Cole | La llama del Fuegoeterno (ePub) | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 1056 Seiten

Reihe: TBR

Cole La llama del Fuegoeterno (ePub)


1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-19621-89-4
Verlag: TBR Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, 1056 Seiten

Reihe: TBR

ISBN: 978-84-19621-89-4
Verlag: TBR Editorial
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Tras su desastrosa coronación, Diem se encuentra en el centro del conflicto entre los Descendientes y los Guardianes. Con sus nuevos compañeros en un bando y los mortales a los que debe proteger en el otro, Diem debe caminar con cuidado para salvar a las personas que ama... e incluso para evitar que se maten entre sí. Mientras el misterio de su inusual herencia comienza a desvelarse, Diem y Luther emprenden un viaje vertiginoso a través de los reinos, en busca de unas respuestas que resultan ser tan sorprendentes como dolorosas. Pero una poderosa figura procedente del norte tiene planes que podrían cambiarlo todo...

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capítulo

Uno


Mierda.

Me estoy ahogando.

Recuperé la conciencia en oleadas crecientes. La corriente me arrastró a la superficie desde las negras profundidades del aturdimiento tan solo para volver a tirar de mí y hundirme al fondo sin previo aviso.

Me pesaban los párpados como si los lastraran anclas. Intenté abrirlos, pero el resquicio de luz era borroso, demasiado turbio para distinguir nada.

Durante un largo y confuso instante, rocé la lucidez, insegura de si estaba despierta o soñando, hasta que el ardor insoportable de mi pecho me devolvió a la realidad.

Me estoy ahogando, pensé de nuevo, con mayor angustia.

Grité pidiendo ayuda, pero el sonido salió débil, gorgoteante. Algo me estaba tapando la nariz y la boca con contundencia.

Cerré la garganta, luchando por expulsar el líquido, aunque mis pulmones suplicaban por llenarse de aire. Una fuerza tremenda contuvo el movimiento frenético de mis extremidades y me mantuvo inmóvil.

–Deja de resistirte y traga.

Me quedé paralizada al oír la orden. Una brisa fría me provocó escalofríos en la piel y me percaté de que estaba prácticamente seca: definitivamente, no me encontraba sumergida en el agua.

Abrí los ojos de golpe y la bruma tomó la forma de un rostro desconocido: una mujer de piel morena y ojos castaños, con trenzas finas recogidas en un moño en la coronilla.

–Traga y te dejaremos respirar. –Aunque su tono fuera sereno, su rostro era tan duro como la piedra e igual de implacable.

Forcejeé débilmente, pero apenas podía pensar en otra cosa que en el infierno que sentía en el pecho, y la mirada indiferente de la mujer sugería que estaba más que dispuesta a permitir que me ahogara tan solo por despecho.

Me obligué a tragar el líquido y retiró la mano que me apretaba la nariz, permitiendo que el aire llenara mis pulmones y enfriara la ardiente garra del pánico.

–Bien –sentenció la mujer, asintiendo.

Despegó lentamente la palma de mis labios, permitiéndome aspirar más aire a través de los dientes apretados, pero hizo un rápido movimiento con los ojos en dirección a alguien que no estaba en mi campo de visión. De inmediato, un brazo musculoso se cerró con fuerza alrededor de mi cuello.

Me acercó una taza a los labios.

–Otra vez –me ordenó.

El líquido me salpicó la cara, me llenó las fosas nasales y volví a notar la sensación de ahogo.

–No te va a pasar nada –dijo con calma–. Bebe.

No tenía otra opción: di un trago con reticencia, y después otro.

En cuanto el sabor me inundó la boca, se me cortó el hilo de los pensamientos. Tenía algo que me resultaba vagamente familiar: era áspero, casi metálico, pero con un toque ácido de cítricos mezclado con el regusto calcáreo del humo y la ceniza.

Me invadió el pavor hasta la médula de los huesos. Conocía ese sabor: había empezado el día bebiendo una taza durante casi diez años.

Raíz de fuego.

–¿Cuánta cantidad de este mejunje tienen que tomar? –preguntó la mujer, mirando por encima del hombro.

–Eché tres cucharadas por taza –respondió una voz–. Según las instrucciones de Auralie, solo hay que poner una. Pero, al ser esta chica una Corona, pensé que necesitaría una dosis más fuerte.

El nombre de mi madre me rasgó por dentro y me llevó de regreso a los instantes anteriores a que perdiera la consciencia.

Estaba en la plataforma del templo de los Vástagos, rodeada de las demás Coronas de los nueve reinos de Emarion. Después de haber sobrevivido al Desafío para ganarme el puesto de reina, mi Rito de Coronación había salido terriblemente mal. Las gotas de mi sangre provocaron un relámpago que fracturó la piedra corazón y provocó un terremoto en el terriorrio sagrado de la Isla Central.

Tú no eres la reina de Lumnos, me había acusado la Corona de Sophos. Eres una impostora.

Antes de que pudiera defenderme, mi madre –la mujer cuya desaparición ocho meses atrás había sacado a la luz un montón de secretos que cambiaron mi vida para siempre– salió de entre los arbustos, gritando mi nombre y advirtiéndome de que huyera.

Y entonces todo se volvió negro.

