E-Book, Spanisch, Band 3, 282 Seiten
Campoy Osset Libertad y absoluto
1. Auflage 2018
ISBN: 978-84-8468-771-9
Verlag: Universidad Pontificia Comillas
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, Band 3, 282 Seiten
Reihe: Acena Filosofía. Perspectivas
ISBN: 978-84-8468-771-9
Verlag: Universidad Pontificia Comillas
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Federico Campoy es profesor, escritor y filósofo. Coordina las tertulias de filosofía en Bibliotecas.
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INTRODUCCIÓN
INTRODUCCIÓN
No existiría ética sin un sujeto de la misma. Pues la ética se puede decir de cualquiera que sea su objeto y cualquiera que sea su fundamento, pero no se puede concebir sin la conciencia que le da origen y sentido.
Y este sujeto no lo sería de la ética si no puede entrar en ella como parte fundante y no como mero escolio de la misma. Pero para que esto sea así es necesario preguntarse determinadas cuestiones acerca de este sujeto, sin que debamos pasar por alto, dando por supuesto nada, cuál sea la característica fundamental para que esta conciencia que soy yo pueda constituir la pieza fundamental de un edificio tan insigne como el que nos ocupa.
De alguna manera, y si se me permite la expresión, sería necesario preguntar por el objeto del sujeto[1], o más bien, qué es aquello sin lo cual éste no puede constituirse a sí mismo o, al menos, que haga que pueda ser fundamento de cosa alguna[2]. No son preguntas nuevas, pero es necesario traerlas de nuevo a examen, ya que en función de la respuesta que se dé reside el ulterior desarrollo de las consecuencias que se extraen de ella; pues en el ejercicio repetido de este examen consiste el avance, o al menos el intento de avance, de la humanidad sobre sí misma en aras de la realización progresiva de una plenitud anhelada y deseada desde lo más profundo.
Para poder enfrentar este tema hay que considerar a este sujeto en referencia a lo que le constituye, que, en esencia viene dado por aquello de lo que él mismo puede tener noticia cierta. Esta noticia nos viene dada esencialmente en dos ámbitos: el del conocimiento y el de la acción o, si se quiere, el de la razón y el de la voluntad.
Por una parte, el objeto-verdad de este sujeto, que constituye la facultad racional en su capacidad de conocer y establecer las condiciones de necesidad y universalidad del mundo de la experiencia. En esta parte contamos con el objeto-ante-el-sujeto y el sujeto al que se le muestra el objeto; o dicho en lenguaje fenomenológico, lo vivido, el objeto de la vivencia y el que vive, el sujeto de la vivencia.
Por otra parte, el objeto-acto del sujeto, que constituye la actividad de la conciencia y la producción de acciones que se desarrollan a partir la facultad de querer o voluntad. En este apartado, también tenemos el doble componente, más acusado aún, del acto del sujeto y el sujeto mismo que actúa.
En esta pequeña obra me voy a ocupar esencialmente del segundo ámbito, pero sin ignorar que es precisamente el trasvase continuo que se da entre uno y otro el que, en vez de enriquecerse mutuamente como debe corresponder a acciones de un mismo yo, genera confusiones a veces muy difíciles de extirpar por no tener bien claro cuál es el punto de referencia.
Para poder desarrollar una secuencia racional comprensible y no sujeta a vacilaciones imprevistas, es necesario establecer un punto claro de partida que no haya que modificar a cada paso haciendo, por ello, tambalearse el edificio construido cada vez que ponemos una nueva pieza.
La cuestión esencial sobre la que girará mi análisis será la de verificar la posibilidad de una experiencia de la libertad que se pueda captar a modo de dato sin tener que ser, por ello, deducida de otra realidad previa; y ello tras la pista de la condición singular que caracteriza la acción humana, como reflejo de una condición absoluta que late en su interior. Esta condición viene delatada por la misma actividad de la razón, que tiende insuperablemente a establecer metas que rebasan la posibilidad del conocimiento, y por la misma experiencia interior, surgida en el transcurso de la acción en la conciencia del hombre.
La constatación de la libertad es crucial, pues de ella surge la posibilidad de plantear otra cuestión, que es la que surge de la búsqueda de la naturaleza del principio de determinación de la voluntad tal y como la plantea Kant al inicio de la Crítica de la Razón Práctica[3], como la pieza sin la cual no es posible avanzar adelante en la comprensión de la vida moral del sujeto. Intentar aclarar este punto por todos los medios es clave para poder sostener el edificio ético de la humanidad entera, ya que la cuestión cambia radicalmente si la voluntad puede constituir una causa por sí misma o es ella misma una pieza más de la cadena necesaria que une el mundo de los fenómenos y de las representaciones. El fundamento último de su determinación es el que nos situará en una dirección u otra. Lo que está en juego es la propia libertad. Y sin libertad no hay moral, al menos una moral con carácter de imputabilidad real al sujeto de las acciones. No es que la moral sea la clave de comprensión de todo, pero sí es la clave de entendimiento de lo peculiar que late en la motivación última de la acción humana, cuyo origen puede no estar debido a condiciones meramente fácticas.
