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E-Book

E-Book, Spanisch, Band 4, 424 Seiten

Reihe: Nuevos Tiempos / Policiaca

Cardona A la vista de todos

Serie de Blecker y Cano 4
1. Auflage 2025
ISBN: 979-13-8768805-9
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

Serie de Blecker y Cano 4

E-Book, Spanisch, Band 4, 424 Seiten

Reihe: Nuevos Tiempos / Policiaca

ISBN: 979-13-8768805-9
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



Un nuevo caso para Blecker y Cano De la autora de Los dos lados, Un bien relativo y La carne del cisne Los primeros brotes de retama han hecho su aparición en el Camino de las Embarazadas y la teniente Blecker se alegra de haber dejado atrás su segundo invierno serrano. Pero pronto se dará cuenta de que la primavera no llega a San Lorenzo cuando se la espera. La aparición del cadáver de una mujer del pueblo, que se había dedicado por entero a su trabajo y a su hijo, pondrá fin a la tranquilidad de que disfrutan los vecinos de la localidad. Mientras intentan aclarar si la muerte ha sido la consecuencia de un robo con violencia, Blecker y Cano tratan también de poner orden en sus propias vidas, que atraviesan momentos de cambio, sin darse cuenta de que el caso tiene mucho más que ver con ellos de lo que les gustaría. Los dos guardias civiles deberán cuestionarse cuán real es la imagen de las personas con las que convivimos día a día. Pues, ¿es la realidad lo que vemos o aquello que construimos para que se ajuste a nuestros deseos? «La gran revelación en el campo de la novela negra española».Paula Corroto, El Confidencial «Teresa Cardona interpela al lector para que se cuestione todos los puntos de vista y se sacuda las verdades absolutas».Celia Fraile, Abc «Teresa Cardona permite pensar por sí mismos a sus protagonistas, dudar, hacerse preguntas. Y construye sus historias con pulcritud en el estilo y la trama». Lorenzo Silva

Teresa Cardona (Madrid, 1973) ha publicado en Francia junto a Eric Damien las novelas negras Un travail à finir y Terres brûlées bajo el seudónimo de Eric Todenne. En Ediciones Siruela han aparecido Los dos lados, Un bien relativo y La carne del cisne, las tres primeras entregas de la serie protagonizada por los guardias civiles Blecker y Cano, ambientada en San Lorenzo de El Escorial. En 2023 recibió el Premio Villanúa Rural Noir a toda su obra.
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1


San Lorenzo de El Escorial, abril de 2017



La teniente Karen Blecker cerró el ordenador y se frotó los ojos. Seguía viendo bien, pero se cansaba si pasaba muchas horas ante la pantalla. Se preguntó por qué se asombraba, pues sabía que la edad afecta a la vista. A lo mejor, se dijo, es por un optimismo intrínseco, o por exceso de confianza en el buen destino de uno mismo, que nos sorprendemos ante los signos de la edad, pero seguimos comprando lotería, aunque las posibilidades de ganar sean ínfimas. Se propuso buscar unas gafas diferentes a esas finitas que se guardan en pequeñas fundas y que venden los supermercados o los chinos, con la esperanza de no convertirse en una de esas mujeres que buscan discretamente unas gafitas que ni siquiera se ponen, sino que usan a modo de lupa para descifrar las líneas y las guardan inmediatamente después con el afán de ganar una batalla perdida desde el principio. El culto a la juventud, en los tiempos del bótox y de las redes sociales, es implacable, por mucho que la población envejezca cada vez más y los años de juventud supongan un porcentaje cada vez más pequeño en relación con la esperanza de vida actual. Sonrió al recordar una frase que había leído, en la que una actriz decía que no se sabía lo que era la discriminación hasta que se cumplían los cincuenta años delante de la pantalla.

Miró por la ventana del despacho, vio que el monte estaba oscuro, y al abrir la ventana le llegó una corriente de aire helado, a pesar de que, en la primavera de San Lorenzo, durante el día, las temperaturas suben hasta permitirte estar en mangas de camisa bajo el sol en la plaza. Recordó las primaveras pasadas en Holanda, cuando trabajaba para la Europol, evocó la exuberancia de la vegetación centroeuropea, y se dijo que la española no tenía nada que envidiarle. Apagó la luz y salió cerrando la puerta.

