Carrió de la Vandera | El lazarillo de ciegos caminantes | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 56, 266 Seiten

Reihe: Narrativa

Carrió de la Vandera El lazarillo de ciegos caminantes


1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9007-453-4
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, Band 56, 266 Seiten

Reihe: Narrativa

ISBN: 978-84-9007-453-4
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
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El Lazarillo de ciegos caminantes es un extenso itinerario que va desde Montevideo hasta Lima por Buenos Aires, Córdoba, Salta, Potosí, Chuquisaca y Cuzco. Se trata, por lo tanto, de un libro de viajes, una guía pintoresca y útil, documentada y verosímil. Un libro condimentado con «jocosidades para entretenimiento de caminantes», según su mismo prólogo lo asegura. La obra ofrece una visión muy concreta y exacta de la vida americana durante la colonia. Narra con precisión el ambiente de las ciudades, los usos y costumbres de sus habitantes. Con el mismo realismo relata también la rutina de la vida rural. Hasta hoy se ha discutido la autoría de la obra. Pero aunque se trate de Don Calixto Bustamante Carlos, alias Concolorcorvo, o Alonso Carrió de la Vandera, es indudable que representa un texto testimonial irreemplazable. Aquí el talante picaresco no enturbia la visión precisa y verídica de la vida y usanza de finales del siglo XVIII en las tierras del Nuevo mundo.

La autoría de este libro de Alonso Carrió de la Vandera (España, 1715-1783), inspector del Servicio de Correos entre Montevideo-Buenos Aires y Lima, fue atribuida por casi dos siglos a un mestizo cuzqueño apodado Concolorcorvo, amanuense de Carrió. El lazarillo es un libro de viajes y contiene una de las primeras descripciones de los gauchos, además de constituir una vivaz descripción de la ruta entre Montevideo y Lima con información social, económica, antropológica y lingüística, provista por un observador atento e interpretada desde el punto de vista de europeo.
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La incógnita de El Lazarillo


El Lazarillo de ciegos caminantes, sin ser un libro muy difundido, no es tampoco de aquellos que forman patrimonio exclusivo de especialistas y eruditos. Los iniciados en bibliografía americana, y en general cuantos se interesan por el conocimiento de nuestra propia historia, poseen alguna noticia de esta curiosa producción. Hasta hace poco más de treinta años, era casi desconocida fuera de un círculo restricto de bibliófilos. En 1908 la publicó la Junta de Historia y Numismática Americana. Hoy es nuevamente libro agotado y de no fácil adquisición.

Su título —que trasciende a novela picaresca— se prolonga en un enunciado de materias, cifra o esquema de su contenido principal. El Lazarillo describe «los itinerarios de Buenos Aires a Lima, según puntual observación» y brinda «noticias útiles a los nuevos comerciantes que tratan en mulas». Constituye, pues, un libro de viajes, una guía pintoresca y útil, documentada y veraz, aderezada con «jocosidades para entretenimiento de caminantes», según su mismo prólogo lo asegura. El viaje tiene lugar en la segunda mitad del siglo XVIII, 1771 a 1773, época escasa en tal género de literatura. Pero no es esta circunstancia la que da jerarquía y relieve a la obra. Son evidentes sus valores intrínsecos y su especial categoría. En un prolongado itinerario que va desde Montevideo hasta Lima por Buenos Aires, Córdoba, Salta, Potosí, Chuquisaca y Cuzco, el libro ofrece una visión muy concreta y exacta de la vida americana durante la colonia. El ambiente de las ciudades, los usos, costumbres e industrias de sus habitantes, hallan en estas páginas claro y vigoroso trasunto. Lo mismo puede decirse del campo y de las actividades rurales. Minuciosamente, morosamente a veces, se describen escenas de la vida campestre, las carretas, las arrias y el tráfago rudo de los muleros y trajinantes. Por primera vez también, en la pintura de aquel vastísimo escenario, aparece la sociedad viviente con sus tipos representativos, en su existencia cotidiana y en un marco de exactitud rigurosa. La naturaleza queda incorporada al relato. Aunque éste no abunda en colorido, siéntese la monotonía del llano sin término y la montaña abrupta que trepa el viajero por ásperos caminos de herradura. Los más varios detalles y pormenores naturales despiertan su solícita curiosidad, hasta las industriosas arañas que tejen entre los aromos sus hilos de ocho varas, «resplandecientes como el más sutil hilo de plata». Muchas reflexiones de orden práctico hace el autor sobre la industria del ganado mular, pero le seduce en extremo el espectáculo de las tropas y las extrañas costumbres de los animales. Circula por sus páginas un sentimiento nuevo de la naturaleza, muy ajeno al que traducen hasta entonces las cartas y documentos de la época colonial. Este aspecto de la obra no ha sido considerado hasta hoy, si bien es verdad que El Lazarillo nunca fue objeto de un examen integral, digno de su valor y significado. Tampoco pretenderían llenar ese vacío estas líneas enunciativas y sin ningún propósito crítico.

Pasamos a plantear el problema de la identidad del autor, no aclarado todavía y que representa para los aficionados un curioso enigma literario. El problema del autor, trae consigo el de los motivos que determinaron la publicación de este libro y el sentido verdadero de muchas de sus páginas, especialmente las consagradas a señalar abusos y corruptelas de la administración española.

El Lazarillo de ciegos caminantes apareció en un volumen en octavo menor, como impreso en Gijón, el año 1773. Se cree que la edición fue perseguida en América por las autoridades y es común opinión que los ejemplares conocidos circularon clandestinamente. Quienes se han ocupado de la obra, están contestes asimismo en que el libro fue impreso en Lima y no en Gijón como consigna la portada. El nombre de la imprenta, «La Robada», aludido maliciosamente en el último capítulo, demostraría con evidencia el artificio.

