Campos Martínez | La reina negra | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 1, 288 Seiten

Reihe: La Reina Negra

Campos Martínez La reina negra


1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-1120-322-7
Verlag: Ediciones SM España
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, Band 1, 288 Seiten

Reihe: La Reina Negra

ISBN: 978-84-1120-322-7
Verlag: Ediciones SM España
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Tamiel, princesa y única descendencia del rey de Latos, jamás ha encajado. No encaja en las expectativas de su padre. No se resigna al futuro desdibujado y dependiente de una reina consorte. No es capaz de soportar, aunque quisiera, que otras personas manejen su destino, personas -hombres- a las que no puede ni quiere respetar.Sí: el espíritu de la menuda Tamiel es demasiado grande para el destino en el que pretenden confinarla. Y así, su terquedad, su resistencia y su empuje acabarán por agrandar los límites de su historia... hasta desgarrarlos. Y la vida de Tamiel se convertirá en muchas vidas diferentes, llenas de intrigas, luchas de poder, amor, felicidad sin límites, pena desgarradora y fidelidad hasta el fin.Tamiel, la menuda, anodina Tamiel, aún no lo sabe; pero su leyenda -sus leyendas- se contarán durante muchos siglos por toda la tierra conocida, con susurros de temor y reverencia. Todo eso aguarda a Tamiel, y a quien se atreva a emprender su historia junto a ella.

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CAPÍTULO UNO


a comitiva llegó por fin al río. Los caballos, exhaustos desde hacía leguas, habían olido el agua mucho antes de que sus jinetes hubieran podido ni tan siquiera oírla, y aceleraron inesperadamente el paso, relinchando impacientes bajo el peso de la carga y las armaduras. Sudaban y babeaban, con las orejas y los hocicos fijos en un punto oculto entre la espesura. Los hombres, que apenas podían sostenerse aferrados a las riendas, vociferaban órdenes inútiles a sus obstinadas monturas, que los conducían ladera abajo casi en descenso vertical; hacia la muerte o hacia el agua, eso estaba por verse.

Pero apenas alcanzaron a ver el río tras los últimos árboles, los cinco caballos frenaron en seco como uno solo, arrancando en torno a sí una polvareda de musgo. Vencido por la inercia y el peso de la armadura, Tarfo salió despedido por encima de la testuz de su montura y cayó con un gran estrépito de hojalata delante del grupo.

Como un escarabajo de metal se debatió panza arriba, maldiciendo en tres lenguas, hasta que consiguió levantarse. Hecho una furia, agarró a su cabalgadura por las riendas y elevó el puño para golpearla, pero se detuvo al ver que la bestia reculaba con las orejas plegadas hacia atrás; y no por él, sino por lo que, a su espalda y desde el río, había dejado petrificados al resto de los hombres y los animales. Se volvió lentamente y vio la más extraña aparición que ninguno de ellos, ni despiertos ni en sueños, ni en los vapores más profundos del alcohol, habría podido imaginar jamás.

En la orilla, con los pies escondidos en el agua, una mujer extendía hacia ellos en actitud de defensa una gran espada negra, que relucía bajo las primeras luces del día como si estuviera forjada en azabache. Los jirones del harapo que vestía flotaban y silbaban a su alrededor mientras ella permanecía inmóvil. Tenía el pelo largo y negro, y la brisa del río lo elevaba como una jauría de serpientes finísimas que enmarcara su rostro, en el que dos ojos oscuros y profundos brillaban igual que los de un animal acorralado al fondo de una trampa. Si aquella criatura era algo, no era ciertamente ni alta ni hermosa, y de tener edad, podría tener cualquiera. La luz del amanecer, el pulso firme y la determinación con la que sostenía aquella extraña arma ante los ojos incrédulos de los cinco hombres la hacían parecer casi sobrenatural. Y para añadir algo más a aquel cuadro extraño, su vientre, recortado contra la plata del agua, denotaba que aquella mujer estaba gestando desde hacía más de treinta semanas.

Solo se oía el ruido tranquilo de la corriente. Y ni los jinetes podían cerrar la boca ni los caballos permanecer quietos. Se agitaban los animales como si algo desde el río al tiempo los aterrorizase y los retuviera en la orilla.

Ella no movió un solo músculo en un instante que se hizo interminable. Al fin, Hisias, que ni aun en su juventud había sido buen jinete, acabó por dar con sus viejos huesos en el suelo ante el traqueteo nervioso de su montura. Y, aunque ninguno después se atrevió a comentarlo, todos pudieron ver cómo aquel niño nonato se removió con fuerza cuando la mujer retrocedió y elevó la espada a la altura de sus ojos, ante el involuntario paso al frente que dio al levantarse el anciano.

–Hisias, cuidado... –musitó el joven Parmes, aferrado a las riendas de su caballo.

El viejo, que no se atrevía a moverse, abrió la boca sin saber aún a ciencia cierta qué haría salir de ella.

–Mujer... –acertó a decir, mientras ella fijaba en él sus ojos de fiera y la punta de su espada, y tuvo que tragar saliva para poder articular la siguiente palabra–. Mujer... ¿Me entiendes? –pronunció despacio, extendiendo hacia ella una mano con la palma hacia el suelo, como se apacigua a una loba–. ¿Hablas mi lengua? No... No temas nada de nosotros.

–Más bien temamos nosotros algo de ella –terció el orondo Mista, abrazado al cuello de su montura–. Parece un animal salvaje.

