E-Book, Spanisch, Band 4, 340 Seiten
Reihe: Salacious Players Club
Cate Consiénteme
1. Auflage 2025
ISBN: 979-13-8778710-3
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, Band 4, 340 Seiten
Reihe: Salacious Players Club
ISBN: 979-13-8778710-3
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Sara Cate es una autora de romance contemporáneo y prohibido, superventas del USA Today. Sus historias son conocidas por sus tramas desgarradoras y un erotismo que pone la carne de gallina. Sara vive en Arizona con su marido y sus hijos, y pasa la mayor parte del tiempo trabajando en su despacho con su goldendoodle junto a ella. Consiénteme es el cuarto título de la autora en Phoebe tras el arrollador éxito de Compláceme, Contémplame y Compárteme en 2025.
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Prólogo
Hace siete años
Maggie
—Y ahí estaba yo, agarrándola del pelo, los dos a cien. La miro a los ojos y le digo: «¿Por qué no eres una buena chica y me la chupas?». Y antes de que pudiera hacer nada, se había levantado y me había dado un puñetazo.
Casi me atraganto con mi chardonnay. Sentado en la mesa frente a mí, mi amigo Emerson nos está relatando su fracaso más reciente en el dormitorio; a estos tíos siempre les pasa algo: todos los jueves quedamos para tomar algo y cada uno nos cuenta alguna historia sexual extravagante mientras yo me quedo en silencio en un rincón preguntándome cómo he acabado aquí.
Todos los hombres reaccionan con muecas y maldiciones, y yo busco algo para participar en la conversación.
—Me da que no le gustó lo que le dijiste —digo con una risa traviesa y, naturalmente, ellos creen que solo estoy dándole una respuesta sarcástica para seguir con la broma.
—¿Tú crees? —Emerson responde con expresión dolorida, poniendo la cerveza sobre el moratón como si fuera una bolsa de hielo.
Conozco a Emerson desde hace unos cuantos años, cuando organicé un evento para su startup fallida. Después de eso, empezó a trabajar para la empresa en la que todos estamos actualmente y me rogó que me uniera a su equipo. A diferencia de la mayoría de los hombres con los que he trabajado, Emerson no ve mi asertividad como una amenaza; al contrario, me valora por las mismas cualidades que otros desprecian.
Soy una fanática del control, se me da genial tanto delegar como dar órdenes y no permito que nadie me presione o me haga sentir estúpida, y justo por esto acepté trabajar con Emerson.
¿Aborrezco la empresa en la que estamos? Por supuesto. Es un desastre: desorganizada, corrupta y dirigida por absolutos imbéciles.
Pero me encanta trabajar con estos tres. Gente como Emerson, Garrett y Hunter es difícil de encontrar: no menosprecian mis ideas ni me ignoran; me escuchan y, como resulta evidente viendo esta misma noche, me tratan como a una amiga aunque no pueda participar en sus enloquecidas historias sexuales. Tampoco es que me sorprendan: son tres hombres solteros en la flor de la vida.
—A ver, creía que nos entendíamos —comenta Emerson, abatido, tras el fallido intento de ser mínimamente aventurero en el dormitorio—. Parecía bastante pervertida, y estoy convencido de que le gustaba, pero supongo que me equivoqué. Al parecer no es muy fan de la humillación sexual.
Doy un sorbo al vino sin responder a ese último comentario. Quizá debería explicarle a Emerson que no a todas las mujeres les gusta que las degraden: es más probable que las hayan humillado tanto que se hayan acostumbrado a defenderse; o podría contarle a Emerson un pequeño secreto: muchas mujeres fingen más de lo que él cree.
En este caso apuesto a que a ella sí le gustaba Emerson: es guapo y destila seguridad en sí mismo, y tiene pinta de ser genial en la cama, pero si un tío me agarrara del pelo y me hablara así, yo también le daría un puñetazo.
—Joder, tío —comenta Garrett con el ceño fruncido—. Es una mierda que no haya una manera de emparejar a la gente por las perversiones que les molan en la cama. —Todos se ríen de él, pero yo me quedo contemplándolo en silencio—. Hablo en serio, joder. ¿No estaría genial que pudieras conocer a alguien a quien le gustaran las mismas mierdas que a ti? No tendrías que ocultarlo ni avergonzarte de las cosas que te ponen.
Esta vez sí me río porque todo lo que ha contado Emerson podría haberse evitado con una simple conversación con su pareja, y que Garrett piense en serio que una app va a solucionar ese problema es para partirse de risa. Hombres…
—Estás como una puta cabra, Garrett —dice Hunter, sentado junto a su novia, Isabel.
—Qué va —argumenta Garrett—. ¿Quién no tiene alguna fantasía que no ha cumplido porque le da demasiado miedo ponerla en voz alta? A ver, está claro que a Emerson no le cuesta preguntar…
Hay más risas y más burlas, y Garrett resopla porque los demás se toman a broma todo lo que dice. Y, bueno, yo también lo hago, porque lo que propone es fácil de imaginar desde la perspectiva de un hombre: sin vergüenza, sin miedo ni tíos espeluznantes que solo quieren aprovecharse de ti. En un mundo perfecto, una aplicación así sería genial, pero no vivimos en un mundo perfecto, y Garrett no tiene ni idea de lo que supondría algo así para las mujeres.
