Cal Sánchez | El exilio de Mona Lisa (epub) | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 304 Seiten

Reihe: eMilenio

Cal Sánchez El exilio de Mona Lisa (epub)


1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-19884-39-8
Verlag: Milenio Publicaciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 304 Seiten

Reihe: eMilenio

ISBN: 978-84-19884-39-8
Verlag: Milenio Publicaciones
Format: EPUB
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Montauban, sur de Francia, año 1940. Dos refugiados catalanes se reencuentran en medio de la angustia que genera la inminente ocupación alemana. Miles de personas llegan a la pequeña ciudad procedentes de una España donde Franco ya se ha hecho con todo el país y de los departamentos del norte, donde la guerra ya ha sido declarada. Por simple azar de la historia, la ciudad se convierte en el punto de reunión de actividades de resistencia, refugio del presidente de la República en el exilio y depósito de la colección renacentista del Museo del Louvre, dispersa por todo el país para evitar su caída en manos alemanas. Amor, resistencia, compromiso, hastío de la guerra, son algunos de los vínculos entre dos personajes tan aparentemente alejados entre sí como un artista revolucionario y un sacerdote republicano y catalanista.

Juan Cal Sánchez nació en Pontevedra hace 58 años aunque ha pasado la mayor parte de su vida en Lleida. Periodista, ha ejercido toda su carrera profesional en el diario Segre donde ha sido jefe de fotocomposición, redactor jefe, director y ahora ejerce como director ejecutivo del grupo editorial. Profesor en un posgrado sobre periodismo de proximidad en la UAB, ha impartido clases y pronunciado conferencias en diversas universidades catalanas. Es presidente de la Associació Catalana de Televisió Local y vicepresidente de la Associació Catalana de la Premsa Comarcal. Es coautor, junto con la historiadora Antonieta Jarne, del libro Lantifranquisme i la transició a Lleida (1970- 1979).
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II

Morell guardaba en el bolsillo derecho de su sotana un breviario de salmos en catalán que lo acompañaba en su exilio. Lo leía a la vuelta, tras el chocolate, el brioche y la mistela que Marie guardaba para él en la sacristía. Con el estómago lleno y el espíritu dispuesto era el momento de recordar los pasajes más bellos de las Escrituras, escritos por amor, por un amor infinito, humano y terrenal pero no por ello menos sublime. El tacto del libro era agradable, sedoso, tibio; con el pulgar recorría una y otra vez el lomo de piel con relieves que había perdido el brillo y la intensidad por el uso y el paso del tiempo. Tenía prisa, ya de vuelta de sus obligaciones en la pequeña parroquia rural. Caminaba con paso vivo y los ojos fijos en el suelo para evitar los obstáculos. Como de costumbre, al llegar a la altura de Saint-Jacques levantaba la cabeza se santiguaba y contemplaba con admiración la belleza de la torre gótica y las filigranas de la portada. Justo en el momento de bajar de nuevo la vista al suelo se topó con un hombre cuyo semblante le resultaba familiar: pelo negro crespo, cuerpo fornido, gafas, mirada franca pero lejana, como la de un miope; una pipa entre unos dientes que llamaban la atención por lo sanos y regulares, cosa sorprendente en alguien cuyo aspecto era el de un miserable, con chaqueta de lana raída, pantalones demasiado largos, recogidos en varias vueltas a la altura del tobillo desnudo, sin calcetines, calzado en unos zapatos viejos que algún día habían sido negros. Era el mismo hombre, aunque la vestimenta no le hiciera honor. No es que fueran amigos, ni que tuvieran una estrecha relación, pero se saludaban cada vez que se cruzaban en el Ateneu, donde Morell impartía clases de música —sardana principalmente— y Pous enseñaba a dibujar, además de organizar exposiciones. Trabajaron juntos en el rescate de los tapices y las esculturas de la catedral durante el incendio del 36. Y conocía, aunque fuera de oído, muchas de sus andanzas.

