E-Book, Spanisch, Band 150, 192 Seiten
Canfora La biblioteca desaparecida
1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-10415-99-7
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 150, 192 Seiten
Reihe: Biblioteca de Ensayo / Serie mayor
ISBN: 978-84-10415-99-7
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Luciano Canfora (Bari, Italia, 1942) es profesor de Filología Clásica en la Universidad de Bari. Entre su amplísima obra ensayística, que ha contribuido en gran medida a renovar la visión de diversos aspectos esenciales de la cultura de la antigua Grecia, cabe destacar El viaje de Artemidoro, La biblioteca desaparecida, Julio César: un dictador democrático o La vida cotidiana de los filósofos griegos.
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VII
El banquete de los sabios
Aristeas se había aprovechado de la circunstancia. Ptolomeo apenas «había consentido con la propuesta de promover la traducción de la ley hebrea», y Aristeas ya le planteaba un problema apremiante: «La ley hebrea —dijo—, que estamos a punto no solo de mandar copiar, sino también de traducir, es válida para todos los hebreos; pero ¿cómo explicaremos que se alienta semejante empresa cuando en su reino hay tantos hebreos en prisión?». El momento había sido bien escogido, pues estaban también presentes Sosibio de Taranto y Andreas, los dos jefes de la guardia real a los que hacía tiempo Aristeas había manifestado esta exigencia, y cuyo asentimiento se había ganado. La maniobra pareció tan hábil que alguno pudo suponer que Aristeas había provocado la iniciativa de la traducción (de éxito seguro, dadas las ambiciones del soberano) con el único ?n de poder plantear, en su momento, la cuestión de su incoherencia respecto al tratamiento infligido a los hebreos deportados.
Aristeas no dejó de apelar a la generosidad del soberano, después de que este callase, a la espera de una reacción. El coloquio que siguió pareció por un momento reproducir aquel desarrollado poco antes a propósito de los rollos.
—¿Cuántos miles crees que hay? —preguntó Ptolomeo volviéndose a Andreas (se refería a los hebreos, no a los rollos). Y este, enseguida, pues no era ajeno a la cuestión:
—Poco más de cien mil.
—¡No pide poco el bueno de Aristeas! —comentó con ironía Ptolomeo, disponiéndose a dar el consentimiento, a la vista de la orientación favorable de los dos fidelísimos.
Los prisioneros fueron rescatados a cambio de una recompensa desembolsada por los patrones de la «banca real». No fueron solo grati?cados los prisioneros hechos por el Sóter en la campaña de Siria, sino también los hebreos residentes con anterioridad o deportados a Egipto antes o después de aquella campaña. «Y es nuestro deseo —precisaba el edicto liberador— que todos cuantos hayan sido reducidos a la esclavitud contra la voluntad de nuestro padre y contra cualquier conveniencia, no más que por el desenfreno de la soldadesca». Así, la providencia evitaba confesar lo realizado por el soberano anterior.
Para Ptolomeo, la liberación de los hebreos deportados fue como una credencial en las relaciones con Eleazar, sumo sacerdote de Jerusalén. «Hemos restituido la libertad a más de cien mil hebreos —anuncia en el mensaje en el que pide el envío de expertos traductores—; a los más válidos los hemos enrolado en el ejército; a los idóneos para tener puesto a nuestro lado, capaces de demostrar la confianza que se requiere a los hombres de la corte, les hemos procurado trabajo en la burocracia». «Hemos resuelto hacer una cosa grata a estos y a los demás hebreos —proseguía— en las distintas partes del mundo, y a todos aquellos que vendrán después, porque hemos decidido mandar traducir vuestra ley desde el hebreo al griego para que tenga un lugar en nuestra biblioteca, al lado de los demás libros del rey».
Eleazar respondió con entusiasmo a la oferta del rey augurándoles el bien a él y a la reina Arsínoe, su hermana y mujer, y a sus hijos, y saludándolo como «amigo sincero». La carta de Ptolomeo se leyó en público, refiere Aristeas, quien dirigía, con el amigo Andreas, la delegación enviada a Alejandría.
De su visita a Jerusalén, Aristeas obtuvo impresiones fortísimas, por ejemplo, la visión del sumo sacerdote con el solemne esplendor de su aparato. Hebreo de la diáspora, descubrió del encuentro con sus raíces un motivo de auténtica conmoción. Le sorprendió la pequeñez de Jerusalén respecto a la enormidad de Alejandría, la ciudad donde siempre había vivido. Prudente y sensato, como siempre, encontró ocasión para una reflexión demasiado complaciente con la política interna de los ptolomeos: si en Egipto —pensó—, la gente del campo, esto es, los nativos no tenían permiso para residir en la ciudad más de veinte días, esto se entiende y justifica por el interés del soberano de que no decaiga la agricultura como consecuencia de una excesiva urbanización de los campesinos. Su idea es que los hebreos y los griegos están, conjuntamente, destinados a mandar, mientras los egipcios deben seguir en su ocupación. Igual pensaba Ptolomeo cuando escribía a Eleazar que muchos hebreos habían sido colocados al mando de guarniciones con pagas más altas «para infundir temor a la raza egipcia».
