E-Book, Spanisch, 448 Seiten
Cole Dejad que ardan
1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-19680-94-5
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, 448 Seiten
ISBN: 978-84-19680-94-5
Verlag: NOCTURNA
Format: EPUB
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Kamilah Cole se graduó en la Universidad de Nueva York y trabajó durante años en medios como Bustle o Marie Claire. Dejad que ardan (Nocturna, 2024) es su novela debut, una historia fantástica que se ha publicado en varios idiomas.
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CAPÍTULO 1
FARON
Faron Vincent llevaba más tiempo siendo mentirosa que santa.
Había aprendido desde temprana edad que las mentiras eran una especie de moneda de cambio. Eran capaces de comprar la libertad y de ganar el perdón. Podían alterar la realidad con mayor celeridad que cualquier tipo de magia. Una mentira bien dicha era mágica en sí misma, y Faron era de lo más convincente.
Aquella mañana había contado ya tres mentiras y cada una de ellas había gozado de cierto regusto a hechizo. Le había asegurado a su profesor que se esforzaría más por mejorar sus notas antes de que acabara el curso. Le había prometido a su hermana que se iría derecha a casa al terminar las clases. Y había jurado que no utilizaría ningún tipo de invocación para ganar a Jordan Simmons en aquella carrera.
¿Tenía ella la culpa de que siempre la creyeran?
Para ser justos, Faron no siempre era consciente de que estaba mintiendo en el instante en que las mentiras salían por su boca. Había tenido la sincera intención de cumplir al menos dos de aquellas promesas… Tal vez las tres, si le daba por mostrarse especialmente respetable. Pero alguien había corrido el rumor en el patio de que iba a perder clases para asistir a la cumbre, y los problemas se habían materializado en la forma de Jordan Simmons.
Si bien los adultos de la isla de Santa Irie consideraban a Faron una niña sagrada, no podía decirse lo mismo de sus compañeros de clase. Jordan se le había acercado en la verja de entrada del patio donde ella había estado haciendo cola para comprarse una bolsa de zumo. Hacía ese calor tan insoportable por el que se arrepentía incluso de estar viva y, aunque se había remangado la blusa, no había sentido alivio alguno. Había estado observando con tanto anhelo las nubes de escarcha que salían arremolinadas del carrito abierto del vendedor ambulante que no se había percatado de la presencia de Jordan hasta que este estuvo a escasos centímetros de ella.
—¿Otra vez vas a hacer novillos, Vincent? —se había burlado Jordan, flanqueado por otros dos chicos de quinto. Sus risotadas equinas habían puesto una nota discordante en lo que de otro modo habría sido un día armonioso. Para cualquier otra persona, aquello habría encendido todas las alarmas de peligro inminente. Para Faron, en cambio, solo había supuesto un incordio—. Ser la empírea es todo un chollo, ¿eh?
—Ojalá fuera uno de los buenos —había respondido Faron sin girarse—. Así no tendría que seguir oliendo el estiércol que sale de tu boca.
No se había molestado en mencionar la realidad de la guerra, ni las pesadillas persistentes ni las grandes expectativas que acarreaba el hecho de ser la infanta empírea. Cinco años atrás, cuando los dioses le otorgaron ese título y la habilidad única de invocar la magia infinita de estos, el único pensamiento que había rondado su mente era proteger Santa Irie. No había sido consciente de lo que estaba aceptando… ni de a lo que estaba renunciando.
No obstante, aun en el caso de que hubiese querido profundizar en el tema con alguien, Jordan y su panda no habrían hecho más que utilizarlo todo en su contra. Nadie quería oír que ser la elegida de los dioses para salvar al mundo era más una maldición que una bendición. Ella era un símbolo, y los símbolos no se quejaban.
De modo que se había limitado a cambiar un puñado de monedas de plata por una bolsa de zumo de piña. Mientras abría con los dientes un agujero en la esquina de la bolsa por donde beber, había observado la expresión calculadora de Jordan. Era el típico abusón demasiado estratégico para perder los nervios. Él calculaba el mejor modo de acorralar a su presa y entonces entraba a matar. Así que no fue ninguna sorpresa que intentase atacar donde más le dolía: el orgullo.
—Si tan buena eres, échame una carrera después de clase —le había dicho—. Sin dioses ni magia. La guerra ha terminado. Ya es hora de que demuestres que no eres mejor que cualquiera de nosotros.
Y Faron nunca se había topado con problemas en los que no quisiera meterse. Le tendió la mano que le quedaba libre y le dedicó una sonrisa de suficiencia.
—¿Treinta rayes si gano?
—Trato hecho.
Y con un apretón de manos, Jordan Simmons había sellado su destino. O eso es lo que ella pensó entonces.
Ahora se encontraban en plena carrera a lo largo del trayecto acordado, rodeados por una marabunta ensordecedora de críos de la vecindad, y Faron iba perdiendo.
