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Cornwell | El ladrón de la horca | E-Book | www.sack.de
E-Book

E-Book, Spanisch, 432 Seiten

Cornwell El ladrón de la horca


1. Auflage 2022
ISBN: 978-84-350-4756-2
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)

E-Book, Spanisch, 432 Seiten

ISBN: 978-84-350-4756-2
Verlag: EDHASA
Format: EPUB
Kopierschutz: Adobe DRM (»Systemvoraussetzungen)



El autor de Stonehenge y creador de los personajes Sharpe y Thomas de Hookton, nos sorpende esta vez con una rigurosa novela histórica situada en el Londres de principios del siglo XIX. A su regreso de la batalla de Waterloo, el soldado Rider Sandman, acepta recabar pruebas que demuestren la culpabilidad del pintor Charles Corday en la muerte de una joven aristócrata. Todo está a punto para ejecutarle, pero en su investigación Sandman descubre la inocencia del pintor y tiene muy poco tiempo para intentar demostrarla.Una novela de gran intensidad que mantiene al lector en permanente tensión y, que además ofrece una ajustada imagen de los ambientes judiciales y penitenciarios londinenses así como todo el bullicio y la agitación del variopinto Londres de la época.

Bernard Cornwell nació en Londres en 1944 y vivió su infancia en el sur de Essex. Después de graduarse en la Universidad de Londres, trabajó para la cadena de televisión de la BBC durante siete años, principalmente como realizador del programa Nationwide. Posteriormente se hizo cargo del departamento de actualidad de la BBC en Irlanda del Norte, y en 1978 pasó a dirigir el programa Thames at Six, para la Thames Television. Actualmente reside en Estados Unidos. Su serie dedicada a Richard Sharpe, que en España viene publicando Edhasa, le ha convertido en uno de los escritores más leídos y de mayor éxito en el género de la novela histórica de aventuras, condición que volvió a poner de manifiesto con la trilogía formada por Arqueros del Rey (2001), La batalla del Grial (2002) y El sitio de Calais (2004) o la tetralogía sobre Starbuck, situada en la guerra civil americana, de la que las primeras entregas han sido Rebelde (2011), Copperhead (2012) y Bandera de batalla (2020) . También son buena muestra de su talento las novelas Stonehenge (2000), El ladrón de la horca (2003) o Azincourt (2010), El fuerte (2011) así como las Crónicas del Señor de la Guerra: El rey del invierno (2008), El enemigo de Dios (2009) y Excalibur (2010). El ciclo sobre la confluencia de sajones, vikingos y normandos, se inició con Northumbria, El último reino (2006), Svein, el del caballo blanco (2007), Los señores del Norte (2008), La canción de la espada (2009), La tierra en llamas (2010), Muerte de Reyes (2013), Uhtred, el pagado (2014), El trono vacante (2015), Los guerreros de la tormenta (2016), El portador de la llama (2018) todas ellas publicadas en Narrativas históricas y en la colección económica de bolsilo Pocket-edhasa. Esta serie sobre la aventuras de Uhtred de Bebbamburg, lo ha ecumbrado a lo mas alto de la novela histórica y ha sido llevada a la televisión por la BBC (Netflix)
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PRÓLOGO

Sir Henry Forrest, banquero y regidor de la ciudad de Londres, casi sintió náuseas al entrar en Press Yard1 debido al terrible olor, peor que el hedor de los desagües de las cloacas donde Fleet Ditch desembocaba en el Támesis. Era una pestilencia digna de los pozos más negros del infierno, una fetidez inmunda que dejaba a uno sin aliento y que hizo que sir Henry diese un paso involuntario hacia atrás, se pusiese un pañuelo en la nariz y aguantase la respiración temiendo estar a punto de vomitar.

El guía de sir Henry se rió entre dientes.

–Yo ya no noto el olor, señor –comentó–, pero supongo que es mortalmente malo a su manera, mortalmente malo. Cuidado con los escalones, señor, tenga cuidado.

Sir Henry retiró el pañuelo cautelosamente y se obligó a hablar.

–¿Por qué llaman a esto «Press Yard»?