¿Quién fue el autor de El Lazarillo y por qué se imprimió y circuló clandestinamente? En la portada de la edición original, se asienta que el texto fue «sacado de las memorias que hizo don Alonso Carrió de la Vandera en este dilatado viaje y comisión que tuvo por la Corte para el arreglo de Correos y Estafetas, situación y ajuste de Postas desde Montevideo, por Don Calixto Bustamante Carlos Inga, alias «Concolorcorvo», que acompañó al referido comisionado en dicho viaje y escribió sus extractos». Hasta no hace mucho, poníase en duda la existencia real de «Concolorcorvo» que se hacía sospechoso por su «alias» extravagante y los dichos bufonescos de su prólogo. El mismo don Alonso Carrió de la Vandera, digno funcionario colonial, llegado a Buenos Aires en 1771 para el arreglo de correos y postas, no aparecía muy bien identificado. Hoy está probada la existencia de Calixto Bustamante Carlos Inca y perfecta mente documentada la comisión y viaje del visitador Carrió. Pero, con todo, permanecen en la sombra los puntos más interesantes de la cuestión. ¿Fue Calixto Bustamante, alias «Concolorcorvo», el verdadero autor de El Lazarillo? ¿Acompañó, en realidad, al visitador Carrió? ¿Hubo colaboración en este libro y a quién correspondería la parte principal? Los investigadores cuyo aporte documental ha permitido identificar algunos personajes y esclarecer la misión del visitador, no podrían responder categóricamente. El señor Walter Bose llega a la conclusión de que el libro se escribió por Carrió para vengar ciertos agravios de sus colegas en el Perú. Ese habría sido el motivo esencial de la publicación, reducida así «a la reivindicación de un hombre honesto que con ingenio y buen humor se burla de sus enemigos». Algo hubo de todo ello, sin duda alguna, pero es el caso que las alusiones y referencias indirectas, forman la parte episódica y circunstancial —por lo menos atendida la longitud del relato— y cuesta creer que se escribiera todo un libro de viajes, lleno de curiosas observaciones, para zaherir de paso a determinados individuos.

La participación del visitador surge del mismo texto de la portada. Las páginas de El Lazarillo habrían sido extractadas de sus memorias. Cabe también decir que las referencias más antiguas que se conocen, lo dan como autor a Don Alonso. Sin embargo, los autores peruanos y bolivianos que se han ocupado del asunto (René Moreno, Palma, García Calderón), asignan directamente el libro a «Concolorcorvo» suponiéndolo mestizo, o cholo, y no «indio neto» y descendiente de los Incas como él se decía. «Mestizo, retozón y ladino parejo a tantos», le cree Ventura García Calderón. Pero vengamos a cuentas. Este cholo «parejo a tantos», tiene muy a la mano su Virgilio, sabe francés, cita discretamente a Gracián, transcribe muy oportunamente a Quevedo y entre las novelas picarescas, se detiene en la más seria del género, en Guzmán de Alfarache. Parece información muy singular para un cholo del siglo XVIII, por más retozón y ladino que se le suponga.

Ya el general Mitre observó, en sustanciosa nota, que el libro «se escribió por persona erudita y conocedora de las costumbres de la América española». Don Alonso Carrió de la Vandera conocía bien esas costumbres, como que pasó la mayor parte de su vida en funciones administrativas, en México y Perú. Estuvo, además, en Buenos Aires en 1749. Tocante a la educación y cultura que poseyó, lo poco que conocemos de su correspondencia, está escrito en prosa nada vulgar y muestra el gusto por las citas clásicas. Un cotejo detenido de textos, con documentos más extensos, afirmaría la presunción de que El Lazarillo se debe a la pluma del visitador. Quizás una investigación más afortunada nos ofrezca la prueba fehaciente y definitiva.

Por lo que hace a Calixto Bustamante Carlos Inca, «Concolorcorvo», indio neto color de ala de cuervo, o mestizo ladino, veamos la intervención que pudo tener en este libro. Avanzaremos al mismo tiempo una conjetura que nos parece la más verosímil.

Poco sabemos sobre este borroso personaje. Una carta recibida de Lima por el administrador de correos en Buenos Aires, don Domingo de Basavilbaso, el 16 de enero de 1771 —meses antes de llegar el visitador Carrió— recomendaba a su protección y amparo a don Calixto Bustamante Carlos Inca, que se ponía en camino para el Río de la Plata. «Toma la vereda a seguir su derrota para essa ciudad» dice el documento. Este Calixto Bustamante había quedado sin arrimo por la muerte «de su amo el Señor don Antonio Guill y Gonzaga, Presidente que fue del Reino de Chile» y deseaba cambiar de fortuna «porque el temperamento de Lima había salido contrario a su salud». Don Domingo de Basavilbaso y su hijo Manuel, descubrieron con sorpresa que la firma de don Martín de Martiarena, secretario del Virrey del Perú y supuesto protector de Carlos Inca, «estaba contraecha», vale decir, que parecía falsificada. No hay noticia documental de que Bustamante cumpliera su itinerario, pero no es arriesgado suponer que, confiado en la carta que le precedía, llegara a Buenos Aires cuando el visitador Carrió se encontraba en pleno desempeño de sus funciones junto a don Domingo de Basavilbaso y en preparativos para su viaje al Perú. ¿Explicó Bustamante la firma «contraecha» o —de ser culpable— se hizo...



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