Contreras | Corazones que vuelven a latir | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, Band 3, 320 Seiten

Reihe: Trilogía Corazones

Contreras Corazones que vuelven a latir


1. Auflage 2018
ISBN: 978-84-16970-95-7
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark

E-Book, Spanisch, Band 3, 320 Seiten

Reihe: Trilogía Corazones

ISBN: 978-84-16970-95-7
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark



Victor Reuben es el abogado matrimonialista más cotizado de Los Ángeles. Nicole Alessi, futura exmujer de la estrella de cine más famosa del momento, es su última cliente, además de la hija de su jefe. Ante un divorcio tan mediático, no hay cabida para problemas adicionales. Afortunadamente, ni abogado ni cliente tienen nada que ocultar... si no contamos con la sesión de sexo alucinante que compartieron... Una vez... Dos veces... Tres veces... Aunque eso fue hace mucho tiempo, y la ocasión de estar juntos se desvaneció... Si son capaces de dejar el pasado a un lado, todo saldrá bien. Pero si continúan devorándose con los ojos cada vez que se ven, las cosas se pueden complicar...

Claire Contreras aparece periódicamente en la lista de bestsellers del New York Times. Sus novelas tratan desde suspense romántico hasta romance contemporáneo y son traducidas en la actualidad a siete idiomas diferentes. Vive en Miami, Florida, con su marido, sus dos adorables hijos, tres bulldogs, y dos gatos callejeros que se niega a admitir que son suyos (aunque viven en su porche, les haya puesto nombre, y continúe dándoles de comer). Cuando no se encuentra escribiendo una novela, normalmente está perdida en las páginas de otra...
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3


Victor

Una de las ventajas de que tu patio trasero diera a la playa era poder despertarte, levantarte de la cama e ir a pillar olas. Por desgracia, hoy no era uno de esos días. No me sonó el despertador, y me presenté a desayunar en casa de mis padres una hora tarde.

—Tienes un aspecto de mierda —dijo Oliver, mi mejor amigo, desde el otro lado de la mesa. Le enseñé el dedo corazón; no tenía energía ni para hablar.

—¿Qué hiciste anoche? —preguntó Estelle, mi hermana, mientras se servía el tercer zumo de naranja.

—Nada —murmuré.

Me había quedado despierto hasta las cinco de la madrugada investigando a Nicole y a Gabriel Lane. Mis socios solían preguntarme a menudo si era necesario que llevara a cabo investigaciones tan extensas sobre mis clientes, y la respuesta era siempre un rotundo sí. Por lo general, encomendaba la tarea a mi adjunta, Corinne, pero al estar implicada Nicole…, me parecía más personal. Me había dicho a mí mismo que era porque había visto lo mal que trataban a sus cónyuges en los divorcios mis clientes más famosos, y si lo que había oído sobre Gabriel tenía algo de cierto, estaba seguro de que ella me agradecería que estuviera haciéndolo así. Pero había algo más en todo ello. Quizá la tristeza que había leído en sus ojos y una de las poses en esas fotos.

No había visto a Nicole desde antes de su boda, ni tampoco había pensado demasiado en ella después de saber que se iba a casar, pero al volver a verla… había sentido algo. No pensaba engañarme a mí mismo al respecto. Sin embargo, se trataba de trabajo. Solo era un caso más. El problema estribaba en que, aunque mi despacho solía ser mi segundo hogar, ahora me recordaba a ella. No estaba seguro de por qué estaba sucediendo ahora, después de tantos años, pero así era. Y después de leer los abundantes cotilleos que habían aparecido sobre Gabriel, sus fiestas y costumbres en la prensa sensacionalista, no podía entender por qué se había casado con ese tipo. Nicole me había dicho que él había cambiado, y tendría que fiarme de su palabra. Quizá también ella había cambiado. Quizá ya no era la Nicole divertida que yo conocía; la chica de la sonrisa pícara y la ironía mordaz que hacía que quisiera empezar a pensar en sentar la cabeza…, aunque no lo suficiente. Al menos entonces. Ni tampoco ahora. Mientras todos mis amigos se habían casado, yo me había concentrado en mi carrera. Lo cierto del asunto era que no había encontrado a una chica que me interesara lo suficiente como para cambiar mis objetivos.

—Venga, te pondré más tortitas —se ofreció mi madre, arrancándome de mis pensamientos al alargar el brazo para coger mi plato. La detuve antes de que lo hiciera.

—Gracias, mamá. Sin embargo, puedo servirme solo.

Necesitaba librarme por un instante de las miradas de Oliver y de mi hermana. Desde que se habían casado, habían comenzado a actuar como si yo fuera un niño perdido cuando estaban conmigo. Suponía que en algún momento se habían cansado de aprenderse el nombre de una chica nueva cada vez que salía con alguien, así que habían decidido intentar liarme con cualquiera que consideraran idónea para mí, lo que, básicamente, significaba que trataban de que saliera con cada mujer viva que tuvieran cerca, que era lo mismo que había intentado mi madre desde que me gradué en Derecho, y tener a tres putas celestinas respirándome en el cogote era algo que solo podía digerir en pequeñas dosis. Me encontraba en la cocina, untando mantequilla en las tortitas, cuando entró Oliver para traer su plato.

—¿Qué te pasa? Hacía mucho tiempo que no te veía tan cansado.

—Es algo del trabajo. Me he quedado despierto hasta tarde investigando a una nueva clienta.

Frunció el ceño.

—¿Esas cosas no las hace tu adjunta?

Acabé de extender la mantequilla y cogí el sirope.

—Eso es un ataque al corazón en potencia —me advirtió. Lo miré mientras vertía el caramelo.