–Aquí es donde antaño, señor, los reclusos eran presionados. Eran aplastados, señor. Apedreados, señor, para persuadirles de que dijeran la verdad. Nosotros ya no lo hacemos, señor, una lástima, y como consecuencia ellos mienten como bellacos, señor, como bellacos. –El guía, uno de los carceleros de la prisión, era un hombre gordo con pantalones de cuero, una chaqueta manchada y una robusta porra. Se rió–. Aquí no hay ningún hombre o mujer culpables, señor; ¡no si usted les pregunta!

Sir Henry intentó mantener una respiración superficial para no tener que inhalar el nocivo miasma de inmundicia, sudor y putrefacción.

–¿Hay retretes aquí? –preguntó.

–Muy renovados, sir Henry, muy renovados. Hay desagües apropiados en Newgate, señor. Les mimamos demasiado, sí que lo hacemos, pero ellos son animales repugnantes, señor, repugnantes. Ensucian su propio nido, señor, eso es lo que hacen, ensucian su propio nido.

–El carcelero echó el cerrojo a la verja por la que habían entrado al patio–. Los condenados gozan de la libertad de Press Yard, señor, durante la luz del día –dijo–, excepto en grandes ocasiones como hoy –sonrió abiertamente, para que sir Henry advirtiera que era una broma–. Deben esperar hasta que hayamos acabado, señor. Si usted gira a la izquierda, podrá reunirse con el señor Brown y los demás caballeros en la Sala de Reuniones.

–¿La Sala de Reuniones? –preguntó sir Henry.

–Donde se reúnen los condenados, señor, durante las horas del día, señor –explicó el carcelero–, excepto en grandes ocasiones como hoy, señor; esas ventanas a su izquierda, señor, son las cajas de sal.

Sir Henry vio al final del patio, que era muy largo y estrecho, quince ventanas con barrotes. Eran pequeñas, sombrías y estaban distribuidas en tres pisos, y a las celdas situadas detrás de esas ventanas las llamaban «las cajas de sal». No tenía ni idea de por qué las llamaban así, y prefirió no preguntar por si animaba más el grosero humor del carcelero, pero sir Henry sabía que las quince cajas de sal también eran conocidas como las salas de espera del diablo y las antesalas del infierno. Eran las peores celdas de Newgate. Un reo, cuyos ojos eran un mero destello tras los barrotes, se quedó mirando fijamente a sir Henry, quien apartó la vista mientras el carcelero arrastraba la pesada puerta de la Sala de Reuniones.

–Muy agradecido, sir Henry, muy agradecido, por supuesto.

El carcelero saludó militarmente cuando sir Henry le ofreció un chelín en agradecimiento por su orientación a través de los laberínticos pasillos de la prisión.

Sir Henry entró en la Sala de Reuniones, donde fue recibido por el alcaide, William Brown, un hombre lúgubre con cabeza calva y mandíbula prominente. Un sacerdote robusto con una peluca anticuada, sotana, una sobrepelliz manchada y bandas de Ginebra sonreía empalagosamente al lado del alcaide.

–Permítame que le presente al ordinario, nuestro capellán –dijo el alcaide–, el reverendo doctor Horace Cotton. Sir Henry Forrest.

Sir Henry se quitó el sombrero.

–Para servirlo, doctor Cotton.

–A sus órdenes, sir Henry –respondió enfáticamente el doctor Cotton, después de dedicarle una larga reverencia.

La anticuada peluca del ordinario constaba de tres grandes ondas de vellón blanco que enmarcaban su pálida cara. Tenía un forúnculo supurante en la mejilla izquierda y, como remedio contra el olor de la prisión, llevaba un ramillete de flores atado alrededor del cuello, justo encima de las bandas de Ginebra.

–Sir Henry –confió el alcaide al capellán de la prisión– está aquí por un asunto oficial.

–¡Ah! –Los ojos del doctor Cotton se abrieron aún más, pensando que sir Henry había acudido por una extraña afición–. ¿Y es ésta su primera visita?

–Así es –admitió Sir Henry.

–Estoy convencido de que lo encontrará edificante, sir Henry –dijo el sacerdote.

–¡Edificante! –La elección de la palabra sorprendió a sir Henry, que la consideró fuera de lugar.