—Todos hemos hecho un montón de cosas, pero estoy seguro de que hay algo que no os habéis atrevido a sugerir. Venga, confesad.
—Tú primero —respondo, devolviéndole la pelota.
—Está bien —acepta. Se yergue en su asiento y, tras armarse de valor, confiesa—: Me gusta mirar.
Resisto el impulso de poner los ojos en blanco. Por supuesto que sí, y no es ninguna sorpresa, pero como los demás muestran su interés, yo asiento y sonrío. Cuando llega el turno de Hunter, él se sale por la tangente, pero la recatada pelirroja que tiene sentada a su derecha anuncia con orgullo que le gustaría hacer un trío y eso anima la conversación. Yo la felicito por atreverse a ponerlo en voz alta, y entonces todos se vuelven hacia mí y yo niego con la cabeza.
—A mí no me miréis —respondo.
—Vamos, Mags —me anima Hunter, sonriente.
—No, no tengo ningún fetiche, en serio. Soy cien por cien vainilla.
Garrett me mira con los ojos entrecerrados y yo me muerdo el labio inferior para contener mi sonrisa tímida.
—Las calladitas son las peores…
—¿Qué dices? —Me echo a reír.
—Apuesto a que eres la persona más pervertida de esta mesa —bromea, y suelto una sonora carcajada.
Ojalá tuviera razón.
Un par de horas después, nos despedimos en el aparcamiento. Emerson me acompaña al coche, como todas las semanas, y mientras saco las llaves del bolso, se ríe entre dientes.
—A Garrett se le ocurren unas ideas… —comenta.
—Ya lo creo —respondo sin darle importancia.
—Pero esta podría funcionar, ¿no crees?
Llegamos al coche y lo miro fijamente.
—No, no creo.
Parece avergonzado por mi respuesta.
—¿Por qué no?
—Porque no conozco a una sola mujer que se sintiera cómoda dando esa información sin sentirse explotada. En cuanto admitimos que somos un poco pervertidas, los hombres lo toman como una invitación para sobrepasarse.
—¿Y si investigáramos a los miembros y estableciéramos protocolos de seguridad? Eso lo haría más seguro para las mujeres…
Ladeo la cabeza y me encojo de hombros.
—No sé. Supongo que no soy la persona más indicada a la que preguntarle. No soy tan… sexual como vosotros.
—Bueno, jamás se me ocurriría embarcarme en algo así sin ti —responde, y no puedo reprimir una leve sonrisa porque me lo creo. No sé qué es lo que Emerson ve en mí que nadie más capta, pero mi mundo sería un lugar mejor si más hombres pudieran mostrarme tan solo una pizca del respeto que me demuestra él.
—En ese caso, supongo que es genial que solo sea una idea absurda —bromeo; desbloqueo el coche y abro la puerta del conductor.
—No tiene por qué serlo —replica, y yo me quedo paralizada y me vuelvo lentamente hacia él con un mal presentimiento anudado a las tripas.
—No puedes hablar en serio…
—Maggie, seamos sinceros. A la empresa para la que trabajamos le quedan como mucho tres meses, y no quiero pasarme a otro negocio de mierda sin nuevas ideas. Estoy preparado para poner en marcha las nuestras propias. Creo que los cuatro podríamos hacer algo increíble.
Entrecierro los ojos.
—Nos has estado captando a todos para montar un negocio, ¿verdad? Y yo que me he pasado todo este tiempo pensando que éramos amigos… —bromeo.
Suelta una risilla maliciosa.
—Pero me quieres —dice con una sonrisa cursi.
—No, no te quiero —replico, y dejo el bolso en el asiento del copiloto. Me siento y meto la llave en el contacto, y Emerson se apoya en la ventanilla con una sonrisa descarada.
—Dime que me ayudarás. Hablo en serio, Maggie. Creo que esto podría ser algo fabuloso, y no puedo hacerlo sin ti.
Mi lucha interna se apaga un poco y suelto un suspiro. ¿Qué otra opción hay? Tiene razón sobre que la empresa va a quebrar, ya está pasando, y si no me alío con Emerson, me veré obligada a volver a organizar eventos o a trabajar para un imbécil que cree que no soy más que su secretaria, y que solo sé tomar nota de recados y servir café, y me niego.
Lo miro con expresión severa y cedo.
—Vale, pero tiene que ser algo atractivo para las mujeres y no una aplicación para ligar de lo más turbio.
Da una palmada en el coche con una sonrisa.
—Por supuesto. Lo que tú digas.
—Tiene que ser un lugar libre de prejuicios y la seguridad deberá convertirse en nuestra máxima prioridad.
—Estoy de acuerdo —responde con seriedad.
—Aunque no sé cómo vas a mantener seguros a los miembros sin un lugar físico donde reunirse.
Lo digo como una pregunta retórica, pero los ojos de Emerson se iluminan de repente, y vuelvo a sentir esa inquietud…
—Es una gran idea.
—No —contesto al instante.
—Sí —argumenta—, ya tenemos experiencia dirigiendo clubes y eventos.
—Así que ahora quieres abrir un club para que la gente… ¿qué?...




