E-Book, Spanisch, 304 Seiten
Clastres Investigaciones en antropología política
1. Auflage 2021
ISBN: 978-84-9784-948-7
Verlag: Gedisa Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, 304 Seiten
ISBN: 978-84-9784-948-7
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Pierre Clastres (París, 1934 - 1977) fue un eminente antropólogo y etnólogo francés. Fue director de investigaciones en el Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS) de París, y miembro del Laboratoire d'Anthropologie sociale du Collège de France. Filósofo de formación, se interesó por la antropología americanista bajo la influencia de Claude Lévi-Strauss y Alfred Métraux. Realizó numerosos trabajos de campo que con el tiempo se han convertido en la piedra angular de la antropología política, entre los que destaca la Crónica de los indios guayaquis. Su obra teórica más influyente es La sociedad contra el Estado, en la que desarrolla su tesis de basada en el concepto de poder coercitivo.
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Prólogo
Manuel Delgado
Unas ideas se verán repetidas en las páginas que siguen y son el eje en torno al cual, con argumentos diversos, gira el grueso de toda la obra de Pierre Clastres (1934-1977). Clastres nos dice: ni la sumisión de unos seres humanos a y por otros es un hecho universal necesario ni la obediencia es un instinto humano, como tampoco lo es el deseo de poder. Clastres conoció pueblos que vivían como muchos otros pueblos vivieron durante miles de años a lo largo y ancho del planeta: sin rangos ni estratos, sin dominadores ni dominados, señores de sí sin otras leyes que las que ellos mismos se dieron libremente y sin imposición. Son los pueblos que Clastres llama «primitivos», en el sentido de elementales, sociedades de la naturaleza a las que la etnología llegó un día para conocer la naturaleza de la sociedad. También los llama «pueblos salvajes», es decir, pueblos sin domesticar. Su característica: no tienen ese aparato de control punitivo al que llamamos Estado; no porque no lo conozcan, sino muchas veces por todo lo contrario: no lo quieren, ni lo nombran, acaso porque lo han conocido o lo han tenido cerca, como amenaza o como insinuación. Frente lo que la antropología había etiquetado como sociedades carentes de algo que deberían tener y no tienen, sociedades sin Estado, Clastres las presenta como sociedades contra el Estado.
Esas certezas en las que Clastres insiste no son solo la síntesis de su principal aporte filosófico. Tampoco son una proclamación ideológica consecuente con sus convicciones libertarias Lo que piensa resulta de la decisión que tomara de renunciar a las vías de promoción académica vigentes en su momento —y en este— y orientar su vocación a la investigación científica de maneras remotas y exóticas de vida social, es decir hacia la etnología. Desertor de la filosofía especulativa, animado por Lévi-Strauss y Alfred Métraux, lo que Clastres compartió fue el precipitado resultante de su labor como etnógrafo en territorios amazónicos nada o poco explorados —es decir explotados, como veremos que nos matiza—, entre sociedades indígenas a las que llegó poco antes de la pérdida definitiva de su libertad y, a veces, de su aniquilación etnocida.
Antes de cumplir los veintinueve, Clastres llega al Paraguay acompañado de Lucien Sebag y de la mano del gran antropólogo paraguayo León Cadogan. Se presenta a los aché-guayaquís de Arroyo Moroti, en Caaguazú, y convive con ellos entre enero de 1963 y enero de 1964. El tema en el que fija su atención es el de la manifestación que adopta en esa sociedad el poder político, asunto que fue de su licenciatura en Filosofía y Letras en 1957, la jefatura indígena. A partir de esa experiencia, Clastres defiende en 1965 su tesis doctoral, publicada en 1972 como Chronique des indiens Guayaki : ce que savent les Aché, chasseurs nomades du Paraguay, traducido al inglés por Paul Auster (trad. esp., Crónica de los indios guayaquís, 1998). Regresa al Paraguay al año de obtener su doctorado, en 1965, en este caso, siempre bajo el patrocinio de Cadogan, para conocer a los mbya-guaraníes del Guairá, antes de su genocidio en 1972. De esa visita, y de la inspiración de su predecesor en aquellas tierras, el naturalista y anarquista suizo Mosè Bertoni, surge el relato cosmológico Le Grand Parler. Mythes et chants sacrés des Indiens Guarani, publicado en 1974 (trad. esp., La palabra luminosa, 1993). Entre 1966 y 1968, protagoniza dos incursiones entre los nivaclé-chulupí del Gran Chaco, y, entre 1970 y 1971, con Jacques Lizot, una breve estancia entre los yanomami de la Amazonia venezolana, a orillas del Orinoco. Esas misiones fueron informadas en artículos recogidos en La Société contre l’État, 1974 (trad. esp., La sociedad contra el Estado, 2012), con textos publicados entre 1963 y 1974, y en este volumen que se abre aquí, que colecciona materiales editados hasta 1981, algunos de manera póstuma. Toda esa producción constituyó lo que todavía es: una revisión de lo que habían sido la antropología política y las teorías sobre el poder en general, una mirada que cuestionaba la condición ontológica para las sociedades humanas de la división entre opresores y oprimidos, y su ausencia como una anomalía que tarde o temprano habría de corregirse.
