E-Book, Spanisch, 240 Seiten
Reihe: Especiales
Cay Johnston Cómo se hizo Donald Trump
1. Auflage 2017
ISBN: 978-84-946452-7-3
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 240 Seiten
Reihe: Especiales
ISBN: 978-84-946452-7-3
Verlag: Capitán Swing Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
David Cay Johnston. San Francisco (EE.UU.), 1948. Es un periodista de investigación y ganador del Premio Pulitzer de Periodismo en 2001, obtenido por su investigación sobre vacíos legales en el sistema fiscal estadounidense, lo que derivó en reformas. Johnston puso de manifiesto cómo grandes compañías como Colgate, Compaq o UPS se habían aprovechado de esos agujeros para cometer fraude fiscal. Tras su investigación, se descubrió que Merrill Lynch había ayudado a Honeywell a ahorrarse 180 millones de dólares. Sobre ese tema, impuestos, escribió durante años para el Times. También ha sido colaborador de Reuters y Al Jazeera, y actualmente escribe en The Daily Beast. Trabajó durante gran parte de su carrera para el New York Times, ha sido presidente de Reporteros y Editores de Investigación (IRE), y es también el autor de varios best sellers del New York Times, como Perfectly Legal y Free Lunch. Ha ganado la Medalla de IRE y el Premio George Polk por sus reportajes de investigación. También imparte clases de Periodismo en el Syracuse University College of Law. David Cay Johnston empezó a hacer la cobertura periodística de la figura de Donald Trump en los años ochenta, cuando trabajaba para el periódico Philadelphia Inquirer, como corresponsal en Atlantic City. En su nuevo libro sobre Trump analiza una vertiente rara vez presentada en la prensa: sus vínculos con la mafia, los traficantes de drogas y los delincuentes.
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Introducción
Cuando en junio de 2015 Donald Trump bajó por la escalera mecánica del vestíbulo de la Trump Tower para anunciar que emprendería la carrera para presentarse a la presidencia, un acto retransmitido en directo por televisión de ámbito nacional, casi todos los periodistas consideraron que su candidatura era un proyecto nacido de la vanidad. Yo no.
Soy periodista de investigación desde los dieciocho años. Llevo desenterrando hechos, viendo cambiar las leyes y, en general, causando muchos problemas por informar haciéndolo para el San Jose Mercury News, el Detroit Free Press, Los Angeles Times, The Philadelphia Inquirer y, al final, The New York Times.
Desde el primer momento he actuado por iniciativa propia cuando he tenido que decidir sobre qué informar. Era un periodista solitario que en la sala de redacción se salía con la suya porque mis reportajes atrapaban a los lectores y tenían grandes consecuencias: una cadena de televisión a la que se prohíbe emitir por manipulación informativa, un hombre inocente que salva la vida en la cárcel cuando localizo al auténtico asesino, Jack Welch renuncia a su pensión de jubilación o sale a la luz el espionaje político y los delitos cometidos por el Departamento de Policía de Los Ángeles junto con agentes extranjeros que intervenían en secreto en la política estadounidense. Estando en el último periódico en el que trabajé gané un Premio Pulitzer por dar a conocer tantas evasiones y resquicios fiscales que un destacado profesor de derecho fiscal me llamó «el principal inspector fiscal de facto de Estados Unidos».
En 1987 me interesé por los casinos cuando el Tribunal Supremo resolvió que los indios norteamericanos tenían derecho a ser propietarios de ellos. Estaba seguro de que aquello supondría la proliferación de casinos por todo el país; casinos, en su mayoría, gestionados por grandes empresas estadounidenses. Fue la única vez en mi vida que solicité empleo. A The Philadephia Inquirer le gustó mi idea, conque en junio de 1988 me trasladé a Atlantic City.
A los pocos días conocí a Donald Trump.
Me pareció una especie de P. T. Barnum contemporáneo que vendiera entradas para contemplar una variante moderna de la sirena de Fiji, uno de los muchos ejemplares de la colección de célebres falsificaciones de Barnum que la gente consideraba que merecía un poco de su dinero. Trump estaba poseído de sí mismo. Enseguida aprendí de otras personas de la ciudad que él apenas sabía nada de la industria de los casinos, incluidas las normas de los juegos. Como se expone en un par de capítulos próximos al final de este libro, ese detalle resultaría ser importante.
En los casi treinta años transcurridos desde entonces, he seguido a Trump con insistencia; he prestado mucha atención a sus negocios y le he entrevistado en muchas ocasiones. En 1990 publiqué la primicia de que en lugar de poseer miles de millones de dólares, como él aseguraba, Trump en realidad tenía un saldo patrimonial negativo y se libró de un caótico desplome que le habría sumido en la quiebra personal solo cuando el gobierno se puso de su parte en lugar de tomar partido por el banco, como se podrá leer más adelante.
Antes de que la tecnología me permitiera digitalizar archivos, acumulé un inmenso tesoro de documentos sobre Trump, como suelen hacer los periodistas de investigación con los temas que les interesan. Tenía tantas cajas archivadoras con documentos sobre Trump y otros estadounidenses destacados (entre ellos, Barron Hilton, Jack Welch y Daryl Gates, el jefe de la policía de Los Ángeles) que durante años tuve alquiladas dos taquillas archivadoras para almacenarlos.
Así que cuando Trump anunció que se iba a presentar a las primarias republicanas para ser nombrado candidato a las elecciones de 2016 sabía que iba en serio. Yo había dedicado décadas a informar sobre él y conservaba todos mis documentos. Además, el periodista Wayne Barrett puso a mi disposición los suyos con toda generosidad.
