que pasan convertidos en jauría casi por encima de mí me lo permiten.
—¡Quita de en medio, hombre! —reconozco de inmediato la voz de uno de los amigos de Carlos, el chico de mi clase que se ha propuesto hacer de mi paso por 3º de la ESO una auténtica pesadilla—. ¡Parece que estás alelao!
Sin siquiera hacer un esfuerzo por levantarme, veo cómo los tres amigos saltan al interior del autobús. He perdido de vista a las dos señoras y a sus bolsas de verduras, que han quedado ocultas tras las carcajadas indeseables de los que me atacan. Miro alrededor. No me atrevo a enfrentarme a ellos. Parece que ningún pasajero se percata de lo sucedido y, de hacerlo, nadie dice nada. Justo antes de cerrarse la puerta, Carlos se gira sobre sí mismo y me grita desde dentro.
—¿No te hemos dicho ya que no hay espacio para niñas en este autobús?
No le sostengo la mirada. El monstruo es cada vez más grande. Es tanto el malestar que siento brotándome de las entrañas que agacho de nuevo la cabeza para buscar refugio en los cordones de mis zapatillas. No sé por qué narices me empeño en seguir intentando ir a casa en transporte público. Es más rápido, sí, pero ya me he demostrado varias veces que ir a pie es mucho más seguro, porque Carlos y su grupo de aliados nunca lo hacen así. No entiendo cómo ha pasado. El empujón repentino, la caída, las ansias de gritarlo todo y al mismo tiempo vivir enmudecido. El fuego que siento en las mejillas se incrementa al escuchar mi nombre.
—¡Samuel!
Claudia lo grita en repetidas ocasiones y enseguida aparece por el mismo lugar por el que lo he hecho yo minutos antes. Corre en mi dirección mientras hace caso omiso a los golpes que la mochila le propinan contra la espalda. Cuando está a mi lado, me tiende una mano y juntos presenciamos cómo el motor del autobús resopla al ponerse en marcha. Claudia aprovecha la distancia cada vez más grande que hay entre ella y Carlos y sus amigos para enfrentarlos. Cuando...




