Canetti | El otro proceso | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 180 Seiten

Reihe: Otras latitudes

Canetti El otro proceso

Las cartas de Kafka a Felice
1. Auflage 2019
ISBN: 978-84-17651-92-3
Verlag: Nórdica Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

Las cartas de Kafka a Felice

E-Book, Spanisch, 180 Seiten

Reihe: Otras latitudes

ISBN: 978-84-17651-92-3
Verlag: Nórdica Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



El otro proceso. Las cartas de Kafka a Felice es uno de los ensayos más lúcidos de Elias Canetti. Nadie mejor que Canetti, premio Nobel de Literatura, para comentar las Cartas a Felice de Franz Kafka. Canetti, quien, como Kafka, ha descrito magistralmente las funciones del poder, nos ofrece en este lúcido ensayo un detallado análisis del sufrimiento del escritor durante los cinco años de su correspondencia con Felice Bauer. 'Hay una medida inimaginable de intimidad en estas cartas: son más íntimas de lo que lo sería la representación completa de la dicha. No existe un relato comparable de una persona dubitativa, ninguna exposición pública de semejante fidelidad. Una persona primitiva difícilmente podría leer esta correspondencia, tendría que parecerle el espectáculo desvergonzado de una impotencia emocional; porque todo lo que esta supone reaparece una y otra vez: indecisión, miedos, frialdad, falta de amor descrita con todo detalle, un desvalimiento de tales dimensiones que solo la extrema exactitud de la descripción lo hace creíble'.

Elias Canetti (Rustschuk, Bulgaria, 1905-1994). Nació en el seno de una familia judía de origen sefardí. Su lengua materna fue el ladino, un dialecto del castellano. En 1911 su familia se trasladó a Manchester (Reino Unido). El fallecimiento repentino de su padre, en 1912, marcaría la trayectoria del escritor, que conservó hasta sus últimos días un miedo casi irracional a la muerte. En alemán escribió en 1936 la que sería su primera y única novela, Auto de fe. La anexión de Austria por parte de Alemania le ofreció la posibilidad de estudiar de cerca el fenómeno del nazismo. A partir de entonces se dedicaría exclusivamente a terminar la que sería la gran obra de su vida, Masa y poder. En 1981 recibió el Premio Nobel de Literatura.
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II


Dos acontecimientos decisivos en la vida de Kafka, que conforme a su modo de ser había deseado especialmente privados, se habían desarrollado en la más embarazosa publicidad: el compromiso oficial en casa de la familia Bauer, el 1 de junio, y seis semanas después, el 12 de julio de 1914, el «tribunal» en el Askanischer Hof, que llevó a la ruptura de dicho compromiso. Se puede demostrar que el contenido emocional de ambos acontecimientos entra directamente en El proceso, cuya escritura empezó en agosto. El compromiso se ha convertido en la detención del primer capítulo; el «tribunal» se encuentra, en forma de ejecución, en el último.

Algunos pasajes de los diarios dejan tan clara esta relación que uno puede permitirse ponerlos a prueba. La integridad de la novela no se ve afectada por esto. Si existiera la necesidad de resaltar su importancia, el conocimiento del presente volumen de cartas sería un medio para hacerlo. Por suerte, tal necesidad no existe. Pero la novela en modo alguno pierde nada de su secreto, creciente desde siempre, a causa de la siguiente reflexión, que al fin y al cabo es una injerencia.

La detención de Josef K. tiene lugar en una casa bien conocida para él. Arranca cuando aún está en la cama, el sitio más familiar para cualquier persona. Lo que ocurre esa mañana es tanto más incomprensible cuanto que ante él hay una persona completamente desconocida, y una segunda le comunica la detención poco después. Pero esta notificación es provisional, y el verdadero acto ritual de la detención tiene lugar delante del inspector en el cuarto de la señorita Bürstner, donde a ninguno de los presentes, incluyendo al propio K., se le ha perdido nada. Se le invita a vestirse formalmente para este acto. En el cuarto de la señorita Bürstner se encuentran, además del inspector y los dos guardias, tres jóvenes a los que K. no reconoce, o no hasta mucho más tarde, funcionarios del banco en el que ostenta un alto cargo. Desde la casa de enfrente miran personas desconocidas. No se menciona el motivo de la detención y, lo que es más singular, se le otorga, aunque ya ha sido declarada, el permiso de ir a su banco, y puede seguir moviéndose libremente.

