E-Book, Spanisch, 472 Seiten
Ciccarelli Iskari
1. Auflage 2019
ISBN: 978-84-16858-96-5
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Algunas historias pueden cambiarlo todo
E-Book, Spanisch, 472 Seiten
ISBN: 978-84-16858-96-5
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
Kristen Ciccarelli nació en la península de Niágara, en Ontario, Canadá, donde creció en el viñedo de su abuelo. Tras dedicarse a la panadería, trabajó de librera y de alfarera, y en la actualidad se dedica enteramente a escribir. Iskari (Nocturna, 2018) es la primera parte de una trilogía de libros independientes, todos ambientados en un mismo mundo fantástico, cuyos derechos se vendieron meses antes de su publicación en más de una docena idiomas. En palabras de la autora, escribió Iskari para la chica que solía ser (y que a veces todavía es).
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Dos
Normalmente, después de una cacería, Asha se bañaba. Quitarse la sangre, el sudor y la arena del cuerpo era un ritual que la ayudaba en la transición de ese mundo duro y salvaje al otro lado de los muros del palacio a una vida que se le ceñía alrededor de las costillas y la exprimía como un fajín demasiado apretado.
Aquel día, sin embargo, se saltó el baño. A pesar de la convocatoria de su padre, burló a los guardias y se dirigió a la enfermería, una habitación blanqueada que olía a cal donde se guardaban las medicinas. La luz del sol se derramaba por la terraza abierta, iluminando el mosaico con patrones florales del suelo y pintando de amarillos y dorados los frascos de terracota de los estantes.
Ocho años atrás, se había despertado en aquella misma habitación después de que Kozu, el Primer Dragón, la quemara. Lo recordaba con toda claridad: estaba tumbada en una camilla con el cuerpo vendado y una horrible sensación de opresión en el pecho que la aplastaba como una losa y le aseguraba que había hecho algo horrible.
Se sacudió de encima ese recuerdo y franqueó la arcada. Se desabrochó la armadura y los guantes y se los fue quitando pieza por pieza; a continuación, dejó el hacha en lo alto del montón.
Uno de los peligros del fuego de dragón —además de que te derretía la piel hasta el hueso— era su toxicidad. La quemadura más pequeña podía matarte por dentro si no se trataba correctamente o si se hacía demasiado tarde. Una quemadura grave, como la que ella había sufrido ocho años antes, tenía que tratarse en el acto e, incluso entonces, las posibilidades de que la víctima sobreviviera eran escasas.
Asha conocía un remedio para eliminar las toxinas, pero el tratamiento exigía tapar la zona afectada durante dos días, tiempo del que no disponía. Su padre la había convocado y lo más probable era que ya se hubiera enterado de su regreso. Disponía de unos brevísimos instantes, no de días.
Abrió unos armarios y sacó tarros llenos de raíces y cortezas secas en busca de un ingrediente en particular. Con las prisas, se valió de la mano quemada y, en cuanto agarró el suave frasco de terracota, el dolor la abrasó y la obligó a soltarlo.
El frasco se estrelló contra el suelo y se rompió, provocando un estallido de trozos de barro rojos y vendas de lino.
Soltó una maldición y se arrodilló para recoger aquel estropicio. Tenía la mente tan ofuscada por el dolor que no se dio cuenta de que alguien se arrodillaba a su lado y la ayudaba a recoger los pedazos.
—Ya lo recojo yo, Iskari.
La voz la sobresaltó. Alzó la vista y se encontró con un collar plateado y una maraña de pelo.
Vio cómo las manos del chico barrían aquel desastre. Conocía aquellas manos pecosas. Eran las mismas que le llevaban las bandejas de la cena a Jarek. Las mismas que le servían a ella el té con menta en sus copas de cristal.
Se puso tensa. Si el esclavo de su prometido se encontraba en el palacio, este último también debía de estarlo. Jarek debía de haber regresado de las tierras baldías, adonde lo habían enviado a supervisar las negociaciones de Dax.
«¿Es ese el motivo de que mi padre me haya mandado llamar?».
Los dedos del esclavo se quedaron quietos de repente. Cuando Asha levantó la vista, lo pilló mirándole la quemadura.
—Iskari… —El chico frunció el ceño—. Tenéis que curaros eso.
El enfado llameó por su cuerpo como un fuego recién avivado. Ya sabía que tenía que curárselo. Ya lo estaría haciendo si no hubiera sido tan descuidada.
Pero tan importante como tratarse la quemadura era asegurarse del silencio de su acompañante. Jarek solía utilizar a sus esclavos para espiar a sus enemigos, así que, en cuanto despachara a aquel, iría corriendo a su amo y se lo contaría todo.
Y, en cuanto Jarek se enterara, su padre también lo haría.
Y, en cuanto su padre lo supiera, sabría que había estado contando viejas historias. Sabría que seguía siendo la misma chica corrompida de siempre.
—Como le cuentes esto a alguien, skral, lo último que verás será mi cara mirándote desde lo alto de la palestra.
La boca del chico se convirtió en una línea recta y su mirada se clavó en el mosaico a sus pies, en el que elegantes namsaras —flores del desierto poco comunes que curaban todo tipo de males— se repetían por el suelo formando un patrón elaborado.
