E-Book, Spanisch, 217 Seiten
Calveiro Resistir al neoliberalismo
1. Auflage 2019
ISBN: 978-607-03-0980-9
Verlag: Siglo XXI Editores México
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Comunidades y autonomías
E-Book, Spanisch, 217 Seiten
ISBN: 978-607-03-0980-9
Verlag: Siglo XXI Editores México
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Pilar Calveiro. Es argentina, residente en México desde 1979. Es doctora en Ciencias Políticas por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Se desempeña como profesora investigadora de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP) y es miembro del Sistema Nacional de Investigadores de México. Trabaja principalmente sobretemas de violencia política, historia reciente y memoria. Ha presentado más de setenta ponencias y conferencias en diversos países. Publicó numerosos artículos en revistas especializadas y capítulos de obras colectivas en diferentes idiomas. Entre sus publicaciones individuales, vale la pena destacar sus libros Poder y desaparición (Buenos Aires, Colihue, 1998), Redes familiares de sumisión y resistencia (México, UACM, 2003), Familia y poder (Buenos Aires, Libros de la Araucaria, 2006), Violencias de Estado (Siglo XXI, 2012) y Política y/o violencia (Siglo XXI, 2013).
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1. GUBERNAMENTALIDAD NEOLIBERAL, VIOLENCIAS Y MIEDOS
¿POR QUÉ HABLAR DE GUBERNAMENTALIDAD?
En su extraordinaria Historia del siglo XX, después de un recorrido minucioso por los acontecimiento y violencias que tachonaron los 77 años de ese “corto siglo”, Eric Hobsbawm concluía que, ya en los años noventa, nos encontrábamos ante una crisis mundial. Ésta no sólo abarcaba las esferas económica y política sino que se manifestaba también como “crisis de las creencias y principios” en los que se había basado la sociedad desde comienzos del siglo XVIII (Hobsbawm, 1995: 20). Su apreciación sobre la profundidad de los acontecimientos lo llevó a afirmar, en el mismo texto, que
En las postrimerías de esta centuria ha sido posible, por primera vez, vislumbrar cómo puede ser un mundo en el que el pasado ha perdido su función, incluido el pasado en el presente, en el que los viejos mapas que guiaban a los seres humanos, individual y colectivamente por el trayecto de la vida, ya no reproducen el paisaje en el que nos desplazamos y el océano por el que navegamos. Un mundo en el que no sólo no sabemos a dónde dirigirnos, sino tampoco a dónde deberíamos dirigirnos (Hobsbawm, 1995: 26).
También, a finales del siglo XX, aunque desde la literatura, Claudio Magris (1996) nos hablaba de la transformación radical de la civilización y de la humanidad, que anunciaba no el fin del mundo, sino de ciertas formas de vivirlo, concebirlo y administrarlo.
En consonancia con estos textos, otras miradas coincidían también, desde América Latina, al señalar que nos encontramos en una “época umbral” (Lechner, 1999) o bien ante un “cambio de época” (Reguillo, 2006) de grandes dimensiones, al que ya he hecho referencia en textos anteriores (Calveiro, 2012) como un proceso en curso que, aún hoy, no ha concluido. En otras palabras, estamos asistiendo al final del mundo en el que crecimos y al inicio de otro diferente, que no termina de constituirse y en relación con el cual aún no sabemos cómo ni hacia dónde orientarnos.
Un primer signo de esta transformación es la modificación de la percepción y organización de lo espacio-temporal. Como una primera instancia, muy obvia y ya señalada también en textos anteriores, se verifica la reorganización territorial del planeta, de acuerdo con la mayor o menor integración de las diferentes regiones, subregiones o países a los procesos de globalización. Ello genera fragmentaciones o diferenciaciones muy significativas; se desarrollan focos de alta integración dentro de países escasamente articulados a los intercambios globales o, a la inversa, dentro de países fuertemente integrados se generan espacios de exclusión y desconexión de los circuitos de poder del orden global. Esto lleva a una redefinición de los conceptos de centro y periferia, ya que dentro de los países llamados centrales existen importantes sectores periféricos, así como élites fuertemente integradas al proceso global —es decir, centrales— dentro de los países o regiones consideradas periféricas. En consecuencia, la “centralidad” política y económica no se corresponde de manera directa con las ubicaciones nacionales. Las condiciones de centralidad o periferia con respecto al orden global se definen por otras variables, como su articulación corporativo-financiera-comunicacional.
Asimismo, se dan procesos de desestructuración y reestructuración de los territorios que comprenden la fragmentación de algunos centros de poder, la emergencia y el reacomodo de otros, así como nuevas formas de articulación de lo supranacional, lo nacional y lo local, con creciente importancia de este último. En muchos casos, el orden local —antiguamente periférico— es decisivo para el sostenimiento del sistema global, como ocurre con los paraísos fiscales, por ejemplo. En otros, es clave para las resistencias, como se ilustrará a lo largo de este texto.
