E-Book, Spanisch, Band 3, 320 Seiten
Reihe: Salacious Players Club
Cate Compárteme
1. Auflage 2025
ISBN: 979-13-8778702-8
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, Band 3, 320 Seiten
Reihe: Salacious Players Club
ISBN: 979-13-8778702-8
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Sara Cate es una autora de romance contemporáneo y prohibido, superventas del USA Today. Sus historias son conocidas por sus tramas desgarradoras y un erotismo que pone la carne de gallina. Sara vive en Arizona con su marido y sus hijos, y pasa la mayor parte del tiempo trabajando en su despacho con su goldendoodle junto a ella. Compárteme es el tercer título de la autora en Phoebe tras el arrollador éxito de Compláceme y Contémplame en 2024.
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Regla nº 2
La competencia no es mala
Isabel
Mi marido tiene pinta de ser infeliz…, bueno, me corrijo: tiene pinta de ser feliz, porque a Hunter se le da bien sonreír y disimular si hace falta, pero a mí no me engaña, y puedo ver las expresiones disimuladas de pesar y tristeza que aparecen en su rostro.
—¿No te gusta el filete? —pregunto.
—Sí, cariño, claro que me gusta. —Tiende la mano sobre la mesa y me acaricia los nudillos, y yo correspondo a su sonrisa.
No soy lo que la gente considera la típica buena esposa, y ni siquiera sé qué quiere decir eso. Cuando era más joven estaba en contra del matrimonio, porque pensar en dedicarle mi vida a una sola relación me parecía irracional y desalentador. ¿Cómo podría prometerle a alguien que iba a amarlo solo a él durante el resto de mi vida? ¿Cómo podría prometerlo nadie? No podemos ver el futuro ni saber lo que nos espera a la vuelta de la esquina.
Pero entonces conocí a Hunter Scott. Es muy fácil amar a Hunter: me adora, me complementa, me anima, me inspira y consigue que me enamore de él un poco más con cada día que pasa, así que, por supuesto, quiero que se sienta tan feliz como yo, pero por la forma en que le da vueltas al anillo de boda en el dedo y se muerde el labio inferior sin apartar la mirada de su copa de vino tinto, sé que algo va mal.
—¿Deberíamos haberlo invitado? —pregunto.
Alza la vista hacia mí.
—No. Él entiende que es nuestro aniversario, y, además, estoy seguro de que ahora mismo ya se está acostando con alguien.
Me obligo a ignorar la inquietud que me provoca pensarlo. Drake es un hombre adulto, soltero y guapo, y puede hacer lo que le dé la gana. Pero ¿va a pasarse todo el viaje follando? Sé que no ayuda que nos hayamos tomado estas minivacaciones para recorrer el país y visitar cuatro clubes sexuales, aunque me siento como si estuviéramos llevando a nuestro hijo a Disneylandia. No puedo reprimir una risita al imaginarme a Drake con unas enormes orejas negras de ratón y su nombre bordado en la espalda de la camiseta.
—¿De qué te ríes?
—De nada. Solo me estaba preguntando por qué le hemos pedido a Drake que viniera con nosotros. Es muy probable que lo perdamos por el camino.
—Siempre hace lo mismo cuando nos vamos de vacaciones —ríe.
—Ya deberíamos haber aprendido que es mejor no compartir las casas de alquiler con él —replico, juguetona.
—La verdad es que sí. —Me estrecha los dedos.
—¿Sabes? A lo mejor tendríamos que haberlo invitado a cenar con nosotros. Al fin y al cabo, estaba ahí el día que nos conocimos.
—Ah, ¿sí? —responde Hunter—. No lo recuerdo. Solo te miraba a ti.
Pongo los ojos en blanco e intento ocultar mi sonrojo.
—Para.
—No. Isabel, ese fue el mejor día de mi vida, el primero de muchos. Verte de camino a la biblioteca, cargando con esa pila de libros y con las gafas resbalándose por tu nariz… —Su sonrisa es contagiosa.
—Te estás burlando de mí —contesto.
—No. Hasta recuerdo con absoluta precisión lo que se me pasó por la cabeza en ese momento.
—«¿Quién sigue yendo a la biblioteca?».
—No. Fue «Ojalá pudiera salir con una chica así».
Nos acercamos el uno al otro sobre la mesa para besarnos.
—Y, mira por dónde, conseguiste salir con una chica así.
Cuando vuelve a reclinarse en su asiento, su expresión es seria de nuevo.
—Porque he cambiado.
—No —argumento—. Porque te quiero pase lo que pase.
Juguetea con las mangas de su camisa, tirando de ellas hacia abajo como un hábito para ocultar los tatuajes que van desde su muñeca hasta su cuello. Mi marido parece pensar que ciertas decisiones que tomó entre los dieciséis y los veintitrés años lo hacen indigno de ser amado, y sé que lo avergüenzan.
Cuando lo conocí yo era una virgen de diecisiete años con ojos saltones. Él era un delincuente de veintitrés años cubierto de tatuajes que hacía lo que podía para salir adelante. Vivíamos en zonas muy dispares de la ciudad, nuestros mundos eran muy distintos, nuestros caminos, muy diferentes; pero al final esos caminos se convirtieron en uno y nuestras historias, aunque desiguales, se unieron en un futuro común. De repente, Hunter se aparecía en todos lados; como tenía miedo de asustarme, tardó meses en reunir el valor suficiente para hablarme: sabía que iba a la biblioteca pública al menos tres veces por semana, y cuando por fin se acercó a mí, estaba tan nervioso que temblaba, y eso, en un hombre como él, me pareció adorable.
