Clarke | La historia de los fantasmas | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 87, 324 Seiten

Reihe: El Ojo del Tiempo

Clarke La historia de los fantasmas

500 años buscando pruebas
1. Auflage 2016
ISBN: 978-84-16638-60-4
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

500 años buscando pruebas

E-Book, Spanisch, Band 87, 324 Seiten

Reihe: El Ojo del Tiempo

ISBN: 978-84-16638-60-4
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



No importa lo racionales que seamos, hay poca gente completamente inmune al miedo que provocan lo desconocido y la oscuridad. Roger Clarke traza un recorrido por los casos de fantasmas que más han obsesionado al mundo: desde los hechos reales que inspiraron el clásico de Henry James Otra vuelta de tuerca a los submarinos embrujados de la Primera Guerra Mundial, desde un general cazafantasmas del siglo XVII a los encuentros victorianos en los que cientos de personas se daban cita ante lugares supuestamente embrujados y pasaban la noche entera intentando vislumbrar apariciones. Así, va desgranando un relato de lucha de clases, charlatanes y creyentes acérrimos. La lista de personajes incluye a miembros de la realeza y primeros ministros, y resulta de lo más variada: Samuel Johnson, John Wesley, Harry Houdini y Adolf Hitler desfilan por las páginas de este libro. Escrito al más puro estilo de los mejores relatos de miedo, La historia de los fantasmas nos invita a un viaje inolvidable por la fantasmagoría de los últimos quinientos años, e investiga las causas de la credulidad y los deseos de creer.

Roger Clarke es conocido por sus críticas cinematográficas en el diario The Independent y, más recientemente, en Sight&Sound. Inspirado por una infancia en dos casas embrujadas, Clarke ha pasado gran parte de su vida intentando ver un fantasma. En los años ochenta fue el miembro más joven de la Sociedad para la Investigación Psíquica, y a la edad de quince años empezó a publicar relatos de fantasmas para la colección de terror The Pan&Fontana; por aquel entonces recibió el respaldo de Roald Dahl, quien le pidió a su agente que aceptara a Clarke como autor.
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Mis casas encantadas


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Ana Bolena lo escribió, según se dice,

en la Torre de Londres antes de su ejecución

Había una mujer muerta al final del pasillo. Jamás llegué a verla, pero sabía que estaba allí. El pasillo se encontraba en lo alto de las escaleras y giraba a la izquierda hacia la habitación desocupada y el dormitorio de mis padres. El fondo siempre estaba en penumbra. Me desagradaba mucho aun en pleno verano. Al regresar de la escuela del pueblo a media tarde estaba solo en casa, y todos los días retrasaba el momento de subir las escaleras, hasta que emprendía una carrera alocada camino de mi cuarto, con los ojos cerrados con todas mis fuerzas y las manos frías.

Vivíamos en una antigua rectoría del siglo xvii, una casita de campo con el techo de paja, rosales que crecían descontrolados por la fachada oeste y unos antiquísimos muros en el jardín. Era la década de los sesenta, y la isla de Wight seguía siendo una Inglaterra que Thomas Hardy habría reconocido. De un ruralismo inmemorial. La escuela del pueblo cerraba durante la feria agrícola anual: los padres de muchos de los niños trabajaban en el campo.

En el colegio, la señora que nos servía la comida solía contarnos historias. Algunas me calaron, como la del fantasma de un centurión romano en un bosque en las inmediaciones de Bembridge, o la del espectral jinete que se hundía en las marismas cerca de Wolverton, un lugar atravesado por un arroyo de aguas claras al que solíamos ir de excursión.

Comencé a devorar libros sobre el tema. Una de las cosas más intrigantes que aprendí, tal y como se repetía una y otra vez, fue que en Inglaterra había más fantasmas por kilómetro cuadrado que en cualquier otro país del mundo. Ahora bien, ¿por qué?

Al percatarse de mi creciente fascinación por la materia, mi madre mencionó que había visto el fantasma de una mujer al final de aquel pasillo en lo alto de las escaleras. Una amiga, de visita, corroboró que también la había visto. El fantasma entró en la habitación cuando ella estaba tumbada en la cama. La pregunta surgió en el desayuno: «¿Quién es?». Fuera quien fuese aquella mujer, su energía parecía disiparse cuando se producía alguna alteración en la casa.

Aun así, perseveró en mi mente.

Cuando cumplí los quince nos trasladamos a vivir a un edificio aún más antiguo, una casa solariega que antaño perteneció a una abadía normanda; y también estaba encantada. El último rey pagano de la isla de Wight estaba enterrado en uno de los bosques de la colina cercana1. Junto al estanque, un anciano tejo había crecido contra la rueda de un molino, como un dedo que se hinchase en el interior de un anillo nupcial. El panelado de una habitación estaba muy deteriorado. Había marcas con la forma de barcos de vela que los contrabandistas habían grabado en la caliza de un palomar medieval.

A veces se oía charlar a los fantasmas —un hombre y una mujer— dentro de la casa; era como si alguien se hubiese dejado la radio encendida. Los perros gruñían en dirección a un lugar específico de la cocina. También había fantasmas en el exterior. Al caballo de mi padre le asustaba la cantera de yeso que había a unos cientos de metros de distancia, en el prado de Shalcombe Down, donde se estrelló un hidroavión en 1957. Iba camino de Mallorca, lleno de parejas en su luna de miel; fallecieron cuarenta y cinco personas y, según me cuentan, a los caballos sigue sin gustarles aquella cantera. En lo alto, cerca de una hilera de abetos, hay toda una escombrera de hierros retorcidos bajo la hierba del bosque.

