E-Book, Spanisch, Band 444, 192 Seiten
Reihe: Libros del Tiempo
Connell Asesinato en altamar
1. Auflage 2025
ISBN: 978-84-10415-47-8
Verlag: Siruela
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)
E-Book, Spanisch, Band 444, 192 Seiten
Reihe: Libros del Tiempo
ISBN: 978-84-10415-47-8
Verlag: Siruela
Format: EPUB
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RICHARD CONNELL (Poughkeepsie, 1893-Beverly Hills, 1949), tras servir en la Primera Guerra Mundial, se dedicó por completo a la escritura. El más famoso de sus relatos, El juego más peligroso (1924), ha conocido varias versiones cinematográficas y ganado el O. Henry Memorial Prize. Fue, además, autor de cuatro novelas y un prolífico guionista.
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1
El hombre curioso
La curiosidad era el mayor vicio de Matthew Kelton, pero también su principal fuente de placer. Su ansia por descubrir cómo, quién, cuándo, dónde y por qué era insaciable. Durante más de cincuenta años se había dedicado a observar la vida con mirada interrogante y atenta. El defecto que por lo general se sabe que mató al gato no había tenido ningún efecto letal en él. Pocos hombres en el mundo eran más despiertos e inteligentes que Kelton.
A lo largo de su vida había visto muchas cosas extrañas. Se había paseado por el laberinto del comportamiento humano y lo había encontrado lleno de recodos oscuros e inesperados. No se aburría nunca, la conducta humana le parecía demasiado imprevisible. Daba la impresión de vivir y moverse en un perenne estado de serena excitación.
Cualquier asunto con pinta de rompecabezas atraía su mente como un imán atrae una aguja. La energía y la sagacidad que demostraba cada vez que se ocupaba de lo que fuera que desafiara su mente asombraban a sus amigos. Alguno decía que si hubiera vivido en la Edad Media habría corrido el riesgo de acabar en la hoguera como brujo, y es que a veces de verdad daba la impresión de que empleaba la magia negra. «Me limito a sumar dos y dos —solía decir—. El problema es descubrir qué dos sumado a qué otro dos dará el cuatro esperado».
—Me interesa cualquier enigma —declaró una vez.
—Prueba a resolver la adivinanza eterna de la esfinge —le sugirió un amigo.
—Es solo un montón de piedra sarcástica —respondió él sonriendo—. El monumento al egocentrismo de un hombre. Me interesa mucho más saber por qué un oscuro explorador roba diez dólares a su capataz. Lo que de verdad me apasiona son los jeroglíficos humanos.
Se encontraba en una envidiable posición para poder ejercer su pasión por las indagaciones. De joven fue un químico muy avezado y un día, mientras trabajaba, se preguntó qué pasaría si determinadas sustancias químicas se mezclaran con otras. Una vez planteada la pregunta, ya no paró hasta dar con la respuesta, que quedó expuesta en el Noche de Rosas de Kelton, un sugerente perfume exótico. Vendió de inmediato la fórmula, invirtió los beneficios, se compró una casita en un pueblo tranquilo fuera de la ciudad y así fue libre para dedicar todo su tiempo a la fascinante ciencia de la curiosidad. Vivía para los misterios.
Su residencia disponía de un laboratorio, un despacho y una biblioteca. Y también de una venerable señora inglesa que cuidaba la casa, se ocupaba del dinero y preparaba excelentes pasteles de carne. Las rentas de Kelton, que rondaban las dos mil libras esterlinas al año, eran más que suficientes para cubrir sus sencillas necesidades.
Había enigmas de sobra en el mundo para tenerlo ocupado; sin embargo, continuamente buscaba otros. A menudo no le hacía falta irse muy lejos: la policía había descubierto su talento en arrojar luz a los puntos más oscuros de los casos que investigaba, por lo que a menudo le pedía ayuda y él se la prestaba encantado sin cobrar nada a cambio, eso sí, siempre que considerase el caso un auténtico misterio. No le interesaban esos que llamaba «crímenes banales, sin imaginación».
Una noche, era primeros de marzo, un marzo particularmente frío y desapacible, Matthew Kelton, mientras trabajaba en su biblioteca en un criptograma cuya ingeniosidad habría desalentado al mismísimo Poe, comenzó a sorberse la nariz. Sabía perfectamente lo que eso significaba. El día anterior había deambulado bajo la nevisca buscando una huella que representaba la clave del intrincado caso en el que estaba trabajando. Encontró la huella, extrajo una respuesta, demostró la exactitud de esta última, salvó a un inocente de diez desagradabilísimos minutos en la silla eléctrica y se ganó un gran y feo resfriado.
Apartó el criptograma y tocó la campana para avisar a la gobernanta.
—¿Miss McNab?
—¿Sí, mister Kelton?
—Estoy pensando viajar a un lugar más cálido. Y no, no estoy al borde de la muerte.
Al ver que el hombre hablaba en un tono irónico, miss McNab transformó en una sonrisa sus rasgos envejecidos.
—Me voy a las Bermudas —anunció—. He visto que puedo embarcar pasado mañana. Por favor, meta en la maleta el completo azul, el traje de noche, algunas camisas y el neceser. Si lo desea, puede usted cerrar la casa e ir a visitar a su hermana. Creo que estaré fuera unas tres o cuatro semanas.