—Ep, noi! —le dijo cuando llegó a su altura y estaban a punto de tropezarse. Pous levantó la cabeza y durante una interminable fracción de tiempo miró al cura como intentando recordar a quién correspondía aquella cara familiar.

—¿Doctor Morell? —exclamó inquisitivo el joven tras identificar al sacerdote—. No lo reconocí, vestido así, con sotana y bonete. ¿Qué hace en Francia? —Pous sabía que el cura había huido de Lleida, pero antes que él, e imaginaba que lo hacía huyendo de los revolucionarios que habían tomado la ciudad el 19 de julio, inmediatamente después de la intentona golpista de una parte de la guarnición acuartelada en el castillo.

—Imagino que lo mismo que tú: huir de los fascistas. —La mirada de Morell era severa y admonitoria: “muchacho, no vayas por ahí. Soy un republicano exiliado igual que tú”.

Pous entendió el mensaje, cambió el tono y se ofreció a acompañarlo un rato porque el camino junto al río era tranquilo y no había riesgo, a esas horas, de toparse con una patrulla o un control militar. Pocas veces tendrían una oportunidad como esa de hallar un interlocutor con el que hablar en catalán, con el que revivir los sentimientos de amor por la tierra, los recuerdos, la nostalgia, la memoria de aquella ciudad castigada por los bombardeos y medio destruida por la aviación fascista. El Liceo Escolar, con decenas de niños muertos el 2 de noviembre del 37; los juicios del tribunal popular, los fusilamientos al atardecer contra el muro del cementerio; las sacas de la cárcel; el incendio de la catedral por los aguiluchos de la FAI. Y las andanzas del cura secretario de Durruti.

—¡Ese debía de ser como usted! —Le dijo Pous al cura en tono amigable y sin otra intención que la charla superficial.

—No, él se enroló con Durruti para salvar la vida y acabó comprendiendo que era un buen hombre, recto y justo. Yo, en cambio, tomé mi camino gracias a maestros como Vidal i Barraquer o Ventura Gassol, gente que amaba a Catalunya tanto como a Nuestro Señor porque aquella es su obra más señera.

—Hombre, doctor, habrá puesto Dios el mismo empeño en toda su obra. ¡Digo yo! —A Pous le impacientaba esa ingenuidad beata, tan extraña en un humanista como Morell. El cura se mantuvo en silencio mientras recorría con los dedos el lomo del breviario en el interior de su bolsillo. Pous volvió a la carga:

—¿Y cuándo regresa usted a Cataluña? Porque los fascistas no matan curas, ¿no? Seguro que allí le espera su puesto de canónigo en la catedral.

—Quizás, pero no te equivoques —repuso el cura—, no pienso regresar a mi país mientras esté en manos de ese fascista de Franco.

—Pues yo creo que si no fuera porque me piden la pena de muerte regresaría ahora mismo. Añoro demasiado a mi gente; a mi madre, a mis amigos, la calle Caballeros, las piedras del castillo, la suciedad, el provincianismo de sus políticos. Los de ahora no pueden ser mucho peores que los de entonces. Estoy harto de vagar, de esconderme, de sentirme extraño y de no ser bienvenido en ninguna parte. Los franceses nos odian, ¿se ha dado cuenta? Llegué aquí a principios del 39, con la gran retirada, y no he hecho otra cosa que huir de todos los campos en que me han internado. Han intentado enrolarme en las Compañías de Trabajadores Extranjeros, han querido llevarme al frente del Este para construir trincheras en la línea Maginot. Me han negado hasta un mendrugo de pan. Y, como a mí, a todos los españoles que vagan ocultándose en las afueras de los pueblos, al abrigo de los muros, en medio de los bosques, como alimañas. ¿Ese es el derecho de asilo del que tanto presumen? Si pudiera volver a casa lo haría ahora mismo. El problema es que allí me esperan para fusilarme. Y eso que yo no he matado a nadie en toda la guerra. Como usted sabe, es todo lo contrario, pero nadie me haría caso y nadie sale en mi defensa. Para ellos soy el militar que evitó el alzamiento en Lleida y eso merece la muerte. Al menos eso dicen en el sumario, según me ha explicado mi madre, que me escribe de vez en cuando y me envía unas pesetas.

