Cavadia | Las máscaras del miedo | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 196 Seiten

Reihe: Ficción

Cavadia Las máscaras del miedo


1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-128656-9-1
Verlag: Omen Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 196 Seiten

Reihe: Ficción

ISBN: 978-84-128656-9-1
Verlag: Omen Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Un libro emotivo y perturbador sobre cómo los traumas de la infancia llegan a dominar y asfixiar nuestra edad adulta y la huella que deja en el futuro de un niño o una niña un padre autoritario, violento e incapaz de superar sus propias limitaciones. Es también el relato de la metamorfosis de una personalidad maltratada por la violencia y el miedo, una mirada conmovedora sobre la maternidad oprimida por los estereotipos y la historia de un amor que podría haber sido perfecto sin las huellas del miedo que atormentan el presente.

Camelia Cavadia (Bucarest, 1969) es licenciada en Filosofía y Periodismo. Tiene una trayectoria de más de 22 años en televisión y es autora de tres novelas y un libro de relatos, entre ellas Vina (La culpa), que en 2016 se alzó con el premio al mejor libro de debut en el Festival du premier roman de Chambéry, Francia. Las máscaras del miedo es su segunda novela.
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*

Sofía se fue a vivir con George. Demasiado pronto, según David, que seguía sin quitarles ojo. Consideraba que su relación era un error y se enfadaba porque no estábamos de acuerdo con él. No entendía cómo no veíamos lo que para él resultaba tan evidente: ¡ese hombre era un impostor!

—En realidad, ¿qué no te gusta de él? —le preguntaba cada vez que tenía ocasión.

—Se esfuerza demasiado en caer bien.

—¿Cómo sabes que se está esforzando? A mí no me lo parece. Es amable y no hace ningún esfuerzo por ser así.

—¡Venga, déjalo! ¿No lo has visto? Nada lo saca de quicio, nada lo hace descarrilar. Es como un tranvía, empeñado en agarrarse a las vías para no delatarse. ¡Farsante hijo de puta!

—De verdad que no te entiendo. Has desarrollado una verdadera obsesión con este hombre. Si te soy sincera, a veces me asustas.

—¿Tú te crees que su mujer lo dejó por nada?

—No me lo puedo creer. ¿Otra vez con eso?

—Vale, luego no digáis que no os lo he advertido. ¡No me voy a rendir! ¡Os voy a demostrar que tengo razón! ¡Hasta mamá vio qué tipo de hombre es!

—¡Dios, David, eres imposible!

—No me digas que no os lo dije. En fin, déjalo. Quería preguntarte algo. Oye, ¿tú qué tomas para calmarte?

—Cipralex y Calmepam, ¿por qué?

—Por curiosidad. ¿Y se dan con receta?

—Sí, es una receta que solo prescribe el especialista. ¿Por qué me lo preguntas?

—Ya te lo he dicho, es solo curiosidad. ¿Y te encuentras mejor desde que las tomas? ¿Notas que están haciendo efecto?

—Sí. Sí que lo noto. Media hora después de tomarlas siento paz, y no me entorpecen los movimientos ni el habla, ni me dan somnolencia.

—¡Muy bien, me alegro! Entonces, Calmepam.

*

Me preocupaba la aversión de David hacia George. Y era consciente de que la observación de mi madre no había hecho sino alimentar y amplificar sus sospechas. Sus palabras habían provocado que David retrocediera en el tiempo y le atribuyese a George una parte de las anomalías de mi padre. Ya no era capaz de distinguir entre la realidad, lo que mi madre le había transmitido y lo que él mismo creía. Aunque se esforzaba por mantener una cierta amistad con George, lo hacía solo para vigilarlo más atentamente. Aún no había logrado averiguar nada sobre los motivos que le habían llevado a divorciarse de su primera mujer, y eso lo reconcomía mucho. Sin embargo, estaba decidido a enterarse a toda costa. Había conseguido la sentencia, pero no le había aclarado nada; según el documento, el matrimonio se había disuelto de común acuerdo. Había averiguado hasta el número de teléfono de la ex e incluso la había llamado con número oculto, haciéndose pasar por un banco que necesitaba cierta información. No le había sacado nada a la mujer, que simplemente no quería saber nada más de su antigua relación y solo pretendía que la dejaran en paz. David estaba convencido de que ocultaba algo, por lo reticente que se había mostrado y lo rápido que había intentado colgar.

Yo no estaba segura de si debía fiarme de lo que me contaba David, porque en todo momento tenía la impresión de que ya no sabía distinguir la verdad de lo que él pensaba que era la verdad. Por otra parte, David nunca se había equivocado y me resultaba difícil no confiar en sus instintos. Invité a George y a Sofía a casa todas las veces que pude y utilicé cualquier oportunidad para intentar ver si debajo del rostro del hombre amable se escondía algo más. Sin embargo, por mucho que lo intenté, no vi nada fuera de lo común. El hombre era realmente simpático y, aunque yo prestaba atención a todo lo que hacía y decía, no encontraba nada falso ni molesto en él. Sentía un poco de resentimiento hacia David, porque por su culpa estábamos siempre sospechando y, de alguna manera, no me tomaba en serio a George cuando hablaba. Me decía a mí misma: «Está interpretando un papel, él no es así, ¿pero cómo será de verdad?». En cambio, cuando lograba distanciarme un poco y salir de la esfera de influencia de mi hermano, veía en él a un hombre muy agradable.

