Carrasco | El hombre que casi mató a Hitler | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, 184 Seiten

Carrasco El hombre que casi mató a Hitler


1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-10243-62-0
Verlag: Plataforma
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

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El 8 de noviembre de 1939, apenas comenzada la Segunda Guerra Mundial, Adolf Hitler dio un discurso inusualmente corto en una cervecería de Múnich. Once minutos después de que abandonara el lugar, estalló una bomba que alguien había instalado bajo el estrado. La explosión derrumbó parte del edificio y dejó ocho muertos. De haber seguido allí, con toda seguridad Hitler habría sido asesinado. Jorge Carrasco nos sumerge en un momento crucial del siglo XX y nos descubre la vida de este héroe discreto que se atrevió a hacer frente al horror.

Jorge Carrasco trabaja en el mundo audiovisual y de la comunicación desde 1989. Ha desarrollado numerosas tareas como periodista, redactor, productor, montador, guionista y director. Ha escrito también varios libros de divulgación técnica y artística. En Plataforma Editorial ha publicado, en coautoría con Adolf Tobeña, el ensayo La guerra infinita (2023).
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I. UN ATENTADO MISTERIOSO


8 de noviembre de 1939. Múnich. Baviera. Alemania. Después de un recorrido triunfal por las calles de la ciudad en coche descubierto, Adolf Hitler, caudillo del Tercer Reich alemán, hace su entrada en la cervecería Bürgerbräukeller. Esta gran brasserie ocupa un edificio de varias plantas y algunos anexos, con grandes salas donde se celebraban banquetes, bailes semanales y, también, mítines políticos. Hitler se dispone a celebrar uno de sus más tradicionales discursos de exaltación nacionalsocialista. El motivo es, desde hace quince años, el mismo: conmemorar el fallido Putsch o intento de golpe de Estado que los grupos más radicales de la extrema derecha bávara intentaron en 1923. Entre ellos estaba el Partido Nacionalsocialista, que ahora ocupa el poder y monopoliza el Estado, pero que entonces era apenas un grupúsculo con unos centenares de miembros. Algunos de ellos perdieron la vida en ese acto y los nazis guardan esta fecha para glorificar a sus protomártires. Hitler nunca ha faltado a esa cita, incluso desde que tomara el poder hace más de seis años, en enero de 1933. Seis años en que, todo el mundo lo reconoce, ha dado la vuelta al país y es adorado por su pueblo como su líder, su caudillo, su conductor: el Führer.

Lo único que ha cambiado esta vez con respecto a los años anteriores es que Alemania está en guerra con media Europa desde que, el 1 de septiembre de 1939, el Ejército alemán invadiera Polonia. Es una guerra que aparentemente nadie deseaba. Cínicamente, incluso el propio Hitler se presentaba ante su propio pueblo como un encendido pacifista. La guerra, según él, ha sido promovida por el sionismo internacional. Sin embargo la conflagración estaba ya en la mente de muchos desde la crisis de los Sudetes en el verano de 1938. Por ese nombre se conocía un territorio con mayoría de población de origen alemán que pertenecía al nuevo Estado de Checoslovaquia, surgido tras el Tratado de Versalles de 1919. Hitler llegó al poder con, entre otras, la promesa de revertir este acuerdo considerado humillante para los alemanes. Su política internacional tenía como prioridad la unificación bajo el Reich de todas las poblaciones germanoparlantes y, tras algunos éxitos anteriores, se había fijado en los Sudetes. Los checos se aprestaban a una enconada resistencia militar ante esta importante mutilación de su territorio, con la confianza de que tanto Francia como Rusia activarían el acuerdo de ayuda bélica mutua y les respaldarían. Todo parecía indicar que así sería y estas dos potencias llamaron a sus reservistas, una medida absolutamente excepcional que presagiaba lo peor. El fantasma de una nueva guerra continental se volvió a instalar en la mente de los europeos. Solo la inesperada intervención a última hora de Mussolini, que se ofreció como mediador, con la aquiescencia de Gran Bretaña, forzó la reunión de Múnich. Allí se reunieron las cuatro grandes potencias: Francia, Alemania, Gran Bretaña e Italia, excluyendo a la URSS de manera ofensivamente deliberada, y sellaron la ignominiosa suerte de Checoslovaquia, aceptando entregar los Sudetes a Hitler a cambio del compromiso de que, esta vez sí, sería su última reclamación territorial. Chamberlain volvió a Inglaterra con un pacto personal entre él y Hitler que, decía, aseguraba «la paz de nuestros tiempos».

Pero Hitler no cumplió su palabra. Interpretó que su triunfo en Múnich, donde todas sus exigencias le fueron concedidas, era reflejo del estilo de gobierno de las débiles y decadentes democracias burguesas. La democracia es una forma de gobierno en que los ciudadanos podían discrepar e incluso oponerse a los intereses superiores del Estado. Esto no ocurría en la Alemania del Tercer Reich. El Nuevo Orden hitleriano estaba orgulloso de su totalitarismo. Un sistema donde no se aceptaban las discrepancias, pues el partido y el líder velaban como padres protectores; donde los ciudadanos entendían que la disciplina, la jerarquía y la cadena de mando eran vitales para la eficacia y el progreso del pueblo alemán. El triunfo de Hitler en Múnich era también el triunfo de un sistema totalitario, antidemocrático y antiburgués, que confiaba incondicionalmente en sus líderes, sobre unas democracias decadentes en que sus líderes tenían miedo a sus propios conciudadanos.

