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E-Book

E-Book, Spanisch, Band 2, 330 Seiten

Reihe: Trilogía Corazones

Contreras Corazones que se encuentran


1. Auflage 2018
ISBN: 978-84-16970-69-8
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, Band 2, 330 Seiten

Reihe: Trilogía Corazones

ISBN: 978-84-16970-69-8
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Aunque se conocían de toda la vida, Jenson y Mia se enamoraron cuando estaban en la universidad; luego él tuvo que marcharse a Nueva York para terminar sus estudios, por lo que Mia decidió que era mejor que se tomaran un tiempo y que volvieran a estar juntos cuando pasaran esa etapa. Fue entonces cuando todo se torció: él acabó casándose con otra chica, y ella terminó con el corazón roto. Cinco años después, cuando Jenson se ha divorciado y parece que Mia ha superado la ruptura, ambos se ven obligados a trabajar juntos en un artículo para un periódico. Jenson no está dispuesto a dejar pasar esta segunda oportunidad de ser feliz con la mujer que siempre ha amado, pero antes tiene que conseguir que ella le perdone... Aunque el amor de verdad nunca se acaba, ¿serán capaces de aprovechar la ocasión que se presenta ante ellos para volver a estar juntos?

Claire Contreras aparece periódicamente en la lista de bestsellers del New York Times. Sus novelas tratan desde suspense romántico hasta romance contemporáneo y son traducidas en la actualidad a siete idiomas diferentes. Vive en Miami, Florida, con su marido, sus dos adorables hijos, tres bulldogs, y dos gatos callejeros que se niega a admitir que son suyos (aunque viven en su porche, les haya puesto nombre, y continúe dándoles de comer). Cuando no se encuentra escribiendo una novela, normalmente está perdida en las páginas de otra...
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4


Pasado

—El camarero nos está mirando —informó Jenson mientras contemplaba al hombre que se había parado a unos metros de distancia.

—No es cierto —dije, negando con la cabeza sonriente. El camarero estaba mirándome a mí, pero siempre lo hacía cuando comíamos allí. Lo había pillado estudiándome las tetas más de una vez mientras me rellenaba el vaso de agua, lo que era muy divertido porque, en realidad, no tenía mucho en lo que recrearse. Sin embargo, no quería que Jenson se cabreara, y menos cuando estábamos celebrando que llevábamos dos años juntos. De hecho, ya se había irritado ese mismo día, cuando mi amigo Nathan me envió un mensaje de texto para desearme feliz cumpleaños.

—Nos está mirando, y no me gusta.

—Oye… —le dije mientras ponía la mano sobre la de él para reclamar su atención—. ¿Qué te pasa esta noche?

Me miró a los ojos.

—No…, nada.

Arqueé una ceja al tiempo que abría la boca para seguir presionándolo, pero entonces nos trajeron la comida.

—Salvado por la campana…

Jenson sonrió. Hablamos de las clases mientras comíamos, discutiendo sobre cuál era mejor y qué profesor era el que mejor enseñaba. Él se iba a graduar muy pronto, y lo habían aceptado en el curso de filología inglesa de la universidad de Nueva York; no era algo que tuviera planeado desde el principio, pero yo lo había animado. Su argumento era que para ser escritor no lo necesitaba. Al final, después de que dejáramos el colegio, decidió que quería hacerlo. En ese momento no me di cuenta de que iba a marcharse muy pronto y que yo me quedaría atrás. Estaríamos en mundos separados, pero lo amaba lo suficiente para dejarlo marchar y apoyarlo mientras estuviera allí. Quería tomarme nuestra relación paso a paso, aunque fuera algo que me revolvía el estómago.

Nos cogimos de la mano al levantarnos para marcharnos, pero antes se acercó al camarero y le dijo algo. No pude oír lo que le dijo, pero la expresión de la cara del chico me indicó que no había sido algo agradable.

—¿Qué le has dicho? —pregunté mientras me abría la puerta del coche.

—Le he advertido de que si lo pillo mirándote las tetas la próxima vez que vengamos, le arrancaré los ojos y los pisaré. —Cerró la puerta, y lo miré boquiabierta mientras rodeaba el vehículo para ocupar el lugar detrás del volante.

—Dime que no es cierto —le solté en cuanto se sentó.

Volvió la cabeza hacia mí.

—¿Es que no has visto la expresión de su cara?

Asentí lentamente.

—Sí, pero es más grande que tú. —Jenson estaba en forma, pero no era carne de gimnasio. Y aquel tipo parecía poder noquear él solo a dos defensas de fútbol americano.

—En los momentos importantes soy el más grande —repuso encogiéndose de hombros.

Se me escapó una risita antes de poder reprimirla.

—Estás… Estás loco.

Me cogió la mano y me besó los nudillos.

—¿Te estás divirtiendo?

—Siempre me divierto cuando estoy contigo.

—Bien, porque tengo planeado pasármelo muy bien este fin de semana.

—¿Tiene algo que ver contigo y conmigo desnudos en una cama?

Sus fosas nasales se dilataron mientras salía del aparcamiento. Se llevó mi mano a la boca y me rozó la punta de los dedos con los dientes.

—Y en la mesa de la cocina. Y en el suelo. Y en la ducha. Y en la playa… En realidad, las posibilidades son infinitas.

Noté un fuerte calor en las entrañas.

—¿Tú también quieres todo eso? —preguntó en voz baja.

—Sí —repuse con un susurro.

