Cardona | Los dos lados | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 1, 424 Seiten

Reihe: Nuevos Tiempos / Policiaca

Cardona Los dos lados

Serie de Blecker y Cano 1
1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-19207-01-2
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

Serie de Blecker y Cano 1

E-Book, Spanisch, Band 1, 424 Seiten

Reihe: Nuevos Tiempos / Policiaca

ISBN: 978-84-19207-01-2
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



¿De qué lado están la verdad y la justicia?¿De qué lado estás tú? La nueva voz de la novela policiaca en español. Un inteligente y rotundo debut a la altura de los grandes del género negro. Arde el suelo de granito y solo el rechinar de las cigarras perturba el apacible y familiar verano de San Lorenzo de El Escorial. Sus habitantes, acostumbrados a los rigores de la sierra, se quejan de la ola de calor, resguardándose a la sombra de los antiguos muros del monasterio. Un calor que, sin embargo, no ha acelerado la agonía del hombre que, maniatado en el fresco cuarto de calderas de una casa herreriana entre los pinos del monte Abantos, aparece muerto por deshidratación, con la vista fija en una botella de agua que cuelga del techo a la altura de sus ojos. La teniente Karen Blecker -recién llegada a España tras pasar la mayor parte de su carrera trabajando para la Europol- y el particular brigada Cano comenzarán por esclarecer la identidad de la víctima, a quien nadie de la zona parece conocer. Pero, a medida que avanza la investigación, los evidentes paralelismos con un crimen cometido dos décadas atrás les obligarán también a escarbar en los dolorosos años de plomo del terrorismo y en las afiladas aristas que siempre presenta la verdad cuando se examina desde los dos lados... «Teresa Cardona es la gran revelación en el campo de la novela negra española de este año». Paula Carrotto, El Confidencial «Los dos lados es una novela policiaca empapada de filosofía, profunda y absorbente. Demos la bienvenida a Teresa Cardona, una nueva voz que hará disfrutar tremendamente a sus lectores».Martín Casariego «Este libro ha sido todo un descubrimiento».  La Brújula, Onda Cero «Una potente ficción criminal entreverada por una profunda reflexión ética».  Íñigo Urrutia, Diario Vasco «Novela estupenda, rotunda y absorbente: Los dos lados es una de las grandes sorpresas del género en estos meses».Pedro M. Espinosa, Diario de Cádiz

Teresa Cardona (Madrid, 1973) ha publicado en Francia junto a Eric Damien las novelas negras Un travail à finir y Terres brûlées bajo el seudónimo de Eric Todenne. En Ediciones Siruela han aparecido Los dos lados, Un bien relativo y La carne del cisne, las tres primeras entregas de la serie protagonizada por los guardias civiles Blecker y Cano, ambientada en San Lorenzo de El Escorial. En 2023 recibió el Premio Villanúa Rural Noir a toda su obra.
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1


San Lorenzo, agosto de 2016

La teniente Karen Blecker mantuvo la mirada fija en el ordenador, que parecía reprocharle las dos semanas de ausencia negándose a arrancar. Apretó el ratón varias veces sin conseguir ningún cambio. Con los ojos descansando en el negro, Karen se regodeó en el recuerdo del último fin de semana pasado con Philippe en Bretaña. Aunque de los cuatro días planeados él solo había podido quedarse dos, había merecido la pena. Habían paseado por la playa decorada por las patas de las gaviotas y recogido almejas en la marea baja, no habían tocado ningún tema fuera del aquí y ahora, y habían disfrutado cada instante sin pensar ni cuestionar el ayer ni el mañana. Todo el camino de vuelta a Madrid se había reprochado el no haber preguntado las miles de cosas que estaban en el aire, pero que no quiso expresar en el momento para no romper la magia entre los dos. A lo mejor, si siguiese en Europol y se viesen más a menudo, las cosas serían más fáciles. Karen sacudió la cabeza, obligándose a recordar que fue ella la que pidió el traslado de La Haya a Madrid. Cuando se separó de Max, podrían haberse mudado juntos. Pero Philippe no quiso, o por lo menos no reaccionó a sus indirectas. Cuando le concedieron el puesto a Karen, pudo haberla detenido. Pero no lo hizo y así ella había acabado el invierno pasado en el cuartel de la Guardia Civil de San Lorenzo de El Escorial, San Lorenzo para los lugareños, El Escorial para «los de fuera». Sonrió al recordar las dificultades de orientación que tuvo al principio, hasta que el brigada José Luis Cano se lo había explicado.