Sea cual sea el fundamento, material o formal, de la facultad volitiva, el hecho es que el querer está dado indudablemente como un dato de la vida del sujeto. Sea cual sea el tejido interno del que está constituido el acto volitivo, sean cuales sean las conexiones neuronales que lo configuran o las relaciones químicas que le sirven de base, la experiencia dada en la vivencia de ese acto tiene una entidad propia no reductible a las condiciones materiales sin cuyo sustento no podría producirse.
Considero de sumo interés que la ciencia pueda seguir avanzando en la explicación de las condiciones de base de los actos que vivimos en la experiencia, pues tales condiciones nos sitúan mejor en la pista de la cualidad que representan tales vivencias en relación con su fundamento material. Por eso, desde el inicio, es necesario dejar claro que rechazo de plano la actitud beligerante (que puede darse en muchas ocasiones en el ámbito filosófico) hacia el avance de la investigación técnica acerca de las condiciones materiales a través de las cuales se expresa la riqueza insondable de la producción de la actividad humana.
Sin embargo, celebrar y apoyar cualquier avance en este campo no quiere decir aceptar igualmente cualquiera de las interpretaciones que, sobre estos hallazgos, se realizan de la manera más gratuita, sin fundamento y sin elemento alguno de reflexión rigurosa. Por eso distinguiré siempre con cuidado en las referencias lo que alude a un progreso dado en campo de la ciencia, de las conclusiones que sobre ese supuesto avance se pretendan extraer.
La órbita del conocimiento y la obra del entendimiento. La referencia, en el orden del conocimiento científico, que Kant tenía ante sí cuando escribió sus obras la constituía esencialmente el paradigma originado por la obra de Newton. Esto suscitaba, como es sabido, la razonable cuestión acerca de la universalidad de las leyes y la posibilidad misma del conocimiento. Si se admitía íntegramente la crítica de Hume a la posibilidad de encontrar unas reglas universales que expliquen de manera necesaria las conexiones de los fenómenos de la percepción, no serían posibles las leyes de Newton, o al menos éstas serían una mera ilusión. Ya que lo único necesario se puede encontrar en un tipo de regla o conocimiento analítico pero nunca sintético, es decir, proveniente del caótico mundo de sensaciones dadas por la representación de los sentidos externos. Pero el caso no era ese: las leyes están ahí y tienen un carácter de legislación, universal y necesario.
Buscar, pues, la condición de la posibilidad de la validez de estas leyes era una tarea irrenunciable. Puesto que parece que el conocimiento universal es posible, busquemos el fundamento que lo constituye. Y dado que en la percepción misma, aceptando siempre la crítica de Hume a este respecto, no puedo encontrar su razón de ser, y menos en la materia que me suministra la percepción, debo buscarlo en la facultad misma de entender.
En aquella época, esta universalidad de la ley científica sólo se daba con respecto a los fenómenos de la naturaleza puramente física[4]. Pero si nos adelantamos a las primeras décadas del siglo XX, entre la obra de Kant y la de autores como Bergson, Scheler, Blondel, Marcel, y más adelante, Jean Nabert, suceden acontecimientos científicos e intelectuales que cambian por completo el punto de referencia que se tiene ante los ojos. El desarrollo del positivismo, la aparición de la teoría darwinista, el avance imparable de la técnica y, sobre todo, el intento de aplicar todo ese aluvión de leyes mecánicas a la propia actividad humana a través de la psicología experimental (empresa nada nueva que ya existía en la época de Kant, pero que aún no había encontrado la gran eclosión que la caracterizó a lo largo de todo el siglo XIX y, sobre todo, del XX), hacen que el marco de referencia, sin haber variado en cuanto a la cuestión última de fondo, sí lo haya hecho en cuanto a las innumerables respuestas que se tratan de dar a la misma.
Las dos principales referencias del intento por constituir una ciencia psicológica que tiene Kant ante sí la constituyen, por un lado, la psicología racional, enmarcada toda ella en el ámbito del dogmatismo del que luego se intentará hacer la crítica más completa, y por otro, la psicología empírica, que es la que deriva del idealismo empírico propio de la escuela filosófica inglesa. Nada más diferente a lo que después se consagra como intento de reducir toda la esfera psíquica humana, incluida la tradicional noción de alma, a su base de conexión...