–Hemos ganado almas para Cristo con esta experiencia –afirmó el doctor Cotton severamente–, para Cristo, ¡ya lo creo! –Sonrió y se inclinó servilmente mientras el alcaide conducía a sir Henry junto con los otros seis invitados que habían llegado para el desayuno tradicional de Newgate.

El último de los invitados se llamaba Matthew Logan y no necesitaba presentación, pues sir Henry y él eran viejos amigos, y como los dos eran regidores de la ciudad, eran considerados visitantes muy distinguidos aquella mañana, ya que la Comisión de Regidores era la que en realidad dirigía la prisión de Newgate. El alcaide y el ordinario, cuyos sueldos eran fijados por los regidores, insistían en que los dos hombres tomasen café, pero ambos rehusaron la invitación. Logan cogió a sir Henry del brazo para llevárselo hasta la chimenea, donde pudiesen hablar en privado al lado de las brasas ardientes y las cenizas humeantes.

–¿Seguro que quiere ver todo esto? –preguntó Logan a su amigo con preocupación–. Tiene usted muy mal aspecto.

Sir Henry era un hombre apuesto, alto, delgado y ancho de espaldas, y con una expresión perspicaz y severa. Era banquero, rico y con éxito. Su cabello, canoso prematuramente, pues sólo habían pasado unos días desde su quincuagésimo cumpleaños, le daba una apariencia distinguida, aunque en aquel momento, de pie ante la chimenea de los presos en la Sala de Reuniones, parecía viejo, frágil, escuálido y enfermizo.

–Aún es muy de mañana, Logan –explicó–, y nunca estoy en mi mejor momento tan temprano.

–Claro –asintió Logan, aparentando creer la explicación de su amigo–, pero esto no es una experiencia para cualquiera, aunque debo decir que el desayuno de después es muy bueno. Riñones picantes. Ésta es probablemente mi décima o undécima visita, y el desayuno no me ha decepcionado todavía. ¿Cómo está lady Forrest?

–Florence está bien, gracias por su interés.

–¿Y su hija?

–Sin duda, Eleanor sobrevivirá a sus problemas –dijo sir Henry secamente–. Todavía no se ha demostrado que un corazón roto sea fatal.

–¿Excepto en los poetas, quizá?

–Malditos poetas, Logan –añadió sir Henry con una sonrisa. Colocó las manos frente a los restos de un fuego que esperaba ser atizado y devuelto a la vida. Los presos habían dejado sus ollas y calderos llenos hasta el borde y un montón de peladuras de patata ennegrecida se rizaba en las cenizas–. Pobre Eleanor... Si dependiera de mí, Logan, le permitiría casarse, pero Florence no quiere ni oír hablar del tema, y supongo que tiene razón.

–Las madres normalmente saben lo que es mejor en estos casos –comentó Logan sin darle importancia.

Entonces el murmullo de la sala se fue apagando a medida que los invitados se volvían hacia una puerta con barrotes que se había abierto con un súbito y violento chirrido. Durante un instante no entró nadie y parecía que todos los invitados contenían la respiración, pero entonces, después de una audible boqueada, apareció un hombre con una enorme bolsa de cuero caminando pesadamente. No había nada en su aspecto que explicase la boqueada. Era corpulento, de cara colorada y llevaba unas polainas marrones, pantalones negros y una chaqueta negra demasiado ajustada por encima de su protuberante barriga. Se quitó respetuosamente su gastado sombrero marrón cuando vio el señorío expectante, pero no les dedicó ningún saludo y nadie en la Sala de Reuniones respondió a su llegada.

–Ése –le comentó Logan a sir Henry en voz baja– es el señor James Botting, más conocido familiarmente como Jemmy.

–¿El peticionario? –preguntó sir Henry entre dientes.

–El mismo.

Sir Henry reprimió un escalofrío y se recordó a sí mismo que los hombres no deberían ser juzgados por su apariencia, aunque era difícil tener buen concepto de un ser tan horrible como James Botting, cuyo pedazo de carne cruda por cara estaba desfigurada por verrugas, quistes y cicatrices. Su calva estaba rodeada por un mechón de pelo castaño lacio que caía por encima de su cuello raído y, cuando hacía muecas, cosa que repetía cada pocos segundos como un tic nervioso, mostraba unos dientes amarillos y unas encías de aspecto marchito. Tenía las manos grandes, que apartaron un banco de una mesa...



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