Morell comprendió la angustia del joven, su hastío y su deseo de recuperar una vida humana, sin tener que sentirse como un eterno fugitivo. Sacó su mano derecha del bolsillo de la sotana y la posó levemente en su hombro. La reacción de Pous, en un primer momento, fue alejarse del sacerdote apartando el hombro de su mano porque no quería dar pie a ningún malentendido. El cura esbozó una sonrisa.

—No te preocupes, hombre, que no soy uno de esos curas. Tú, lo que necesitas es dejar de desconfiar de todo el mundo. Ya verás como Francia está llena de buena gente, de hombres solidarios, preocupados por el bienestar de los refugiados españoles. Ahora debo dejarte porque tengo prisa. Me esperan en el seminario. Pásate mañana, a eso de las seis de la tarde, por el café de l’Europe —¿sabes dónde está? En el bulevar, frente a la Prefectura— y te presento a unos amigos. ¿De acuerdo?

—Perdone, doctor —dijo Pous algo avergonzado por sus prejuicios—. La verdad es que no salgo mucho ni tengo un franco para pagarme el café. Ya veré que hago.

* * *

Este chico debe andar ya cerca de los treinta años y no ha tenido ocasión todavía de sentirse un hombre pleno. Su vida de artista y revolucionario se acabó hace mucho tiempo y en su lugar hay ahora un fugitivo, un hombre temeroso que se oculta de todo y de todos. ¡Qué diferente al joven que fue hace sólo cuatro años! Allí tenía fama de luchador, de empecinado. Recuerdo los comentarios que despertaban sus exposiciones y los conflictos que tuvo con el ayuntamiento. Su círculo de amigos, en el café Rialto, un grupo de revolucionarios de salón, siempre a gritos, siempre a punto de iniciar una revuelta. Pero la verdadera revolución los pilló fuera de juego. Eran artistas y, según la expresión de los obreristas, pequeños burgueses a los que resultaba difícil tomar un arma y liarse a tiros con la gente. Ellos fueron el orgullo de esa parte de la ciudad que deseaba una regeneración, una nueva mirada, una forma diferente de hacer las cosas. Desgraciadamente chocaron con las nuevas autoridades republicanas con la misma virulencia con que habían chocado con los políticos de la Dictadura. Ellos seguían empeñados en que el arte cambiaría el mundo y lo haría mejor. Pous era un artista polifacético: había dirigido, tiempo atrás, una revista de arte, organizaba exposiciones, hacía anuncios, proyectaba películas vanguardistas francesas o rusas y pintaba cuadros cubistas. Ganó un premio en un concurso de pintura organizado por el Ejército. Cuando se produjo el golpe del 19 de julio, un grupo de oficiales se sublevaron en Lleida y ocuparon el ayuntamiento, donde proclamaron el nuevo régimen. El coronel de la guarnición le encargó a Pous, recién ascendido a sargento, que abortase el golpe. Tomó una patrulla de soldados y allá se fue para obligar a aquellos tenientes y capitanes a deponer su actitud y entregar las armas. Podía haberse producido una masacre, pero no. Entró en la sala donde se atrincheraban, apagó las luces y, después de unos cuantos tiros al aire, se entregaron sin que se produjera ni un herido. A partir de ese día se sintió responsable de la seguridad de aquellos militares hasta el punto de que los cambió de prisión varias veces para evitar que fueran asesinados. Los ocultó en la cárcel, más segura que el cuerpo de guardia del cuartel, pero en una de las muchas sacas que hacían los milicianos de camino hacia el frente los mataron a tiros en la cuneta de la carretera de Zaragoza. Nunca lo perdonó y se sintió personalmente responsable de aquellas...



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