E-Book, Spanisch, Band 1, 310 Seiten
Reihe: Trilogía Corazones
Contreras Corazones que se rompen
1. Auflage 2018
ISBN: 978-84-16970-66-7
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, Band 1, 310 Seiten
Reihe: Trilogía Corazones
ISBN: 978-84-16970-66-7
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Claire Contreras aparece periódicamente en la lista de bestsellers del New York Times. Sus novelas tratan desde suspense romántico hasta romance contemporáneo y son traducidas en la actualidad a siete idiomas diferentes. Vive en Miami, Florida, con su marido, sus dos adorables hijos, tres bulldogs, y dos gatos callejeros que se niega a admitir que son suyos (aunque viven en su porche, les haya puesto nombre, y continúe dándoles de comer). Cuando no se encuentra escribiendo una novela, normalmente está perdida en las páginas de otra... Corazones que se rompen, editada en la colección Phoebe de Pàmies, es su primera novela publicada en España.
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1
Dicen que la mejor manera de seguir adelante es pasar página. Como si pasar página fuera fácil. Como si tratar de atenuar o de borrar tres años de recuerdos, tanto buenos como malos, fuera algo que se pudiera hacer en un día. Yo sé que no es así porque dentro de un par de semanas hará un año, y el recuerdo es tan potente como si él todavía estuviera aquí. Sus chanclas de los Giants de San Francisco todavía están junto al lavabo, donde las dejó. Su olor permanece en algunas de sus camisetas, esas que todavía no me he puesto para dormir. Su presencia es muy poderosa incluso en su ausencia. Pero mientras recorro la casa asegurándome de que he retirado todo de mi vista, sé que, para mí, este es un gran paso adelante en el proceso de pasar página.
Me encuentro en la cocina, escribiendo en la superficie de la última caja lo que contiene en su interior, cuando escucho el tintineo de unas llaves seguido del repiqueteo de unos tacones en el suelo de madera. Otro sonido que echaré mucho de menos, seguramente, cuando deje este lugar.
—¡¿Estelle?! —grita ella con su melódica y suave voz.
—¡Estoy en la cocina! —Me limpio las manos en los vaqueros y me acerco a ella.
—Hola. Ya veo que anoche te ocupaste de casi todo —dice con una triste sonrisa y los ojos brillantes mientras observa el espacio casi vacío. Tiene el mismo pelo rizado y salvaje que su hijo, así como unos similares ojos color caramelo. Cada vez que la veo, me vuelve a doler el corazón.
Me encojo de hombros y me muerdo el interior de la mejilla para no llorar. Haría cualquier cosa para no derramar más lágrimas por esto, en especial porque he conseguido reprimirme durante mucho tiempo. Cuando Felicia me abraza, suelto un lento suspiro y trato de no dejarme llevar por mis emociones. Siempre intento ser fuerte delante de Phillip y de ella. Wyatt era su único hijo y, por duro que resulte para mí haberlo perdido, el vacío que deben de sentir ellos ha de ser todavía más intenso. Por lo general no lloramos cuando nos vemos, ni siquiera cuando viene aquí, pero vender esta propiedad es mucho más que despedirme de una casa. Es decir adiós a las mañanas de Navidad y a las cenas de Acción de Gracias. Es decir en voz alta: «Wyatt, te queremos, pero la vida sigue». Y es así, y esa es una de las razones por las que me siento culpable. La vida continúa, pero ¿por qué tiene que ser sin él?
—Todo irá bien —le aseguro, secándome las mejillas mojadas mientras me alejo de ella.
—Lo sé. Lo sé. Y también sé que Wyatt no querría que nos derrumbáramos por una casa.
—No, sin duda pensaría que somos idiotas por sentirnos de luto por un edificio —convengo con una leve sonrisa. Si fuera por él, la gente viviría en tiendas de campaña y se bañaría bajo el agua de la lluvia.
—Sí. Wyatt habría dado de baja el contrato de electricidad hace dos meses, ya que, total, tú has estado comiendo fuera —agrega.
Negamos con la cabeza, pero aparecen nuevas lágrimas cuando se apagan las risas y el silencio nos envuelve.
—¿Estás segura de que no quieres quedarte con Phillip y conmigo? —pregunta mientras vamos de habitación en habitación, asegurándonos de que no queda nada. El empleado de la inmobiliaria comenzará a enseñar mañana la casa, y debe mostrar su mejor aspecto a los futuros compradores.
—No. Victor se sentiría muy ofendido si no aceptara su oferta. Posiblemente empezaría a echarme en cara que no quise ir a la misma universidad que él, que no seguía al mismo equipo de fútbol americano que él y que nunca le hice la colada durante la secundaria por aquella apuesta que perdí. Creo que por eso tiene tantas ganas de que me mude con él, ¿sabes?
Veo que a Felicia le tiemblan los hombros cuando se ríe con ganas.
—Vale. Salúdalo de mi parte y dile que está invitado a cenar con nosotros el domingo. ¡Nos encantaría que viniera!
—Claro —replico. Pero mi sonrisa desaparece cuando veo las chanclas de Wyatt en el suelo.
—¿Quieres que me las lleve yo o prefieres conservarlas tú?
—Es que… —Hago una pausa para coger aire de forma temblorosa—. ¿Te las quieres llevar?