—Sí, mister Kelton.
Miss McNab no manifestó la más mínima sorpresa. No sabía exactamente dónde estaban las Bermudas, pero eso no tenía importancia. Había visto a mister Kelton partir sin más, de un día para otro, a Madagascar o a Corea.
—Viajaré en el vapor Pendragon —la informó—. Puede escribirme por correo al Royal Monteville Hotel de Hamilton. La idea es regocijarme bajo el sol y no hacer ni una sola pregunta. Mi intención es descansar.
La mujer sonrió de nuevo.
—Tengo que librarme de este resfriado, ¿sabe? —explicó Kelton. Miss McNab le aconsejó un ponche caliente y una segunda manta para el alivio más inmediato y él aceptó.
El 5 de marzo, cuando el S. S. Pendragon estaba a punto de zarpar del muelle de North River, Matthew Kelton estaba a bordo, de pie en cubierta, observando a los hombres que corrían a soltar las enormes amarras. Era un hombrecillo bien proporcionado, con manos de aspecto insólitamente hábil y una espesa cabellera blanca que enmarcaba un rostro de rasgos afilados. En realidad, parecía una cacatúa. Cuando hacía una pregunta, y solía hacer muchas, inclinaba la cabeza a un lado y dedicaba a su interlocutor una mirada tan cordial como astuta.
Contempló la habitual estampida mientras la pasarela se levantaba y los acompañantes de última hora se apresuraban a volver a tierra, después el Pendragon zarpó lentamente entre los bloques de hielo flotantes siguiendo la corriente y, con los motores rugiendo, dio comienzo el viaje de seiscientas sesenta y seis millas que en dos días lo llevaría al grupo de islas soleadas, para cuya génesis millones de pólipos coralinos habían dado su vida.
El Pendragon no era uno de los buques regulares que hacían la ruta entre Nueva York y las Bermudas, era más pequeño, de unas cinco mil toneladas, y menos decorado, porque en realidad era un buque mercante. Pero disponía de una docena de espaciosos camarotes que sus parsimoniosos propietarios llenaban de pasajeros en cada viaje. Matthew Kelton, que frecuentaba gente de todo tipo, conocía al presidente de la compañía marítima y había conseguido en el último momento hacerse con el camarote C, el mejor de todos.
Mientras el buque asomaba su inmensa nariz negra más allá de Staten Island, miró a su alrededor observando a los demás pasajeros. Era una persona de índole sociable y esperaba conocer a la mayor parte de ellos antes de que el viaje de cuarenta y ocho horas acabara. Los encontró bastante más interesantes que los típicos viajeros. Divisó a una pareja, muy elegantes ambos, que parecía viajar de luna de miel.
Era un día gris y soplaba un viento gélido, así que se encaminó a su camarote para ponerse un jersey debajo del abrigo de tweed. Mientras bajaba las escaleras se cruzó con un hombre que subía a toda prisa y que, absorto en sus pensamientos, pareció no verlo porque acabó echándosele encima. Era un tipo gigantesco, uno de los más altos que hubiera visto jamás, con una cara rojo encendido y pobladas cejas. Vestía un uniforme de oficial de la Marina.
—Ah, le pido mil disculpas, señor —dijo atribulado—. No le he visto llegar. Supongo que debería tocar el claxon cuando subo estas escaleras tan estrechas.
Kelton, que se había quedado momentáneamente sin aliento debido al impacto, replicó que no tenía importancia y añadió:
—¿Es usted el capitán Galvin?
—Sí —respondió el hombretón.
El capitán le tendió una mano enorme.
—Es un honor tenerle a bordo, mister Kelton. Mister Wraymore me había avisado de que viajaría con nosotros y me ha pedido que lo buscara. Iba a tratar de encontrarlo en cuanto alcanzásemos la velocidad de crucero. He oído hablar mucho de usted. Le deseo un buen viaje y si puedo hacer algo para que sea más confortable, le ruego que me lo diga. Ahora tengo que marcharme, hay un millón de cosas que hacer en una vieja bañera como esta. Espero que más tarde se reúna conmigo en mi camarote para una charla y un cigarro, y quizá beber algo.
—Gracias, capitán, será todo un placer.
El hombretón siguió raudo su camino y Kelton se dispuso a recorrer el pasillo, pero a menos de diez pasos volvió a tropezar, esta vez con una mujer.
La desconocida pasó a su lado como una flecha excusándose apresuradamente, y él percibió que tenía una voz profunda, casi áspera, y que no tenía acento norteamericano. Gracias a su rapidez en percibir detalles se dio cuenta también de que llevaba una larga capa de tejido oscuro, y que tenía un rostro ancho, casi de campesina, y una corpulencia robusta.
Jamás he pisado un lugar donde a uno lo zarandeen tanto, pensó. Primero el capitán y ahora esta mujer con aspecto de amazona. ¿Por qué llevan tanta prisa?
Su camarote le gustó. Era espacioso, con dos ojos de buey cerrados debido al borrascoso mar de marzo y una litera de aspecto confortable rodeada de cortinas. Se inclinó sobre su maleta desgastada de piel de jabalí para sacar el jersey, pero se detuvo, se fijó en el contenido y soltó un silbido. ¡Alguien la había...