En primer lugar, sabía que Trump lleva hablando de ser presidente desde 1985. En 1988 se propuso como segundo del presidente George Bush padre, un cargo que recayó sobre el senador Dan Quayle. En julio de ese mismo año le vi llegar a Atlantic City en su yate, el Trump Princess, donde fue recibido por los vítores de la multitud. Un grupo de jóvenes adolescentes femeninas dando saltos chillaba con entusiasmo como si hubiera visto a su estrella del rock favorita. Cuando Trump y su esposa, Ivana, subían por la escalera mecánica de su casino Trump’s Castle, una muchedumbre le aclamaba. Un hombre gritó a pleno pulmón: «¡Donald, sé nuestro presidente!».
También he visto a Trump en el año 2000 presentarse por la lista del Partido de la Reforma de Estados Unidos, una agrupación alternativa cuyos integrantes se cuentan por decenas de miles (en contraposición a los millones que se autodenominan demócratas o republicanos). Fue durante esa breve campaña cuando Trump declaró que acabaría siendo la primera persona que se presentaría a la presidencia y obtendría beneficios con la campaña. Dijo que había llegado a un acuerdo para pronunciar a cambio de un millón de dólares diez discursos en actos de estímulo electoral presentados por Tony Robbins. Coordinó sus apariciones en torno a esos actos de tal modo que la campaña pagara el uso de su avión privado, un Boeing 727. Era el Trump clásico que veía beneficio en todas partes, incluso en la política. Poca gente lo sabía.
También en el año 2016 gran parte del dinero de la campaña de Trump se ha destinado a pagarse a sí mismo el uso de otro avión suyo más pequeño, un Boeing 757, así como su helicóptero, su espacio para oficinas en la Trump Tower y otros servicios provistos por empresas de Trump. Según la ley, Trump debía pagar alquiler por su avión y precios de mercado por los servicios prestados por sus empresas. Esta ley anticorrupción fue concebida para impedir que los proveedores reduzcan el precio de los servicios para obtener favores políticos: el legado de una época en la que nadie imaginaba que un hombre con las supuestas riquezas de Trump se comprara a sí mismo los servicios para campañas electorales. En el año 2016, la ley garantiza que Trump obtenga beneficios con su campaña.
Trump volvió a anunciar su candidatura en 2012. Casi todo el mundo lo trató como un aspirante serio, salvo Lawrence O’Donnell, de la cadena MSNBC, y yo. Por separado, O’Donnell y yo llegamos a la conclusión de que entonces la campaña de Trump no tenía otra finalidad que la de mudarse al 1600 de la avenida de Pensilvania. Su verdadero objetivo, conjeturábamos nosotros, era firmar un contrato más lucrativo con la cadena de televisión NBC para su avejentado programa Celebrity Apprentice, cuya frase característica era: «Estás despedido».
De hecho, cuando Trump abandonó dijo que, en realidad, su programa le necesitaba a él tanto como el país le necesitaba en la Casa Blanca. Apoyándose en eso, los periodistas concluyeron que su campaña había sido una extraña broma. Por eso prestaron poca atención a su anuncio para las elecciones de 2016.
Pero en esta ocasión las cosas habían cambiado. Las cuota de pantalla de Trump estaba de capa caída. Su programa corría el riesgo de desaparecer. Yo sabía que para Trump, un hombre que lee religiosamente los tabloides de Nueva York, el peor destino que pudiera imaginar para sí mismo, cuando no la muerte, sería despertarse una mañana con la siguiente portada en The Daily News y el Post: «La NBC a Trump: “Estás despedido”».
En cuanto Trump lo anunció en el año 2015, me dispuse de inmediato a informar de lo que los medios de comunicación hegemónicos no iban a contar. Escribí un primer artículo donde planteaba veintiuna preguntas que, a mi juicio, los periodistas debían formular sobre la campaña y sus actos. Ni uno solo de ellos lo hizo. Con las primarias ya en curso, el senador Marco Rubio planteó mi pregunta sobre la Trump University y el senador Ted Cruz formuló mi pregunta sobre los negocios de Trump con las familias del crimen Genovese y Gambino, asunto que exploro en este libro. Siempre me quedará la duda de qué habría sucedido si los periodistas y alguno de los dieciséis candidatos que rivalizaba con Trump para convertirse en el candidato nominado por los republicanos hubieran empezado por formular mis preguntas varios meses antes.
Este libro es mi contribución para asegurar que los estadounidenses conocen de Trump una historia más completa que aquella a la que él ha sacado brillo y promocionado con una destreza y determinación tan excepcionales. Trump, que se presenta ante el mundo como un moderno rey Midas, aun cuando buena parte de lo que toque se convierta en escoria, se ha estudiado las convenciones periodísticas y hace gala de más talento explotándolas en su beneficio que cualquier otra persona que haya conocido.
Y lo que es más importante: Trump ha trabajado con idéntico tesón para asegurarse de que pocas personas conocen sus implicaciones de toda la vida con un gran traficante de cocaína, gánsteres, socios de la mafia, estafadores y defraudadores. Lo han demandado miles de veces por negarse a pagar a empleados, proveedores y otros. Los inversores le han demandado por fraude en varias ciudades diferentes. Pero entre las habilidades más sofisticadas de Trump se encuentra su capacidad para desviar o bloquear investigaciones oficiales. También utiliza la amenaza de litigio para disuadir a organizaciones de...