No creo que pueda soportar verlas cada día en otro lugar. Ya he decidido guardarme todas las camisetas de Wyatt, y tampoco es que me sirvan sus chanclas, usaba unos cinco números más que yo, pero son sus favoritas. Eran. Eran sus favoritas. Eso es algo en lo que me obliga a trabajar el psicólogo: debo hablar de Wyatt en pasado. A veces me estremezco cuando lo hago, pero cada vez me resulta más fácil. Durante un tiempo estuve viviendo esa falsa realidad en la que Wyatt estaba de viaje o algo por el estilo. Le encantaba viajar solo y dejar que otras culturas diferentes inspiraran sus cuadros. Tardé más de un mes en comenzar a aceptar que no iba a volver. Después de tres, y por consejo de mi terapeuta, comencé a meter sus pertenencias en cajas para que no supusieran un constante recordatorio.
Tenerlas fuera de mi vista tampoco me sirvió de mucho. La casa en sí misma me recordaba a él, y no podía hacer desaparecer el estudio de arte. Tenía que aprender a vivir sin él. Seis meses después, fui capaz de entrar y salir de ambos lugares sin que el corazón se me encogiera en el pecho. Y ahora, cuando ya ha pasado un año, creo que estoy preparada para pasar página. Si la repentina muerte de Wyatt me ha enseñado algo, es que la vida es muy corta y que tenemos que exprimirla al máximo. Es algo que comprendo, pero algunos días sigue costándome un mundo seguir adelante.
—Cariño, ya sabes que todo lo que dejó es tuyo ahora —me recuerda Felicia. Ni siquiera me doy cuenta de que estoy llorando hasta que siento el sabor salado de las lágrimas en los labios. Intento agradecérselo, pero las palabras se me quedan bloqueadas en la garganta por el nudo que parece vivir allí de forma permanente.
Nos abrazamos después de lanzar una última mirada a mi alrededor, y le prometo que la veré el domingo. Lanzo un último vistazo por encima del hombro mientras me acerco al coche, donde permito que el corazón se me encoja una última vez antes de sentarme detrás del volante para alejarme. Los recuerdos…, la sensación de bienestar…, el pasado…, todo se convierte en una imagen distante en el espejo retrovisor al dirigirme a casa de mi hermano. Estoy repasando mentalmente la lista de cosas que tengo que hacer en el momento en el que el timbre del móvil interrumpe mis pensamientos.
—Hola, ¿qué tal ha ido? —me pregunta Mia a modo de saludo.
—No demasiado mal. Un poco triste, sí, pero no horroroso.
—Lamento no poder haber podido acompañarte. ¿Ha ido Felicia a recoger parte de las pertenencias de Wyatt? ¿Qué tal está?
—Bien. Parece estar bien.
—¿Sigue en pie lo de salir mañana por la noche? —pregunta Mia, metiendo el dedo en la llaga.
—Mientras se trate de ir a un solo pub, sí. No estoy de humor para ir de bar en bar ni esas cosas de universitarios que te gusta hacer a ti.
Mia no ha dejado atrás su lado más salvaje al graduarse y comenzar a vivir la vida de adultos. Por mucho que me guste pasar un rato con ella, atacar a mi hígado con una insana cantidad de agua después de haberlo ahogado en alcohol la noche anterior es algo que no puedo llevar a cabo cada fin de semana, como ella.
—Vale, no iremos de bar en bar. El sábado por la mañana tengo un brunch y no me puedo permitir el lujo de ir hecha una mierda, así que nos lo tomaremos con calma.
—¿Una cita? —me intereso frunciendo el ceño mientras detengo el coche en el camino de entrada de mi hermano.
—Es una cita a ciegas. Se llama Todd. Es restaurador en The Pelícano. Maria parece pensar que podemos formar una pareja perfecta —responde, haciendo sonar las erres de forma exagerada para imitar a su amiga italiana.
—Mmm… No me parece haber oído hablar de ningún Todd —digo.
Mia y yo somos amigas desde que tengo uso de razón. Nuestras madres fueron amigas íntimas en el colegio y, más tarde, sus maridos también se hicieron inseparables. Para consternación de nuestras madres, fue evidente desde el principio que la historia no se iba a repetir, dado que a Mia seguían gustándole los chicos malos y a mí los más reservados.
—¡Mierda! Esperaba que sí lo conocieras. ¿Acaso no conoces a todo el mundo relacionado con el arte? ¿Todd Stern? —insiste con una nota de esperanza en la voz.
Me río, porque no está tan lejos de la verdad. Wyatt y yo abrimos Paint it Back — estudio y galería de arte— hace un par de años, y entre nuestros amigos había tanto artistas como galeristas. Si añadimos a eso las conexiones de Mia en el mundo de la fotografía, prácticamente conocemos a todo el mundo. Bueno, es obvio que a todos no.
—No. ¿Rob no lo conoce?
—¡No pienso preguntarle! Ya sabes que mi hermano es un bocazas. Luego se lo contará a mi madre, y comenzarán a planificar mi boda con un tío al que todavía no he visto.
Me rio, pero sé que tiene razón.
—Bueno, pues yo no lo he oído mencionar nunca.
—Maria me ha dicho que acaba de mudarse desde San Francisco, por eso se me ha ocurrido que lo conocerías. Un chico nuevo en la ciudad, ya sabes.
—Mia, esto no es el instituto.
—En realidad sí, es justo como el instituto. Lo que me hace pensar que si no hemos sabido nada de él hasta ahora, probablemente sea porque es feísimo.
—Seguramente tengas razón —le digo con una...




