E-Book, Spanisch, 190 Seiten
Reihe: eMilenio
Cal Sánchez Generación 1974
1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-9743-995-4
Verlag: Milenio Publicaciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 190 Seiten
Reihe: eMilenio
ISBN: 978-84-9743-995-4
Verlag: Milenio Publicaciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Juan Cal Sánchez. Nacido en Pontevedra en 1956, forma parte de la generación del Calendario Juliano, aquel curso universitario instituido por el ministro Julio Rodríguez, que comenzó en enero del 74 y acabó seis meses más tarde sin apenas clases a causa de los conflictos estudiantiles, las huelgas y la lucha contra la muerte injusta de los últimos condenados a muerte por Franco. Esta es su tercera novela. Con anterioridad ha publicado, también en Milenio, El exilio de Mona Lisa y Operación Bucéfalo. Ha dedicado casi toda su vida al periodismo, siempre dentro del diario Segre de Lleida. Está casado y tiene un hijo.
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Prólogo
Lucas tenía la mala costumbre de viajar con libros que nunca leía y con cuadernos en los que jamás escribía ni una línea. Llevaba haciéndolo toda la vida. Al principio, en los viajes para ver a los amigos, con la intención de impresionarlos con ese toque de intelectual ostentoso que va con sus papeles y su lápiz de marca a todas partes, al estilo del escritor famoso y cargado de pequeñas manías con estilo, como fumar en pipa, ponerse sombrero de fieltro, usar gafas de carey o escribir con lápiz. Por entonces, tomar notas y garabatearlas en una libreta era la única cosa en la que se parecía a un escritor. Las tenía de todos los tipos y formas: apaisadas, verticales, Moleskine, con tapas repujadas y cierre de imán; los viejos cuadernos de su padre, libretas de administración para entradas y salidas, compras y ventas. En cada una de ellas garabateaba durante un tiempo, anotaba cosas más o menos conexas, dejaba recortes de revistas o de periódicos con noticias que podían ser el origen de una buena historia, con críticas de libros que le habían interesado, con frases que había oído o que se le habían ocurrido mientras conducía y que anotaba como quien guarda un tesoro en una caja de marquetería. Nunca le sirvieron para nada; jamás sacó provecho de ellas. Quizás con Bucéfalo, pero tampoco era del todo cierto, porque para esa novela solo utilizó la memoria, a pesar de que tenía cantidad de recortes sobre aquella torpedera, y las vicisitudes que había vivido hasta que la descubrió en la estación marítima de Vigo.
Presumía de escribir a mano; de no utilizar ordenadores para sus historias y cuando se puso en serio, muchos años más tarde, llenó unas cuantas libretas para alcanzar a escribir medio libro, quizás menos. Fue su mujer, mucho más práctica y ordenada, quien pasó al ordenador aquellas libretas cuyo contenido acabó repudiando porque no le acababa de agradar el enfoque de la historia. Acabó la novela con el ordenador, en un fin de semana intenso en Colliure, hospedado en un hotel con vistas al cementerio donde yace Antonio Machado. Allí, cerca del poeta, inspirado por su proximidad, estaba seguro de que encontraría un final al gusto del editor, que hasta el momento había rechazado, amable pero insistente, cada uno de los finales que presentaba. Escribía sin apenas notas, con los nombres de los personajes apuntados en una hoja, e iba desarrollando la historia de principio a final, como quien explica un cuento. Y, claro, llegaba exhausto al final, con unas ganas terribles de acabar. Después de trescientas páginas apenas le quedaban fuerzas. El final le sobraba. No sabía escribir finales. No le gustaban los giros sorprendentes. Habría preferido dejar las historias sin final, como si quedaran abiertas para el lector. Pero eso al editor lo ponía de los nervios. No habría libro hasta que lograse un final a la altura del resto de la historia.
En Colliure se levantaban temprano, desayunaban en alguno de los cafés del pueblo, paseaban por la playa, por las murallas, por la parte vieja llena de flores y después hacían una excursión por los alrededores. Colliure es una población preciosa, con ese encanto pequeño burgués de los pueblos del sur de Francia. Con las calles repletas de flores y referencias a los fauvistas, de los que la población presumía con orgullo. Matisse había residido allí con Derain un verano, el de 1905, y a fe que le habían sacado rendimiento turístico a esa estancia fugaz. Allí buscaban localizaciones, lugares donde podría haberse producido la escena final de la historia, que no iba de robos ni de asaltos, sino de amistades en el exilio. Buscaban en la guía algún restaurante para comer y después volvían al hotel donde se pasaba toda la tarde escribiendo en el ordenador portátil, haciendo y deshaciendo; arriba y abajo, intentando darle forma a un final a la altura del resto del libro.
Se acabó el fin de semana y volvió a casa con un texto aceptable. Lo entregó al editor y esperó durante días su veredicto. Si le decía que no, abandonaría el proyecto, porque ya estaba harto, apenas podía seguir con aquello. Al cabo de unos días recibió la llamada: le gustaba el final. Ahora comenzaba el proceso industrial que acabaría con la aparición del libro en los anaqueles de una librería, las presentaciones, los actos públicos, las mesas redondas, las ferias, las firmas, las horas de espera sin firmar ni un solo ejemplar. En fin, la desdichada vida de la gente de las letras. Había tardado, habían pasado años en los que parecía que nunca sería capaz de hacerlo, pero finalmente había logrado el sueño de publicar una novela. Y no había sido fácil.