Del despacho de su segundo, José Luis Cano, salía el murmullo de una conversación. Tocó suavemente, oyó cómo dejaba de hablar y entró. El brigada estaba reclinado en su silla, con las largas piernas estiradas, sin chaqueta delante de la pantalla apagada del ordenador. Se despidió y dejó el móvil sobre la mesa al verla entrar.

—No tenías que haber colgado, perdona —se excusó Karen—. Era sólo para decirte que me iba.

—No te preocupes —contestó él estirándose—, no era nada importante. ¿Has acabado?

Karen asintió y se dejó caer en una silla enfrente del brigada con el abrigo entre los brazos.

—Me iba a subir a casa, si quieres vamos juntos —dijo Cano mientras apilaba unos papeles.

—Estupendo.

Karen hizo un cálculo rápido: ya llevaba casi dos años en aquel lugar al pie de la sierra de Guadarrama. Observó el perfil de Cano mientras recogía y se dijo que nunca habría pensado que llegaría a tener una amistad tan estrecha con un compañero. Su relación con el doctor Maus, su mentor en Colonia, siempre había sido buena, pero diferente, casi paternofilial. Se preguntó por qué pensaba en el doctor Maus como en un padre, pero supuso que se debía a la sensación de haber aprendido a andar bajo su vigilancia, a analizar y a ver las cosas por sí misma, a ser autónoma y a responsabilizarse de sus decisiones. Fue él quien la había dejado acercarse al precipicio para sujetarla después, no sin hacerle antes pasar miedo, que notara el viento del vacío en la cara y lo reconociera más tarde, aunque se disfrazara de brisa. Sin su muerte, no habría pedido el traslado a la Europol en La Haya, no habría conocido a Philippe y no habría acabado, tras pedir plaza en Madrid, en el cuartel de la Guardia Civil de San Lorenzo de El Escorial.

—¿Te pasa algo? —preguntó Cano mientras cogía su chaqueta.

—No, estaba pensando en un amigo.

—A ver si Gonzalo se va a tener que preocupar —dijo divertido.

Karen lo miró extrañada y se dijo que incluso Cano, que era la tolerancia personificada, tenía de vez en cuando unos rasgos paternalistas que la sorprendían. No contestó.

En el mostrador de la entrada se despidieron de la guardia Romero, una joven que llevaba poco más de un año en el cuartel y se había convertido en una magnífica rastreadora. Estaba tecleando unos datos y los despidió con un seco «hasta el lunes».

—¿No está Suárez? —preguntó Karen, extrañada de no ver al guardia desde hacía unas horas.

—Una emergencia, seguro —replicó Cano.

—No, o bueno, sí —respondió Romero—. Anda con las historias de las procesiones.

La teniente no se extrañó, ya que, a pesar de que la Guardia Civil no participaba sino en una procesión, el guardia Suárez ayudaba, a título personal, en muchas de las preparaciones.

—Lo han llamado porque había un «problemilla» —continuó la guardia irónica— con uno de los pasos, pero se ha subido hace dos horas y no ha vuelto a dar señales de vida…

La mujer sólo refunfuñó un poco y Karen pensó que se estaba adaptando al ritmo de la sierra. Cuando ella llegó de la Europol, las ausencias permanentes del guardia también la habían asombrado, hasta que comprendió que Ricardo Suárez era la mejor tarjeta de visita del cuartel de San Lorenzo. Si todo el tiempo que invertía en la población se reflejase como horas de servicio, ganaría el premio, si existiese, al trabajador del año, y tendrían serios problemas con sus horas extras.