—Mi teniente, nosotros no estamos en el pueblo de El Escorial. Primero —levantó el dedo de forma didáctica—, esto no es un pueblo, sino un real sitio. Y lo llamamos San Lorenzo. Algunos afirman incluso que se obvia decir «El Escorial» para diferenciarse de la villa de El Escorial, llamado, por su cota inferior, el «de abajo». Son dos sitios diferentes; es más, existe una rivalidad, que, aunque yo creo que está bastante anticuada, sigue en algunas mentes. Lo más gracioso es que, para los de fuera, San Lorenzo y su monasterio se convierten en El Escorial, uniendo los dos pueblos, que de siempre han estado separados...

La luz entraba a raudales, hacía mucho calor y recordó que el cabo de la entrada le había dicho que el aire no funcionaba. Pensó que los centroeuropeos eran mucho más escépticos que los habitantes del sur con los aparatos de climatización y se acordó de la acalorada discusión entre un italiano de Palermo y un colega de Milán en la que el norteño exigía la limitación del uso de los aparatos de aire acondicionado. El siciliano había argumentado que siempre era mucho más fácil renunciar al aire cuando en la propia ciudad no se pasaba de los treinta, y Karen pensó que lo que en La Haya le había parecido un lujo prescindible, en Madrid lo percibía como un bien necesario. Suspiró y se dijo que las convicciones a menudo estaban condicionadas por el lado en el que se encontrase uno mismo.

El logotipo de la Guardia Civil apareció en la pantalla. Se resignó y volvió a esperar mientras su cabeza volaba muy lejos del calor de San Lorenzo y sentía el viento en la cara. No oyó la puerta y se sobresaltó cuando un hombre alto y casi demasiado delgado, con una prominente nariz quemada, se plantó ante ella.

—¿Teniente? ¿Está usted bien?

El brigada José Luis Cano había sido el elegido en su día como segundo de esa teniente que venía del extranjero. Desde luego que las protestas no eran por ser mujer, claro que no. Todos ellos se lo afirmaban y se lo repetían siguiendo el mantra oficial, el cuerpo no distingue, hay muchas compañeras en el cuartel y no hay ninguna diferencia. Era cierto que el porcentaje aumentaba desde que las aceptaron en 1988, pero, aun así, ni siquiera ocho de cada cien guardias eran mujeres. En los altos mandos el porcentaje era incluso menor, así que cuando en invierno les anunciaron la llegada de una teniente que venía de Europol la sorpresa fue completa. El brigada Cano pasó varias noches en vela preguntándose por qué le había tocado a él sacar la pajita más corta y elucubrando la mejor manera de enfrentarse a su nueva superior. Sonrió hacia sus adentros al recordar sus inquietudes y observó un poco preocupado a la mujer que permanecía con aire soñador ante la pantalla.

—¡Cano! Sí, claro. Estaba readaptándome. Qué alegría verle. Veo que ha tenido mejor tiempo que yo. —Karen recordó que el brigada le había mandado una foto de su lugar de veraneo—. Era una playa preciosa. ¿Dónde ha estado usted?

—Ibiza. Aunque su costa tampoco estaba mal. Parece que le han sentado muy bien las vacaciones.

Cano pensó que la teniente parecía mucho más relajada que a mediados de julio, cuando ambos se fueron. Estaba un poco morena y, aunque no tanto como él, su piel tenía el aspecto sano que dan los deportes al aire libre. Las ojeras habían desaparecido y el pelo, que se había cortado un poco por encima de la barbilla, le daba un aire más juvenil que los cuarenta y pico que debía de tener. Karen sonrió mirando a algún punto en el horizonte de la pared. A lo mejor había ligado, se dijo el brigada Cano con malicia. Iba a añadir algo cuando sonó el teléfono. Contestó y tras escuchar unos segundos colgó. Dejó la mano sobre el aparato y, sintiendo sacarla de su nube, dijo:

—Tenemos un muerto de bienvenida. Si quiere le cuento en el coche.

