E-Book, Spanisch, 500 Seiten
Cornwell 1356
1. Auflage 2014
ISBN: 978-84-15433-70-5
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
E-Book, Spanisch, 500 Seiten
ISBN: 978-84-15433-70-5
Verlag: Ediciones Pàmies
Format: EPUB
Kopierschutz: 6 - ePub Watermark
Bernard Cornwell nació en Londres en 1944. Estudió en la Universidad de Londres y posteriormente trabajó para la BBC durante diez años. Fue cuando conoció a Judy, una turista americana que pronto se convirtió en su mujer. Se mudó con ella a EEUU pero le denegaron el permiso de trabajo, por lo que pensó dedicarse a escribir (para lo que no necesitaba ningún tipo de permiso). Así nació la serie de Sharpe, que fue un éxito instantáneo y le aupó a lo más alto de las listas de ventas. De sus otros títulos, que han sido todos best-sellers, podemos destacar la trilogía de Arqueros del Rey, las Crónicas del Señor de la Guerra, la serie de Sajones, Vikingos y Normandos, y Stonehenge.
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Llegó tarde.
Ya era de noche y no llevaba farol, pero el brillo refulgente de las llamas de la ciudad penetraba en la iglesia y proporcionaba luz suficiente para ver las losas de piedra de la profunda cripta, en la que el hombre golpeaba el suelo con una palanca de hierro.
Estaba arremetiendo contra una piedra grabada con un blasón que mostraba una copa rodeada por un cinturón con hebilla en el que ponía Calix Meus Inebrians. Unos rayos de sol tallados en el granito daban la impresión de que la copa irradiaba luz. El grabado y la inscripción estaban desgastados por el tiempo y el hombre no les había prestado mucha atención, aunque sí advirtió los gritos provenientes de los callejones que rodeaban a la iglesia.
Era una noche de fuego y sufrimiento, y se oían tantos gritos que ahogaban el ruido que él hacía al golpear el borde de la losa para desprender un poco la piedra y abrir un pequeño espacio por el que meter la larga palanca. Clavó la vara de hierro en el suelo y se quedó inmóvil al escuchar unas risas y pasos arriba en la iglesia. Se escondió detrás de un arco y, al cabo de un instante, dos hombres bajaron a la cripta. Llevaban una antorcha encendida que iluminó el largo espacio abovedado, mostrando que allí no había ningún botín fácil. El altar de la cripta era de piedra común y corriente, la única decoración era una cruz de madera y ni siquiera había un candelabro. Uno de los hombres dijo algo en un idioma extraño, el otro se rio y volvieron a subir los dos a la nave, donde las llamas de las calles iluminaban las paredes pintadas y los altares profanados.
El hombre de la palanca de hierro llevaba una capa de color negro con capucha. Bajo esta, un hábito blanco manchado de tierra y ceñido con un cordón con tres nudos. Se trataba de un fraile predicador, un dominico, aunque esta noche esto no le prometía protección por parte del ejército que asolaba Carcasona.
Era un hombre alto y fuerte que antes de tomar los votos había sido hombre de armas. Había sabido clavar una lanza, tajar con una espada o matar con un hacha. Se había llamado sire Ferdinand de Rodez, pero ahora era simplemente fray Ferdinand. Antes había llevado cota de malla y armadura, había participado en torneos y había matado en combate, pero hacía quince años que era fraile y había rezado todos los días para que sus pecados fueran perdonados.
Ahora era viejo, tenía casi sesenta años, aunque seguía teniendo los hombros anchos. Había llegado a esta ciudad andando, pero las lluvias habían retrasado su viaje inundando los ríos y dejando los vados impracticables, y era por esto que había llegado tarde. Tarde y cansado. Hincó la palanca por debajo de la losa grabada y empujó otra vez, con miedo de que el hierro se doblara antes de que cediera la piedra, pero de pronto se oyó un chirrido áspero. El granito se alzó y se deslizó de lado, ofreciendo un pequeño hueco por el que acceder al interior.
El espacio estaba oscuro porque la luz de las llamas del diablo que quemaban la ciudad no llegaban a la tumba, de modo que el fraile se arrodilló junto al agujero oscuro y metió la mano. Encontró madera y volvió a arremeter con la palanca. Un golpe, dos, y esta se rompió. Rezó para que no hubiera un ataúd de plomo dentro del féretro. Dio un último golpe con la vara de hierro, introdujo los dedos y retiró del agujero unas astillas.
No había ataúd de plomo. Palpó el fondo de la tumba y encontró tela, que se desmenuzó al tocarla. Luego notó que rozaba un hueso. Sus dedos exploraron la cuenca vacía de un ojo, dientes que faltaban y descubrió la curva de una costilla. El hombre se tendió en el suelo para poder hundir más el brazo, buscó a tientas en la negrura y encontró algo sólido que no era hueso.
Pero no era lo que él buscaba, no tenía la forma adecuada. Era un crucifijo. De pronto sonaron unas fuertes voces arriba, en la iglesia. Un hombre se reía y una mujer sollozaba. El fraile se quedó inmóvil, escuchando y rezando.
