Calderón De La Barca | La aurora en Copacabana | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 50, 182 Seiten

Reihe: Teatro

Calderón De La Barca La aurora en Copacabana


1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9953-185-4
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 50, 182 Seiten

Reihe: Teatro

ISBN: 978-84-9953-185-4
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La aurora en Copacabana se refiere al santuario de Copacabana, ubicado en un pequeño pueblo de Bolivia, a orillas del lago Titicaca.Aunque habían sido cristianizados, sus habitantes creían en sus antiguas supersticiones. Solo las malas cosechas provocaron que una de las comunidades del pueblo, los Anansayas, decidiese erigir una cofradía en honor de la Virgen de la Candelaria. Calderón de la Barca escribió esta obra ambientada en ese entorno; conocía los textos de los cronistas de América y supo recrear estos datos con sorprendentes alusiones al escultor indio Tito Yupanguí, autor de la actual imagen que se venera en Copacabana. En La aurora en Copacabana Yupanguí parece iluminado por la religión cristiana, al ver cómo la Virgen salva a los suyos de un incendio.

Pedro Calderón de la Barca (Madrid, 1600-1681)Calderón de la Barca nació el 17 de enero de 1600, en Madrid, como segundo de cinco hermanos, en el seno de una familia de mediana hidalguía procedente de las montañas cántabras. Su padre fue escribano del Consejo y Contaduría Mayor de Hacienda. La madre murió en 1610 y el padre en 1615. Al parecer, su padre había dejado como voluntad y requisito para que Pedro y sus hermanos heredaran el que siguieran las carreras que él había marcado; a Calderón le estaba destinada la de sacerdote. Al igual que Lope de Vega, Quevedo y otros literatos, Calderón cursó estudios en el madrileño colegio Imperial de los jesuitas (hasta 1613), y los continuó en las universidades de Alcalá de Henares y Salamanca (hasta 1620), donde, quizá por la exigencia paterna, estudió teología, pero también lógica, retórica, historia y derecho natural y político. Su bagaje cultural era muy amplio, tocado por la escolástica y las ideas existencialistas agustinianas. Calderón vivió tres reinados (con Felipe III, Felipe IV y Carlos II) durante los cuales se fue desintegrando el poder español y el país quedó cada vez más aislado del escenario internacional, sobre todo a partir de la pérdida de Flandes por la paz de Westfalia, en 1648. Pero no fue tanto así en la creación literaria, ya que Calderón vivió de lleno el Siglo de Oro español, tan prolífico y rico en cuanto a las artes. Hacia 1620, los hermanos Calderón debieron resolver un litigio relativo a la herencia con la segunda mujer de su padre. Ese mismo año, Calderón de la Barca abandonaría los estudios religiosos e iniciaría sus primeras tentativas literarias con la poesía. Así, participó como poeta en varios certámenes y justas, pero pronto descubriría su atracción por la 'comedia nueva' de Lope de Vega, quien debió despertar su fascinación por el teatro. Calderón desarrollaría la mitad de su producción paralelamente al ascenso del valido conde-duque de Olivares (entre 1621 y 1643), protector de artistas y literatos. Su bautismo teatral se produce, en 1623, con la obra Amor, honor y poder. Calderón realizará algunos viajes por Flandes e Italia, entre 1623 y 1625, como secretario del duque de Frías. Después, será asiduo escritor de obras para la Corte y para los corrales de comedias. Su prestigio en la Corte fue aumentando, y Felipe IV le otorgó el ingreso como caballero de la orden de Santiago, hacia 1637. También debió vivir algunos episodios oscuros, como una acusación por violar, junto a su hermano, la clausura de un convento de trinitarias, tema del que no se sabe a ciencia cierta la verdad. Por otro lado, su buena relación con Lope de Vega debió enfriarse hacia 1629, aunque tampoco hay datos fiables sobre los motivos. Se habla de un extraño incidente: un hermano de Calderón fue agredido y, éste al perseguir al atacante, entró en un convento donde vivía como monja la hija de Lope.
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Jornada segunda


(Dentro cajas, trompetas, voces.)

Unos ¡Arma, arma!

Otros ¡Guerra, guerra!

Unos ¡Caciques, a la muralla!

Otros ¡A la muralla, españoles!

Unos ¡Guerra, guerra!

Otros ¡Al arma, al arma!

(Sale Tucapel huyendo.)

Tucapel Si no hubiera un coronista

que huyera de las batallas,

no hubiera como saberlas,

no habiendo como contarlas.

Y pues es éste el papel

que me toca; mientras andan

allá como suelen, yo,

escondido entre estas ramas,

también como suelo, tengo

de estar a ver en qué para

el trance de hoy, que hasta ahora

sólo dicen en voces altas...

Unos ¡Arma, arma!

(Dentro las cajas.)

Otros ¡Guerra, guerra!

Unos ¡Viva el Perú!

Otros ¡Viva España!

Tucapel ¡O, si el señor Sol quisiera

que sus paisanos lograran

la victoria, y yo el deseo

de poder irme a casa,

no tanto porque en la propia

ningún marido descansa,

cuanto por hacerme el gusto

de hacer el disgusto a Glauca!

