Brown | El estandarte imperial | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 450 Seiten

Brown El estandarte imperial


1. Auflage 2015
ISBN: 978-84-16331-39-0
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 450 Seiten

ISBN: 978-84-16331-39-0
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Año 272 d. C. El emperador romano Aureliano ha derrotado a la reina Zenobia y ha aplastado la rebelión de la ciudad de Palmira. El sagrado estandarte de Faridun, mítico rey de Persia, ha caído en manos romanas. Ahora tiene que ser devuelto a los persas como parte de un histórico tratado de paz, pero en la víspera de la firma el estandarte desaparece. Reclamado desde Siria, el agente imperial Casio Córbulo es el elegido para la misión de recuperarlo. Acompañado por su fiel sirviente Simo y el exgladiador y guardaespaldas Indavara, Casio debe viajar a través del peligroso desierto sirio hasta las igualmente amenazadoras calles de Antioquía. El grupo se enfrentará a bandoleros despiadados, cultos misteriosos, asesinos inmisericordes y multitud de intrigas en cada recodo de su camino. La caza ha comenzado...

Nick Brown nació en Norwich en 1974. Entusiasta lector desde temprana edad, fue profesor de Historia durante cinco años antes de embarcarse en la escritura de la exitosa serie Agente de Roma. 'Investigando sobre el ejército romano y la vida en el siglo III d. C., me encontré con el 'servicio secreto' de Roma y supe que había encontrado una ocupación para mi protagonista'.
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Colonia Julia Pietas, abril de 271 d. C.

Indavara estaba listo cuando fueron a buscarlo. Acababa de concluir sus últimos ejercicios, y se notaba los músculos flexibles y la mente despierta. Tenía que estar preparado; no habría mucho tiempo una vez que lo llevaran arriba.

Oyó el chasquido de un candado y la puerta se abrió hacia él, y vio aparecer a Capito con toda su redondez. Sobre su enorme cabeza ovalada lucía una ridícula peluca negra. Detrás de él su ramera más reciente ?una belleza rolliza? miraba con curiosidad, jugueteando con un collar. Capito guiñó el ojo a Indavara y esperó a que entraran los guardias en la celda. Estos, inclinando la cabeza y bajando sus porras de madera nudosa, se apostaron a los lados de la puerta. El de más edad, Bonoso, era cuñado de Capito así como el jefe de su guardia personal. Indavara reparó, no por primera vez, en las motas de sangre seca que había en el extremo de la porra. Capito tuvo que ponerse de lado para introducirse en la celda.

?¿Preparado, muchacho?

A Indavara le llegó su perfume. Guardó silencio.

?¿No te dije que sería fiel a mi palabra? Te prometí que en veinte combates estarías fuera. Y lo has hecho tú solo. Me siento orgulloso de ti, Indavara. ¿Me crees? ?Sabiendo que no habría respuesta, prosiguió?: Echaré de menos nuestras pequeñas charlas, aunque hayan sido en una sola dirección. ¿Sabes? Pase lo que pase hoy, es muy probable que no volvamos a vernos.

Indavara lo miraba fijamente con el rostro carente de expresión.

?Supongo que te gustaría matarme ?añadió Capito antes de volverse con expresión interrogante hacia Bonoso?. A él también, seguro.

Indavara se cuidó de no exteriorizar ninguna reacción.

?Esos ojos tuyos, llenos de cólera fría… Son la encarnación del mismísimo Marte. ?De forma teatral Capito se llevó una mano a la oreja?. ¿Los oyes, Indavara? Te esperan. Han venido a millares. Esta vez te tengo preparado algo especial. Realmente especial. ¡Vamos!

Indavara echó una última mirada a la celda, su hogar durante los seis últimos años. Aunque aborrecía ese lugar, sabía que lo echaría de menos. Junto al camastro desvencijado con su escuálido colchón de paja estaban los escasos objetos que podía considerar suyos: un cuenco de madera, una cuchara, una palangana, una túnica de repuesto y dos mantas. Lo único que faltaba era la estatuilla de mármol de la diosa Fortuna que le había lanzado una mujer tras su décimo combate. Él se la había colocado dentro del cinturón y desde entonces la había llevado allí en todos los asaltos. Creía que le había dado buena suerte.

Bonoso, Capito y la joven desaparecieron por una escalera de piedra húmeda. Dos guardias más se unieron al que iba detrás de Indavara mientras este cruzaba a grandes zancadas el pabellón. No prestó atención a los gritos y cantos que llegaban de arriba, pero agradeció las palabras de aliento que sus compañeros combatientes le susurraban de pie junto a las puertas de sus celdas, con el rostro apretado contra los barrotes.

Saludó a cada uno con la cabeza, pero estaba más interesado en ver a quién más habían llevado arriba. Ese mismo mes Capito había comprado cuatro gladiadores de las provincias del norte, e Indavara escudriñó el rostro de los tres que permanecían en sus celdas. Se le revolvió el estómago al percatarse de que estaban todos menos Aucto, una enorme bestia que combatía con la clásica combinación de tridente y red. Su reputación había precedido varias semanas su llegada a Julia Pietas, y se rumoreaba que había salido victorioso de más de treinta combates. Indavara agradeció la única merced que parecía haberle concedido Capito: no tendría que luchar con un hombre al que conociera.

