Cole | El despertar del Fuegoeterno | E-Book | www.sack.de
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E-Book, Spanisch, Band 1, 512 Seiten

Reihe: Saga Fuegoeterno

Cole El despertar del Fuegoeterno


1. Auflage 2024
ISBN: 978-84-19621-62-7
Verlag: TBR Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, Band 1, 512 Seiten

Reihe: Saga Fuegoeterno

ISBN: 978-84-19621-62-7
Verlag: TBR Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



A pesar de su juventud, Diem Bellator ya es una reputada sanadora. Su camino en la vida está marcado, y es envidiable para cualquier mortal. Pero a Diem no se le da bien seguir los caminos marcados. Su peculiar aspecto y su temperamento ardiente hacen que destaque. Y, como saben todos los mortales de su entorno, es mejor no llamar la atención de los Descendientes, los seres semidivinos que dominan todo el mundo conocido. Cuando la madre de Diem desaparece, tras hablar con un oscuro Descendiente marcado por una cicatriz, el futuro de Diem salta por los aires.

La vida de Penn ha pasado por muchos altibajos, pero su amor por la literatura ha sido siempre su norte verdadero. Desde que era niña, se dedica a llenar montañas de cuadernos con mundos fantásticos, mujeres luchadoras y romances llenos de drama. Tras dar un rodeo como artista, bogada y propietaria de una pequeña empresa, está encantada de haber logrado por fin el sueño de su vida: convertirse en autora. Aunque Penn nació y creció en Texas, en la actualidad vive en Francia con su marido, donde se la suele encontrar bebiendo vino y comiendo muchos pasteles.
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capítulo

Uno


Entre el paciente muerto, los hombres borrachos y el sol de sangre, mi día no había empezado nada bien.

Por las polvorientas callejuelas de Ciudad Mortal circulaba un reguero de juerguistas ebrios, cuyos gritos y balbuceos eran una cantinela inoportuna en mi camino a casa. Aunque me alejé de ellos, no pude evitar las miradas de aquellos ojos enrojecidos que me seguían con demasiado interés.

El sol de sangre no ayudaba. Al amanecer, una espesa calima se había instalado en el cielo, bañando la ciudad de un inquietante resplandor escarlata. Y a medida que el sol se elevaba hasta su punto álgido, el calor de principios de verano se hacía más abrasador, más denso, más furioso.

–Odio los días así –murmuró Maura.

Ladeé la cabeza para contemplar su figura baja y rubicunda. Ella se detuvo y se apoyó en su bastón, mientras volvía los ojos castaños hacia el cielo y fruncía los labios.

–El Día de la Forja ya es bastante malo sin este calor infernal –comentó.

Murmuré un asentimiento. El aumento de las temperaturas elevaba los ánimos, y eso significaba más peleas, más lesiones y más pacientes.

–El centro de sanadores será una locura esta noche –dije–. Puedo volver contigo, si quieres. Estoy segura de que los aprendices agradecerán unas manos extra.

–Tu madre y yo podemos ocuparnos durante el resto del día. Vete a casa a descansar, has tenido un turno de mañana duro.

Me estremecí al recordarlo, y Maura apoyó su mano envejecida en mi antebrazo y me dio un apretón.

–No ha sido culpa tuya, Diem.

–Lo sé –mentí.

Un paciente había muerto durante mi guardia.

Era joven –mucho más de lo que sugerían sus curtidas facciones–, un huérfano engullido por los barrios bajos de Ciudad Mortal. A punto de morir de hambre, había intentado robar un pato asado del carro de un vendedor y había recibido a cambio un navajazo entre las costillas. Para cuando llegué, había perdido demasiada sangre y su respiración era ronca y burbujeante debido a un colapso pulmonar.

Lo único que pude hacer por él fue agarrarle la mano y murmurar el sagrado rito de los finales. La vida se fue apagando en sus ojos de color algarroba, mientras el jaleo festivo continuaba a nuestro alrededor. Nadie se detuvo a presentarle sus respetos, ni siquiera cuando acarreé su cuerpo al bosque que rodeaba nuestra ciudad para que pudiera descomponerse en paz bajo el pobre manto de hojas caídas que logré recoger.

Aquella crueldad innecesaria me había encendido. La muerte de cada paciente me pesaba en el alma, sí; pero este chico era tan joven, y su muerte tan evitable, que era imposible que no sintiera su peso sobre mis hombros. Había despertado una chispa en lo más profundo de mí, una necesidad de justicia que ahora luchaba por ignorar.

–Es extraño que haya sol de sangre el Día de la Forja –comenté, deseosa de cambiar de tema. Me acomodé detrás de la oreja un mechón de pelo blanco, cuyo tono antinatural resaltaba todavía más sobre el moreno de mi piel, y me concentré en la esfera carmesí que parecía contemplarnos desde el cielo–. Parece un mal augurio.

Las antiguas religiones mortales afirmaban que los soles de sangre eran advertencias de los dioses, y que presagiaban grandes disturbios. Su aparición en vísperas de una guerra civil, varias generaciones atrás –un conflicto que ahora llamábamos «la Guerra de Sangre»– había reforzado su ominosa reputación. Su reaparición ahora, nada menos que en el Día de la Forja, sin duda prendería las especulaciones.

–Tonterías –dijo Maura agitando la mano–. Es una superstición tonta, nada más. Tuvimos uno hace dos décadas y no causó ningún daño.

–Mi querido hermanito podría no estar de acuerdo contigo –repliqué–. Ese sol de sangre ocurrió el día de mi nacimiento.

Alzó las cejas.

–¿De verdad?

Asentí con la cabeza.

