Carlotto | Otro invierno llegará | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 142, 211 Seiten

Reihe: Narrativa

Carlotto Otro invierno llegará


1. Auflage 2023
ISBN: 978-84-18584-93-0
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, Band 142, 211 Seiten

Reihe: Narrativa

ISBN: 978-84-18584-93-0
Verlag: Editorial Alrevés
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Bruno Manera y Federica Pesenti parecen una pareja feliz. Él es un rico heredero del valle cuya fortuna no es del todo transparente, mientras que ella es una mujer vistosa y elegante, heredera de la prestigiosa dinastía Pesenti. Un día cualquiera, Manera empieza a sufrir una serie de ataques intimidatorios que, con el tiempo, se van agravando hasta llegar a temer por su propia vida. Para ayudarlo, solo tiene a Manlio Gavazzi, un vigilante jurado con una existencia desafortunada y con excesos de todo tipo, convencido de que ciertos asuntos se tienen que resolver siempre entre la gente del pueblo. A partir de aquí, el azar empezará a jugar en su contra y nos sumergiremos en un mundo podrido, donde la amistad es una falsedad, el amor una especulación, el matrimonio un campo de batalla y la solidaridad entre compatriotas un simple pacto. Con Otro invierno llegará, Massimo Carlotto nos dibuja una novela de chantajes, corrupciones y engaños, donde todos los personajes parecen tener secretos inconfesables, consiguiendo crear un mundo asfixiante y, lo que es peor, hacernos partícipes de ello.

Massimo Carlotto (Padua, 1956), escritor, dramaturgo y guionista. Considerado uno de los máximos representantes de la novela negra italiana. Además de Il Fuggiasco, novela autobiográfica, entre sus títulos de ficción destacan L'oscura inmensità della morte, Arrivederci amore, ciao i la serie protagonizada por el detective Marco Buratti. Todos sus libros han sido traducidos a numerosas lenguas y son un instrumento para conocer la realidad que nos rodea y, sobre todo, el concepto de justicia, una de sus grandes obsesiones.
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PRÓLOGO


Robi seguía agitando las manos bajo el vestigio de luz de la farola que iluminaba el salpicadero del coche. Parecía un ilusionista ensayando un nuevo truco de magia.

—Para —le advirtió Michi, pasándose el pañuelo por el cuello.

—Estos guantes verdes son ridículos.

—En el supermercado solamente tenían estos —mintió el otro. En realidad había cogido el primer paquete que le había quedado a mano—. Además, es de noche, nadie lo notará.

—Son fosforescentes. Parezco un marciano —insistió Robi, quisquilloso.

Michi rio socarronamente.

—A propósito de fosforescente, ¿te acuerdas de las virgencitas de plástico que el párroco nos traía todos los años de Lourdes?

—Claro. Desenroscabas la cabeza y dentro había agua bendita. Mamá me daba un sorbito cuando tenía fiebre.

Robi se perdió en su pasado, cuando eran niños, y Michi lo dejó hablar. Cuando estaba nervioso había que distraerlo, porque podía complicar las cosas.

Michi lo conocía bien: eran primos, de la misma edad, y habían crecido juntos. A menudo los tomaban por hermanos. Además, compartían el mismo apellido: Vardanega. Los unía un vínculo especial. El uno necesitaba del otro. Robi había comprendido desde pequeño que él no era demasiado listo, pero el primo sí lo era. Siempre sabía qué tenía que decir o hacer, y convertirse en su sombra fue la mejor opción. Michi en cambio había aprovechado la sumisión del otro siempre que había podido, aunque nunca de un modo evidente. Por algo era el listo de la pareja. La gente que los conocía pensaba que se querían con toda el alma, pero no era exactamente así. Entre los dos existía la relación de íntima complicidad que puede nacer entre dos socios. Los lazos familiares y los sentimientos poco tenían que ver.

Michi pensaba, maquinaba, se devanaba los sesos, y Robi no se esforzaba siquiera en comprobar si su primo estaba en lo cierto o si había metido la pata. Tampoco perdió tiempo en pensar cuando Michi le aconsejó que se comprometiera con Alessia Cappelli, la hermana de Sabrina, la joven que no tardaría en convertirse en su mujer.

Alessia era guapa, simpática, buena, pero, como él, no era demasiado lista y a menudo actuaba impulsivamente. Estaban hechos el uno para el otro, y el quinto año de casados se querían todavía con locura, gracias a una buena dosis de inmadurez e imprudencia a la hora de enfrentarse a la vida que lo hacía todo más fácil.

También aquella noche estrellada de mediados de junio, después de un día caluroso y a ratos bochornoso a pesar de encontrarse a los pies de las colinas, Robi había seguido a Michi sin protestar. Primero para robar un coche. Un Fiat Punto, elección obligada teniendo en cuenta que era el único modelo que fueron capaces de forzar y arrancar gracias a las lecciones de Fausto Righetti, conocido como el Riga, el único criminal de cierto prestigio del que podía presumir el pueblo: se había alojado en las cárceles patrias durante un año porque había dirigido una banda de receptadores. No era muy sociable, se dejaba ver poco, y no tenía amigos en el pueblo. Y si los tenía, o vivían a las afueras del valle o se andaban con cuidado para no dejarse ver con él. Precisamente aquella misma tarde habían ido a su encuentro, en el viejo lavadero, para que les entregara una pistola, envuelta en un trapo grasiento de lubricante, que habían alquilado por ciento cincuenta euros. Mientras contaba los billetes, el expresidiario les había pedido que no hicieran gilipolleces.

