Cima | Me despertaré en Shibuya | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 372 Seiten

Reihe: Otras Latitudes

Cima Me despertaré en Shibuya


1. Auflage 2020
ISBN: 978-84-18451-00-3
Verlag: Nórdica Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 372 Seiten

Reihe: Otras Latitudes

ISBN: 978-84-18451-00-3
Verlag: Nórdica Libros
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Cuando Jana, de diecisiete años, llega a su soñado Tokio, desea quedarse para siempre. Pronto se convence de las consecuencias imprevisibles que eso puede tener. Se encontrará encerrada en el círculo mágico del bullicioso barrio de Shibuya. Mientras la versión joven de Jana deambula por la ciudad, vive situaciones extraordinarias y busca su camino de vuelta a casa, la Jana de veinticuatro años estudia Japonología en Praga, aspira a conseguir una beca en Tokio y, junto con un compañero de estudios, se rompe la cabeza con la traducción de un cuento japonés. Escrita con una lengua amena, fresca y coloquial, la primera novela de la joven japonóloga trata de la búsqueda de un camino hacia una cultura distinta, de la ambigüedad del mundo real y de la trampa de un sueño cumplido.

Anna Cima (Praga, 1991). Nació en Praga en 1991 y estudió la especialidad de Estudios Japoneses en la Facultad de Humanidades de la Universidad Carolina. En la actualidad vive en Japón, donde se dedica al estudio de la literatura japonesa de posguerra. Aparte de a la escritura, se dedica al dibujo y la música. La novela Me despertaré en Shibuya es su debut.
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PARTE PRIMERA

PRAGA

1

No me apasiona charlar con las chicas. Lo que dicen es un rollo. Me da igual lo que haga su perro. No me interesa si su chico tiene los ojos tiernos y profundos. O si por fin han empezado a vender el protector labial americano de la cajita redonda en las droguerías.

Las chicas hablan una y otra vez de lo mismo. Así era en el insti, en la uni es igual. Tienen la necesidad de sorprenderse las unas a las otras y demostrarse eternamente que son mejores o más interesantes que las demás. Como si la vida fuera un gran concurso. Un concurso de belleza, de a ver quién es más inteligente, quién tiene el jersey más bonito hoy, a quién miran más los tíos, quién piensan los chicos que es más graciosa y con quién quieren pasar más tiempo.

Kristýna es igual en muchos sentidos. Pero como nos conocemos del insti, es una de las pocas chicas que consigo tolerar, aparte de a mí misma. Tiene el pelo rosa y en su tiempo libre participa en un movimiento que intenta demostrar que el baile en barra en realidad es un deporte refinado. Aparte de eso, se dedica a desarrollar una medicina para curar el cáncer. Se pasa la mayor parte del día en el laboratorio, donde trabaja en una investigación secreta de la que no le puede revelar nada a nadie. Luego no es de extrañar que por la noche se ponga boca abajo en la barra.

Kristýna es excéntrica. A los chicos les gusta, pero al final su vehemencia y su inteligencia siempre los ahuyentan. De una chica con el pelo rosa, realmente, uno no espera que por las noches, en lugar de ver juntos una película, prefiera resolver ecuaciones químicas. A veces pienso cómo es posible que Kristýna no consiga encontrar a nadie que esté bien. Probablemente, ni siquiera sabe qué aspecto debería tener la pareja ideal. La culpa es de su padre, que huyó a Sri Lanka cuando ella tenía quince años. A Kristýna, durante toda la pubertad, le ha faltado un modelo masculino.

El padre de Kristýna, en Sri Lanka, se convirtió en monje budista, lo que no es precisamente la imagen ideal de la masculinidad. De vez en cuando, se le aparece en sueños cuando necesita que haga algo por él aquí o para desearle feliz cumpleaños. Pero no está accesible en el móvil. Kristýna, por supuesto, está terriblemente cabreada con él. Obviamente es mejor, admite, que si se hubiera suicidado después del divorcio. Pero igualmente está enfadada. En la casilla de «profesión del padre» del formulario para una beca o en la administración, cuesta escribir «monje budista».

2

Cuando pasan por Praga los llamados hare krishnas, Kristýna, asqueada, cambia de acera. Lo que más le jode es cuando alguno de los que se llaman a sí mismos monjes, con túnica amarilla, le intenta vender libros eruditos sobre el ciclo kármico y otras chorradas en la plaza de la República.

—Señorita —le dice—, usted parece de mente abierta…

Ha debido de llamarle la atención la cabeza rosa de Kristýna. Ella se detiene y atraviesa al hombre con una mirada de odio. El tipo no se echa atrás, cree en sus técnicas de persuasión y sigue intentando atraer a Kristýna para que se compre el libro.

—¿Sabe lo que es el karma? —le pregunta.

—Sí, tengo uno en el baño —le corta Kristýna e intenta huir. Pero el hombrecillo es más rápido.

—Me gustaría contarle algo sobre sus vidas. No solo de la actual, sino también de la pasada y la futura. Seguro que lo encontrará interesante. Aquí tengo un libro…

—No me interesa, sé bastante de estas cosas.

—Pero esto es sobre la vida…

Kristýna se para y desalienta al hombrecillo con su mirada.

—Mire, ¡de verdad que no me interesa!

—¡Pues debería! —El hombrecillo no se da por vencido. Ahora Kristýna se calienta de verdad.

—Mire…, ¡imitación! Mi padre es un auténtico monje budista del monasterio Weduwa de Koggala, en el sur de Sri Lanka, ¡si es que le suena de algo! Cuando quiera saber algo sobre el karma, ¡se lo preguntaré a él!