Por un momento se desesperó al pensar que el objeto que buscaba no estaba en la tumba, pero alargó la mano tanto como pudo y sus dedos rozaron algo envuelto en una tela fina que no se desmenuzó. Hurgó en la oscuridad, agarró el lienzo y tiró de él. Había un objeto envuelto en el delicado tejido, algo pesado que se fue acercando poco a poco hasta que pudo asirlo bien para sustraerlo de las manos de hueso que lo habían estado aferrando. Lo sacó de la tumba y se puso de pie. No necesitaba desenvolverlo, sabía que había encontrado la Malice. Se giró hacia el sencillo altar, situado en el extremo este de la cripta, y se santiguó.
—Gracias, Señor —murmuró—. Gracias, San Pedro, y gracias, San Juniano. Y ahora mantenedme a salvo.
Iba a necesitar de la ayuda celestial para estar a salvo. Por un momento consideró esconderse en la cripta hasta que el ejército invasor abandonara Carcasona, pero eso podría llevar días y, además, en cuanto los soldados hubieran saqueado lo más fácil, abrirían las tumbas de la cripta para buscar anillos, crucifijos o cualquier otra cosa que pudieran vender por unas monedas. La cripta había protegido a la Malice durante un siglo y medio, pero sabía que a él no le brindaría más que unas horas de seguridad.
Fray Ferdinand abandonó la palanca y subió por las escaleras. La Malice era tan larga como su brazo y sorprendentemente pesada. En otro tiempo estuvo equipada con un mango, pero ahora solo quedaba la fina espiga metálica y era por ese tosco asidero por donde la sujetaba. La espada seguía envuelta en lo que él creía que era seda.
La nave de la iglesia estaba iluminada por las llamas de las casas que seguían ardiendo en la plazuela exterior. Allí dentro había tres hombres, uno de ellos dio el alto a la figura con capa oscura que apareció por las escaleras de la cripta. Los tres eran arqueros. Sus arcos largos estaban apoyados en el altar pero, a pesar de la voz de alto, en realidad no estaban interesados en el desconocido, solo en la mujer a la que tenían abierta de piernas sobre los peldaños del altar.
Por un instante fray Ferdinand estuvo tentado de rescatar a la mujer, pero entonces entraron otros cuatro o cinco hombres por una puerta lateral, gritando de alegría al ver el cuerpo desnudo estirado sobre los escalones. Ellos traían consigo a otra chica, que gritaba y se resistía, y el fraile se estremeció al escuchar su angustia. Oyó que le rasgaban la ropa, sus forcejeos, cómo se lamentaba y recordó sus propios pecados. Se santiguó. «Perdóname, Jesucristo», susurró, e incapaz de ayudar a las chicas, cruzó la puerta de la iglesia y salió a la pequeña plaza.
Las llamas devoraban los techos de paja y juncos, que ardían con intensidad y arrojaban chispas al viento nocturno. La humareda se retorcía sobre la ciudad. Un soldado que vestía la cruz roja de San Jorge estaba vomitando en las escaleras de la iglesia y un perro se acercó corriendo a lamer el vómito.
El fraile se volvió en dirección al río con la esperanza de cruzar el puente y subir a la Cité. Creía que las murallas dobles, torres y almenas de Carcasona le protegerían, porque dudaba que aquel ejército devastador tuviera la paciencia de llevar a cabo un asedio.
Habían capturado el burgo, el barrio comercial situado al oeste del río, que en ningún caso había sido defendible. La mayoría de los negocios de la ciudad estaban en el burgo; las marroquinerías y platerías, los armeros, polleros y pañeros, pero dichas riquezas solo estaban rodeadas por un muro de tierra y el ejército había pasado por encima de esa endeble barrera en tropel, como un torrente. No obstante, la Cité de Carcasona era una fortaleza, una de las mayores de Francia; un bastión circundado por enormes torreones de piedra y muros imponentes. Allí estaría a salvo. Encontraría un lugar para esconder la Malice y esperaría hasta que pudiera devolvérsela a su dueño.
Anduvo lentamente y entró en una calle que no habían incendiado. Los soldados irrumpían en las casas utilizando martillos o hachas para destrozar las puertas.
Casi todos los ciudadanos habían huido a la Cité, pero algunos insensatos se habían quedado allí, tal vez con la esperanza de proteger sus propiedades. El ejército había llegado con tanta rapidez que no hubo tiempo para llevarse todos los objetos valiosos al otro lado del puente, más allá de las grandes puertas que protegían la ciudadela de la cima. Había dos cadáveres tendidos en el arroyo central de la calle. Lucían en sus ropajes los cuatro leones de Armagnac, eran ballesteros que habían muerto en la defensa del burgo.
Fray Ferdinand no conocía la ciudad. Intentó encontrar un camino oculto hasta el río a través de callejones sombríos y pasadizos estrechos. Pensó que Dios estaba con él, pues no se topó con ningún enemigo mientras se dirigía hacia el este a toda prisa. Cuando salió a una calle más ancha, intensamente iluminada por las llamas, vio el largo puente y, más allá, en lo alto de la colina, los muros de la Cité, contra los que se reflejaba el fuego. Las llamas que consumían el burgo teñían de rojo las piedras de la muralla. «Las murallas del Infierno», pensó el fraile, y una racha de viento nocturno arremolinó el humo, ocultando los muros como una máscara. Pero aún veía el puente y, en él, protegiendo el extremo oeste, había arqueros. Arqueros ingleses con la cruz roja en las túnicas y sus largos y mortíferos arcos. Con ellos estaban dos jinetes ataviados con cota de malla y casco.
«Es imposible cruzar», recapacitó. No...




