Brown | Una costa lejana | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 420 Seiten

Brown Una costa lejana


1. Auflage 2016
ISBN: 978-84-16331-82-6
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 420 Seiten

ISBN: 978-84-16331-82-6
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Año 272 d. C. Cuando Mario Mémor, segundo al mando del Servicio de Seguridad Imperial de Roma, es asesinado en la isla de Rodas, el agente imperial Casio Córbulo se ve envuelto rápidamente en la investigación del crimen. Casio, siguiendo el rastro que deja el asesino, y acompañado por su guardaespaldas, el exgladiador Indavara; su fiel sirviente, Simo, y la testaruda hija de Mémor, Annia, tendrá que embarcarse a bordo de una nave capitaneada por un curtido y peligroso contrabandista cartaginés. Después de una infernal travesía, el rastro del criminal los llevará hasta uno de los rincones más alejados del imperio, a una ciudad en ruinas donde las reglas de la civilización romana han sido olvidadas hace ya tiempo. Allí, Casio se tendrá que enfrentar a un brutal e implacable enemigo, que no dudará en acabar con él a cualquier precio.

Nick Brown nació en Norwich en 1974. Entusiasta lector desde temprana edad, fue profesor de Historia durante cinco años antes de embarcarse en la escritura de la exitosa serie Agente de Roma. 'Investigando sobre el ejército romano y la vida en el siglo III d. C., me encontré con el 'Servicio Secreto' de Roma y supe que había encontrado una ocupación para mi protagonista'. Una costa lejana es la segunda novela que publicamos del autor después de El estandarte imperial (2015).
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Cilicia, octubre 272 d. C.

El ruido alcanzó su cénit cuando el desfile pasó bajo el arco de las puertas, luego se convirtió en un tumulto de aplausos, vítores y gritos. Soldados con cascos y armaduras relucientes, alineados a lo largo de la calle, mantenían a la muchedumbre a raya. Los críos se aferraban a las piernas de sus padres y miraban hacia arriba; los pocos afortunados que habían conseguido encaramarse a un tejado o a una ventana, miraban hacia abajo. En cabeza, cabalgaban cuatro jinetes que portaban lanzas en las que ondeaban banderines rojos y amarillos. Tras ellos venía un heraldo rollizo, de pelo largo, aullando de forma insistente una consigna: «¡Gentes de Karanda, dad la bienvenida a nuestro líder! ¡Viva el príncipe Orico! ¡Viva el príncipe!».

Orico y su caballo acabaron cubiertos por las flores que lanzaba la muchedumbre. Ataviado con una túnica sin mácula y una capa, erguido en su silla de montar, honraba a su pueblo con sonrisas contenidas y asentimientos. Cerca había dos sirvientes con los caballos cargados hasta los topes y dos viejos sacerdotes vestidos con túnicas largas, amplias, que casi tocaban el suelo. Detrás venían seis jinetes con armadura que portaban escudos circulares y lanzas.

En último lugar cabalgaban tres individuos que no parecían pertenecer al resto del desfile. En el centro estaba Casio Quintio Córbulo, un hombre alto, esbelto, de tez clara, que no aparentaba haber alcanzado la edad suficiente para llevar la capa roja y el casco con penacho propios de un oficial del ejército romano. A la izquierda de Casio estaba su sirviente Simo, un tipo mayor que él, de altura similar, pero de cuerpo bastante más ancho, vestido con una pálida túnica de lana y unas sandalias desgastadas. Su cara era amable, amistosa, y parecía estar luchando contra la tentación de saludar a la muchedumbre. El hombre de la derecha era el que menos cómodo parecía sentirse sobre la silla de montar. Indavara, el guardaespaldas de Casio, era el más bajo de los tres, pero el más musculoso, y su túnica, carente de mangas, dejaba al descubierto unos brazos de una notable solidez cubiertos de cicatrices. Su pelo negro y grueso no llegaba a cubrirle la oreja izquierda, a la que le faltaba la parte superior. Indavara llamó la atención de Casio y dirigió una mueca de desprecio al príncipe.

?Ahora parece algo, ¿eh?

Casio se encogió de hombros. Indavara continuó:

?Es una suerte que no lo hayan visto esconderse detrás de los árboles cada vez que nos encontrábamos con alguien en el camino, o brincar por las noches con cada ruido.

?A todos nos toca representar un papel ?repuso Casio casi gritando para poder oírse?. Tú no eres menos. Mantén la vista en esas ventanas por si hubiera arqueros.

?Su hombre nos dijo que no habría peligro intramuros.

?Sé que los números no son tu fuerte, pero ¿cuánta gente dirías que hay aquí?

?No lo sé ?dijo Indavara?. Miles.

?Exacto. Y solo hace falta uno. Hemos traído a Orico hasta aquí; no queremos perderlo ahora.

La media hora siguiente resultó tensa y caótica, y Casio emitió un largo suspiro de alivio cuando el desfile por fin llegó al palacio. El edificio apenas merecía tal nombre, pero también es cierto que la ciudad de Karanda no era gran cosa, y, tal y como había apuntado Indavara, Orico tampoco era que pareciera un príncipe. El palacio era una estructura de tres pisos de alto, hecha de madera. A Casio le recordó lo que podría ser una gran fonda no del todo lujosa. Toscos estandartes colgaban de unos postes sobre la entrada principal, donde se congregaban varios dignatarios ricamente vestidos. Había más soldados apostados a lo largo del camino, desde la entrada hasta el patio, donde acababa de desmontar el príncipe. Después de un último saludo a las masas, Orico se dirigió hacia el palacio. Fue recibido por un hombre descomunal de barba cana que aferró la mano que se le ofrecía, para luego escoltar al príncipe hacia dentro. Se oyó el gemido de la expectante horda al ser disuelta por los soldados.