Las trenzas que se le habían salido del pañuelo de la cabeza le fustigaban la espalda y el cuello. Las palmeras ondeaban al viento. Llevaba la falda remangada y atada alrededor de la cintura para permitir que sus ágiles pies danzaran por la tierra tostada y las piedrecillas lisas. Pero no cabía duda, estaba perdiendo la carrera que terminaba en el huevo de dragón fosilizado que había en el centro de la plaza del pueblo.
En aquel tramo de calle, no había atajos que tomar ni obstáculos que lanzar en la dirección de su contrincante. Lo único que había era un trecho en línea recta hasta el huevo y demasiado espacio entre ella y el chico que iba a la cabeza. Con trato o sin él, aquello era inaceptable.
Faron contuvo el poco aliento que le quedaba en los pulmones e invocó a los dioses.
El tiempo se ralentizó, un segundo se estiró hasta convertirse en una eternidad. El mundo asumió un aspecto de neblina líquida, como si Faron se hubiera zambullido en las aguas cristalinas del mar de los Rescoldos que rodeaba la isla. Su alma se hinchó hasta convertirse en una baliza que gritaba «venid a mí, venid a mí, venid a mí»…
Y, como siempre, los dioses acudieron a su llamada.
Irie apareció en medio de un relámpago y su corona dorada perforó el cielo como la hoja de una espada. Llevaba una túnica sin capucha de mangas anchas bordada con hilo de oro encima de un vestido de cuello alto blanco que le llegaba a las pantorrillas. Sus carnosos labios pintados de oro se fruncieron. Incluso con unos ojos sin pupilas que destellaban en un tono ámbar, la diosa del sol Irie, soberana del día y divina patrona de la isla, parecía como si fuera de camino a ver una obra de teatro en Puerto Sol y no estuviera haciendo visitas a domicilio a una cría de diecisiete años en el pueblo iriano de interior de Huevo Muerto.
Pero ese era su problema. Faron la había convocado. Irie había respondido a su llamada. Después de cinco años, eso no había cambiado.
«Préstame tu fuerza».
A Faron se le cortó la respiración cuando sintió que el poder de Irie inundaba su cuerpo. Al principio, fue un poco demasiado. Los invocadores entrenaban durante años para controlar la magia de tan solo uno de sus espíritus ancestrales, conocidos como «astrales», sin morir en el intento. Ni los santi —invocadores que habían consagrado sus vidas a los templos— más avanzados se atrevían a canalizar más de cinco astrales a la vez. Pero en la isla de Santa Irie no había ni un solo invocador que pudiera conjurar a un dios.
Salvo ella.
Faron tuvo la sensación de estar en llamas por un segundo, un minuto, una hora, una vida entera. Sus nervios se crisparon como si los hubieran vuelto del revés de una sacudida, como si Irie estuviera dando empellones contra su escasa piel en un intento por embutir más magia de la que su cuerpo podía albergar. La vista se le quedó en blanco. Notó un pitido en los oídos. El corazón empezó a latirle tan rápido que creyó que le iba a dar un ataque y se le iba a parar.
Entonces se le pasó todo. Irie estaba en su interior, pero Faron estaba al mando.
Y tenía una carrera que ganar.
Una gota de sudor le corrió por la mejilla al pestañear y volver al presente. Fue de nuevo consciente de los tumultuosos abucheos de la multitud. A lo lejos, el huevo de dragón sobresalía por el tejado de la tienda de la esquina. Jordan seguía a la cabeza.
Pero no por mucho tiempo.
Faron recurrió a la magia divina ahora a su alcance y la conminó a que llevara su cuerpo más allá de sus límites. En los cinco años que había pasado con los dioses, había descubierto usos más creativos de los poderes de Irie que asar frutipanes. El sol era fuego, energía, poder, y ahora dirigió ese poder a sus músculos extenuados y a sus pulmones sibilantes y sintió que la magia de Irie calaba en ellos ignorando la obvia desaprobación de la diosa.
En un instante, Faron pasó de intentar no desmayarse antes de cruzar la meta a acortar distancias con Jordan, hasta que lo tuvo lo bastante cerca como para contar sus rastas.
—¡Eh, Vincent! ¡Eso no es justo! —se quejó Jordan con el ceño fruncido.
—¡Las quejas a mi patrona! —respondió ella con voz cantarina—. ¡Encontrarás una estatua suya en cualquier templo!
Jordan soltó tantos tacos que Faron no pudo más que reírse cuando lo adelantó como un rayo, dejando que se atragantara con la nube de polvo que levantaron sus pies.
La plaza del pueblo, rodeada por escaparates de madera demasiado bajos para tapar el sol, se abrió ante Faron, que dio un palmetazo al pequeño murete de ladrillo que rodeaba el huevo un instante después. Técnicamente, ahí era donde terminaba la carrera, pero la adrenalina seguía bombeando en su interior, combinada con la magia que había tomado prestada, así que saltó el murete y continuó corriendo hasta que llegó al huevo, y entonces alcanzó una de las gigantescas escamas que conformaban su pálida cáscara gris. Habían...