—Perdonadme, Iskari —dijo, mientras sus dedos continuaban barriendo los fragmentos de terracota—, pero se supone que no puedo acatar vuestras órdenes por mandato expreso de mi señor.
Los dedos de Asha apuntaron hacia el hacha, que estaba en el suelo contra la pared, junto al resto de su armadura.
Podía amenazarlo, pero eso lo incitaría a tomarse la revancha y a divulgar sus secretos. Sería mejor sobornarlo.
—¿Y si te doy algo a cambio de tu silencio?
Los dedos del chico se detuvieron sobre la pila de fragmentos.
—¿Qué te gustaría?
La comisura de su boca se curvó hacia arriba mínimamente y a Asha se le erizó el vello de los brazos.
—No tengo todo el día —le instó, de pronto incómoda.
—No —convino él, y su sonrisa se fue difuminando conforme contemplaba su piel quemada y en carne viva—. No lo tenéis. —El cuerpo de Asha comenzaba a temblar por la infección—. Permitidme pensarlo mientras os curáis.
Lo dejó allí. En realidad, la tiritera le preocupaba, así que, mientras el esclavo terminaba de recoger el estropicio, volvió a los estantes y encontró el ingrediente que necesitaba: ceniza de hueso de dragón.
Era igual de mortal que el fuego, pero envenenaba de manera diferente; en lugar de infectar el cuerpo, le extraía los nutrientes. Nunca había visto a nadie morir así, pero había una vieja historia sobre una reina dragón que quería dar una lección a sus enemigos, para lo cual los invitó a palacio como huéspedes de honor. Cada noche les ponía una pizca de ceniza de hueso de dragón en la cena y, de este modo, la mañana de su partida fueron hallados muertos en sus camas. Sus cadáveres estaban huecos, como si les hubieran extraído la vida.
A pesar del peligro que entrañaba, si se empleaba la cantidad exacta y en combinación con las hierbas adecuadas, el hueso de dragón era lo único que podía eliminar las toxinas del fuego, precisamente por sus cualidades extractoras. Descorchó el frasco y midió la cantidad.
Un buen esclavo se distinguía por prever lo que había que hacer antes de que se lo pidieran, y Jarek sólo compraba lo mejor de lo mejor. De modo que, mientras Asha reunía los ingredientes y luego los machacaba y los hervía hasta formar una gruesa pasta, el esclavo de su prometido hacía jirones el lino e iba elaborando vendas.
—¿Dónde está? —le preguntó ella sin dejar de remover, intentando acelerar el proceso de enfriado. No hacía falta que mencionara el nombre de Jarek, el esclavo ya sabía a quién se refería.
—Durmiendo a causa del vino. —Dejó de desgarrar el lino para mirarle las manos—. Creo que ya está bastante frío, Iskari.
Asha posó la vista en el mismo sitio que él: sus manos temblaban de manera descontrolada. Soltó la cuchara y se las llevó a la altura de la cara para mirárselas.
—Ojalá tuviera más tiempo…
El esclavo le quitó el frasco con perfecta calma.
—Sentaos —le indicó, y le señaló el tablero de la mesa con la barbilla. Como si él estuviera al mando y ella debiese obedecerle.
A Asha no le gustaba que le dijeran lo que tenía que hacer, pero aún le gustaba menos aquel violento temblor. Se aupó a la mesa con una mano mientras el chico sacaba una cucharada de pasta negruzca y soplaba con delicadeza hasta que dejó de humear. Luego ella posó la mano quemada en el muslo y él le untó la pasta granulosa con la cuchara en la palma despellejada y en los dedos llenos de ampollas.
Asha silbó entre dientes al sentir la quemazón. El chico se detuvo más de una vez, preocupado ante los sonidos que hacía, pero ella lo alentó a que continuara con un asentimiento. A pesar del horrible olor, como a huesos quemados, notaba que la ceniza hacía efecto: un frescor penetrante que se iba extendiendo hacia fuera y le aliviaba el dolor abrasador.
—¿Mejor?
El esclavo mantuvo la mirada baja mientras le soplaba a la siguiente cucharada.
—Sí.
Cubrió la quemadura dos veces más y cogió la primera tira de lino.
Sin embargo, cuando fue a ponérsela, ambos vacilaron. Asha se retiró mientras él se cernía sobre ella y se paraba en seco. El lino blancuzco se quedó colgando de sus manos como un dosel conforme el mismo pensamiento cobraba vida en sus mentes: para vendarle la quemadura, tendría que tocarla.
Un esclavo que tocara a un draksor sin el permiso de su amo podía ser condenado a pasar tres días en las mazmorras sin comida. Si la ofensa era más grave —tocar a un draksor de alto rango, como Asha—, también sería azotado. Y en el rarísimo caso de que el roce fuera de carácter íntimo, como una relación amorosa, al esclavo lo mandarían a morir en la palestra.
Sin el permiso de Jarek, el esclavo no la tocaría, no podía hacerlo.
Asha se acercó para coger el lino e intentar vendarse la mano ella misma, pero él lo apartó, por lo que no le quedó más remedio que observar en silencio cómo el chico retomaba la tarea de manera lenta y concienzuda, evitando con agilidad que sus manos se rozaran en todo momento.
Levantó su cara larga...