—También quiero arrancarte el vestido y besar cada centímetro de tu piel desnuda mientras va resbalando la tela. —Sonrió al tiempo que me miraba a la cara—. Luego te voy a tumbar sobre la encimera de la cocina y a lamer tu cuerpo hasta que te tiemblen las piernas de deseo. —Se detuvo para pasarme la lengua por la muñeca—. Más tarde… —continuó después de aparcar el coche delante de su casa, y su voz fue un ronco susurro en mi oído— te voy a devorar el coño, y te va a gustar tanto que te morderás los labios hasta hacerte sangre.

—Jenson… —dije, alejándome de él. Ardía de deseo—. Vamos para dentro.

Me puso la mano en el muslo y la movió muy despacio hasta que llegó al tanga, ya húmedo.

—Me voy a tomar mi tiempo contigo, nena —susurró antes de cubrirme la boca con la suya mientras deslizaba un dedo dentro de mi ropa interior, lo que hizo que se me quedara la mente en blanco—. Voy a conseguir que me supliques que te folle.

—Estoy dispuesta a hacerlo ya —dije contra sus labios—. A rogártelo en este mismo momento.

Sentí cómo sonreía.

—Estoy loco por ti, Mia Bennett.

—Y yo por ti, Jenson Reynolds. —Me besó en los labios con suavidad—. Ahora, por favor, ¿podemos entrar para que puedas cumplir tu promesa de una vez?

Se rio entre dientes.

—Qué impaciente…

Una vez dentro, Jenson me pidió que lo esperara en la cocina para poder ir a por un regalo. Habíamos quedado en que no nos regalaríamos nada. Compartíamos fecha de cumpleaños, así que pensábamos intercambiar los regalos otro día, pero no había podido evitar comprarle algo para esta ocasión y, evidentemente, a él le había pasado lo mismo. Pasé los dedos por la pulsera que me había entregado y sonreí mientras examinaba cada dije: el número 31, por la fecha de nacimiento; la cámara; la pluma; el ancla; el barco de vela; el corazón que decía: «Soy tuyo».

Dejé caer la mano sobre el regazo cuando regresó de la habitación con una caja entre las manos. Sonrió y la dejó sobre la encimera antes de ponerse detrás de mí para rodearme con los brazos.

—Ábrela —dijo.

Quité la tapa, dejando a la vista otra caja más pequeña. Fruncí el ceño mientras la cogí. Estaba envuelta en un papel marrón lleno de palabras. Por regla general, habría arrancado el envoltorio, pero algo hizo que me detuviera. Se me aceleró la respiración cuando me di cuenta de que era su letra. Me volví un poco para mirarlo por encima del hombro.

—Es solo el papel, Mia —dijo con una tierna sonrisa.

Miré de nuevo la caja y lo examiné, tratando de leer lo que ponía.

—¿Son palabras tuyas?

Jenson se frotó la nuca y sonrió mientras miraba al suelo. Se mostraba tan seguro de sí mismo la mayor parte del tiempo que me resultaba adorable en las raras ocasiones en las que parecía tímido. Me miró.

—Solo son palabras —repuso.

Me di la vuelta, pero era demasiado alto para que pudiera besarlo sin más, así que me puse de puntillas. Todavía me quedaba demasiado arriba. Jenson se rio entre dientes al comprender lo que trataba de hacer, así que me sentó en la encimera para situarse entre mis piernas.

—Son tus palabras —murmuré contra sus labios.

—Abre la caja, por favor —me pidió, apretando la boca contra la mía y luego retirándose para dejarme espacio.

Volví a mirar el paquete. No lograba entender lo que era, así que traté de pensar en todo lo que le había dicho que quería, sin poder decidirme.

—Deja de intentar adivinar lo que es y ábrelo de una vez.

—El envoltorio mismo es un regalo —expliqué en voz baja, tomándome mi tiempo para despegarlo de forma que no se rompiera—. ¡Oh, Dios mío! —jadeé cuando quedó ante mi vista la lente de la cámara para la que había estado ahorrando—. ¡Oh, Dios mío!

Jenson estaba sonriéndome cuando lo miré.

—Esto es… Esto es demasiado —logré decir finalmente, dejando la caja encima del mueble, a mi lado. Había una razón por la que no me la había comprado yo misma todavía. Aunque esto explicaba por qué él había hecho tantas horas extra en la cafetería donde trabajaba.

—Nada es demasiado para ti —repuso él, al tiempo que levantaba la mano para acariciarme la cara.

—Jens…

Me cubrió la boca antes de que pudiera terminar de decir su nombre. Cerré los ojos cuando comenzó a jugar con mis labios hasta conseguir que se separaran, y hundió la lengua entre ellos para acariciar la mía mientras me rodeaba la cara con las manos. Hundí los dedos en su pelo, inclinándome hacia delante para mecerme contra él. Cuando el beso terminó, ambos jadeábamos.

—Te lo mereces todo, Mia —murmuró mientras me miraba. Aquellos ojos grises serían mi perdición, no me cabía ninguna duda.

—Solo te quiero a ti —susurré al tiempo que le desabrochaba la camisa y deslizaba las manos dentro para sentir su cálido y duro torso contra mis manos pequeñas y frías.

—A mí ya me tienes, nena. Y siempre me tendrás. —Se quitó la camisa antes de rodearme con los brazos para deshacerse de mi vestido.

—Y yo soy tuya. —Me bajé de la encimera y dejé que el vestido se convirtiera en un charco a mis pies. Luego observé la forma en que se le oscurecían los ojos cuando los deslizó lentamente por mi cuerpo, tan despacio que dejaba rastros de calor a su paso. Soltó un gruñido animal mientras me cogía, me volvía a poner en la encimera y me separaba las piernas.

—¿Sabes cuál es mi mayor temor? —preguntó, pegando la boca a mi oído para besarme allí. Me estremecí al sentir su respiración camino de mi pecho.

—¿Qué? —pregunté con un hilo de voz cuando llegó a mis...



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