–Su mayor alegría es recordármelo cada vez que puede.

«Hasta los dioses sabían que serías un grano en el culo», decía siempre Teller con una sonrisa antes de huir fuera de mi alcance.

Sonreí al recordarlo, aunque una creciente inquietud nublaba mis pensamientos. Ni siquiera Maura, a pesar de su aparente escepticismo, pudo ocultar la profunda arruga de su ceño mientras seguía mi mirada hacia el cielo.

–¿Henri y tú vais a hacer algo para celebrarlo? –preguntó.

Me sonrojé. Henri era mi amigo más antiguo y querido, y últimamente se había convertido en algo más.

–Se niega a celebrar el Día de la Forja –respondí con un suspiro–. Dice que es el momento más deprimente del año.

–Es un joven muy raro, si rechaza la oportunidad de ahogarse en vino gratis y divertirse por la ciudad sin consecuencias.

–Créeme, Maura: si el vino estuviera hecho por mortales, Henri sería el primero en divertirse. Se iría de juerga por toda Ciudad Mortal y se divertiría en los arbustos, en los callejones, sobre su ropa...

Ella resopló con suavidad.

–¿Se opone al vino de los Descendientes?

–Se opone a los Descendientes en sí mismos.

–Al menos, eso explica por qué encuentra deprimente el Día de la Forja.

–Exacto.

Aunque el Día de la Forja era nuestra fiesta más bulliciosa, pocos mortales le tenían aprecio. En ese mismo día, muchos milenios atrás, nueve hermanos inmortales conocidos como los Vástagos habían firmado un pacto mágico –la Forja– después de buscar refugio en nuestro mundo, tras la violenta destrucción del suyo. Cada uno de los Vástagos se había enamorado de un habitante de Emarion, nuestra nación. Y, en lugar de resignarse a ver cómo sus amados envejecían hasta morir, los Vástagos habían aceptado renunciar a su eterna juventud para unir sus vidas a las de sus amantes mortales.

Mediante el hechizo de la Forja, Emarion se había dividido en nueve reinos, cada uno de ellos bautizado con el nombre de uno de los Vástagos e imbuido de la magia respectiva de su dios o diosa.

La intención de los Vástagos era que el fruto de sus uniones –la raza de seres que ahora llamábamos «Descendientes»– gobernara esos reinos e inaugurara una era de paz y prosperidad, en la que humanos y ellos convivieran en armonía. El Día de la Forja pretendía recordarnos ese noble objetivo, tanto a los mortales como a los Descendientes.

Pero, como suele ocurrir con los sueños de los padres para sus hijos, las cosas no salieron exactamente como estaba previsto.

–Me pregunto qué harán los Descendientes para celebrarlo –reflexioné, mirando más allá de los tejados hacia la imponente silueta del palacio real que resplandecía en la distancia.

–Mi prima, que trabaja para una de las grandes Casas, dice que es algo digno de ver. Se pasan el día lanzando serpentinas y mordisqueando fruta en los prados, y la noche bailando en el Baile de la Forja. Hay mesas llenas de manjares hasta donde alcanza la vista, y músicos que tocan desde el atardecer hasta el amanecer.

–Pues me parece bien –dije, arrastrando las palabras–. Después de todo, es su día.

Para ser exactos, era el día en el que el control de nuestro mundo había pasado a sus manos, entre otros muchos dones legados por sus antepasados divinos. Nuestros antepasados mortales no habían sido tan generosos con nosotros.

–Pues, en mi opinión, es vergonzoso –resopló Maura–. Se supone que el día de hoy es para que los Descendientes y los mortales se unan... y, sin embargo, hacen todo lo posible por dejarnos fuera.

–Menuda sorpresa, ¿no? –contesté, impasible–. Suelen ser tan amables y acogedores...

Por muy sarcástica que me pusiera, lo cierto era que nunca había conocido a un Descendiente. A pesar de haber crecido a pocos pasos de Ciudad Lumnos –la rica capital de nuestro reino, hogar de la élite gobernante–, me daba la impresión de que vivía a un mundo de distancia. De niña, mi madre me había prohibido cualquier interacción con ellos. No podía consumir su comida ni su vino, ni aventurarme en Ciudad Lumnos. Ni siquiera me permitía tratar a ningún enfermo Descendiente en mi calidad de sanadora.

El único contacto del que no podía protegerme era el roce ocasional con los despiadados componentes de la Guardia Real que patrullaban por las calles de Ciudad Mortal. No obstante, incluso ellos escaseaban ese día. Tras aplacar a sus vecinos humanos con un reparto matutino –y gratuito– de vino, el rey había retirado a sus soldados y nos había dejado abandonados a nuestra suerte durante el día.

–Me voy al centro de sanadores –dijo Maura al llegar a un cruce. Se frotó la pierna y observó las calles atestadas de gente, con las cejas fruncidas por la preocupación–. ¿Seguro que no te importa irte a casa sola?

–Tranquila, no me pasará nada –respondí, acariciando las dagas gemelas que llevaba en la cadera–. Puedo cuidarme sola. Además, dudo que haya muchos borrachos dispuestos a enfrentarse a la ira del poderoso Andrei Bellator por meterle mano a su hija.

Su rostro se iluminó con una sonrisa.

–Tu padre es un buen hombre. Su jubilación fue una gran pérdida para el Ejército de Emarion.

–Eso me dice él todos los días, sí –respondí guiñándole un ojo.

Maura se echó a reír.

–¡Bendita sea la Forja, Diem! –se despidió mientras se alejaba.

Le devolví el saludo y giré sobre mis talones para dirigirme a la parte sur de la ciudad, más...



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