Pues desde que el español,

cautivándome en mi patria,

conmigo, sin saber cómo,

dio en unas tierras extrañas

donde su lenguaje y mío

hicieron tal mezcolanza,

que ya ni es mío ni es suyo,

bien que hasta entendernos basta,

y desde que pertrechados

de gentes, bajeles y armas

volvieron él y los suyos

a navegar estas playas,

de donde, tomando tierra,

han talado las campañas

que hay desde el Callao al Cuzco,

cuya gran corte hoy asaltan,

(Dentro las cajas.)nunca me han dado lugar

de escaparme, por dos causas:

una, servirles de guía

para ir salvando sus marchas

de pantanos y lagunas,

y otra, que a decir no vaya

cuán faltos de municiones

y de víveres se hallan.

Y así, por ambos pretextos,

con tal cuidado me guardan,

que al que desmandarme viere,

que me dé la muerte, mandan;

con que me es fuerza esperar

día en que huyendo les hagan

volverse al mar. Mas no creo

(Dentro las cajas.)que hoy sea el de esta esperanza,

pues entre las confusiones,

que sólo repiten varias...

Todos ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra!

Tucapel Lo que desde aquí se alcanza

es que aunque las eminencias

de la ciudad coronadas

de indios están, no por eso

los españoles desmayan,

por más que de sus almenas

no solamente disparan

diluvios de flechas, pero

de los peñascos que arrancan

despedazados los montes,

rodando sobre ellos bajan.

Alguno lo diga, pues

cae de la escala más alta,

diciendo...

(Dentro mucho ruido y cajas, sale Pizarro cayendo con espada y rodela.)

Pizarro ¡Virgen María,

vuestra gran piedad me valga!

Almagro (Dentro.) Acudid a retirarle;

no consigan la alabanza

estos bárbaros de que

ni aun muerto pudo su saña

triunfar de él.

(Salen Candia y Almagro, y Soldados, y Pizarro se levanta muy en sí.)

Los dos ¡Pizarro!

Pizarro¡Amigos!

Los dos ¿Qué desdicha es ésta?

Pizarro Nada.

Tucapel (Aparte.) (Pues [que] no enterréis al mozo

[junto con] Luis Quijada,

ésta fue una bagatela.

Volvamos a la importancia.)

Candia ¿Cómo es posible que el golpe

de la peña y la distancia

del precipicio te deje

con la vida?

Pizarro ¿Qué os espanta

si quien invoca a María,

aun de más riesgos se salva,

mostrando su piedad, puesto

que en Perú nos ampara,

repetidos los favores

que nos hizo en Nueva España,

cuánto de aquestas conquistas

se da por servida, a causa

de que mejor Sol se adore

en brazos de mejor alba?

Y pues conserva mi vida

para que vuelva a emplearla

en su servicio, ea, amigos,

volvamos a las escalas,

que hoy en la corte del Cuzco

hemos de entrar si esa valla

primero rompemos, antes

que a socorrerla mañana,

según dicen las espías,

en persona llegue el Guáscar

con inmensas gentes.

Almagro¿Quién

lo duda, si en esperanza

de propagación de fe

y honor de María se ensalzan

la invocación de su nombre

en ti, y en Pedro de Candia,

la exaltación de la cruz,

pues vemos que en las montañas,

como a árbol prodigioso

que vence fieras, la exaltan

ya infinitos indios?

PizarroPues,

con esas dos confianzas,

¡qué hay que temer? ¡Ea, españoles,

al arma otra vez!

(Vanse los tres y soldados, y tocan las cajas. Hablan dentro.)

Los indios ¡Al arma,

otra vez, fuertes caciques!

Unos ¡Viva el Perú!

Otros ¡Viva España!

Todos ¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra!

Tucapel Pues nunca en estas andanzas

están bien los coronistas

donde las flechas alcanzan,

¿qué haré yo de mí, y más, viendo

que embisten con furia tanta,

que habré de llorar mi ruina

si ellos su vitoria cantan,

pues en venciendo me quedo

en mi patria sin mi patria,

y si quiero irme, a peligro

es la vida? ¡O, mal haya

aquella sacerdotisa,

pues por volver a buscarla

con Iupangui, a mi me toca

todo el daño, y pues de nada

ella se duele! ¡O, que no haya,

de cuantos demonios, dicen

los españoles, que hablan

en nuestros ídolos, uno,

que a costa de vida y alma

me diga lo que he de hacer!

(Sale la Idolatría invisible para Tucapel.)

IdolatríaSí habrá; pues que tú le llamas,

que ésa es la razón con que

Dios la cadena te alarga,

vente, Tucapel, conmigo,

que yo te pondré en tu casa;

(Aparte.)(por lo que me importas

para que vuelva a sus aras

la hurtada víctima del Sol).

Tucapel ¿Quién eres tú que me agarras

sin que te vea?

IdolatríaQuien puede,

abreviando las distancias

que hay desde el Cuzco a tu patria,

valle de Copacabana,

llevarte sin que te vean

las más vigilantes guardas,

sólo a precio de que tú

por mí en el camino hagas

primero la diligencia

que te dictaren mis ansias.

Tucapel Si tienes tanto poder,

¿cómo no la haces tú, y tratas

de que un hombre la haga?

IdolatríaComo

no puedo y cara a cara

oponerme a quien me opongo.

Y así, es fuerza que me valga

del hombre, que él, poseído

de mí, dándome él la entrada,

baste a cometer delitos

a que el demonio no basta.

Tucapel ¿Y cómo ha de ser el irme?

IdolatríaPrestándote yo mis alas.

Tucapel ¿De qué suerte?

IdolatríaDe esta suerte.

¡Ministros, en quien...



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