Después los dos primos Vardanega se habían refugiado al fresco en el bar Taiocchi para tomarse una cerveza y repasar el plan. Habían cenado en sus respectivas casas, en familia, para salir más tarde con la excusa de ir a jugar a billar, una partida a la que se habrían entregado, con entusiasmo y profesionalidad, después de escarmentar al tipo al que estaban esperando acechados en el coche robado. «Una coartada tambaleante, pero siempre es mejor que nada», había deducido Michi, el listo. Un par de meses antes habían rajado los neumáticos del precioso Volvo de su víctima y diez días después habían quemado el coche en el jardín de su chalé. Las llamas habían acariciado la fachada, que todavía no habían vuelto a pintar.

—Podríamos ofrecernos nosotros para pasar un par de manos de pintura —bromeó Robi cuando llegaron unos diez minutos antes.

—Sí, claro —se dijo Michi.

Su víctima venía de la ciudad. Se llamaba Bruno Manera. Hacía poco más de un año que se había casado con Federica Pesenti, una mujer del pueblo mucho más joven que él. Las habladurías habían concluido que se trataba de un matrimonio de conveniencia, ya que el hombre estaba forrado y ella era un bellezón de treinta y cinco años, culta y perteneciente a una familia muy conocida del pueblo, que se había visto afectada durante los últimos años por adversidades económicas. El padre había invertido en Indonesia, y había trasladado allí su empresa de productos químicos para la industria textil que daba de comer a todos en la zona, pero había salido malparado. Fue el primer y último empresario local que apostaba por la deslocalización en Oriente. El resto eligió en parte Europa del Este, pero la mayoría se había quedado para encargarse de las fábricas que emergían en las pequeñas áreas industriales de los cuatro pueblos del valle. Con una sola vía provincial para entrar y salir: para los habitantes el nivel máximo de serenidad era observar el tránsito de camiones.

«Cuando la mercancía circula, circula también el dinero»: una frase pronunciada por quién sabe quién, pero que se había convertido en un clásico. La repetían todos, sobre todo en dialecto. Incluido el párroco, que durante la misa, por pudor, sustituía la palabra «dinero» por «bienestar» cuando invocaba la bendición del Señor sobre sus fieles.

Manera era empresario. Por lo que había explicado su joven esposa a las amigas, que se habían encargado después de informar a todo el pueblo, se había hecho rico comprando, restaurando y revendiendo inmuebles de valor sobre todo en las localidades turísticas.

Él se ocupaba de la tasación y la compraventa, mientras que su primera mujer, una prestigiosa arquitecta, proyectaba y supervisaba las obras. Cuando murió a causa de un tumor, Manera redujo mucho su actividad, pero, de vez en cuando, si se olía un buen negocio, no lo dejaba escapar.

Por lo tanto, al recién llegado lo etiquetaron como uno de los pocos personajes excéntricos que podían contarse en el pueblo, pero solamente hasta que se convirtió en víctima de los primeros actos vandálicos. A partir de aquel momento, la predisposición a la benevolencia cambió y la opinión dominante era que Manera no decía la verdad.

Un rumor alimentado por el mariscal jefe Piscopo, comandante del cuartel de los , que estaba más que convencido, y no desaprovechaba ninguna oportunidad para confirmarlo, de que los problemas habían seguido a aquel hombre desde la ciudad. Y añadía, después de una estudiada pausa, que era evidente que Manera tenía secretos que esconder. Piscopo era un hombretón imponente con unas manos grandes como palas, que los pocos delincuentes del valle conocían bien porque elogiaban con respeto y temor la violencia de sus bofetones. Pero ninguno de ellos había sido interrogado después del episodio de los neumáticos, ni mucho menos después del incendio del coche. El mariscal no creía en los indicios locales y al final el único al que interrogaron fue el propio Manera, el cual, indignado por las sospechas, se quejó con vehemencia ante la fiscalía y el mando provincial del cuerpo de los . Sin que surtiera el más mínimo efecto.

Michi y Robi, Michele y Roberto en el registro civil, no serían nunca sospechosos. No solo porque no tenían antecedentes, sino también porque se les consideraba trabajadores honrados y ciudadanos respetuosos con la ley. Al igual que sus compañeros, frecuentaban los bares, jugaban a billar y salían en grupo para ir a follar con las nigerianas que hacían la calle a las afueras de la ciudad, pero por la mañana se levantaban para deslomarse trabajando, se casaban por la Iglesia y, en el caso de Michi, había dejado embarazada a su mujer en el tiempo previsto. Robi y Alessia parecían tomárselo con calma, pero tal vez era lo mejor: a saber lo que podrían haber engendrado esos dos.

Michi no estaba para nada orgulloso de haber tomado aquella decisión drástica. En aquel momento hubiese preferido estar en el bar con los amigos o en el sofá del salón, acurrucado con Sabrina viendo la televisión, comentando sus programas favoritos con las salidas tontas y un poco subidas de tono que tanto le gustaban. Le encantaba oírla reír, algo que últimamente ocurría pocas veces. En casa se respiraba un aire cargado desde que lo habían despedido. La empresa en la que trabajaba junto a su primo Roberto, que fabricaba uniformes de trabajo, había sido absorbida por un grupo extranjero interesado solamente en conseguir la patente de un tejido ignífugo, y no en seguir con la producción en la zona. De modo que todos se habían visto de patitas en la calle y sin ningún derecho a reclamar, ya que el anterior propietario los había convencido para que se convirtieran en «dueños de sí mismos», en profesionales libres, con IVA y todo. Fuera del valle no faltaba el trabajo, pero ponerse a ir de aquí para allá para trabajar era de pringados. Significaba descender en la escala social, en cuya cúspide estaban los , y el buen nombre de los Vardanega se resentiría. Mejor estar en el paro durante un tiempo, apretarse el cinturón y esperar la oportunidad adecuada....



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