Camino | A Dios por la belleza | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 178 Seiten

Reihe: 100XUNO

Camino A Dios por la belleza

La via pulchritudinis
1. Auflage 2017
ISBN: 978-84-9055-806-5
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

La via pulchritudinis

E-Book, Spanisch, 178 Seiten

Reihe: 100XUNO

ISBN: 978-84-9055-806-5
Verlag: Ediciones Encuentro
Format: EPUB
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Platón aseguraba que 'lo bello es difícil' pero ¿por qué? ¿Qué tiene que ver lo bello con lo verdadero y bueno? ¿Por qué nos atraen personas y acciones que sabemos no son ni buenas ni verdaderas? ¿Cómo debe comportarse uno para hacer de su vida una 'obra de arte'? Pero el principal interrogante que estas líneas afrontan, la pregunta que las vertebra es: ¿Por qué Benedicto XVI está plenamente convencido de que la belleza es un camino privilegiado para defender la fe y evangelizar al hombre del hoy? El autor dedica el libro a todos los que un Dios sólo racional les sabe a poco, y anhelan cada día ver su rostro. Porque la razón busca, pero es el corazón el que encuentra.

La Coruña (1967). Licenciado en Derecho por la Universidad de Navarra. Realiza sus prácticas en el mundo financiero en FG Asesores Bursátiles. Trabaja para el Banco Santander de Negocios hasta que, en 1992, se traslada a vivir a Roma. Se ordena sacerdote en 1998 y se doctora en Teología Moral con la tesis Ética de la especulación en los mercados financieros (AEDOS-Unión editorial). Durante años ejerce la docencia de ética y moral en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz (Roma). En el 2003 se traslada a Zaragoza. Actualmente colabora en la capellanía del colegio Montearagón. Ha publicado Dios y los ricos (2000), Ven y Verás. La extraordinaria figura de Jesucristo (2007), Formar líderes (2007), Ama y haz lo que quieras (2007), Díselo con cine (2011), Rezar con el Papa Francisco (2013), De la Pasión a la Ascensión. El Evangelio comentado por Benedicto XVI (2014), Madre en la puerta hay un niño (2014), ¡Ya es Navidad! y así la ve Benedicto XVI (2014). Algunos tienen varias ediciones y han sido traducidos a otras lenguas.
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SEGUNDA PARTE
HAY BELLEZAS, BELLEZA… Y BELLEZA
Platón y el Mito de la Caverna


«Cada cosa tiene su belleza,

pero no todos pueden verla»

(Confucio)

Platón, en virtud de su doctrina de las ideas, intentó dar un fundamento metafísico a toda belleza. Uno de sus mitos más conocidos es el que cuenta en el libro VII de La República, el de la Caverna. Su gran riqueza simbólica admite diversas interpretaciones: política, cultural, antropológica, epistemológica, metafísica, pedagógica. Nosotros lo emplearemos para mostrar los diversos «niveles» o grados de belleza. Todo el mito gira en torno a dos mundos, el visible (el de la opinión o la apariencia) y el inteligible (el de la ciencia o lo verdadero) [95].

En el visible, la vida transcurre dentro de una caverna y, en él, se distinguen dos niveles o peldaños. En el primero la belleza queda reducida a la que nos han contado y vemos. La que ven los prisioneros que, sin poder mover sus cabezas por estar encadenados, perciben en las sombras que se proyectan en la pared que tienen delante (toda su realidad y belleza es ésta: la que tienen delante y ven y comentan entre sí). En el segundo, en cambio, uno de los prisioneros al quedar librado de sus cadenas ha aumentado su campo de visión: ha podido darse la vuelta y mirar hacia otro lado. La belleza es ahora la que se contempla y piensa que es belleza (aunque realmente no lo sea).