Estaba seguro de que hacía un año desde el lanzamiento de la novela porque habían decidido gastar el dinero de los derechos de autor en un viaje a Venecia. No era gran cosa, pero los vuelos habían bajado mucho y encontraron un hotel cerca de la Academia, donde coincidirían con Rama y Emma. Con ellos ya habían estado varias veces y siempre encontraban nuevos incentivos para regresar, desde tomar un Bellini en el Florian hasta pasear entre las instalaciones artísticas del Arsenale o buscar la casa donde viviera un tiempo Ezra Pound. Siempre había un motivo para volver y el de ahora era asistir a una representación en la Fenice de Lucia de Lammermoor, interpretada por Nadine Sierra. Era el regalo sorpresa para el cumpleaños de Emma. Y aquella interpretación de la soprano norteamericana fue memorable no solo para él o para alguien nacido en Lezoce, como dijo Rama con solemnidad mientras contemplaba las volutas barrocas del teatro, sino para la gran mayoría de los asistentes al concierto que interrumpió a la soprano con un caluroso aplauso como agradecimiento por aquel momento sublime. Asistir al concierto, callejear, beber spritz y comer bacalao mantecado o pasta alla vongole fueron las principales ocupaciones de aquel viaje, en el que como siempre se había embarcado con las libretas, el libro y el lápiz de costumbre.
La habitación del hotel era minúscula. Apenas había sitio para la cama y una mesa que dificultaba el paso hacia el cuarto de baño. No tomaba notas habitualmente y mucho menos sobre la marcha. Bajo un montón de suplementos literarios que había comprado en Barcelona quedó sepultada la libreta a la que ya no volvería a prestar atención hasta la hora del regreso. Venecia de noche es fascinante, silenciosa, llena de ecos de voces infantiles o del griterío de jóvenes que recorren el laberinto de callejones que se desordenan junto a los canales. Tampoco leía mucho en tiempo de vacaciones. El hotel estaba junto al campo San Stefano y eso les permitía ir andando a todas partes. Con esa apretada agenda, que incluía también exposiciones, iglesias y calles, sobre todo calles, poco tiempo iba a tener para la lectura. Era el “Diario de invierno” de Paul Auster. Apenas avanzó en su lectura a lo largo de aquellos días. Llegó, más o menos, a la escena en que el joven escritor, que entonces trabajaba en París, decide contratar los servicios de una prostituta porque se siente solo y necesita el calor de un ser humano. Tiene una mala experiencia con las putas porque perdió la virginidad con una de ellas y descubrió entonces que esas mujeres lo hacen por dinero, sin otro interés emocional o de placer. Recorriendo una calle donde es habitual la presencia de esas mujeres, el personaje de la historia descubre a una puta bellísima, elegante, esbelta y bien parecida, que solo tiene un defecto físico visible: tiene los ojos muy juntos y bizquea. Van a un hotel y después de acabar, ella le invita a quedarse porque es el último cliente de aquella noche. Tienen un momento de ternura y de intimidad. Se abrazan y se besan, algo que ninguna otra puta le había permitido antes. Ella le pregunta a qué se dedica y él responde que es escritor, que desea escribir poemas. Ella acaba la noche recitándole a Baudelaire de memoria:
Mère des souvenirs, maitresse des maitresses,
Ô toi, tous mes plaisirs! ô toi, tous mes devoirs!
Tu te rappelleras la beauté des caresses,
La doucer du foyer et le charme des soirs,
Mère des souvenirs, maitresse des maitresses.
Él la deseó tanto que estuvo a punto de pedirle matrimonio en aquel mismo instante.
Aquella escena de la puta bizca que recitaba a Baudelaire le hizo pensar en los extraños efectos de la memoria y cómo el filtro de la literatura puede convertir un hecho sórdido, como es la contratación de una prostituta para echar un polvo en la habitación de un hotel cutre, en un momento cargado de belleza y de sensibilidad. La literatura puede disfrazarlo todo, darle una capa de belleza, de arte y de honorabilidad al momento más vil de nuestras vidas. La memoria era su gran obsesión literaria. De eso iba el libro que escribía porque para él escribir era revivir, evocar, reconstruir los momentos de la felicidad perdida. En eso era muy proustiano.
Habría escrito ya más de cien páginas del cuaderno. Eso en folios mecanografiados suele ser la mitad, más o menos. O sea, que tendría unas sesenta páginas de material literario, de memorias, escrito y a punto de formar parte de aquel libro que sus amigos siempre le habían empujado a escribir. Él quería ser la memoria del grupo; en el que Mario había puesto la banda sonora o Rama las ilustraciones. Alguien tenía que darle un toque de aventura literaria a aquellas vidas que en realidad habían pasado...