El encuentro de los dos pueblos directivos quedó confirmado por el acogimiento que Ptolomeo reservó a la delegación de los setenta y dos doctísimos hebreos, escogidos en número de seis por cada una de las tribus de Israel. Durante siete días se prolongó el banquete en su honor. Para el soberano fue la oportunidad de afinar su propia educación política mediante una sutilísima casuística que no descuidó nada, ni siquiera el más irrelevante de los problemas relativos a la monarquía. Señal de que el consejo de Demetrio de «procurarse los libros sobre la monarquía y leérselos» no había sido infructuoso.
El rey acosaba a los sabios comensales con preguntas en oleadas de diez al día. «¿Cómo conservar el reino? —preguntaba—, ¿cómo tener conformes a los amigos?, ¿cómo conseguir la aprobación, en los procesos, de los que quedan defraudados?, ¿cómo transmitir a los herederos el reino intacto?, ¿cómo afrontar con equilibrio los imprevistos?», y más. Ellos discurrían una respuesta que fuera a la vez respetuosa, original y conforme a su idea de la extensión de la omnipotencia de Dios hasta el mínimo rinconcito de la existencia humana.
El primer día estaba presente en el banquete un filósofo griego, Menedemo de Eretria, un dialéctico que había frecuentado la Academia platónica antes de unirse a la escuela megárica de su maestro Estilpón. Menedemo, que estaba allí por encargo del soberano de Chipre, no tenía ninguna intención de mezclarse en aquellos debates, francamente, un poco estrafalarios.
—¿Cuál es el colmo del coraje? —apremiaba Ptolomeo—, ¿cómo permanecer impertérrito en el sueño?, ¿cómo llegar a pensar solo cosas buenas?, ¿cómo huir del dolor?, ¿cómo llegar a entender a los demás? ¿Cuál es la mayor negligencia? ¿Y cómo estar de acuerdo con la propia mujer?
Ni ante esta última pregunta los viejos sabios perdieron el ánimo.
—Sabiendo que el sexo femenino es vehemente y audaz —respondió uno de ellos— y, sobre todo, que tiende de modo irrefrenable hacia lo que desea dispuesto a dejarse desviar por un razonamiento equivocado, es necesario tratar a la mujer con mente fría y nunca hacerle frente para no suscitar contienda con ella. Entonces, el rumbo va recto cuando el piloto sabe lo que quiere. Pero invocando a Dios se pilota bien la vida en cualquiera de sus aspectos.
—¿Y cómo emplear el tiempo libre?
—Debe leer, sobre todo —le respondió uno de los viejos, ignorante quizá de que estaba hablando con el dueño de los libros de todo el mundo—, relatos de viajes relacionados con los distintos reinos de la tierra. Así sabrá tutelar mejor la seguridad de sus súbditos. Haciendo esto conseguirá gloria y Dios satisfará sus deseos.
—Observa que, cogidos de improviso con cualquier género de preguntas —dijo Ptolomeo volviéndose hacia Menedemo, curioso por conocer su parecer—, han contestado como exige la razón, atendiendo todos a la intervención de Dios en sus razonamientos.
—Sí, majestad —respondió oportunamente Menedemo, cuidándose bien de disentir—, puesto que todo depende de una fuerza providencial, y asumiendo la premisa de que el hombre es criatura de Dios, efectivamente no me sorprende que el nervio y la belleza de un razonamiento encuentren su principio en Dios.
—Exactamente, así es —concluyó Ptolomeo sin apreciar que Menedemo, en el fondo, había evitado exponer su propio parecer.
«Entonces cesó la discusión —así lo refería la fuente que informó a Aristeas— y todos volvieron a la alegría».
Entre tanto, en los teatros de Alejandría (cuando se instalaron los árabes había cerca de cuatrocientos) se sucedían en alegre promiscuidad dramones históricos, adaptados al gusto de las distintas razas mezcladas en la variopinta metrópoli. Entre los griegos, muchos provenientes de las ciudades de Asia, tenía éxito un drama extraído de la historia de Giges contada por Heródoto. Y es casi superfluo recordar que el elemento picante de la historia —Candaules, obsesionado con la hermosura de la mujer, obliga a su ministro a esconderse en la cámara del lecho para que pueda observar desnudarse a la reina—, aseguraba con el mediocre pastiche el éxito de la reposición. No faltaba quien, por divertirse, llevaba consigo copia de cualquier escena. En los teatros frecuentados por los hebreos hacían furor las llamadas tragedias de un hábil jornalero de la escena, un tal Ezequiel que dramatizaba, en una serie de cuadros destacados por el coro, los episodios más célebres y conmovedores del Antiguo Testamento: la historia de Moisés, la fuga de Egipto, el cautiverio babilónico... Era materia tan fascinante como las historias de harén recabadas de Heródoto, y de algún autor griego que osaba ponerlas en escena. Por ejemplo, Teodectes de Fasélide lo intentó, pero le sobrevino una catarata.
Ahora que los sabios de Jerusalén, la flor y la nata de la doctrina rabínica, estaban en Alejandría y no les agradaba nada esa mezcla de lo sacro y lo profano, se procuró impedir que se representara la historia sacra en los teatros. Sobre todo la que se recitaba, como...