Uno de los guardias se le adelantó y subió la empinada escalera que conducía a la puerta del sur. Mientras lo seguía, Indavara recordó todo cuanto había averiguado acerca de Aucto a través de sus compañeros gladiadores, los cinco consejos que había memorizado: Paciente. Es rápido de pies. Usa la red sobre todo para distraer. Nunca la arroja. Con el tridente va derecho a la cabeza.

Los cuatro hombres salieron a un amplio túnel cuadrado situado unos cinco metros detrás de la gran puerta de hierro. Allí montaban guardia dos legionarios de expresión adusta, armados con largas lanzas.

Indavara flexionó los brazos y se dio unas palmadas en el pecho. Entre los legionarios divisó una figura inconfundible que aguardaba de pie bajo el sol de primavera. El centurión Maesa era de los pocos hombres con porte y autoridad suficientes para dirigirse a la multitud. Últimamente actuaba como anfitrión y árbitro. Su voz sonora y retumbante tenía un claro tinte marcial.

?¡Silencio! ?Maesa giró sobre las puntas de los pies para volverse hacia la arena?. ¡Silencio he dicho!

Capito se acomodó sobre un cojín con un brazo alrededor de la amplia cintura de su joven acompañante. Su asiento se hallaba justo encima del podio, donde un grupo de celebridades rodeaba al gobernador y sus subordinados.

La arena de Julia Pietas empezó siendo una construcción de madera tres siglos atrás, pero sus actuales muros de piedra caliza lo habían convertido en uno de los anfiteatros más grandes fuera de Roma. A pesar de los ciento veinte metros de largo y los noventa de ancho, su tamaño era apenas la mitad del del Coliseo. Se entraba por cuatro puertas principales y once túneles, y daba cabida a veinte mil espectadores.

Capito sonrió complacido al contemplar a la multitud. No se veía casi ningún asiento libre, y alrededor de él había una ecléctica mezcla de espectadores: jóvenes todavía resacosos de las fiestas previas al combate, burócratas de la ciudad que se relajaban tras una larga mañana de trabajo, mercaderes acaudalados acompañados de su familia y amigos y un séquito de parásitos. Por último estaban las clases más bajas, los que habían recibido las entradas gratuitamente y disfrutaban de unas inusitadas horas de ocio por cortesía del gobernador.

Apartando con un brusco gesto la copa de vino que le ofrecía la joven, Capito se preguntó cuándo llegarían por fin a un acuerdo las autoridades de la ciudad con los marineros que solían encargarse del sistema de toldos del tejado de la arena y que en esos momentos se negaban a trabajar. Su mirada se cruzó con la de un esclavo que agitaba una hoja de palmera a poca distancia.

?¡Más brío, muchacho!

Secándose el sudor de las cejas, al final decidió aceptar la copa.

Dos filas más abajo, un hombre alto y parcialmente calvo vestido con una toga inmaculada se volvió y lo saludó con una mano. No parecía afectarle el calor.

?¿Qué será entonces? Espero que lobos de nuevo…, ¿una manada quizá?

Capito se encogió de hombros. Había dejado escapar algún comentario para aumentar aún más la expectación en torno al combate.

?No, esta vez es un felino gigante ?replicó otro hombre?. Alguien ha visto cómo lo descargaban.

Capito levantó las manos.

?¡Todo se sabrá a su debido tiempo!

Su jovial sonrisa se desvaneció rápidamente. Le había costado una pequeña fortuna organizar la compra y el traslado de la bestia. Esta había sido capturada una semana atrás y no le habían dado nada de comer, solo le habían ofrecido una celda llena de ropa de los prisioneros ejecutados para que se habituara al olor de la sangre humana.

Capito notó en la nuca una ráfaga de aliento caliente.

?Todo ha sido dispuesto de acuerdo con tus instrucciones.

Se volvió y sonrió de nuevo, dejando creer a cualquiera que los observara que se alegraba de ver a la figura achaparrada sentada a su espalda.

?Te dije que no vinieras hoy por aquí ?siseó, intentando pasar por alto el pedazo de carne incrustado en la barba del hombre.

?Solo quería asegurarme de que se cumple lo prometido. No puedo permitirme que algo salga mal.

Capito logró retener la sonrisa en los labios, consciente del mar de rostros que había detrás de él. De haber podido, habría utilizado a alguien más discreto, pero el traficante de esclavos se encontraba en un apuro económico desesperado y se había prestado de buen grado a colaborar. El plan era muy simple. La gente de Julia Pietas había apostado una suma enorme a que Indavara sobreviviría y obtendría la libertad («los sentimentales», los llamaba Capito), lo que había repercutido en las posibilidades de ganancia. A través de cinco apoderados, el traficante y él habían apostado una cantidad muy elevada a que Indavara moría. Si ganaban, se embolsarían más de diez mil denarios limpios cada uno.

?No te preocupes ?respondió Capito?. Todas las cosas buenas se acaban, y esta en concreto pronto hallará su final.

?Más te vale, gordo. Más te vale.

Capito nunca había percibido tanta malicia en su voz, ni había prestado mucha atención a la curvada daga que le asomaba del cinto. Forzando una última sonrisa, se volvió hacia la arena.

Maesa acababa de concluir las formalidades: saludar a los invitados de honor y dedicar unas palabras de agradecimiento a varios dioses por bendecir la ciudad y a sus habitantes. El centurión iba ataviado con todas sus galas militares: una túnica blanca ribeteada de galones dorados, un casco adornado con un penacho y una capa rojo escarlata.

?Y ahora, el gran acontecimiento del día. Durante seis años este hombre ha luchado una y otra vez por su vida dentro de estos muros....



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