E-Book, Spanisch, 65 Seiten
Cesana Diccionario de calorías
1. Auflage 2016
ISBN: 978-1-68325-157-6
Verlag: De Vecchi Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Valores nutricionales esenciales
E-Book, Spanisch, 65 Seiten
ISBN: 978-1-68325-157-6
Verlag: De Vecchi Ediciones
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
¿Cuántas veces ha oído la frase «tengo que seguir una dieta de 1.000 calorías» o «no debo pasar de las 1.200 calorías diarias»? Sin embargo, resulta difícil transformar estas cifras en platos concretos. Con este libro no se le planterán problemas de este tipo, pues contiene un diccionario de alimentos que detalla el valor calórico de los productos más comunes, además de un recetario con platos de fácil elaboración donde se indican las calorías por ración. Una obra que facilita las claves para controlar el peso cuidando la alimentación y el cuerpo.
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Generalidades
En los enormes hipermercados norteamericanos, alemanes e ingleses, los productos alimentarios rotulados con el calificativo de «dietéticos» no se limitan a ocupar unos pocos estantes sino que, en la actualidad, llegan a disponer de secciones enteras.
Como en todos los demás ámbitos del consumo masivo, en pocos años se han extendido las superficies comerciales cada vez más vastas y mejor provistas, así como un abanico de productos alimentarios que sufren un ritmo de crecimiento exponencial.
Por otro lado, se ha multiplicado la oferta de consumo alimenticio: a los típicos restaurantes que únicamente ofrecen menús a la hora de la comida y de la cena, se han sumado los locales de comida rápida, abiertos durante todo el día, así como una enorme variedad de bocadillerías, creperías, heladerías… Prolifera el hábito del «tentempié», el consumo de bollería industrial y aperitivos grasientos, siempre al alcance de la mano en bares, quioscos, gasolineras…
Esta situación ha llegado a tal grado, que se ha detectado cierto estancamiento en el mercado de los productos dietéticos, en particular de aquellos destinados específicamente a las curas de adelgazamiento.
La industria farmacéutica y las personas que padecen ciertos problemas de sobrepeso no han sido las únicas en advertir que algo no marcha.
Las primeras señales de alarma han surgido del mundo de la ciencia, la medicina y la economía. A partir de perspectivas distintas y de acuerdo con unos métodos de investigación que no siempre coinciden, se ha hecho evidente la estrecha relación que existe entre el bienestar económico y el auge de ciertas enfermedades conocidas con el sobrenombre de «enfermedades de la civilización»: obesidad, diabetes, arteriosclerosis, hipertensión, que tienen consecuencias más o menos graves.
La cuestión es muy sencilla: comer demasiado es perjudicial. Y además —ateniéndonos al tema de este libro—, engorda.
Está comprobado que, en el 95 % de los casos, la causa del sobrepeso no reside en problemas orgánicos internos, como suelen pensar las personas obesas que anhelan superar su problema mediante una de las múltiples terapias farmacéuticas tan en boga hoy en día. Por el contrario, la causa principal de la obesidad es el exceso de ingesta alimentaria, es decir: un desequilibrio entre lo que se consume y lo que se gasta.
Podría ponerse el símil de la bañera: cuando por el desagüe se pierde tanta agua como la que sale por el grifo, el nivel de agua de la bañera permanece constante; ahora bien, si por el desagüe se pierde mayor cantidad de agua de la que sale por el grifo, el nivel desciende; pero si, !ay!, el grifo proporciona mayor cantidad de agua de la que el desagüe puede evacuar… es evidente: el nivel de la bañera crece, y esta corre el riesgo de desbordarse.
La comparación con la bañera que corre el riesgo de desbordarse es, por desgracia, sumamente apropiada. En realidad, un obeso es una persona que «se ha dejado llevar», o sea, que a pesar de percibir que está engordando, no se atreve a afrontar el problema: se limita a afirmar que se siente bien como está, pues en su fuero interno es consciente de los sacrificios que implicaría contener su ingesta compulsiva. No falta quien se jacta de poseer la «curva de la felicidad», un triste eufemismo que a duras penas puede camuflar la dejadez en materia de nutrición. El gordito simpático e ingenioso forma parte de la imaginería popular. E incluso hay quien defiende su derecho a no cuidar su estado físico, bajo el pretexto de que «ya no debe conquistar a nadie». ¡Seguramente, el cónyuge no comparte su opinión! Y es que no siempre resulta fácil percibir que el nivel del agua de la bañera, insidioso, va creciendo: día a día, gramo a gramo, hasta que se ha convertido en un auténtico problema de salud.
Una vez se alcanza este punto, resulta inevitable acudir a la consulta del dietista: el sobrepeso ya resulta excesivo y el antiguo «buen humor» que se les suponía a los orondos y barrigudos se ha convertido en irritación, pesadez e incomodidad. Nuestro vestuario se nos queda pequeño, eludimos mirarnos al espejo e incluso temblamos ante nuestro reflejo en los escaparates. En el caso de los adolescentes, los efectos psicológicos son mucho más dramáticos: basta con aludir a los estragos que causan los llamados «trastornos de la alimentación», como la anorexia y la bulimia.