Una última misión fue la que llevó a cabo con su esposa, Hélène, en 1974, de nuevo entre los guaraníes, ahora del estado brasileño de São Paulo. De esa experiencia, Hélène Clastres publicó en 1975 su La terre sans mal. Le Prophétisme Tupi-Guarani. En aquel momento, Pierre Clastres era investigador en el Centre National de la Recherche Scientifique y miembro del Laboratoire d’Anthropologie Sociale del Collège de France. El reconocimiento académico le llega con su nombramiento de chef d’études de la Vè Séction de la École Pratique des Hautes Études de la Sorbona de París. El 27 de julio de 1977, Pierre Clastres regresaba de la fundación en París de la revista Libre, con Michel Abensour, Cornelius Castoriadis, Claude Lefort, Maurice Luciani y Marcel Gauchet —algunos de sus viejos amigos de Socialismo o Barbarie—, que aspiraban a una regeneración de la filosofía política en Francia. El vehículo que conducía perdió el control de la dirección y volcó en una de las curvas de la sinuosa carretera de Lozère, cerca de Gabriac, en Occitania. Pierre Clastres moría en ese accidente a los 43 años.
Esa desaparición prematura hizo que una parte importante del trabajo de Pierre Clastres como americanista y como pensador quedara por ordenar en forma de monografías etnográficas o nuevas propuestas teóricas acabadas. Solo quedaron apuntes dispersos en artículos para revistas, prólogos o contribuciones a enciclopedias en los que su autor reflejaba su propio proceso de maduración intelectual. Parte de ello fue recogido en este volumen, publicado por primera vez en francés por Éditions du Seuil como Recherches en anthropologie politique en 1980 y traducido por Estela Ocampo para Gedisa al año siguiente, para ser reeditado por la misma editorial en 1986 y ahora. Esta compilación implica una prolongación de los trabajos contenidos en La Société contre l’État, enriquecidos con una puesta en conexión con la filosofía política —Montaigne, Hobbes, La Boétie, Rousseau— y las reflexiones inéditas sobre el papel de la guerra en el mantenimiento a raya del eventual advenimiento de algo parecido a una organización estatal. También resultan originales las entradas enciclopédicas trasladadas al capítulo sobre las religiones amerindias y, en particular, sobre la relación con los ancestros y los muertos, el canibalismo, los ritos y los mitos, la actividad de los profetas o la institución chamánica.
En el conjunto del libro, Clastres continúa las derivaciones de su experiencia etnográfica, se nos da a seguir ese itinerario que certifica la existencia de sociedades basadas en la restricción del poder represivo, es decir en los obstáculos que se entrometen en la subordinación de unos seres humanos a otros y evitan fenómenos que de ello resultan, como el acaparamiento de riqueza o la estratificación social en clases. De ahí lo que distingue la jefatura amazónica de cualquier instancia de mando. El jefe no está vinculado a su comunidad por vínculos de imposición, sino de prestigio. Por eso es jefe y se le escucha, porque tiene una deuda constante con aquellos a los que debe porque se debe. No ejerce ningún tipo de coerción, sino que se pasa el tiempo satisfaciendo la exigencia pública de locuacidad, conocimiento de las leyes ancestrales, mediación en los conflictos, recitado de mitos y generosidad, todo lo que se le impone para ser aprobado como portavoz y generador de consensos. Por supuesto que su carisma puede desvanecerse en cualquier momento en cuanto defraude las expectativas en él depositadas por el grupo. Su reconocimiento solo se mantiene en la medida que es capaz de sintetizar con su palabra y su canto los estados de ánimo, los deseos y las necesidades del colectivo que, siguiéndole, se sigue; que, escuchándose, se escucha. El poder del jefe es un poder paradójico, pues es y debe ser impotente, por así decirlo. Se ejerce en el vacío y contra el sentido que esa palabra —poder— tendría entre nosotros como sinónimo de capacidad para hacer que otros obedezcan. ¿Qué jefe sería ese que ordenara algo a su gente que esta no quisiera hacer?
Un asunto remarcable que aparecerá en este volumen es el del capítulo dedicado a la violencia como recurso al servicio de la elusión del Estado, puesto que el Estado constituiría la invasión de algo extraño y hostil a la propia comunidad, la incorporación de un elemento ajeno a la humanidad que cada grupo encarna en exclusiva. En la realidad amazónica que interpela a Clastres, la guerra es un cuadro crónico, un estado de cosas endémico, destinado a impedir el cambio social. Cada comunidad vive en guerra contra otra comunidad que es su negación y el requisito para su conciencia de unidad. El enemigo bélico es la garantía de la preservación del grupo como entidad indivisa y coherente, al tiempo que mantiene los grupos separados y dispersos, yugulando la conformación de unidades mayores que hubiera podido dar pie a órganos de centralización política. Se verá cómo Clastres sostiene que la guerra no es el fracaso de la relación intercambiaria, como sostenía su maestro Lévi-Strauss,...