Suárez se ocupaba de todas las emergencias del pueblo, conocía San Lorenzo de El Escorial, sus calles y a sus habitantes como nadie, lo que llevaba a que, cada vez que alguien llamaba al cuartel con un problema que habría sido desviado a los bomberos, a los servicios sociales o incluso a los familiares, se enviase a Suárez directamente, pues lo solía resolver de manera pragmática y eficaz, ganándose el cariño incondicional de la gente. Aparecía con las manos negras de cambiar neumáticos, con el uniforme rasgado por subirse a un árbol o meterse entre las zarzas, o, como hacía unas semanas, con un olor a humo que parecía salido directamente de un ahumador. Una anciana que había quedado viuda hacía poco había intentado encender la chimenea un día que nevó y su vivienda se había llenado de humo. Asustada porque sus hijos querían ingresarla en una residencia, y podrían considerar que no estaba capacitada para vivir sola, llamó al cuartel, tartamudeando de miedo, en vez de a los bomberos. Suárez la escuchó, la mandó con un abrigo a la terraza y subió disparado a la casita de la mujer. Abrió el tiro de la chimenea, que se había atascado, acomodó el fuego, retiró la nieve de la entrada y al día siguiente volvió con un deshollinador, un amigo suyo de Segovia, que limpió el tiro. Le llevó un saco de piñas para que el fuego prendiese mejor y le partió la leña en pedazos más pequeños. No hubo que llamar a los hijos, que, cuando llegaron el fin de semana a ver a su madre y se la encontraron ante un alegre fuego, con unas paletillas de cordero en el horno y una bandeja de leche frita delante, no osaron mencionar la idea de la residencia.

Al principio, llegaban para Suárez al cuartel desde jamones hasta cajas de vino, que eran rechazadas como ordenaba la ley de transparencia. Fue una mujer, a la que el guardia había ayudado a llevar a su marido al hospital, la que instauró la costumbre: angustiada porque creía que su marido estaba sufriendo un ictus y su marido se negaba a escucharla, llamó al cuartel. Suárez fue a su casa y con métodos poco ortodoxos de los que después no se habló demasiado llevó a la pareja al hospital, salvándole la vida al antiguo mecánico del Patrimonio Nacional. Agradecida, la mujer se plantó en pleno verano delante del cuartel con una bandeja de dulces, y decidió no moverse del sitio hasta que se los aceptasen. Ante la disyuntiva de detener a la terca anciana, llevarla al hospital por una insolación, o aceptar sus rosquillas, se decidieron por el mal menor. Así, al cuartel de San Lorenzo llegaban pastas, bizcochos y todo tipo de dulces que el guardia compartía con sus compañeros.

—Es un cabrón… —murmuró Romero cuando salían.

Karen y Cano se detuvieron y la miraron atónitos. La guardia, a pesar de ser una magnífica persona, no era simpática, pero normalmente se llevaba muy bien con Suárez y era ella quien lo cubría en muchas de sus ausencias.

—Joder, no se puede ser así —continuó amarga—. ¡Es corrupción! —soltó—. Es fácil decir que no al billete que te ofrecen, porque eso lo rechazo sin pestañear. Pero va el cabrón y me coloca delante una bandeja de torrijas. Coño, que llevo un mes intentando adelgazar…

Karen reprimió una carcajada y se acercó a su mesa, donde la guardia le tendía ya un rollo de papel de aluminio que guardaba en uno de los cajones junto a los formularios de las denuncias. Hizo dos paquetes con algunas torrijas y llevó la bandeja a la esquina que utilizaban de cocina para evitarle la tentación a Romero, que se despidió de ellos con un bufido. Cuando cerraron la puerta, echaron a reír.

—Parece que se va acostumbrando —dijo Cano con lágrimas en los ojos.

—Sí, ya no protesta, sólo gruñe —coincidió Karen divertida.

—¿Te dejo en casa?

—Sí, viene Gonzalo. ¿Y tú?

—He quedado en Madrid con un amigo.

—Ah, parece que va en serio…, ya van tres fines de semana seguidos…

—Ya veremos —cortó el brigada con una sonrisa.

La carretera que subía al pueblo iba bastante llena de coches, muchos de ellos monovolúmenes familiares de veraneantes que utilizaban sus segundas residencias también los fines...



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