Pues bien, en muchas ocasiones nuestro juicio sobre la belleza también se detiene en uno de estos dos niveles, quedando como «encerrado» dentro de la cueva. Corremos el riesgo de dejarnos «atrapar por una belleza tomada por sí misma, icono convertido en ídolo, medio que acaba devorando el fin, verdad que aprisiona, trampa en la que acaban cayendo muchos por falta de una adecuada formación de la sensibilidad y de una correcta educación a la belleza» [96]. Sin embargo, si como nuestro prisionero liberado seguimos ascendiendo por la caverna y logramos salir al mundo exterior, nos encontraremos con dos nuevos niveles. El del pensamiento, lo que hemos investigado: donde reside la belleza que somos capaces de entender porque nos hemos formado (investigado). Y el nivel de la Razón o realidad en sí: el mundo de las ideas, del Sol; donde se encuentra la belleza en sí, Dios.

Es en este «último escalón» donde reside la belleza que nunca llegaremos a poseer del todo. Aquella de la que el mismo Platón declara que, «en primer lugar, existe siempre, no nace ni muere, no crece ni decrece; en segundo lugar, no es bella desde un punto de vista y fea desde otro, o en un respecto y un lugar bella y en otro tiempo o en otro respecto fea, de tal modo que sea bella para unos y fea para otros... sino que es la Belleza absoluta, siempre existente en uniformidad consigo misma, y tal que, mientras que toda la multitud de cosas bellas participan de ella, nunca aumenta ni disminuye, sino que permanece impasible, aunque aquéllas nazcan y mueran... La Belleza en sí, entera, pura, sin mezcla... divina y coesencial consigo misma» [97]. Para él —ya lo habíamos anunciado— lo bello y lo bueno nos remiten en último término a Dios, a ese Sol que coincide también con la idea de Uno y de Bien, causa de todas las cosas rectas y bellas, productor de la verdad y de la inteligencia [98]. En Él está la máxima identidad, medida y causa de toda medida, de toda proporción y armonía.

En fin, la simbología del Mito nos muestra que la belleza se manifiesta de diversas maneras y en diversos grados. En la persona, por ejemplo, no es lo mismo la de su cuerpo que la que emana de sus acciones. En la pintura, no es igual la que podemos apreciar en un dibujo de una niña de seis años hecho con sus témperas, que la irradiada por un Caravaggio. En literatura, poesía o en la música podemos afirmar que no es tan sencillo captar la belleza de Anna Karenina, de los poemas de T. S. Elliot o de un vals de Strauss; pero que cuando ésta se capta no es comparable a Mortadelo y Filemón, a unos versos caseros o a una melodía pegadiza de los meses de verano. Y además, y por «encima» de todas esas bellezas, está la Belleza.

El Mito revela también que hoy en día siguen siendo muchos los que piensan que no hay más belleza que la que ven o les han contado. No se han puesto a reflexionar sobre ella y ni siquiera sospechan en la existencia de una belleza en sí. Por eso Platón explica que si uno de los prisioneros «fuera liberado y forzado a levantarse de repente, volver el cuello y marchar mirando a la luz, y al hacer todo esto, sufriera, y a causa del encandilamiento fuera incapaz de percibir aquellas cosas cuyas sombras había visto antes. ¿Qué piensas que respondería si se le dijese que lo que había visto antes eran fruslerías y que ahora, en cambio está más próximo a lo real, vuelto hacia cosas más reales y que mira correctamente?». Por el dolor y el sufrimiento, por la falta de adecuación a la nueva realidad, de entrada se mostraría reacio (y esto le duraría algún tiempo) a creer que la belleza que ahora contempla es más real que la que ha dejado.

Pero imaginemos todavía más, imaginemos que si «se le forzara a mirar hacia la luz misma» o al mismo Sol, «¿no le dolerían los ojos y trataría de eludirla, volviéndose hacia aquellas cosas que podía percibir, por considerar que éstas son realmente más claras que las que se le muestran?».

