Castelar y Ripoll | El suspiro del moro | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 60, 462 Seiten

Reihe: Narrativa

Castelar y Ripoll El suspiro del moro

Leyendas tradiciones, historias referentes a la conquista de Granada
1. Auflage 2010
ISBN: 978-84-9897-673-1
Verlag: Linkgua
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

Leyendas tradiciones, historias referentes a la conquista de Granada

E-Book, Spanisch, Band 60, 462 Seiten

Reihe: Narrativa

ISBN: 978-84-9897-673-1
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Emilio Castelar escribió en 1885 El suspiro del moro: Leyendas tradiciones, historias referentes a la conquista de Granada. También publicó un volumen sobre las historias y leyendas granadinas. En ambas se detiene en el motivo, describiéndolo detalle por detalle como si se tratara de una pintura. En El suspiro del moro. Leyendas, tradicionesEmilio Castelar hace un minucioso relato de la caída del reino de Granada en la España de finales del siglo XV. El topónimo Suspiro del Moro tiene su origen en la leyenda que narra la huida del rey Boabdil. La confrontación entre la derrota nazarí y la conquista de la España cristiana constituyó un tópico literario. Era un leitmotiv cuya finalidad era crear un sentimiento de unión del pueblo frente a lo extranjero y una conciencia histórica.

Emilio Castelar y Ripoll (1832-1899). España. Nació en Cádiz y estudió derecho y filosofía y letras en la universidad de Madrid (1852-1853). Actuó en la vida política defendiendo las ideas democráticas; fundó el periódico La Democracia, en 1863, y apoyó el republicanismo individualista. A causa de un artículo contrario a Isabel II, fue separado de su cátedra de historia de España de la universidad central, lo que provocó manifestaciones estudiantiles y la represión de la Noche de san Daniel (10 abril 1865). Castelar conspiró contra Isabel II y se exiló en Francia, donde permaneció hasta la revolución de septiembre (1868). A su regreso fue nombrado triunviro por el partido republicano junto a Pi y Margall y a Figueras. Diputado por Zaragoza a las cortes constituyentes de 1869, al proclamarse la I república ocupó la presidencia del poder ejecutivo. Gobernó con las cortes cerradas y combatió a carlistas y cantonales. Tras la reapertura de las cortes, su gobierno fue derrotado, lo que provocó el golpe de estado del general Pavía (3 enero 1874). Disuelta la república y restaurada la monarquía borbónica, representó a Barcelona en las primeras cortes de Alfonso XII. Defendió el sufragio universal, la libertad religiosa y un republicanismo conservador y evolucionista (el posibilismo). Emilio Castelar murió en 1899 en San Pedro del Pinatar.
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Capítulo I


Los señores de Solís vivían gozosos en el castillo de la Higuera, cabeza de feraces territorios, allegados por sus progenitores a fuerza de combates y de victorias, que las crónicas recogieran con cuidado en sus sencillos capítulos y los poetas cantaran con arte y armonía en sus cadenciosos romances. Fosos anchos y ceñudas torres a su defensa y resguardo servían; salones decorados por mudéjares artífices a su aposento; siervos fáciles de congregar por el pendón y la caldera señoriales a su defensa; huertas y jardines inacabables a su recreo; y correrías de varía fortuna pero de verdadera gloria magnitud, a su engrandecimiento y a su gloria. Eran los señores aquellos representantes de la conquista cristiana en la incomparable Andalucía; y sus propias preeminencias les obligaban con privilegios, cebo de su soberbia y de su valor, al combate continuo, tan vistoso y regocijante, dados los tiempos aquellos de guerra, como los desafíos, los torneos, y demás fiestas militares de las usadas, antes que por pedirlas el tiempo y la necesidad, por entender el deseo cómo sin ellas no era la vida posible, ni fácil aquel imperio incontrastable, de antiguo ejercido por las añejas costumbres.