Llega un momento en que la necesidad de ponernos a dieta se deriva no sólo de una mera cuestión de peso, sino de las consecuencias negativas que este tiene para la salud en general: dolores en las articulaciones, varices, trastornos ginecológicos y cardiovasculares, etc. Ante determinadas situaciones, el consejo médico es tajante: «Es imprescindible que baje de peso; de lo contrario…».
Sea como fuere, no hay que cargar las tintas hasta generar complejos de culpa. ¿A qué nos referimos, cuando decimos que alguien «come demasiado»? Exceptuando a los auténticos crápulas, la mayoría de las personas entradas en carnes no suelen tener la impresión de comer demasiado. Es más, suele darse el fenómeno contrario: «¡pero si apenas como lo que un pajarito!», exclaman. Con frecuencia, los obesos no saben a qué achacar su sobrepeso.
Es entonces cuando se activa un mecanismo de autodefensa, consistente en atribuir el problema a una disfunción orgánica (hormonal, incluso) que puede combatirse sin necesidad de alterar en lo más mínimo los hábitos alimentarios y el estilo de vida que suele agravar el cuadro general: sedentarismo, estrés… Todo, antes que emprender una dieta, sinónimo de sacrificios sin cuento y padecimiento ilimitado.
Lo cierto es que la convicción de no comer en exceso es, antes que una realidad objetiva, una sensación subjetiva: no comemos demasiado «en comparación con los demás»… Pero es que no todas las personas son iguales: cada cual posee un metabolismo único, al igual que un tono de la voz o un modo de caminar. Los mismos alimentos, en las mismas cantidades, pueden ser asimilados de muy distinta manera por dos personas, una delgada y la otra obesa. Pero, mientras que a nadie le sorprende que una persona necesite recurrir a los laxantes para mantener cierta regularidad intestinal mientras otra no debe echar mano de ellos, o bien una señora requiera veinte minutos para secarse el pelo y a otra le baste con diez, no ocurre lo mismo con la comida: dado que se trata de un placer, no es plato de buen gusto tener que admitir que nuestro cuerpo tiene bastante con una cantidad muy inferior a la que precisan los demás.
Baste con un ejemplo: para recorrer los mismos kilómetros y a la misma velocidad, por ejemplo 100 km/h, un utilitario consumirá de 7 a 8 litros de gasolina, mientras que un deportivo de gran cilindrada puede necesitar de 13 a 14 litros. Esta discrepancia a la hora de optimizar el «alimento carburante» por parte del organismo depende de un número variable de factores, entre los que se encuentran ciertos componentes genéticos.
A continuación analizaremos otros elementos que pueden afectar al sobrepeso.
Algunas causas del aumento de peso
La actividad física
La cantidad de alimento que se puede ingerir es proporcional a las ocasiones en que podamos consumir este «alimento carburante»: es evidente que, cuanto mayor sea la actividad física que desempeñemos, más elevada será también la tasa de ingesta tolerada sin que redunde en un aumento de peso.
Sin ulteriores consideraciones acerca del problema de la obesidad y las enfermedades relacionadas con ella, en una sociedad desarrollada esta cuestión obedece no sólo a una mayor oferta de alimentos, sino también a una clara disminución del ejercicio cotidiano: no nos engañemos, el sobrepeso es consecuencia directa del sedentarismo. Dejando a un lado la práctica del deporte, no hay que olvidar que hasta hace unos años los medios de transporte privado no estaban tan extendidos.
Engordar es un problema típico de personas que, en cierto momento de su vida, han podido o han tenido que disminuir su movilidad de un modo drástico. Es el caso de quien ha cambiado los viajes en autobús, con las consiguientes caminatas hasta la parada, por el trayecto en coche desde su propio garaje hasta el garaje de la oficina, y viceversa. O la implantación generalizada del ascensor, que desplaza el sano ejercicio de subir escaleras. Y, teniendo en cuenta que los hábitos alimentarios deben hallarse en justa correspondencia con el estilo de vida que se observa en cada momento, si la reducción de la movilidad no conlleva un descenso en la ingesta de alimentos, la obesidad está a la vuelta de la esquina.
Comer es un placer
Queda fuera de la intención de este libro analizar las numerosas y complejas motivaciones de todo tipo que han acabado por transformar el mero hecho de satisfacer una necesidad fisiológica primaria como el comer en una actividad cargada de implicacaciones psicológicas y culturales en la que se dan cita la imaginación, la cultura, la investigación científica…
En cualquier caso, no hay que olvidar que los mecanismos biológicos que regulan las sensaciones de hambre, sed y saciedad, presentes también en los animales, en el ser humano se ven sometidas a toda suerte de interferencias de carácter psicológico y cultural. Para entendernos: en el hombre, lo primario (la necesidad de sobrevivir) se encuentra permanentemente sometido a la mediación de lo secundario (la libertad de elegir cómo hacerlo).
Estudios recientes demuestran que, en las personas obesas, el comportamiento alimentario está determinado, sobre todo, por...