Realmente a muchos les costará abandonar poco a poco las viejas y falsas creencias, los prejuicios ligados a la costumbre; romper con la vida llevada hasta el momento y emprender una verdadera via pulchritudinis. Para ser capaz de comprender y captar cada nueva belleza y escalar un nuevo grado, deberán superar miedos y dificultades. De ahí que el prisionero deba ser «obligado», «forzado», «arrastrado», por una «áspera y escarpada subida», y así hasta acostumbrarse poco a poco a la luz de fuera, hasta alcanzar el conocimiento de lo auténticamente real, el valor de lo eterno, de lo inmaterial e inmutable: las Ideas, el Sol, Dios.

Por eso y una vez sentadas en nuestra primera parte las tres características de la belleza en sí, tratemos de contemplarlas en los tres focos principales que —como anticipamos— señalaba el documento del Pontificio Consejo de la Cultura, La «Via pulchritudinis», camino de evangelización y de diálogo: el cosmos, la persona y las obras de arte. De esta manera intentaremos librarnos de nuestras cadenas y elevarnos, desde la belleza sensible, a la fuente de toda belleza, donde estas tres características se dan en grado sumo.

Así, al igual que el bien posee grados (es bueno dejar el coche a un amigo, pero es mejor salvarle la vida), y lo mismo la verdad (que dos más dos son cuatro es una verdad matemática que no posee el mismo valor que saber que uno es hijo de Dios) y también la unidad (la que llegan a tener dos jugadores de fútbol de un mismo equipo es distinta de la que mantienen marido y mujer), con la belleza ocurre otro tanto. Las cosas serán bellas en mayor o menor grado según la perfección de su naturaleza (es más significativa la belleza de una persona que la de una flor, pero no porque nuestros sentidos la vean más atractiva sino porque su realidad es superior, ya que la riqueza de su ser también lo es) y, por tanto, dependiendo de en qué grado posean estas tres características.

Es innegable que hay bellezas y bellezas. No todo lo bello posee la misma hondura o profundidad. En el fondo, la belleza de todas las cosas será proporcionada a su densidad ontológica. Por eso decimos, con Platón, que hay bellezas, belleza… y Belleza. Y aunque todas puedan conducirnos a Dios, no es lo mismo la que irradia una puesta de sol, la que se percibe desde la cima de un monte, la que desprende el majestuoso vuelo de un águila, que la que transmite la lectura de Jane Eyre o la que logramos percibir en el actuar de Madre Teresa de Calcuta. No todas son lo mismo porque no todas poseen la misma densidad ontológica: a más densidad mayor belleza. Si yo puedo decir quién soy mostrando con qué me comprometo, puedo igualmente hacerlo reconociendo qué bellezas soy capaz de captar y, sobre todo, dándome cuenta de qué tipo de bellezas me atraen.

Para proceder con un cierto orden en nuestras reflexiones hemos dividido las posibles bellezas en dos grandes apartados: las naturales (la belleza del cosmos y del hombre) y aquellas en las que de alguna manera el hombre interviene «creándolas» (la belleza del facere) [99].

Así como la modernidad cometió el error de reducir casi la belleza al facere, si nos hubiésemos planteado A Dios por la belleza en términos de reflexionar únicamente sobre las obras maestras del arte sacro estaríamos también cayendo en un error reduccionista. La forma cristiana no puede prescindir de la belleza del cosmos y del hombre (agere), alma y cuerpo. Una puesta de sol, al igual que una vida santa, resplandecen con forma y fuerza propias, al igual que lo hace una obra de arte, sacro o no. Lo hacen como distintos destellos de la Forma más Bella, Dios. Por eso van Gogh decía: «pienso que todo lo que es verdaderamente bueno y bello, con belleza interior, moral, espiritual y sublime, en los hombres y en sus obras, viene de Dios y que todo lo que hay de malo en las obras de los hombres y en los hombres, no viene de Dios, y que Dios mismo no lo encuentra bueno» [100].

IV. La belleza del...




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