La habitación de invitados no era un buen lugar para dormir. Allí subieron a los cadáveres del siniestro por la escalinata de piedra del exterior y durante más o menos un día el lugar hizo las veces de morgue.

Pensaba constantemente en los fantasmas y en su búsqueda. Había montones de libros sobre gente que los veía, pero casi nada sobre qué podían ser. Algunos fantasmas parecían conscientes de la presencia de los vivos, otros no. Empecé a cartearme con los autores de aquellos libros que leía con tanta pasión.

Uno de ellos era el cazador de fantasmas Andrew Green, quien creía que los fantasmas o bien los provocaban campos eléctricos en el cerebro, o bien eran campos eléctricos en sí mismos. Green era un humanista que destacaba por su bienintencionada incredulidad, y se convirtió en el arquetipo literario del intelectual escéptico asediado por unos fantasmas reales en los que no cree. Mantuve también correspondencia con Peter Underwood, autor de docenas de libros sobre fantasmas, quien acabó citando algunas de mis teorías en su autobiografía, («Una tarea fuera de lo común», 1983). Siendo un adolescente, me encontré con mi nombre en el apartado de agradecimientos de libros tanto de Green como de Underwood, por aquel entonces los dos cazadores de fantasmas más conocidos de toda Inglaterra. Con catorce años me convertí en el miembro más joven de la Society for Psychical Research (Sociedad para la Investigación Psíquica), a propuesta de Andrew Green.

Sin embargo, continuaba sin ver un fantasma con mis propios ojos. Estaba empezando a ser un tanto tedioso.

Entre 1980 y 1989 visité cuatro lugares que se decía que estaban encantados: la Torre de Londres, Knighton Gorges en la isla de Wight, Sawston Hall en Cambridgeshire y Bettiscombe House en Dorset, famosa por su calavera aulladora.

La Torre de Londres era y sigue siendo una zona de muerte. De noche, hiede a muerte. Bajo sus cimientos descansa la cabeza cercenada de un rey mítico2. El edificio original, la Torre Blanca, se erigió en 1077 a base de trabajos forzados y con la malévola intención de intimidar a la población londinense. La Torre de Londres fue una residencia real durante gran parte de su historia; después se convirtió en una cárcel, en especial para los condenados por traición, con celdas de distintas categorías que iban desde los aposentos de Ana Bolena hasta la famosa celda conocida como Little Ease, de «escasa comodidad», un espacio donde el prisionero no cabía de pie ni tampoco tenía ocasión de tumbarse. Vivía allí en tiempos medievales un matrimonio de herreros: él fabricaba los instrumentos de tortura; ella, los grilletes y las esposas.

Durante el día es un enclave turístico que goza de una gran popularidad; durante la noche, unas instalaciones de alta seguridad custodiadas por miembros regulares del Ejército británico. Los avistamientos de fantasmas son comunes dentro de la reducida comunidad que vive allí. En 1957, un guardia galés apellidado Johns vio una silueta informe sobre la Torre de la Sal a las tres de la madrugada, que surgió lentamente en el aire frío y húmedo con el rostro de una joven. Un oficial de su regimiento comentaría más adelante: «El guardia Johns está convencido de haber visto un fantasma. En nombre del regimiento, nuestra postura es “Muy bien, dice usted entonces que ha visto un fantasma; dejémoslo ahí”».

Solo se ha escrito un libro sobre los fantasmas de la Torre de Londres, obra de un Yeoman Warder3* llamado George Abbott que sirvió durante treinta y cinco años en la RAF como suboficial antes de lucir el típico uniforme Tudor de la guardia de la fortaleza en 1974. Abbott escribió cuatro libros sobre distintos aspectos de aquellas instalaciones, el más conocido de ellos sobre los instrumentos de tortura, y después de jubilarse aparecería de manera ocasional en documentales sobre la tortura, luciendo una larga y resplandeciente barba de custodio, para aportar datos tan asépticos como escalofriantes.

En un atardecer del otoño de 1980, con dieciséis años, me encontraba ante la Torre del Medio, que da acceso a la fortaleza, justo cuando se acababan de marchar los últimos de los centenares de visitantes diarios y se cerraban las puertas. Allí me estaba esperando George Abbott, y entramos. Estaba oscuro. Tenía la fortaleza una etérea inmensidad que no me esperaba. Sin turistas, quedaba suspendida en el tiempo. Cerca de la Torre de la Campana, un centinela nos dio el alto y nos pidió que nos identificásemos antes de acceder a través de las apestilladas puertas de la Torre Sangrienta. Nos encontrábamos en una especie de penumbra, sin más luz que los fosforescentes focos de seguridad blanquecinos de la zona ajardinada, que proyectaban un espectáculo de sombras de árboles mecidos por el viento sobre las viejas murallas, al estilo de una linterna mágica. Abbott señaló hacia un rincón oscuro donde podrían haber yacido los pequeños príncipes Plantagenet antes de que sus asesinos entrasen desde las almenas. Me quedé mirando la puerta. Todo el tiempo parecía a punto de abrirse. Gran parte de la historia de un fantasma es la propia expectación.

Tuve la misma sensación expectante cuando nos encontrábamos en el exterior, en una de las vías empedradas, y Abbott me mostró un lugar próximo a la Torre Martin donde una vez apareció el fantasma de un oso detrás de la puerta de la sala de las joyas de la Corona para enfrentarse a uno de los guardias. Lo observé casi como si aguardase a que diera comienzo el espectáculo, pero no sucedió nada. El viento continuaba soplando entre los árboles y seguían encendidas las implacables luces como si...



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