–Mirad los caballos –dijo Bandramés, el segundo hombre armado del grupo, acariciando y sujetando a su yegua–: ni siquiera se atreven a acercarse al agua. Y están muertos de sed.

Ella, entonces, murmuró algo que nadie salvo los animales pudo oír, y las bestias se encabritaron sobre sus patas traseras arrojando al suelo a los que aún permanecían montados. Luego, mansamente, se dirigieron al agua y bebieron sin asomo de temor a los mismos pies de la mujer.

–¡Válgame el cielo! –acertó a decir el anciano Hisias mientras los otros tres hombres se ponían en pie.

Parmes se incorporó, con los ojos como platos y doliéndose de un hombro.

–¡Maldita criatura! –dijo Tarfo desenvainando su espada–. ¡Ahora veremos si sangras o eres un espejismo! –rugió, y se fue hacia ella antes de que nadie pudiese impedirlo.

No llegó a tocarla. De un revés firme y rápido de su espada, ella le tiró al agua con una facilidad sorprendente. Tarfo –moreno y de pelo rizado, como los hombres del sur, pero musculoso y muy diestro en armas a pesar de su escasa altura– se levantó tan enfadado como asombrado y arremetió de nuevo contra ella.

–¡Por el cielo, Tarfo! –gritó Hisias.

Pero él no escuchaba. Descargó sobre la mujer otro mandoble, que ella desvió lanzándole de nuevo a las frías aguas del río. Cuando el hombre volvió a ponerse en pie, furioso como un toro encajonado, fue Bandramés quien se colocó frente a él y lo detuvo poniéndole una mano en el pecho.

–¿Has perdido el juicio? –le dijo con voz firme–. ¡Es una mujer... encinta! –y como Tarfo intentó irse otra vez hacia ella, Bandramés desenvainó su espada y le apoyó en la garganta el acero desnudo–. Ciertamente, no sería esta una gesta heroica para mencionar en tu funeral.

Los dos se retaron con la mirada, hasta que Hisias agarró a Tarfo por los hombros y se lo llevó hacia la orilla mientras intentaba calmarlo.

Bandramés se volvió hacia la mujer, que no había bajado la guardia y que ahora le apuntaba a él con la negra hoja de su espada. Era un hombre alto, con el pelo rubio y los ojos oscuros, y dentro de su armadura no parecía sino el formidable guerrero que era. Avanzó un paso, sin darse cuenta de que llevaba el acero desnudo, y ella retrocedió otro.

–No, no... Nadie va a lastimarte. Vamos, baja tu arma –siguió acercándose y la mujer ya no retrocedió, sino que se fue contra él–. ¡No, quieta! –dijo esquivando su espada–. ¡No quiero lastimarte! ¡Quieta!

Ella atacaba con todas sus fuerzas, sin tregua, gritando a cada golpe como una fiera herida de muerte, y él se defendía, sorprendido de su destreza y temiendo dañarla. Hasta que, agotada por el esfuerzo, la mujer se detuvo al fin, trastabillando en los guijarros del lecho del río. Intentó levantar de nuevo su arma; pero, de pronto, se llevó una mano al abultado vientre y, con la cara contraída por el dolor, cayó de rodillas sin apartar la mirada de su oponente. Sus lágrimas de rabia y de impotencia se mezclaron con el agua dulce del río. El viento rugía a su espalda como un animal salvaje.

–¡Por todos los dioses! –gritó Hisias desde la orilla–. ¡Malogrará el niño!

Bandramés permanecía de pie ante ella. Ciertamente, pocas veces se había topado, en una situación tan desigual, con un rival tan fiero como aquel. Así que, cuando ella se levantó de nuevo jadeando y tambaleándose, y volvió a empuñar su espada con ambas manos, él no pudo sino admirarse de la valentía de aquella mujer menuda que, allí frente a él, tiritaba de frío y de agotamiento, pero no de miedo. Entonces, arrojó lejos su espada y le hizo una respetuosa reverencia llevándose el puño al pecho, como se rinde pleitesía a un digno rival. Luego, con los brazos abiertos y desarmado, despacio pero sin vacilar, avanzó hacia ella hasta que la temblorosa hoja del arma negra tocó el peto de su armadura. Allí se detuvo, sosteniéndole aquella mirada torva y desesperada a través de la maraña oscura de su pelo.

–Escúchame –le dijo con voz franca–: mi nombre es Bandramés, hijo de Fadán y servidor del rey de Cadania. Nadie quiere hacerte daño –ella fijó sus ojos en el otro soldado que, en la orilla, aún sostenía su arma–. Tampoco él. ¡Tarfo! ¡Tira tu espada! –gritó sin dejar de mirarla.

Tarfo, impelido por Hisias y a regañadientes, lo hizo.

–Baja el arma, mujer, y sal del río –insistió Bandramés–. Vamos..., no temas.

La mujer permaneció quieta por un instante, mirando fijamente los ojos del guerrero que permanecía imperturbable al final de su espada. Después, apoyó una mano en su vientre, asintió a algo que nadie dijo y, finalmente, bajó el arma y la dejó colgando al final de su brazo, dentro del agua. Bandramés dio un paso atrás y le tendió la mano; ella no la aceptó, sino se recogió el vestido y, caminando con dificultad, salió sola del río.

Cuando llegó a la orilla, se detuvo. Los otros cuatro hombres la miraban entre la curiosidad y el temor, mientras ella, con la punta de su espada hundida en el barro, intentaba recuperar...



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