?¡Dispersaos! ¡Fuera!

?¡Volved a vuestras casas! ¡Volved al trabajo!

?Doy gracias a los dioses de que esto se haya acabado ?dijo Casio, fatigado, al descabalgar. Se desató la correa del mentón y se retiró el casco?. Ahora es responsabilidad de otros. Una buena noche de descanso y podremos irnos.

Indavara descabalgó junto a él y estiró los brazos.

?¿Preparado para decirnos cuál será nuestra próxima parada?

?Ni yo lo sé ?repuso Casio mientras hundía los dedos en su pelo claro.

?¿No has leído la carta?

?No quería que nada nos distrajese de este asunto. La leeré esta noche.

Renegando de los plebeyos que iban y venían, Casio miró hacia arriba, hacia el cielo que empezaba a oscurecerse, y hacia las lúgubres montañas más allá de los muros. Jirones de nubes grises se escurrían por entre los altísimos peñascos dentados cuando empezó a caer una leve llovizna.

?¿Señor? ¿Señor? ?dijo una voz en griego.

Casio vio a un hombre menudo abriéndose paso entre el gentío.

?¿Oficial Córbulo?

?Sí.

El hombre se adecentó la túnica y la pesada cadena de plata que llevaba alrededor del cuello.

?Soy Malaco Argunt, miembro del Consejo de la ciudad. Karanda da la bienvenida al enviado de Roma.

A Casio le gustó cómo sonaba aquello. Estrechó antebrazos con Argunt, quien, como todo provinciano, era demasiado delicado y demasiado rápido a la hora de hacer ese saludo.

?Gracias, Argunt.

Casio siempre hacía por repetir los nombres de aquellos a quienes acababa de conocer, máxime cuando ocupaban algún puesto de relevancia. Esto causaba una buena impresión y garantizaba que recordaría el nombre.

Argunt, con un gesto de la mano, llamó a dos sirvientes.

?Estabularemos vuestros caballos de inmediato. He dispuesto una habitación para vosotros en el palacio. ?Esbozó un ligero gesto de asco cuando miró a Indavara?. Sois tres, ¿no es así?

?Tres, sí.

?Te ruego que me acompañes, señor. El Primer Ministro Viedra desea verte inmediatamente.

?Por supuesto.

Casio se volvió hacia Indavara, que ya estaba descargando sus armas de la silla de montar.

?Échale una mano a Simo con las cosas, por favor.

Indavara asintió.

Casio siguió a Argunt entre el gentío.

El Primer Ministro Viedra resultó ser el hombre de barba cana que había recibido al príncipe. Argunt, una vez concluidas las presentaciones, abandonó la amplia sala de audiencias, que estaba en el segundo piso del palacio y desde la que se veía el patio. Mientras uno de los sirvientes se hacía cargo del casco y la capa de Casio, Viedra señaló dos divanes dispuestos junto a un gran ventanal.

?Gracias. Un momento ?dijo Casio. Se quitó el zurrón de cuero que le colgaba del hombro izquierdo y lo dejó en el suelo; luego se retiró el tahalí del derecho. ?Creo que no necesito esto.

El sirviente añadió la pesada espada a su carga y, a paso ligero, desapareció por una antesala. Casio esperó a que Viedra descansara su corpulencia en uno de los divanes, luego recogió el zurrón y se sentó frente a él. Una sirvienta de mediana edad apareció y depositó una bandeja de madera sobre la mesa que ocupaba el espacio entre los divanes. Tomó de esta un plato con dulces, una jarra y dos cálices de refinada factura. Su mano temblaba al verter el vino en los recipientes, que luego entregó a los dos hombres.

Casio volvió la mirada al camino que había al otro lado del patio. Muchos de los habitantes de la ciudad aún seguían allí.

?No parecen muy dispuestos a irse.

?Toda Karanda se muestra jubilosa ?repuso Viedra?. Os debemos mucho. El hecho de que nos hayáis devuelto al príncipe significa que la casa de Tarebe seguirá existiendo.

?¿Toda Karanda? ?preguntó Casio mientras apoyaba el cáliz sobre la rodilla?. Me dijeron que en algunos círculos del reino hay opositores al gobierno de su familia. Las gentes de ese enclave… ¿Solba? ¿No es esa la razón por la que hemos tenido que escoltarlo hasta aquí en secreto?

?Algunos han sobrestimado un tanto esa amenaza. Pero es mejor prevenir que lamentar, ¿no es así?

?Sin duda. Intenté explicárselo al príncipe, aunque no parecieron gustarle mis métodos.

?¿Alojarse en fondas de vías secundarias con camas repletas de chinches?

?Parece que lo esté diciendo él.

?¿Hacerle vestir como si fuera tu ayudante hasta que os encontraseis cerca de la ciudad?

?Bastante ingenioso por mi parte.

Viedra hizo un portentoso esfuerzo para no sonreír.

La sirvienta ofreció a cada uno de los hombres el plato con los dulces, pero ambos rehusaron. Volvió a dejar el plato sobre la mesa y se fue.

?Tengo entendido que ya habéis recibido noticias del comandante Abascantio ?prosiguió Casio.

La expresión de Viedra se agrió al instante.

?Su carta llegó antes de que lo hicierais vosotros. Hablaba de ciertas condiciones que deberían ser satisfechas en cuanto el príncipe volviera sano y salvo.

Casio se desabrochó el zurrón.

?Tengo el acuerdo aquí. El príncipe y tú lo firmaréis y yo lo haré enviar al gobernador, para que sea implementado de inmediato.

Casio sacó una lámina de papiro de una fina carpeta de cuero y se la...



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