–¿Dónde está? –Las palabras salieron como un siseo entre mis dientes apretados–. ¿Auralie está aquí?

La mujer me sostuvo la mirada mientras sacaba un arma y la colocaba en una posición amenazante sobre mi cara. La hoja era negra y brillaba a la luz del sol que se filtraba entre los árboles.

Se me desorbitaron los ojos.

Rocasacra. Al haberme criado como mortal, sabía muy poco de ese raro material. No estaba muy segura de haberla visto hasta que visité el templo de los Vástagos, construido enteramente con esa piedra oscura y brillante.

Pero lo que sí sabía era que el corte con rocasacra era tóxico, normalmente mortal, para los que tenían sangre Descendiente.

–Si sabes lo que es esto –dijo la mujer–, entonces sabes lo que soy capaz de hacerte si se te ocurre alguna idea absurda de intentar escapar.

El brazo que me apretaba la mandíbula se aflojó y asentí levemente. La mujer me observó con expresión grave, dejando claro que su amenaza era sincera.

–Suéltala –ordenó finalmente.

La presión que me atenazaba el cuerpo se hizo más leve antes de desaparecer. Mientras me sentaba derecha, un grupo de hombres corpulentos retrocedió rápidamente y huyó. La mujer permaneció a mi lado, aunque reculó un paso, manteniéndose inclinada sobre mí.

Eché un vistazo a mi alrededor. Estaba en un bosque, pero esos árboles no eran los robles y pinos familiares de Lumnos. Los gruesos troncos medían lo mismo que un caballo, estaban forrados de enredaderas serpentinas y ascendían majestuosos hasta perderse en el cielo. Salpicaban el paisaje exuberantes helechos y flores con todos los colores del arcoíris.

Aquello no se parecía en nada a la hierba alta y la maleza salvaje que había visto en la Isla Central. Esa vegetación seguramente fuera del continente de Emarion: de uno de los reinos meridionales.

A mi alrededor había un círculo de gente con las armas desenvainadas, algunas talladas también en rocasacra, pero la mayoría forjadas con el reconocible metal gris oscuro del acero fortosiano, que –a diferencia de la mayoría de las armas mortales– atravesaría fácilmente mi carne casi invulnerable de Descendiente.

Las miradas iban de la curiosidad a la desconfianza, pasando por el odio declarado, pero todas tenían un rasgo común: los ojos marrones.

Ojos mortales.

La mujer bajó ligeramente la espada.

–Me llamo Cordellia. Soy la líder de nuestro grupo.

–Soy Diem Bellator –dije–. Me gustaría poder decir que es un placer conocerte, pero me temo que no soy precisamente una invitada bienvenida.

Negó con la cabeza.

–Tu presencia aquí no es bienvenida, ni eres una invitada.

Todos mis instintos de supervivencia se pusieron en marcha. Evalué las amenazas que me rodeaban como mi padre me había enseñado a hacer y, en cuanto me acordé de él, noté un dolor agudo en el corazón: su asesinato aún estaba demasiado reciente. Rápidamente contuve el sentimiento y lo guardé bajo llave. Sabía que, si permitía que campara libremente la desesperación, me consumiría por entero. No podía permitirme cometer el mismo error dos veces.

Había al menos cuarenta mortales reunidos a mi alrededor, todos armados. Un débil sonido de voces sugería que había más cerca, y unos susurros atrajeron mi mirada hacia los arqueros escondidos en lo alto de los árboles.

Yo no tenía armas propias. Intenté invocar magia en las palmas de las manos, pero fue inútil. Notaba el pecho vacío y las emociones embotadas, signos de que la raíz de fuego ya había hecho efecto.

Estaba atrapada y, lo más inquietante, era totalmente vulnerable.

–¿Dónde está Auralie? –insistí.

Cordellia arrugó la expresión.

–No está disponible. –No sabría decir si la desaprobación que irradiaba su gesto iba dirigida a mí o a mi madre.

–No deseo haceros ningún daño –confesé con sinceridad–. No soy como las otras Coronas. Si puedo hablar con Auralie, ella os lo explicará todo. Es mi...

–Tu madre. Lo sabemos. Por eso sigues viva.

A pesar de lo mucho que me embotaba las emociones la raíz de fuego, se me heló la sangre.

Escogí las siguientes palabras con cuidado.

–Debéis de ser amigas íntimas. Mi madre no habría compartido contigo los detalles de la raíz de fuego si no confiara en ti.

Cordellia frunció más las cejas.

–Ojalá hubiera sido igual de comunicativa sobre su hija Descendiente.

Ah. Así que la desaprobación era para las dos.

Se me escapó una sonrisa irónica teñida de una pizca de amargura.

–Si te sirve de consuelo, a mí tampoco me consideró digna de conocer ese secreto.

Hubo unos murmullos sorprendidos entre la multitud.

Cordellia frunció el ceño.

–¿No sabías que eras Descendiente?

–No hasta que heredé la Corona –confesé con un suspiro que esperaba que reflejara que mi frustración era auténtica–. Hay muchas cosas que todavía ignoro, como, por ejemplo, por qué estoy aquí contigo.

Me miró un instante y luego hizo una señal a dos hombres...



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