Esta circunstancia de la libertad de movimientos después de la detención es la que primero recuerda al compromiso de Kafka en Berlín. Kafka tuvo entonces la sensación de que aquel asunto no le concernía en absoluto. Se sentía atado y como entre desconocidos. El pasaje ya citado del diario que se refiere a esto reza: «Estaba atado como un criminal. Si me hubiesen puesto en un rincón con cadenas de verdad y apostado gendarmes delante de mí, y solo de esa forma me hubieran dejado observar, no habría sido peor. Y aquello era mi compromiso de boda…». Lo que ambos procesos tienen de embarazoso es su publicidad. La presencia de ambas familias en el compromiso —a él siempre le había costado trabajo delimitarse frente a la suya— le hacía retraerse más que nunca. A consecuencia de la presión que ejercían sobre él, los percibía como desconocidos. Entre los presentes había miembros de la familia Bauer a los que realmente no conocía, y también otros invitados para él desconocidos, por ejemplo, el hermano de Grete Bloch. A otros quizá los había visto fugazmente una o dos veces, pero incluso la madre de Felice, con la que ya había hablado, le inspiraba cierto temor. En lo que se refiere a sus propios allegados, es como si hubiera perdido la capacidad de reconocerlos porque participaban en una especie de acto de violencia contra él.

Una mezcla similar de conocidos y desconocidos de distinto grado se halla en la detención de Josef K. Allí estaban los dos guardias y el inspector, personajes completamente nuevos; la gente de la casa de enfrente, a la que puede que hubiera visto sin que le importaran nada, y los jóvenes de su banco, a los que sin duda veía a diario, pero que, durante el acto de la detención, en el que participaban con su presencia, se convirtieron en desconocidos para él.

Pero más importante aún es el lugar de la detención, el cuarto de la señorita Bürstner. Su nombre empieza por B como Bauer, pero por B empieza también el nombre de Grete Bloch. En el cuarto hay fotos de familia, de la falleba de la ventana cuelga una blusa blanca. Ninguna mujer está presente en la detención, solo la blusa es un llamativo representante.

Pero la entrada en el cuarto de la señorita Bürstner, sin que ella tenga noticia de ello, da que pensar a K., la idea del desorden provocado no le abandona. Cuando por la noche llega a casa desde el banco, habla con su casera, la señora Grubach. A pesar de los acontecimientos de la mañana, no ha perdido la confianza en él. «Se trata de la felicidad de usted», así empieza una de sus apaciguadoras frases. La palabra felicidad resulta extraña empleada en este punto, es una intrusa aquí, recuerda a las cartas a Felice, donde felicidad siempre se utilizaba de manera ambigua, sonaba como si al mismo tiempo, y preferentemente, significara «desdicha». K. observa que quiere disculparse con la señorita Bürstner por haber utilizado su cuarto. La señora Grubach le tranquiliza y le enseña la habitación, donde todo vuelve a estar en orden. «Tampoco la blusa colgaba ya de la falleba». Ya es tarde, y la señorita Bürstner aún no ha llegado a casa. La señora Grubach se entrega a observaciones acerca de la vida privada de la señorita, que tienen algo de provocativo. K. espera el regreso de la señorita Bürstner, la enreda, un poco en contra de la voluntad de ella, en una conversación en su cuarto acerca de los acontecimientos de la mañana, y alza tanto la voz al describirlos que en el cuarto de al lado golpean la puerta con fuerza. La señorita Bürstner se siente comprometida y molesta, K. la besa en la frente, como si quisiera consolarla. Le promete asumir toda la responsabilidad ante la casera, pero ella no quiere saber nada y lo empuja hacia el vestíbulo. K. «la agarró, y la besó primero en la boca y luego por toda la cara, como lame un animal sediento la fuente de agua que ha encontrado por fin. Finalmente la besó en el cuello, en la garganta, y mantuvo allí sus labios largo tiempo». De vuelta a su habitación, se durmió muy pronto; «antes de dormirse pensó todavía un rato en su comportamiento; estaba contento de él, pero se asombró de no estar más satisfecho aún».