La paz volvía después de la guerra en sociedad tan batalladora, como viene después del invierno la primavera en el año, es decir, a modo de una estación alternativa y regular, engendrada por el tiempo y su movimiento continuo, que todo lo cambia y lo transforma. Desde los reyes primeros castellanos, que superaron las empinadas crestas de Sierra Morena y cayeron, como una tormenta sobre las llanuras andaluzas convertidas en edenes de los árabes, podía el menos previsor anunciar el desquite y la reconquista, como legado de unas generaciones a otras generaciones, por la natural solidaridad y perpetuidad irremediables en la duradera vida de los pueblos. En cuanto, al comienzo de la centuria decimotercia, los cristianos alcanzaron la victoria inmortal de las Navas, pudo asegurarse que serían suyas Córdoba, Jaén, Sevilla, y lo fueron a fines del mismo siglo; exaltado es el recuerdo patrio con tales conquistas y con sus compañeras y complemento, Jaén, Murcia, Mallorca y Valencia. Si la debilidad irremediable del principio monárquico, muy quebrantado por la prematura revolución que para fortalecerlo intentara fuera de sazón el rey Sabio, lo consintiera, no pasara tan ilustre siglo sin coronar el cobro de las dos sultanas del Guadalquivir con el cobro de la sultana del Darro. Pero los elementos aristocráticos y su pugna con los elementos municipales entrecogían al general verdadero de la cruzada constante, al monarca, en los remolinos de dos corrientes contrarias y lo paralizaban para el común esfuerzo y para mayores empresas. Sin embargo, ese mismo siglo decimotercio había visto al fantaseador de la incomparable Alhambra confundirse con los cortesanos de la victoria cristiana para respirar a su placer en Granada; y el siglo siguiente había visto más, llegar bajo las enseñas del onceno Alonso a las puertas de África la nación castellana por virtud y merced de la gloriosa victoria del Salado.

No importaba. Puede asegurarse que aquí acabó, en el Salado, la carrera tomada con soberano empuje por Castilla desde su triunfo gloriosísimo en las Navas. Don Pedro el Cruel no se curó sino de combatir con la nobleza capitaneada por sus hermanos los infantes de Trastamara, ensangrentando, más que fortaleciendo, el principio monárquico, en su durísimo reinado de verdadero terror. Muerto en los campos de Montiel, murió de la misma puñalada que lo penetró en el corazón, aquella causa del predominio monárquico, enterrada en la política, impuesta por la usurpación y por el fratricidio, a don Enrique, política de complacencias con la nobleza y de mercedes a su peculio y a sus privilegios. Así, desde mediados del siglo decimocuarto, a fines del siglo decimoquinto, sólo dos guerras se mantuvieron por los cristianos con Granada, guerras, que más bien pueden llamarse, relampagueantes correrías sin resultado alguno, como esas noches eléctricas de estío, en que las chispas culebrean por los horizontes, y no retumba el estampido de un trueno, ni cae una gota de agua. Fue la primera de tales inútiles y lujosas correrías la emprendida por don Álvaro de Luna, cuando privaba con don Juan II, terminada con el combate y triunfo de la Higuerita; fue la segunda la emprendida por, don Enrique IV, limitada en término último a un simulacro, donde apareció el rey de Castilla como un pobre comediante, haciendo de cetro y espada miserables arreos en la representación de una farsa.

Por fin llegaron los reyes Católicos al que podía, llamarse, desde aquel entonces, verdadero trono de nuestra España, por asentarse ya en la unidad indispensable del suelo nacional. Don Fernando parecía traer aquella política un tanto doble, por sus predecesores allegada en Italia, que no excluía de ningún modo el heroísmo; y doña Isabel aquella inquieta y gloriosísima índole de los grandes reconquistadores castellanos, que no excluía la prudencia en ellos. Con los reyes Católicos, debía dilatarse la gente española, después de haber puesto en las torres Bermejas la cristiana cruz y en las altísimas Alpujarras el castellano blasón, por las tierras bañadas del Tirreno en Italia y por las tierras bañadas en Occidente del misterioso inexplorado Atlántico. Así el propósito firme de la reconquista uniría entonces con su empuje soberano los dos cetros, que reunidos, iban a ser como el eje, sobre cuya línea giraba nuestra patria. Los pobres y humildes montañeses confinados por las vencedoras tribus del desierto en los picachos de las cordilleras pirenaicas, después de haber probado suerte tan varia en Clavijo y Calatañazor, en Toledo y Alarcos, acercábanse al deseado logro de seculares anhelos bajo las enseñas de doña Isabel y de don Fernando.