Por fin, se verifican otras formas de la espacialidad, con la emergencia de sitios virtuales y “sistemas globales que operan en un espacio mundial de flujos y comunicación, bajo la lógica de la descentralización integrada” (Bervejillo, 1996: 12), donde la virtualidad y la autonomía de lo “periférico” son elementos clave para la articulación del sistema. Las transformaciones en la percepción del espacio —y del tiempo como su contraparte inseparable—, que comprenden los procesos de aceleración, simultaneidad y virtualidad, son claros indicios de lo que podemos considerar un cambio civilizatorio.
Este cambio, que abarca todos los órdenes de la vida humana, se puede pensar, desde una perspectiva política, como una reorganización hegemónica gigantesca, es decir, como una nueva forma de articulación de diferentes actores —locales, nacionales y supranacionales— en torno a un modelo económico, político, intelectual y de construcción de subjetividades —la globalización neoliberal— capaz de imponerse y, simultáneamente, de encontrar y construir acuerdos. Como toda hegemonía, implica la combinación de fuerza y consenso, de formas de dominación y de la construcción de discursos e imaginarios que buscan y crean la adhesión social a un determinado sistema de valores, a una concepción del mundo creíble, aceptable y congruente con el proyecto general. La idea de hegemonía propuesta por Antonio Gramsci, que no implica simple dominio ni puro consenso (Gramsci, 1975: 165), sino que organiza ambas dimensiones del poder político apoyándose mutuamente, parece útil —aunque actualmente un tanto restringida— para analizar la reorganización presente. En efecto, el contexto actual ya no es nacional sino planetario y los estados-nación han perdido la centralidad que ostentaban a principios del siglo XX.
Desde una primera aproximación, el cambio de época actual se presenta como una transformación de grandes dimensiones. Pensada como reorganización de la hegemonía en el contexto global, se revela como proyecto supranacional del capitalismo tardío, fuertemente financiarizado, neoliberal en sus prácticas y sus valores, formalmente democrático y acompañado de fuertes transformaciones en la construcción de las subjetividades y en las representaciones del tiempo y el espacio. Casi todas estas características se reúnen en lo que podríamos llamar un orden neoliberal que, aunque tiene diferentes formas de aplicación según regiones, países o localidades, responde a un patrón general.
En términos económicos, el neoliberalismo reúne un conjunto de prácticas claramente identificables, que se aplicaron consistentemente en los más diversos países, a partir del Consenso de Washington, instrumentado a través de programas de “estabilización” del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial. Las mismas consisten en: 1] la reducción del aparato estatal y la privatización de las empresas públicas, abriéndolas a capital nacional y extranjero; 2] la reducción del gasto público disminuyendo la aportación a programas sociales y recortando el presupuesto destinado a los sectores de salud y educación; 3] la apertura comercial de las economías para facilitar la “competencia” entre empresas que redunda, casi invariablemente, en el quiebre de gran parte de la pequeña empresa y el control del mercado por las grandes corporaciones; 4] la desregulación comercial y financiera con la consecuente desprotección de los mercados locales como producto de los tratados de libre comercio; 5] la reforma fiscal orientada al aumento de los impuestos sobre el consumo y la reducción de los gravámenes a la producción y las ganancias; 6] la “flexibilización” laboral para hacer más competitiva la economía y atraer inversiones, que conlleva la precarización de las condiciones laborales por la pérdida de derechos básicos, adquiridos desde el siglo XIX; 7] una política cambiaria competitiva regida por el mercado, para hacer más “atractivas” las inversiones, que redunda en la depreciación de las monedas de las economías tradicionalmente periféricas.
Cabe señalar que la obediencia a estos dictados ha sido la vía para obtener préstamos que, por su parte, redundan en el crecimiento de la deuda pública1 y, en particular, de la deuda externa, lesionando fuertemente la autonomía política de los estados. El pago de los intereses de la deuda multiplica su monto de manera constante sometiendo a las economías a una sangría económica constante. Se podría decir que el neoliberalismo no sólo privatiza los bienes del Estado sino que a través de estos y otros mecanismos de transferencia de recursos públicos y sociales hacia el sector privado tiende a la privatización de todos los ámbitos de la sociedad. Neoliberalismo es, sobre todo, sinónimo de privatización.
Sin embargo, el neoliberalismo no se nos presenta sólo como un modelo de administración económica sino que aparece articulado con prácticas políticas, sociales y culturales específicas. Configura un formato de ejercicio del poder mucho más complejo, a partir de un conjunto de instituciones, prácticas y discursos que intentan modelar otras formas de sociedad, acordes al nuevo orden global.
En este sentido, creo que el concepto de gubernamentalidad, propuesto por Michel Foucault en Seguridad, territorio y población (2006) puede ser de gran utilidad para ampliar la noción de hegemonía y atender los rasgos de esta modalidad específica de organización del poder, que comprende lo estatal pero que, al mismo tiempo, lo fragmenta y rebasa.
Foucault propuso en 1978 el concepto de gubernamentalidad para designar un régimen de poder introducido en el siglo XVIII que se refiere a las “técnicas de gobierno que sirven de base a la formación...