El hombrecillo se queda tieso. No se lo esperaba.

—Pero aquí, en el libro…

—¡No me interesan sus libros! Si quiere dárselos a alguien, ¡envíeselos a mi padre a Sri Lanka, él se los corregirá!

El hombrecillo calla.

—Pero dudo que pierda el tiempo con algo así. ¡Él siempre está meditando! Si usted es monje, también debería. ¡Y tire los auriculares del iPhone que le cuelgan de la túnica!

El hombrecillo baja los ojos al suelo. Ya no dice nada más. Humillado, esconde el libro detrás de su espalda.

—¡Vaya usted con Buda! —chilla Kristýna y se marcha.

El hombrecillo sigue de pie delante del KFC. De repente, se siente como el insecto pesado que quizá fue en una vida pasada.

3

Nunca entenderé lo que movió al padre de Kristýna a coger y abandonar a su familia. Él, por supuesto, lo interpreta como que se fue a buscar su yo interior. En realidad, más bien huyó de la responsabilidad que empezaba a presionarlo, porque durante la crisis quebró su empresa.

Cuando Kristýna era pequeña, su familia iba bien. Reconstruyeron un edificio en las afueras de Praga e instalaron una piscina térmica en el jardín. El padre de Kristýna compró a sus hijos un perro enorme y una televisión de plasma y les pagó un montón de cursos. Luego llegó la crisis y la empresa quebró. A la cotidianeidad penosa se añadieron las peleas con su mujer, las deudas y la complicada pubertad de Kristýna (que realmente valió la pena). Y entonces, en lugar de afrontar el problema, el padre de Kristýna una mañana hizo la maleta y se fue a Sri Lanka. Dejó las deudas a su mujer y, depurado de los apuros de un mortal corriente, desde entonces medita tan ricamente, escondido en un monasterio.

La madre de Kristýna, después del divorcio, se metió en temas de esoterismo. No podía permitirse dejar aquí a dos hijos adolescentes e irse por ahí a un monasterio. Así que sacó del despacho de su marido todo lo que le recordaba a él y se montó un rincón esotérico al que Kristýna llama Oráculo. En los estantes colocó velas y piedras curativas cargadas de energía, sobre la entrada colgó un atrapasueños y en casa quema constantemente barritas aromáticas. Fundó el grupo esotérico Venus, al que atrajo a sus vecinas para poderles aconsejar con las cartas lo que tienen que hacer con sus vidas. En el tiempo libre, la madre de Kristýna se entretiene prediciendo el futuro. Elabora un montón de horóscopos y enseña a trabajar con las energías. Kristýna sospecha que, a distancia, perturba la tranquila meditación de su marido en Sri Lanka.

—Yo cerraría inmediatamente todas las tiendas y teterías esotéricas, sacaría de la circulación todos los libros sobre religión, prohibiría imprimirlos y los quemaría —espeta Kristýna siempre que hablamos del tema—. Todo eso solo atonta a la gente. Ofrece solo soluciones fáciles, como que si abrazas un árbol enseguida te encontrarás mejor o que si te lees la historia de Buda entenderás cómo tienes que llevar tu vida. No sirve de nada. Son solo muletas hasta que la cosa se vaya todavía más a la mierda. Yo también, cuando tenía diecisiete años, por influencia de mi madre fui a un curso de reiki. ¿Sabes lo que es?

—Es como una energía curativa del Japón, o algo así, ¿no?

—Exacto. La leyenda dice que un peregrino vivió tres milagros cuando subió a la montaña sagrada y bla, bla, bla, descubrió la energía curativa universal reiki. El curso en el que participé lo dirigía una tal señora Nováková en su bloque de Pankrác. Una experiencia mística de verdad. Para empezar, tendrías que haber visto a los desesperados que iban. Un empresario en quiebra, un ama de casa con cuatro hijos, una vendedora de un estanco y mamá y yo. Todos deseaban someterse al ritual de iniciación para que luego, como por milagro, las cosas empezaran a irles bien. Que verían la verdad con mucha más claridad que la gente corriente.

»Para el ritual de iniciación, Nováková tenía reservada una habitación entera. Recordaba un poco al Oráculo de mamá. En una pared había colgado un cuadro de Jesús, en la otra Buda y en la tercera alguna deidad africana. Tuvimos que sentarnos en la pared que nos fuera espiritualmente más próxima. Luego cerramos los ojos y Nováková pasó como tres cuartos de hora resoplando en un rincón, desde donde supuestamente nos enviaba energía.

—¿Y de verdad ves con más nitidez desde entonces?

—Entendí lo inútiles que son estas cosas y cómo atontan a la gente.

—Ya ves, al menos sirvió de algo, ¿no?

4

Mis padres siguen juntos. Creo que en todo mi amplio entorno soy la única persona cuyos padres no se han divorciado. La primera ola de divorcios de padres alcanzó a nuestra generación más o menos en segundo. Mi hermana, que entonces seguía yendo al parvulario, un fin de semana estaba dibujando en la mesa del comedor y de repente, sin venir a cuento, le preguntó a mi padre:

—Papá, ¿cuándo te divorciarás de mamá?

Mi padre, que justo estaba haciendo la cena, se quedó con la espátula en la mano, en medio de la cocina, sin entender.

—¿Qué dices, cielo? ¿Por qué íbamos a divorciarnos?

—Es que los padres de los demás ya están todos divorciados y solo vosotros no. Así que me gustaría saber cuándo será. —Mi hermana siguió dibujando, impertérrita. Creía que el divorcio era parte corriente de la vida familiar y se sentía en desventaja ante los demás niños porque nuestros...



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