En 1478, concluidas las dificultades varias de estos reyes con Portugal, por la victoria de Toro, al espirar la tregua que los granadinos habían pactado con el rey de Castilla don Enrique IV, y decidirse la guerra de nuevo, por la resolución deliberada en los reyes Católicos de reconquistar el hermoso reino, de su corona separado, comienza esta nuestra leyenda. El castillo de la Higuera cercano a Martos, por Jaén, ardía en regocijo, porque aguardaba el arribo de la vistosa y pujante embajada, desde las riberas del Guadalquivir a las riberas del Darro expedida por los reyes Católicos, y personificada en don Juran de Vera, comendador de Santiago, quien había escogido tan grande habitación, palacio y fortaleza, para pernoctar en su viaje desde Sevilla a Granada. Veíanse por doquier las gentes labriegas adornadas con sus trajes de fiesta, dando vivas repetidos que atronaban los aires a la puerta del castillo; y bajo la torre del Homenaje, los guardias con sus relucientes armas realzadas por el resplandor arrebolado del vespertino crepúsculo; entre las almenas los pajes y las damas señoriales con sus brocados y preseas; mientras, camino adelante, venían los caballeros de Santiago, jinetes en sus caballos cubiertos de hierro; con el manto de su orden sobre las espaldas, que dejaba entrever las damasquinadas armaduras; los cascos por plumajes varios rematados a la cabeza; los signos de su altísima dignidad en la mano; resplandecientes todos ellos de riquezas materiales, como cumplía en aquel acto a tan excelsos señores; y rebosantes de satisfacción moral por los agasajos de sus huéspedes apercibidos a recibirles, cuya grande alegría se manifestaba por salvas y campaneos, difundiendo a largas distancias los ecos alegres de la fiesta. Y cuenta la tradición que allí el embajador Vera prometió por su honor a una dama pronunciar en voz alta, entre grandes loores, el nombre de la Virgen Madre María, bajo los artesonados maravillosos de la musulmana y oriental Alhambra.

Los cristianos, puestos por, decisiones de la voluntad o por mandatos de la suerte, allá en las fronteras árabes, como la familia Solís, gozaban de grande crédito y autoridad entre sus compatricios, a causa de su guerrear continuo y de su continuo padecer, en territorios azotados por un eterno combate. Así el trigo, que sembraban, veíase a las talas expuesto en cuanto resplandecían las maduras espigas con áureas reverberaciones; las parras a los álamos ceñidas, y las pomposas higueras, no podían cargarse de frutos sin caer las manos expoliadoras del husmeador enemigo, dado a imponer, en alardes y encuentros sempiternos un morodeo devastador incesante; no estaba seguro el borrego en su redil ni el buey en su establo, aun después de haber pastado entre vigilantes y centinelas, por el rondar perdurable de aquellos lobos carniceros; con solo mirar a las torres y adarbes y ladroneras de los castillos veíanse las cicatrices en sus superficies abiertas por la guerra; pues, así como tenían los enemigos halcones y buitres aparejados y apercibidos para devastar los palomares y los gallineros del contrario, tenían fronterizos armados para sostener la perdurable guerra. De aquí los cargos conocidos con el nombre de adelantados, y tan dignos y honrosos para los valientes, sus mantenedores, como dignificados y honradísimos por los reyes y por los pueblos. De aquí los adalides, o sean, las sendas vanguardias de los combates eternos mantenidos por los pueblos contrarios en orígenes y en creencias. De aquí los honores dispensados, los territorios concedidos, las riquezas dispendiadas entre quienes mantenían, vigilantes centinelas, guerreros incansables, a la puerta de cada nación, el empuje de las conquistas, en guisa del escollo gigante, combatido a la continua por los férvidos oleajes, y que ofrece a la industria humana bases donde oponer sus contrafuertes y sus muelles a los furores del mar. No...



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