Cano se sentó al volante, miró la hora y se dirigió a la carretera de Guadarrama para subir a San Lorenzo.

—A esta hora, lo más rápido es pasar por el monasterio —explicó al ver su mirada—. Lo ha encontrado el jardinero, que acababa de volver de vacaciones.

Karen asintió y se preparó para observar la mole de granito que aparecía de repente al cruzar la llamada entrada del pueblo. Nada preparaba a uno para la sorpresa: la subida por esa carretera desde el cuartel no permitía ir habituándose al edificio a medida que se acercaba uno. Irrumpía imponiéndose al resto, obligando a la mente a concentrarse solo en él. Esta mañana el color era rosa palo, pensó. Con los meses había observado que el color de las piedras del monasterio construido por Felipe II cambiaba según la hora y la estación, y que la mayoría de las veces no era gris, como se suponía. Las plazas de aparcamiento, separadas por cortantes bloques de piedra, estaban todavía vacías de turistas y no había cola en la entrada norte. Atravesaron el arco de la universidad y subieron la cuesta hacia el llamado, por encontrarse en la ladera del monte, barrio de Abantos. La mayoría de las casas eran unifamiliares y muchas de ellas de estilo herreriano (paredes revocadas y sillares de granito). Cano subió un tramo y al ver un coche de la policía municipal se dirigió hacia ahí. Un agente acordonaba el perímetro, que cubría parte de la manzana, pero al verles levantó la cinta para que pudiesen aparcar.

—Joder, Cano, pareces un guiri... —El aludido hizo una mueca, el agente carraspeó al ver bajarse a la teniente y puso una voz seria—: Atraviesen el porche y antes de la pradera hay una escalera que baja. Ahí encontrarán al compañero.

Entraron y vieron que los muebles estaban protegidos con fundas de tela. Bajaron a una terraza inundada por el sol en la que la única sombra la daba un enorme castaño a cuyo pie crecían unas flores blancas. Los tiestos estaban mojados, pero el olor a tierra estaba cubierto por un hedor a descomposición. Un joven moreno con un mono azul estaba sentado en un banco de piedra con el policía municipal.

El agente se levantó y señaló una puerta de madera.

—Todavía no han llegado los de la científica —se excusó—. Este es Toño Martín, el jardinero. Ha avisado él.

La teniente asintió, se puso unos guantes y miró a Cano, que soplaba en los suyos.

—Ahora mismo nos cuenta. Vamos a verlo —dijo la teniente.

—Ojo al entrar —dijo el policía arrugando la nariz—, no vayan a pisar la vomitona.

Inclinaron la cabeza para entrar en un cuarto sin ventanas, en penumbra por una bombilla de baja potencia. En el suelo yacía un hombre que, por el olor, debía de llevar unos cuantos días muerto. La mezcla entre descomposición y vómito les provocó una náusea que los obligó a salir a respirar el aire de la mañana. Karen se volvió hacia el brigada, que estaba a su lado con el rostro levantado como si así fuese a recibir más oxígeno. Se llenaron los pulmones de aire, entraron e iluminaron la estancia con la linterna.

Las paredes de piedra rezumaban humedad y Karen se imaginó que, sin el cadáver, debía de oler a cueva, a musgo y a tierra. El muerto estaba en posición fetal, con las manos y los pies atados por una cuerda verde que hacía un contraste macabro con la palidez de la piel. El que lo había amarrado se había asegurado sujetando la cuerda a unas antiguas barras de hierro ancladas en el cemento. El hombre había muerto con la vista hacia el techo y, cuando iluminaron este, vieron una botella de agua mineral que se balanceaba del cable de la bombilla. Salieron del reducto y la teniente se dirigió a su compañero.

—Tántalo.

—¿Perdone? —respondió asombrado el brigada.

—¿No está puesto en mitología griega, Cano?

—Algo, pero Tántalo no me suena.

—¿Y el Tártaro?

—Eso sí —recitó Cano—: el Hades, Sísifo y Prometeo. Pero de Tántalo tengo que pasar.

—Seguro que ha oído hablar de él. Tántalo era un rey que invitó a los...



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