—¿De verdad? ¿Eso es lo que te ha enseñado el doctor Oz? —le pregunté.

Para su desgracia, siempre le tomaba el pelo con eso, y le decía que su obsesión con el doctor Oz rivalizaba con la de mi madre por Oprah. Lo vi hacer una mueca de desaprobación, pero no se molestó en decirme que le importaba una mierda el doctor Oz, como acostumbraba. En lugar de eso, se puso a preparar un tazón de insípida avena.

—Hasta los presos comen mejor que tú —comenté, señalando su plato.

Se apartó el largo pelo de la cara mientras se reía; luego se llevó la cuchara a la boca.

—No pienso empezar a discutir contigo en este momento sobre la comida que hay en la cárcel, porque sé cuánto odias perder. Solo te digo que no tienes ya veintiún años; no comas mierda.

Suspiré.

—Estoy cansado, y solo como estas cosas los fines de semana. Lo sabes de sobra y sigues soltándome el mismo discurso cada semana. Ya te lo he dicho más veces: se ha demostrado que si tomas comida basura una vez a la semana, se te acelera el metabolismo.

—Vale, vale —se burló—, sigue fiándote de los nutricionistas del Instagram que se dedican a llenar a todo el mundo de esteroides y ya verás a dónde te lleva.

Sonreí mientras me metía en la boca un trozo de tortita. Ni siquiera tenía cuenta en Instagram, y él lo sabía. Mi vida no era lo suficientemente interesante como para andar documentándola con fotografías. Seguimos comiendo durante un rato en silencio antes de que volviera a hablar.

—¿Te apetece ir a un torneo benéfico el próximo fin de semana?

—No demasiado —repuse—. Sin embargo, haré un donativo. ¿Cuál es la causa?

—La obesidad infantil.

—Pues cuenta con una aportación.

—¿Estás seguro de que no quieres venir? En esos clubes de campo hay muchas mujeres solteras… —añadió en el mismo tono que usaría para provocar a un crío.

Una vez más, intentando que me liara con alguien. Reprimí la tentación de gemir, pero de todas formas le lancé una mirada de irritación.

—Cierto. Y tú, más que nadie, deberías saber que no necesito ayuda en ese tema.

—Ese es el problema. Solo conoces a mujeres que quieren pasar un buen rato y nada más. Las que yo te digo están pensando en sentar la cabeza.

—Justo igual que yo —dije con ironía—. Lo que buscan esas mujeres que van a clubes de campo es a un papaíto que las mantenga.

—No —intervino con firmeza—. Están buscando hombres íntegros con dinero que sepan lo que quieren. No tienen de qué avergonzarse.

—No —repuse imitándolo—. Están buscando dinero. Dinero y poder.

Cuando miraba las fotos de Nicole y Gabriel, era lo único que veía. Al parecer, eso era lo que querían las mujeres: dinero y poder. Sin embargo, no encajaba, porque Nicole ya tenía esas dos cosas sin él. Quizá solo le gustaba que fuera famoso. Aun así, la Nicole que yo conocía no se habría casado con un nombre por ninguna de esas cosas. O quizá sería más correcto decir «la Nicole que pensaba que conocía». La que creía que no quería casarse. No sabía por qué había cambiado de idea ni dónde, pero pensar en que había tenido sexo conmigo unas semanas antes de aceptar una propuesta de matrimonio me había parecido siempre algo… alucinante.

—¿Estás escuchándome? —preguntó Oliver. Pestañeé un par de veces y me di la vuelta para dejar el plato vacío en el fregadero.

—Lo siento, se me ha ido la cabeza. ¿Qué decías?

—Te he preguntado si quieres hablar sobre el caso en el que estás trabajando.

Aparté la mirada de la suya y me pasé una mano por el pelo. No se trataba de que Nicole hubiera sido un sucio secreto ni nada de eso, porque en un momento de debilidad le había hablado a Oliver y a nuestro otro amigo, Jenson, sobre ella, pero no era un tema que me gustara sacar a colación. Ella era mía. Mía. Aunque eso no era exacto, ya que no era mía y nunca lo había sido. Y tampoco me ayudaba la sensación que tenía en la boca del estómago cuando pensaba en ella al recordar el sexo y las llamadas telefónicas, y cómo había echado todo eso de menos cuando puse punto final al asunto. Todo. Estaba acostumbrado a que las mujeres me dieran la lata un poco después de romper con ellas. Pero con Nicole no sucedió así. No se quedó revoloteando. Siguió adelante.

Sí, y tanto que había seguido adelante.

—¿Vic? —dijo Oliver, arrancándome de mis pensamientos. Otra vez.

—¿Qué? —Mis ojos buscaron otra vez los suyos. Estaba frunciendo el ceño, parecía casi preocupado.

—¿Quieres hablar de ello?

—No, doctor Phil, no quiero.

Se rio entre dientes.

—Mira que eres idiota cuando estás estresado.

«Estresado». Me había acostumbrado a sentirme estresado. Esto era algo más. Se trataba del miedo a lo desconocido, a lo inexplorado, y odiaba enfrentarme a cosas para las que no estaba preparado. No estaba seguro de qué se trataba, pero sabía que debía mantener la cabeza fría y no pensar en estar entre las piernas de Nicole. No podía decir que eso no se me hubiera pasado por la mente el día anterior, al verla entrar con el aspecto de una reina. Maravillosa. Sexy. Sin embargo, en el momento en el que se hundió en los brazos de su padre, supe que estaba escondiéndose detrás de una fachada de contención. Le había dicho que tenía que dejar de mirarme como si quisiera follar conmigo, pero era algo que yo también tenía que poner en práctica. No pensaba sucumbir a su provocador...



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