Cuesta trabajo sustraerse a la sensación de que en esta escena la señorita Bürstner representa a Grete Bloch. El deseo que Kafka sentía hacia ella está ahí, fuerte y directo. La detención, que se deriva del tortuoso proceso del compromiso con Felice, ha sido desplazada al cuarto de la otra mujer. K., que por la mañana aún no era consciente de culpa alguna, se ha hecho culpable por su conducta de la noche siguiente, por su asalto a la señorita Bürstner. Porque «estaba contento de él».

La compleja, casi inextricable situación en la que Kafka se encontraba en el momento del compromiso ha quedado expuesta por él de forma clara en el primer capítulo de El proceso. Había deseado mucho la presencia de Grete Bloch en el compromiso, e incluso mostrado interés por el vestido que llevaría para la ocasión. No cabe excluir que ese vestido se haya transformado en la blusa blanca que cuelga en la habitación de la señorita Bürstner. A pesar de sus esfuerzos a lo largo de la novela, K. no consigue explicarse con la señorita Bürstner acerca de lo ocurrido. Ella se le escapa con destreza, para gran disgusto de él, y el asalto de aquella noche se convierte en el intocable secreto de ambos.

También eso recuerda la relación de Kafka con Grete Bloch. Lo que haya ocurrido entre ellos ha quedado secreto. No cabe suponer, no hay indicios de esto, que el secreto quedara verbalizado en el «tribunal» del Askanischer Hof. Porque, dado que se trataba de su dudosa posición respecto al compromiso, las partes de sus cartas a Grete Bloch que esta dio a conocer se referían a Felice y al compromiso, y el verdadero secreto que existía entre Grete y Kafka no fue abordado por ninguno de los dos. En el volumen de cartas, tal como hoy lo conocemos, falta todo lo que podría darnos claridad al respecto: es evidente que ella destruyó algunas de las cartas.

Para seguir entendiendo cómo el «tribunal», que golpeó con enorme violencia a Kafka, se convirtió en la ejecución del último capítulo de El proceso, es necesario citar algunos pasajes de los diarios y cartas. Hacia finales de julio, él trata de reseñar, apresurada y provisionalmente, se podría decir que desde fuera, el desarrollo de los acontecimientos:

«El tribunal en el hotel… La cara de Felice. Se atusa el pelo con las manos, se limpia la nariz con la mano, bosteza. De pronto reacciona, dice cosas bien pensadas, largo tiempo guardadas, hostiles. La vuelta con la señorita Bloch…

»En casa de sus padres. Unas cuántas lagrimas de su madre. Recito la lección. Su padre lo comprende correctamente desde todos los puntos de vista… Me dan la razón, contra mí no cabe decir nada, o no mucho. Diabólico con toda inocencia. Aparente culpa de la señorita Bloch…

»¿Por qué sus padres y su tía estuvieron tanto tiempo haciéndome señas de despedida?…

Al día siguiente, no regreso a casa de sus padres. Simplemente enviado ciclista con carta de despedida. Carta insincera y coqueta. “No guardéis mal recuerdo de mí”. Alocución desde el patíbulo».

Así se había asentado en su alma el «patíbulo» ya entonces, el 27 de julio, dos semanas después de los acontecimientos. Con la palabra tribunal, había entrado en la esfera de la novela. Con...



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