Hoy estos hechos nos parecen a todos suficientemente claros. Sabemos que Hitler fue un agresor bélico consciente porque los historiadores así lo han demostrado, pero en la Europa de 1938 las cosas no estaban tan claras. El nazismo alemán era un fenómeno tan nuevo como sorprendente. Para muchos tibios y conservadores, Hitler era un líder extraordinario que había salvado a Alemania del comunismo y recuperado económica y moralmente ese gran país. La revista estadounidense Time incluso le había nombrado «Hombre del Año» en 1938 y hasta se le había propuesto para el premio Nobel de la Paz. Ante este público ignorante y pasivo, Hitler siempre se confesó como un pacifista convencido. Él, afirmaba, nunca provocaría una nueva guerra. El recuerdo de la Gran Guerra de 1914 y sus terribles consecuencias en pérdidas humanas provocaba el rechazo general. También entre el pueblo alemán.

Y lo cierto es que desde que accedió al poder, Hitler había recuperado la economía y también el prestigio internacional de Alemania. Sus anexiones territoriales se habían hecho sin necesidad de violencia armada y eso le permitía seguir presentándose como un pacifista. Incapaces de entender del todo su estrategia, las naciones vencedoras de la Gran Guerra habían ido cediendo a sus pretensiones. El pacto de Múnich había sido su última concesión. Hitler, como expliqué, lo interpretó erróneamente, y en la primavera de 1939 volvió a su política de anexiones: primero se apropió de lo que quedaba de la fragmentada Checoslovaquia, dividiéndola en dos protectorados sin soberanía, y al ver que ni Francia ni el Reino Unido reaccionaban, se propuso hacer lo mismo con Polonia. La excusa era Danzig, el estrecho corredor que permitía a Polonia una salida al mar pero que impedía la conexión terrestre entre Prusia Oriental y el resto del Reich.

Pero esta vez Hitler había calculado mal su jugada. Nunca pensó que la pequeña ciudad báltica y el odioso país polaco pudieran ser causa para que franceses y británicos le declararan la guerra. Más aún cuando, días antes de la ocupación, en un fantástico golpe de efecto, Hitler se aseguró el apoyo soviético mediante un tratado de no agresión hecho público el 23 de agosto. Pero Hitler había lanzado demasiadas pelotas al aire y ya no podía recogerlas de nuevo. Francia y el Reino Unido habían dejado de creer en la palabra del líder alemán y habían terminado por aceptar que la actitud de Hitler iba encaminada a una confrontación. Y en consecuencia pensaron que, en ese caso, mejor cuanto antes, pues conocían que el programa de rearme alemán iba a gran ritmo, pero que estaba lejos de concluirse.

Entre el 1 y el 3 de septiembre de 1939, con gran consternación de la población europea y de la alemana en particular1, la segunda gran guerra nacionalista del siglo XX había comenzado, apenas veintiún años después de terminar la anterior, a la que superaría en horror, crueldad y destrucción.

Pero volvamos al 8 de noviembre de 1939. Contra todo pronóstico, la guerra polaca ha sido breve y exitosa. Esto permitió a Hitler quitarse definitivamente la careta: había dejado de ser el gran «pacifista» y traía orgulloso a la reunión la fulgurante conquista polaca, donde el pequeño pero eficaz Ejército alemán había borrado en cuatro semanas al más numeroso pero anticuado oponente polaco (tanques y Stukas contra cargas de caballería). El reparto del territorio con su antiguo y feroz oponente ideológico, Stalin, le permitía incluso pensar en una rápida paz en el frente occidental si el Reino Unido y Francia aceptaban los hechos consumados.

Estos eran más o menos los pensamientos que rondaban a Hitler las vísperas del 8 de noviembre de 1939. Una compleja situación bélica y diplomática que le hizo llegar a pensar en no acudir a las celebraciones del aniversario del Putsch, pues las condiciones meteorológicas impedían el desplazamiento en avión. No quería estar lejos del Estado Mayor del Ejército mucho tiempo. Pero finalmente cedió a su sentimentalismo y pensó que no podía fallar a los veteranos, a los nazis de primera hora, aquellos que se habían afiliado antes de alcanzar el poder y que habían contribuido con su esfuerzo, su ilusión e incluso sus vidas al gran resurgimiento alemán que él lideraba. Eran una parte de su partido, sus camaradas, a quienes en el fondo despreciaba por su escaso calado intelectual, pero que sabía que eran la base de su poder pues le eran absolutamente incondicionales. Tomó así la decisión de acudir en su tren particular.

No lo sabía, pero esa decisión le salvó la vida. Con intención de volver lo más rápidamente posible a Berlín, en vez de uno de sus celebrados discursos de dos o tres horas de duración, Adolf Hitler comenzó su alocución a las ocho y veinte y la concluyó en menos de cuarenta minutos. A las nueve y nueve minutos abandonó el estrado y rápidamente se dirigió a la estación donde le esperaba su tren privado con las vías despejadas hacia Berlín.

Y fue allí donde el Führer se enteró de la inesperada y desconcertante noticia: apenas unos minutos después de haber abandonado la cervecería, exactamente a las nueve y veinte de la noche, un artefacto había explosionado justo encima del estrado, dejando una montaña de escombros de casi tres metros y causando ocho muertos y decenas de...



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