Por otro lado, mi madre se derretía con George y no se esforzaba en disimularlo. Ahora, echando la vista atrás, veo con claridad que su espectacular renacimiento se debió a él. Mi madre volvió a la vida y empezó a salir cuando lo conoció. Sus ojos cobraron una vivacidad que nosotros no habíamos presenciado nunca. Una agilidad visible acompañaba a sus movimientos y, poco a poco, dejó de quejarse por cualquier cosa. Puede que también se debiera al tratamiento que había seguido, pero intuyo que el hecho de que mi madre floreciera lentamente se debió más a la entrada de aquel hombre en nuestra familia. Estaba más presente que nunca en nuestras vidas, sobre todo en la de Sofía. Y cada dos por tres se pasaba por su casa. Un día les llevaba un bote de mermelada, otro día uno de pisto, y que si una berenjena, un sirope...

—¿A George no le molesta que aparezca tanto por ahí? —pregunté a Sofía.

—No, le divierte. Sabes que es buen chico. Incluso me dijo un día: «Qué simpática es tu madre. Siempre se pasa por aquí. Creo que le gusta verte feliz».

Las razones de mi madre eran las que ella misma nos había hecho saber justo al final del día que lo habíamos conocido, y no se avergonzaba de invocarlas cada vez que tenía la oportunidad. Era incapaz de entender que la simple asociación de George con mi padre podía volvernos hostiles, ponernos en su contra, enemistarnos no necesariamente entre nosotros, sino con nosotros mismos. Yo no comprendía cómo no se daba cuenta de que lo mejor era callarse.

—Le ha tocado esperar bastante, pero por lo menos ha encontrado a un buen chico. Me gusta mucho George. Se parece a tu padre de joven —decía mi madre cada vez que tenía ocasión.

—No lo vuelvas a decir, o por lo menos no nos lo digas a nosotros, ¡guárdatelo para ti! —le suplicaba—. ¿Cómo crees que nos hace sentir? ¿Cómo crees que miramos a George después de escuchar que se parece a mi padre? ¿No te das cuenta de que sin querer provocas en nosotros la reacción contraria? ¿No ves que, en realidad, haces más daño que bien con tus observaciones? ¿No te das cuenta de que pensamos que si mi padre era igual en su juventud y se transformó tanto, puede pasarle lo mismo al novio de Sofía? ¿No comprendes cuánto nos presionas? ¡Ay, mamá!

—¡Pero qué mala eres, niña! ¡No aflojas ni un segundo!

—Tú eres la que no afloja: tu padre para arriba, tu padre para abajo. Este chico no tiene ninguna culpa, pero que no te extrañe si empezamos a mirarlo con rencor, precisamente porque nos vamos a acordar de papá. Te guste o no, solo nos han quedado traumas. Puede que tú tengas también recuerdos bonitos, ¡pero nosotros no! Te lo pido por favor, ¡deja de hablar de él! ¡Por lo menos intenta entendernos! Pronunciando su nombre solo nos haces daño.

—¡Contigo siempre termino discutiendo, niña! —se cabreaba mi madre.

*

Durante los años siguientes me acostumbré a hacer frente a los ataques de pánico y puedo decir que incluso llegué a controlarlos. Tardaron en disminuir en intensidad, pero aprendí a no perder la calma, aunque no sé cómo. Si hacía lo que me había enseñado el médico, me resultaba más fácil. De alguna manera, sus palabras me guiaban y salía antes a la superficie. Sin embargo, en líneas generales, resultó difícil. Fue una lucha con mi propio cuerpo, con esos temores enardecidos que subían de las profundidades. Algunos días barruntaba el peligro de lejos —si bien la mayor parte de las veces los ataques se producían de forma espontánea— y me tomaba los medicamentos con antelación. Algunos meses sentía que luchaba por sobrevivir, pero me habitué al pensamiento de que aquello formaba parte de mi vida.

Puede que fuera el precio a pagar por todo lo que estaba sin solucionar dentro de mí y, al mismo tiempo, la válvula a través de la cual los miedos que me paralizaban salían a la superficie. Puede que, a veces, los desdoblamientos, los resentimientos, la inseguridad y mi propia farsa dejaran de tener sitio dentro de mí y su simple roce provocara reacciones tóxicas, insoportables. Sin ser consciente de ello, echaba humo por dentro como una olla a presión y, cuando rompía a hervir, la ira aprovechaba cualquier fisura para subir a la superficie con una fuerza devastadora.

*

Adam iba al colegio y Thea a la guardería. Por la mañana los llevaba a los dos, más tarde los recogía y llevaba al niño a la piscina y a la niña a ballet y a gimnasia. Fue así hasta que Thea cambió de etapa, y entonces por lo menos los llevaba y los recogía del mismo sitio. Después de clase, iba a buscarlos y los acercaba a las actividades extraescolares. Continuaron con las clases particulares de idiomas a domicilio, lo que me ahorraba algún viaje. Era muy estricta con las notas, con el alto rendimiento. Ya que me esforzaba tanto, quería que lo hiciesen lo mejor posible. Si no lo hubieran logrado, habría pensado que, en primer lugar, era un fracaso mío.

Los años pasaban y yo seguía detrás de ellos. Recógelos allí, llévalos allá. Estaba al tanto de todo lo que hacían en el colegio, estudiaba con ellos, me mantenía al corriente de lo que enseñaban en los libros de texto y tenía la sensación de ir yo misma de nuevo al cole. Sin embargo, estaba harta de la vida que para mí se...



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