Hunter nunca me ha dado miedo; a pesar de sus tatuajes y su reputación, su expresión era amable, y la verdad es que yo me había fijado en él mucho antes de que él se fijara en mí, e, irónicamente, me dije que jamás podría salir con un chico como él.
—Te quiero —musito; apoyo el codo en la mesa y la barbilla en la mano, como una adolescente enamorada. Lo que, en cierto modo, supongo que sigo siendo.
Sonríe, y esos dientes blancos y brillantes hacen que un cálido cosquilleo me recorra las entrañas. ¿Por qué tiene que ser tan guapo, tan encantador y sexy?
—Yo también te quiero, pelirroja.
Me ruborizo y sé que mi cuello y mi pecho están aún más rojos que mi pelo.
—Hunter… —susurro, y le rozo la pierna con mi pie. Se tensa, ladea la cabeza y me mira con lujuria—. Vámonos ya a casa.
—La cuenta, por favor —le pide al instante al camarero, y mi sonrisa es tan amplia que me duelen las mejillas.
Oímos los gemidos incluso antes de abrir la puerta principal del diminuto apartamento de dos dormitorios que hemos alquilado en el centro de Phoenix, cerca del club que visitaremos mañana por la noche. Era la opción más lógica, ya que somos tres y, en lugar de pagar lo mismo por dos habitaciones de hotel, podemos tener un piso por el mismo precio.
Pero cuando, al dejar el bolso, oigo lo que parece una mujer en pleno orgasmo me replanteo la cordura de esa idea.
—Cancela el resto de las reservas —bromeo.
—Joder… Lo siento.
—Hunter, no te disculpes —río—. Eres copropietario de un club sexual. ¿En serio crees que esto me afecta?
Me empuja contra la mesa y me arrincona entre sus brazos.
—¿Estás segura de que no te afecta en absoluto? ¿Ni siquiera un poco? —Me besa el cuello, justo debajo de la oreja, y yo dejo escapar un murmullo de aprobación: conoce todos mis puntos débiles.
—Vale…, puede… Un poco…
Me rodea la cintura, me estrecha contra él y murmura junto a mi oreja.
—¿Deberíamos hacerles la competencia.
—Ay, cariño, ya sabes que puedo hacerlo mucho mejor que ella. —Pero entonces se oye el gemido de otra voz femenina y Hunter y yo nos miramos con los ojos como platos—. Ellas —me corrijo.
Hunter me carga sobre su hombro y me lleva al dormitorio; ahí, los gemidos de la habitación contigua suenan más fuerte, así que supongo que estamos pared con pared. Maravilloso…
Me distraigo enseguida cuando Hunter me deja caer sobre la cama y me lleva hasta el borde; le rodeo la cintura con las piernas mientras se quita la chaqueta y se desabrocha la camisa. Me lamo los labios y me deleito con la visión de mi marido tras deshacerse de la prenda blanca de algodón para dejar al descubierto la tinta negra, blanca y roja que lo cubre como una segunda piel.
Con un brusco tirón, me sube el vestido hasta la cintura y me baja las bragas. Suelta un gruñido, se arrodilla y me mordisquea el interior de los muslos. Me retuerzo entre sus brazos cuando alcanza mi centro y lo recorre con grandes lengüetazos, y suelto un fuerte gemido.
—Venga, pelirroja, puedes hacerlo mejor.
Me mete dos dedos y arqueo la espalda, soltando un grito gutural. Su boca es brusca y sus dedos, brutales mientras me chupa y me mordisquea el clítoris.
Me aferro a las mantas; mis zapatos de tacón caen con estrépito contra el suelo de baldosas cuando mi marido hunde la cabeza entre mis muslos y no se aparta ni para respirar hasta que grito de placer una vez más.
Llego a un orgasmo feroz rápidamente, pero antes de que pueda recuperarme, Hunter hace que me ponga de rodillas y se sitúa detrás de mí. Me agarro al cabecero y me preparo: Hunter es muy duro en la cama, y eso es lo segundo que más me gusta de él después de su gran corazón. O quizá es esa dicotomía lo que hace que el sexo sea genial: en persona es cálido, amable y tranquilo, pero en la cama se desmelena y se comporta de forma salvaje, ruda y primitiva. Me gruñe, me ordena y me domina, y sé que me quiere a mí y solo a mí, que me necesita.
—Más alto —exige.
Grito una vez más, y, cuando la cama golpetea contra la pared, juraría que los gritos en la otra habitación han subido de volumen, y, no sé por qué, me pongo a imaginar lo que pasa ahí: veo a Drake cabalgando a esa chica como Hunter lo hace conmigo; veo su cabello rubio hasta los hombros, veo su rostro y me pregunto qué expresión muestra cuando se corre. Siento una oleada de calor y placer por todo el cuerpo y me corro una vez más, aferrada al cabecero y gritando.
Hunter me penetra un par de veces más y gime al alcanzar el orgasmo; cuando abro los ojos, inspiro hondo y reprimo la vergüenza que me atenaza al saber que todavía tengo la imagen de Drake congelada en primer plano en mi mente, y por un instante me imagino que las manos que me están...




